GERARDO PISARELLO: “LA MONