El eterno retorno de la OTAN

En 2019 el presidente francés Emmanuel Macron diagnosticó que la OTAN padecía muerte cerebral. Tres años mas tarde, la invasión de Putin a Ucrania provocó una resurrección de la alianza militar entre Europa y Norteamérica, con la consecuente subordinación del Viejo Continente. Desde Barcelona, un sutil análisis geopolítico que responde a la pregunta por el qué hacer frente a la guerra.

REVISTA CRISIS.

POR: GERARDO PISARELLO

04 DE ABRIL DE 2022

La invasión de Ucrania por parte de Rusia alteró de manera drástica el panorama geopolítico contemporáneo. Por los millones de personas desplazadas, muertas y heridas. Por las hondas fracturas que está abriendo entre pueblos hermanos. Pero también por la manera en que está revitalizando las pulsiones hegemónicas de los Estados Unidos y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), una institución cuyo estado de salud parecía hasta hace poco precario.

La decisión de Vladimir Putin no solo supone una flagrante vulneración del derecho internacional y provoca crímenes de guerra abominables. También ha dado a Washington una excusa única para revivir a la OTAN y devolverla a la función que le atribuyó su primer secretario general, el militar y diplomático británico Hasting Ismay, en los años cincuenta del siglo pasado: “tener a los estadounidenses dentro, a los rusos fuera y a los alemanes debajo”.

El historiador Josep Fontana recuerda cómo desde la fundación de la OTAN, en 1949, los Estados Unidos exhibieron marcados recelos antisoviéticos y una clara voluntad de controlar Europa. Poco después de promover sin éxito la reunificación de Alemania a cambio de su neutralidad militar, el propio el presidente soviético Iósif Stalin llegó a afirmar, en una frase que podría haber sido suscrita por Charles de Gaulle: “Sería un error creer que se puede llegar a un compromiso o que los Estados Unidos pueden aceptar un tratado de paz. Ellos necesitan tener su ejército en Alemania para mantener la Europa occidental en sus manos. Dicen que tienen su ejército allí contra nosotros. Pero el propósito real de ese ejército es controlar Europa”.

 Durante las décadas subsiguientes, todos los intentos de buscar un modelo de seguridad compartido entre Europa y Rusia se enfrentarían al boicot norteamericano. Es lo que está ocurriendo con un régimen nacionalista autocrático como el de Putin. Pero también pasó con el régimen neoliberal y corrupto de Boris Yeltsin. O con el propio Mijaíl Gorbachov. En plena perestroika, Gorbachov favoreció el desarme y la paz, e insistió en que la reunificación de Alemania se vinculara a la consideración de Europa como “casa común” donde Rusia pudiera verse reconocida. Desde George Bush padre hasta su secretario de Estado, James Baker, pasando por el francés François Mitterand y el alemán Helmut Kohl, le prometieron de palabra que una vez disuelto el Pacto de Varsovia la OTAN no avanzaría hacia el Este. La promesa, sin embargo, fue traicionada sin miramiento alguno.

La conquista del viejo eastern

Con el derrumbe del Muro de Berlín, los Estados Unidos mantuvieron una política ininterrumpida de expansión hacia las fronteras de Rusia. Lo hicieron contra las advertencias de gente como George Kennan, uno de los “cerebros” de la política de “contención” anticomunista que moldeó la “Guerra fría”. A pesar de ello, ya en 1992 el Departamento de Defensa explicó abiertamente que su objetivo principal en la era post-soviética no era reforzar las Naciones Unidas e impulsar un orden internacional más cooperativo. Por el contrario, de lo que se trataba era de utilizar la aplastante superioridad militar norteamericana y su red de aliados para impedir el surgimiento de cualquier potencial competidos en la escena global.

La primera Guerra del Golfo contra Saddam Hussein permitió a la Casa Blanca y al Pentágono reafirmarse en su superioridad. Con el cambio de siglo, se encendieron algunas alarmas. La modernización de China y la intención de Rusia de reconstruir sus fuerzas armadas fueron vistas por los Estados Unidos como un peligroso desafío a su poder imperial. Doce días después de que Polonia, Hungría y la República Checa se sumaran a la OTAN en 1999, ésta –bajo la dirección del socialista español Javier Solana– decidió bombardear Yugoslavia. Lo hizo con el visto bueno de Bruselas y del propio Putin, al que sin embargo no se le permitió intervenir. Durante el conflicto se utilizaron bombas racimo, se produjeron violaciones ostensibles del derecho humanitario e incluso se acabó arrasando, supuestamente por error, la embajada china en Belgrado.

Ciertamente, muchas de las incorporaciones a la OTAN de países de la órbita soviética o de la antigua Yugoslavia se vieron favorecidas por el temor que el agresivo nacionalismo panruso de Putin suscitó en estos países, sobre todo después de experiencias como la masacre de Chechenia en los albores del siglo veintiuno. Con todo, los Estados Unidos se encargaron de evitar que los países del Este se incorporaran a Europa con un estatuto de neutralidad.

Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas en Nueva York, el Pentágono se vio forzado a modificar temporalmente su guion. Durante un tiempo, las operaciones contra “el eje del Mal” –Corea del Norte, Irán, Libia– y “la guerra contra el terrorismo” en Oriente Medio se convirtieron en un nuevo frente privilegiado. Esto drenó recursos sustanciales del aparato militar-industrial estadounidense y lo obligaron a descuidar a sus principales adversarios. Las guerras en Irak y Afganistán se llevaron a cabo con algunas reticencias de la Europa continental, aunque con un protagonismo decidido de otros aliados como el Reino Unido. Ambas invasiones resultaron inicialmente exitosas, pero pronto dieron lugar a insurgencias de larga duración que despertarían para los ocupantes el fantasma de la guerra de Vietnam. A resultas de ello, el estatuto de superpotencia de los Estados Unidos se vio debilitado. Mientras tanto, China, Rusia y otros países como la India continuaron desarrollando tecnologías de guerra a la altura de la estadounidense en muchos extremos.

Durante todos esos años, Putin intentó agradar a Washington y mostrarse como un aliado leal. Apoyó varias de sus guerras y se solidarizó con George W. Bush cuando se produjeron los atentados de 2001. La respuesta fue la displicencia. La consideración de Rusia como un país en declive que no merecía mayor cuidado. En 2007, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Putin decidió mostrar un rostro más duro. Denunció el intento de los Estados Unidos de construir un mundo unipolar y de expandir la OTAN hacia las fronteras rusas. Insistió en que todo ello solo podía conducir a una nueva carrera armamentística y no renunció a implicarse en ella.

Ya durante el mandato del demócrata Barack Obama, Ucrania pasaría a estar en el centro de las tensiones entre Estados Unidos y Rusia. El momento clave de esa tensión fue la revuelta de Maidán, de 2014, contra el entonces presidente Víktor Yanukóvich, del prorruso Partido de las Regiones. Por ese entonces, la Unión Europea ofreció a Ucrania un Acuerdo de Asociación incompatible con cualquier interés vinculado a Rusia. Moscú y Kiev, con Yanukovich a la cabeza, propusieron un acuerdo a tres bandas, pero tanto Angela Merkel como el presidente de la Comisión Europea, Durão Barroso, lo rechazaron.

La negativa de Yanukovich a mantener un acuerdo solo con la UE desató protestas en las calles, primero pacíficas y luego más violentas. La revuelta fue una mezcla de diferentes procesos simultáneos. Por un lado, una genuina rebelión de la sociedad civil contra el gobierno. Por otro, una suerte de golpe de Estado que contó con el apoyo de Bruselas, de Washington, y de algunos oligarcas locales y con la implicación de grupos armados de extrema derecha identificados con Stepan Bandera, un colaborador de los nazis que había participado del exterminio de judíos y que por ese entonces fue elevado a héroe nacional.

ya en 1992 estados unidos explicó que su objetivo principal en la era post-soviética no era reforzar las naciones unidas e impulsar un orden internacional más cooperativo. de lo que se trataba era de utilizar la aplastante superioridad militar norteamericana y su red de aliados para impedir el surgimiento de cualquier potencial competidos en la escena global.

De la muerte cerebral a la súbita reactivación

Tras el Maidán, el nacionalismo ucraniano más agresivo forzó la persecución de la lengua rusa e inició una inclemente represalia en la zona rusófona del Dombás. La OTAN se encontraba por entonces sumida en una suerte de letargo. Países como Alemania aprovecharon esa coyuntura para estrechar sus vínculos económicos y energéticos con la Rusia de Putin. Y lo propio hicieron algunos miembros destacados de la extrema derecha y la derecha radical europea, como la francesa Marine Le Pen, el italiano Matteo Salvini, el húngaro Víktor Orbán, o los españoles José María Aznar y Santiago Abascal.

Sobre ese trasfondo, y a poco de llegado Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, su homólogo francés Emmanuel Macron diagnosticó en 2019 que la OTAN atravesaba un estado de “muerte cerebral”. Para inquietud del Pentágono, esta reflexión venía acompañada por la sugerencia de que los Estados Unidos se retiraran progresivamente de Europa y de que esta pudiera ampliar su “autonomía estratégica”. Cuando Biden, recién llegado al gobierno tras el esperpéntico asalto trumpista al Capitolio, tuvo que cargar con la caótica retirada de tropas de Afganistán, muchos pensaron que la Alianza Atlántica podía entrar en una crisis decisiva. O al menos, que Europa podría, por fin, tomar distancia de la gran potencia imperial del otro lado del océano y dar forma a un proyecto propio con la implicación de Francia y Alemania.

La intensificación de las tensiones con Rusia dio al traste con esta posibilidad. A diferencia de Trump, Biden tenía vínculos estrechos con la Ucrania posterior al Maidán. Su hijo, Hunter Biden, llegó de hecho a integrar el consejo de dirección de Burisma, la compañía de gas natural más grande de Ucrania, entre 2014 y 2019. Cuando la OTAN dio aire a la idea de que podía extenderse a Georgia y Ucrania, Putin vio la amenaza demasiado cerca. Macron y el canciller alemán Olaf Scholz intentaron enfriar la situación y apelaron a la necesidad de diálogo con Moscú. Incluso propusieron rescatar los malogrados Acuerdos de Minsk, que preveían una suerte de compromiso constitucional confederal para aliviar la guerra en el Donbás. Los Estados Unidos no mostraron interés en esta alternativa. Tampoco Putin creyó que la negociación diera frutos. Entonces decidió dinamitar la vía diplomática y atacar militarmente. En la madrugada del 24 de febrero pronunció un durísimo discurso en el que directamente negaba a Ucrania el derecho a existir y atacaba a Lenin y a los bolcheviques por haber “disgregado” el Imperio zarista. Sobre este discurso imperial y anticomunista, las tropas del Kremlin iniciaron los bombardeos y avanzaron sobre los territorios de Donetsk y Lugansk.

La respuesta fue fulminante, como si los Estados Unidos y el propio Biden hubieran estado esperándola. De pronto, los intentos de Macron y Scholz por conseguir una posición propia se deshacían como un azucarillo en una taza de café. En cuestión de días, la Unión Europea pasaría de discutir su “autonomía estratégica” a plegarse con entusiasmo a la consigna estadounidense de no ceder ni un ápice con Rusia y de presionar a China. Aunque eso supusiera sacrificar a la población ucraniana y exponer a Europa y al mundo a una nueva guerra química, bacteriológica o directamente nuclear.

Ha sido el propio Biden, como primus inter pares en la OTAN, quien ha alentado a los dirigentes de los demás Estados miembros a endurecer sus posiciones y a no invertir demasiado en buscar alternativas negociadoras. Las negociaciones que se llevaron a cabo desde el estallido del conflicto han tenido lugar en la frontera con Bielorrusia o con Turquía como mediador. Pero ni Bruselas, ni mucho menos Washington, comparecieron abiertamente a ofrecer alternativas.

de pronto, los intentos de macron y scholz por conseguir una posición propia se deshacían como un azucarillo en una taza de café. en cuestión de días, la unión europea pasaría de discutir su “autonomía estratégica” a plegarse con entusiasmo a la consigna estadounidense de no ceder ni un ápice con rusia y de presionar a china.

En busca del tiempo perdido

Biden también ha sido quien ha capitaneado la política de sanciones unilaterales a Rusia. Estas medidas venían de antes, cuando Rusia se anexionó Crimea tras el referéndum de 2014. Pero se intensificaron, incluyendo la confiscación unilateral de bienes y depósitos, e incluso la expulsión de Rusia del sistema internacional de pagos SWIFT. Sanciones que ya se venían aplicando contra países considerados adversarios por Estados Unidos, como Irán o Cuba. Pero tienen una peculiaridad: nunca se dirigen contra las violaciones de derechos humanos cometidas por la administración norteamericana o por países aliados como Israel o Turquía. Por eso, cuando la propuesta sancionatoria se debatió en Naciones Unidas, varios estados que representan el 50 por ciento de la población mundial, entre los que se cuentan China, India, Pakistán, Bangladesh, Irán, Argelia, Nigeria, Sudáfrica, Brasil y Argentina, adoptaran una posición de neutralidad, exigiendo la paz pero sin apoyar sanciones contra Rusia.

Todo indica que estas sanciones, más que a Putin como tal, afectan a una parte importante de la población rusa. Estudiantes, artistas, deportistas que se encontraban en el extranjero acabaron expulsados con criterios directamente xenófobos. Y también a las poblaciones vulnerables de Rusia, de Europa y de otros rincones del mundo, que ya están experimentando el efecto búmeran de algunas de las sanciones. Baste pensar en los fenómenos de desabastecimiento que se están produciendo, o de los aumentos desorbitados en los precios del aceite, del trigo o de bienes básicos como el gas o la electricidad.

Por otro lado, quienes más complacidas están con la dureza de Biden son las grandes corporaciones militares y energéticas de su país. Empresas como Lockheed Martin, Raytheon, Global X o Constellation Energy, han visto cómo sus beneficios se multiplican al son de los tambores de guerra. Son estos sectores, al mismo tiempo, quienes más se están beneficiando por la presión ejercida sobre los estados de la Unión Europea para que incrementen su presupuesto en defensa o para que reemplacen el gas ruso por el gas de esquisto, mucho más caro, que los Estados Unidos extraen gracias a una técnica ambientalmente nefasta como el fracking.

Obviamente, estos cambios están pulverizando toda la retórica del Green New Deal y de la transición socio-ecológica generada a los inicios de la pandemia. Solo en Europa, millones de euros que debían dedicarse a programas sociales y verdes se están destinando a incrementar unos presupuestos militares ya abultados, al tiempo que se impone un nuevo macartismo con restricciones preocupantes de las libertades civiles y políticas básicas. Lo que para Europa y sus pueblos supone arrojarse en una suicida pendiente resbaladiza, en Washington es visto como una oportunidad para recuperar el tiempo perdido durante las “guerras contra el terrorismo”. Así, la decisión de Putin de emprender una agresión tan brutal con un discurso neozarista, no solo cohesionó el sentimiento anti-ruso entre la población ucraniana; también ha facilitado a los Estados Unidos tres movimientos simultáneos para los que no encontraba una excusa sencilla: reflotar el papel de una OTAN desprestigiada, liquidar todo proyecto de autonomía europea y cerrar el paso a cualquier entendimiento futuro de Europa con Rusia y China.

Crítica del realismo militarista

Ante un conflicto de estas características, la primera exigencia de una posición coherentemente antiimperialista consiste en reconocer el derecho del pueblo de Ucrania a no dejarse arrasar. Esto es, a su legítima defensa. Sin embargo, esta respuesta no tiene porqué justificar el envío de armas por parte de la OTAN. En primer lugar, siendo ya un gran productor e incluso un exportador de armas, Ucrania no es un país que carezca de ellas. Una escalada belicista que involucre directamente a la OTAN podría alterar la superioridad militar rusa, pero al precio de una conflagración nuclear.

Lo que parece imponerse entonces es una prolongación o empantanamiento del conflicto, con su estela de más muertes y destrucción. En palabras del sociólogo ucraniano, Volodymyr Ishchenko: “Si la guerra tiende a prolongarse, si ya no se trata de parar la invasión rusa, sino de, por ejemplo, lograr la caída de Putin cueste lo que cueste –lo que puede no ser un objetivo accesible–, Ucrania podría transformarse en Afganistán. Un lugar donde una guerra eterna se sucede por años sin pausa, con un Estado fallido, con la economía retornando a un estado premoderno, con la industria completamente destruida y millones de refugiados que no pueden volver a su hogar por años” (entrevista de Francisco Claramunt publicada en Brecha). 

Ahora bien, la legítima defensa no se agota en el derecho a la resistencia armada. Comprende también el derecho a la resistencia no-violenta. A la resistencia de quienes no quiere morir, pero se niegan a matar. Los cientos de miles de personas que dejan sus pueblos y ciudades para no quedar atrapadas en una espiral de barbarie infinita, las que se niegan a asesinar o a torturar a soldados hermanos, los desertores e insumisos en todos los bandos, expresan este rechazo a la sinrazón de una guerra pensada por las élites dirigentes para defender intereses que no son los de la mayoría social. Y lo mismo puede decirse de los bloqueos pacíficos de carreteras en ciudades ucranianas como Melitópol, Chernígov, Zaporiyia, Senkovka, Luhansk, o de las movilizaciones anti-guerra celebradas en Rusia, con miles de detenciones. Todas estas iniciativas prueban que la protesta no-violenta pero activa puede ser más eficaz, cuando se trata de defender a la gente de abajo, que la reacción armada, tanto por su capacidad para desmoralizar a quien agrede como por el hecho de incorporar a la resistencia a colectivos amplios de la población, incluidos niños, mujeres y personas mayores.

Cuanto antes se consiga un acuerdo de paz más vidas ucranianas serán salvadas, menos ciudades resultarán destruidas y menos resultará dañada la economía del país. Desde este punto de vista, la exigencia en todos los foros del alto el fuego y de la retirada de las tropas rusas debe ser un imperativo. Lo mismo que la protección de las personas refugiadas. La afluencia de migrantes ucranianos a la Unión Europea supone un desplazamiento de personas sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Ese fenómeno ya está produciendo una ampliación demográfica de Europa y debe ser abordado con el máximo respeto por los derechos humanos, evitando las discriminaciones por razón de origen, de color, y frenando situaciones intolerables de tráfico y abuso sexual. De la misma manera, el apoyo sin fisuras a las personas ucranianas que huyen del horror debe vincularse a una crítica abierta de la rusofobia, esto es, de la aberrante estigmatización de la cultura rusa y de buena parte de su ciudadanía que últimamente ha ido en aumento. Desgraciadamente, la desinformación, la burda propaganda y un cierto “unanimismo” que exige leerlo todo en términos maniqueos y simplistas no favorecen estas actitudes.

La prolongación de la guerra y de su sistema de sanciones ya está implicando aumentos desorbitados en el precio de productos básicos, incluidos los alimentos y la energía. Mientras millones de euros que deberían sufragar las políticas sociales y verdes de recuperación pospandemia, se están destinando a aumentar los presupuestos militares. Nada de esto favorece a la ciudadanía que más ha perdido con la crisis y con la pandemia. En Alemania, quien más se benefició del incremento del gasto militar de un 2% del PIB anunciado por Scholz fue el conglomerado Hensoldt, el mayor contratista del Ministerio de Defensa germano, cuyas acciones se dispararon de inmediato.

mientras millones de euros que deberían sufragar las políticas sociales y verdes de recuperación pospandemia, se están destinando a aumentar los presupuestos militares. nada de esto favorece a la ciudadanía que más ha perdido con la crisis y con la pandemia.

Un escenario de estas características solo puede favorecer a la extrema derecha, cómoda en su lenguaje nacionalista belicista; y perjudicar a una Europa que cada vez será más irreconocible como impulsora de la democracia, de la paz y del bien común planetario. Solo por eso, el rechazo de una OTAN reacia a la desnuclearización y entregada a un nuevo furor guerrero, debería ser tan nítido como el repudio de la infausta invasión de Putin, que está favoreciendo la confrontación entre bloques imperiales con armas nucleares.

Contra lo que afirma el supuesto realismo militarista, solo un pronto alto el fuego y una salida negociada en el marco de instancias como la ONU o la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), podrían minimizar el dolor, comenzar a restañar heridas que tardarán en cerrar y abrir caminos reales hacia la paz. Estos caminos tendrían que pasar por el reconocimiento a Ucrania del derecho a su independencia y autogobierno, con garantías para su seguridad y un estatuto de neutralidad similar al de Finlandia o Austria. Es dudoso, ciertamente, que una solución de este tipo pueda provenir de unas clases dirigentes que no han querido o no han sabido evitar este desenlace trágico. Por eso, una vez más, es imprescindible estar junto a quienes, a pesar de la represión o la censura, se movilizan en pro de la desescalada militar y de la solidaridad con todas las personas que quieren poner fin al horror de la guerra eterna. En Ucrania, en Rusia, en Europa, en los Estados Unidos, o en cualquier otro rincón del planeta.

En el caso europeo, estas movilizaciones entroncan con una antigua tradición antimilitarista que incluye a figuras diversas como Rosa Luxemburg, Bertrand Russell, E.P Thompson, Olof Palme o las Mujeres de Negro. Para esta tradición, las guerras aparecen casi siempre ligadas a regímenes políticos y económicos oligárquicos o despóticos que pugnan por la apropiación de recursos materiales y energéticos en beneficio de una minoría privilegiada y en detrimento de los intereses de la inmensa mayoría. Precisamente por eso el rechazo a la guerra, a la que Putin ha desatado en Ucrania, pero también a las que azotan a Palestina o a Yemen, deben vincularse a una crítica de fondo de las violencias imperialistas y del capitalismo predatorio que está imponiendo una nueva involución democrática global, amenazando la supervivencia misma de la especie.

Desde una perspectiva coherentemente antimperialista, la crítica de la invasión de Putin y del regreso de una OTAN recargada, que ya opera en regímenes fuertemente autoritarios como el de Turquía y que pretende expandirse a países como Colombia, debería ser irrenunciable. Sobre todo, si de lo que se trata es de promover la paz y la justicia en un nuevo orden global, multilateral y más cooperativo. Por eso, en estos tiempos brumosos, con demasiado ruido y demasiada furia, conviene que todos, comenzando por las jóvenes generaciones, tengamos presente la certera máxima que ha movido a tantas y tantos internacionalistas: “no a las guerras entre pueblos, ninguna paz con los canallas que las promueven”.

Ucrania: contra la guerra y por una nueva seguridad global

Las actuales negociaciones constituyen una ocasión única para mostrar que una dirigencia política lúcida y una sociedad civil consciente y movilizada pueden alumbrar unas relaciones internacionales más cooperativas y sensatas

Gerardo Pisarello 3/02/2022 en CTXT

El conflicto entre Estados Unidos, la OTAN y Rusia a propósito de Ucrania no es nuevo. Sí lo es, en cambio, la singular escalada que ha experimentado últimamente, con acusaciones cruzadas de agresión entre unos y otros y con el fantasma de la guerra sobrevolando peligrosamente el horizonte. Nada aconseja trivializar esta situación. Una pequeña chispa, activada indistintamente por Vladimir Putin o Joe Biden, bajo el influjo de los halcones vinculados al negocio de la guerra, podría incendiar Europa y desatar desgracias inconmensurables en los sitios menos pensados. Y no solo eso. Quienes hoy se miran de reojo y se rearman con supuesto afán disuasorio, no empuñan rifles de juguete. Son países altamente militarizados, potencias nucleares capaces de generar catástrofes humanitarias y ecológicas difícilmente reversibles. 

En un escenario así, centrarse en evitar la guerra y en construir desde ya un nuevo orden económico y energético internacional, no imperial, más justo y democrático, dista de ser un ejercicio de buenismo ingenuo. Es la única forma realista de prevenir una devastación planetaria que sería de necios subestimar. 

1- Desafiar a Tucídides.

Se ha evocado mucho en estos días la reflexión que Tucídides dejó escrita en su Guerra del Peloponeso: “la guerra era inevitable, por el ascenso de Atenas y por el miedo que ello generó en Esparta”. Con esta referencia al historiador heleno se ha querido recordar que lo que está en disputa en el teatro de operaciones ucraniano no es un simple conflicto local. Es un enfrentamiento de mayor calado. Una pugna por la hegemonía entre China, potencia ascendente, y los Estados Unidos, potencia en declive, con el Kremlin como aliado cada vez más estrecho de Pekín.

Que esta tensión estructural existe, es indiscutible y define la realidad innegable de un mundo irreversiblemente multipolar. La cuestión es si la llamada “trampa de Tucídides” es una fatalidad destinada a resolverse en nuevas guerras o si alternativas más sensatas y menos suicidas pueden abrirse camino.  

La cuestión es si la llamada “trampa de Tucídides” es una fatalidad destinada a resolverse en nuevas guerras o si alternativas más sensatas

 En el caso de Ucrania, tanto Biden como Putin podrían verse empujados por sus respectivos lobbies militares-empresariales a una salida belicista. Con ello, podrían intentar ganar prestigio temporal ante sus opiniones públicas respectivas.  Sin embargo, también tendrían mucho que perder.

Tras la desastrosa retirada de Estados Unidos de Afganistán, algunos analistas pensaron que Biden podría recluirse internamente, desplegar un programa “rooseveltiano” y asumir, en el plano exterior, políticas de “buena vecindad”. Ni sus adversarios republicanos ni la derecha demócrata vinculada al negocio armamentístico se lo pusieron fácil. Todavía golpeados por el Vietnam afgano, los Estados Unidos no tardaron en anunciar la creación del llamado Aukus, un partenariado militar con Australia y Reino Unido que tenía como propósito contrarrestar la pujanza de China en la región del Índico y el Pacífico. Este partenariado ya presentaba algunas singularidades. De entrada, dejaba fuera a sus aliados de la Unión Europea (UE). Es más, obligaba al Gobierno australiano a romper su compromiso de adquirir submarinos a Francia, sustituyéndolos por submarinos estadounidenses de propulsión nuclear.

Desde entonces, Biden ha aparecido como un presidente desnortado, preso de grupos de poder asociados a la industria militar o a las energías fósiles y acechado por el fantasma de Trump. Todo ello, lejos de alejarlo del belicismo, le ha llevado a reactivarlo en más de una ocasión. Por el momento, el conflicto de Ucrania parece estar sirviéndole para eso: para revivir a una OTAN a la que el propio Emmanuel Macron decretó la “muerte cerebral” ya en 2019 y para mantener, a través de ella, su control sobre Europa, azuzándola contra Rusia.

Todavía golpeados por el Vietnam afgano, los Estados Unidos no tardaron en anunciar la creación del llamado Aukus, un partenariado militar con Australia y Reino Unido que tenía como propósito contrarrestar la pujanza de China en la región del Índico y el Pacífico

Rusia, sin embargo, no es la de la caída del muro. Ha desarrollado un poderío militar y tecnológico de gran envergadura, y no va a dejar de utilizarlo para proteger sus intereses. Convertida en un gran exportador de gas y petróleo, cuenta con una de las reservas de divisas más grandes del mundo. Según Adam Tooze estas oscilarían entre 400.000 y 600.000 millones de dólares, lo cual le daría un margen considerable para contrarrestar los embates de un régimen de sanciones duro similar al de Irán y para jugar sus propias cartas en el mercado energético. Pero como apunta Rafael Poch, tampoco la potencia rusa debe sobreestimarse. A pesar de su fuerza relativa, Rusia carece de la autonomía económica y financiera de los circuitos capitalistas internacionales que ha ido construyendo China. Por otro lado, las propias características autocráticas y oligárquicas del régimen –incubadas ya durante el gobierno “prooccidente” y “liberal” de Boris Yeltsin– han aumentado su fragilidad. Como explica Tooze, el contrato social interno de la era Putin –“ustedes nos proveen y dejan en paz nuestras dádivas sociales al estilo soviético, y nosotros les votaremos sin preocuparnos por sus robos y corruptelas”– se ha ido desgastando en los últimos años. Y a ello deben sumarse los descontentos sociales reales existentes en muchos de los países que rodean a Rusia. Este es el caso de la propia Ucrania, cuyo cambio de régimen en 2014 contó con un fuerte apoyo económico de Washington y Bruselas, pero no hubiera sido posible, como sostiene Poch, sin un genuino movimiento nacional-popular detrás.

Esta compleja realidad admite dos salidas contrapuestas. Una, en uno y otro bando, es la tentación de la guerra, una alternativa altamente inflamable tratándose de potencias nucleares. La otra es desafiar la maldición de Tucídides, abandonar el juego de la gallina militarista y dedicar todos los esfuerzos diplomáticos y económicos a la transición hacia un orden internacional nuevo. Multipolar, más cooperativo, más democrático. Una opción que lejos de ser un ensueño idealista resultaría, en el medio y largo plazo, más beneficiosa y pragmática para todos.     

2- El reto europeo: creerse la “autonomía estratégica” 

Llegados a este punto, la pregunta es si la UE está en condiciones de afrontar este desafío. La respuesta no está clara. La realidad incontestable de un mundo multipolar ha llevado a la UE a reivindicar la necesidad de una mayor “autonomía estratégica” frente a las grandes potencias. Sin embargo, la concreción de esta consigna ha venido condicionada por el control que los Estados Unidos y el Reino Unido, a través de la OTAN, siguen ejerciendo sobre el continente.

Esto se ha visto con bastante claridad en el conflicto ucraniano. La voz más belicista, y la que más histéricamente ha insistido en la inminencia de una invasión rusa de Ucrania, ha sido la del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, seguido quizás por Boris Johnson. Esta actitud contrasta con la del propio presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a menudo incómodo con el fervor pro escalada en el que está instalado Stoltenberg. Y lo mismo ocurre con países europeos de peso como Alemania, Francia o Italia. Todos ellos se han mostrado renuentes a embarcarse en una estrategia de choque con Rusia que amenazaría su seguridad y su economía. 

La voz más belicista, y la que más histéricamente ha insistido en la inminencia de una invasión rusa de Ucrania, ha sido la del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, seguido quizás por Boris Johnson. 

En las últimas semanas, el canciller Olaf Scholz ha exhibido en más de una ocasión su resistencia a dejarse arrastrar por una espiral de amenazas de sanciones que impliquen cancelar el gasoducto Nord Stream 2, que va de Rusia a Alemania. Macron tampoco ha dejado de mantener contactos diplomáticos con Putin. Y el propio Mario Draghi ha recordado a Biden que el empresariado italiano mantiene estrechas relaciones comerciales con Rusia que no está dispuesto a romper.

Es pronto para saber el desenlace de este juego de cálculos. Pero es evidente que para que Europa tenga una voz creíble en este asunto, es fundamental que la “autonomía estratégica” deje de ser consigna pronunciada con temor para convertirse en una afirmación decidida de una política de seguridad, comercial y energética propia. Esta política no puede basarse en resucitar un proyecto otantista cuyo desprecio por la UE ha llegado a cotas insultantes (como con el famoso “¡que le den a Europa!” de la embajadora estadounidense para asuntos europeos, Victoria Nuland). Tampoco puede construirse contra Rusia y contra China, como pretende Estados Unidos. Por el contrario, si Europa aspira a tener una voz propia, esta debería servir para preservar la paz, apuntalar el derecho internacional y el papel de Naciones Unidas, y favorecer la transición hacia un orden internacional no imperial, más justo y sostenible. 

Obviamente no se trata de un giro sencillo después de décadas de sumisión casi exclusiva al proyecto imperial norteamericano. Pero es imprescindible si Europa pretende salir de la crisis pandémica con un proyecto confiable para su propia ciudadanía.

3- El papel de los países del sur en la gestación de un nuevo modelo de seguridad

Más allá del papel central de Alemania y Francia en el impulso de cualquier proyecto de seguridad renovado, este sería inviable sin el concurso de los países del Sur de Europa. Italia lo ha tenido más o menos claro y Portugal ha evitado sobreactuaciones. Por eso, la decisión de la ministra de Defensa Margarita Robles de tropas al Mar Negro y Bulgaria sin que nadie lo solicitara, apareció como un movimiento desafortunado y poco meditado. De entrada, porque como apuntaba Manel Pérez en las páginas de la La Vanguardia, trajo a la memoria al furor atlantista de José María Aznar durante la invasión de Irak. Ya en aquel entonces, los aparatosos gestos de subordinación a los Estados Unidos acabaron por comprometer temerariamente la propia seguridad española. Pero no solo eso. La decisión de Robles no pareció conmover a un “amigo americano” que difícilmente se prestará para frenar las pretensiones de Marruecos sobre los recursos energéticos del Sahara, sobre todo si eso implica cuestionar la alianza trabada en su momento entre Mohamed VI y Benjamin Netanyahu.

Esta decisión, en realidad, fue desafortunada en dos sentidos. Por un lado, acercó peligrosamente al Gobierno de coalición al “partido de la guerra”, algo que Pablo Casado aplaudió de inmediato. Por otra parte, contrastó con el papel en cierto modo vanguardista de los Gobiernos de Portugal, España e Italia, durante la primera fase de la pandemia. En aquel momento, todos ellos tuvieron un peso decisivo a la hora de empujar a la Europa del norte, con Merkel a la cabeza, a asumir el llamado “momento hamiltoniano”. Esto es, a entender que la crisis que suponía la pandemia obligaba a suspender las reglas austeritarias del Pacto de Estabilidad europeo, a apostar por la mutualización de las deudas y a aprobar transferencias directas a los países más necesitados. 

La decisión de Robles no pareció conmover a un “amigo americano” que difícilmente se prestará para frenar las pretensiones de Marruecos sobre los recursos energéticos del Sahara

Resultaría decepcionante que los mismos países que contribuyeron a que Europa tuviera una respuesta más social y creativa que en la crisis del 2008 se dedicaran ahora a secundar iniciativas caducas, propia de la Guerra de la Fría, y a desempolvar los viejos tambores de la guerra. Por el contrario, lo que se esperaría es que los países del Sur impulsaran una profundización del giro social, acompañándola de la defensa de una Europa comprometida con la paz, con la desescalada y con una transición energética justa.

En el caso de Ucrania, esto obligaría a recuperar algunos principios y propuestas ya presentes en el Acuerdo de Minsk II, firmado en 2015 por Alemania, Francia, Rusia y Ucrania, bajo el auspicio de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OCSE). Su propósito, entonces, fue aliviar la guerra del Donbás. Su puesta al día exigiría, también por parte de los países del sur de Europa, propiciar un acuerdo claro a favor de la distensión, la desnuclearización y la resolución dialogada del conflicto actual. Ello supondría la retirada acordada de las tropas movilizadas en el marco de la escalada y la búsqueda de un estatuto de neutralidad para Ucrania, con plena autonomía para el Donbás y en el marco de una República federal, plurinacional y multiétnica (en una línea parecida, por ejemplo, a los Acuerdos de Viernes Santo firmados en Belfast en 1998 para el caso de Irlanda).   

En un marco como el actual, parece inasumible que se prohíba a Ucrania entrar a la OTAN, como pretende Putin. Pero al estar atravesada por conflictos territoriales, también es muy difícil que sea invitada a sumarse a ella o a la UE. Incluso si la Administración Biden se arriesgara a ello, no es descartable que Alemania y Francia vetaran esa posibilidad. En cambio,  como ha defendido Anatol Lieven en The Nation, un nuevo acuerdo de paz podría incluir un tratado que estableciera la neutralidad de Ucrania para la próxima generación, similar a la del Tratado del Estado austríaco de 1955, pero finalizable o renovable a los 30 años. Un tratado de estas características no sería imprescindible, pero permitiría alejar el principal motivo para la interferencia rusa y para la intimidación de Ucrania. 

En el marco actual, parece inasumible que se prohíba a Ucrania entrar a la OTAN, como pretende Putin. Pero al estar atravesada por conflictos territoriales, también es muy difícil que sea invitada a sumarse a ella o a la UE

Quizás por un aprendizaje histórico, tanto China como Rusia han tendido a desplegar una política exterior más prudente y más abierta a la diplomacia que la norteamericana, por lo que podrían aceptar un acuerdo así. También los Estados Unidos, en realidad. Pero eso dependería de que su propia opinión pública, así como la UE, hablaran con una voz clara y plantaran cara al poderoso lobby que financia el armamentismo. 

Todo esto obligaría a Europa a pensar en grande y a atreverse a imaginar orden internacional no imperial, más cooperativo y pacífico. Es verdad que esto es difícil cuando la pandemia ha suspendido la movilización ciudadana en muchos sentidos. Pero tampoco se partiría de la nada. En el caso de España, esto supondría recuperar muchos de los argumentos pacifistas, antinucleares, ya presentes en las campañas contra la permanencia en la OTAN de 1986. Asimismo, exigiría reeditar el espíritu de las masivas movilizaciones contra la guerra de 2003. Y por supuesto, implicar a los centros de resolución de conflictos y de cultura de paz en la diplomacia internacional, asumiendo las propuestas ecofeministas que vinculan estos objetivos a un nuevo modelo productivo, reproductivo y energético.   

Muchas de estas alternativas han sido planteadas en el “Manifiesto por la paz y para evitar una nueva guerra en Europa”, firmado por Unidas Podemos, En Comú Podem, Alianza Verde, Bildu, BNG, CUP, Más País y CompromísPero sin duda podrían enriquecerse a lo largo de los meses que precederán a la cumbre de la OTAN del próximo mes de junio. 

Esta cita, de hecho, sería una buena oportunidad para plantear la necesidad de otro modelo de seguridad, realista pero desligado de las obsesiones de la Guerra Fría y de una OTAN que no ha dado signos de superar su estado de “muerte cerebral”. Desde luego no es fácil activar un sujeto pacifista movilizado en medio de una pandemia que lo ha trastocado todo. Pero sería dramático que para asumir la necesitad de un cambio hubiera que pasar por el trauma de nuevas guerras. 

Las actuales negociaciones a propósito del conflicto ucraniano constituyen una ocasión para mostrar que una dirigencia política lúcida y una sociedad civil alerta pueden alumbrar unas relaciones internacionales más cooperativas y sensatas, sin que una gran catástrofe bélica actúe como catalizador para ello. 

Seguramente, esto obligaría a denunciar la corrupción y la opacidad que rodea a los negocios de la guerra, reivindicando la valiente tarea llevada adelante por gente como Julian Assange. Como contrapartida, a quien más beneficiaría un modelo de seguridad alternativo sería a las poblaciones de Ucrania, Europa, China, Rusia, Estados Unidos y del mundo entero, que en estos tiempos convulsos podrían constatar lo obvio: que la paz sigue siendo el único camino.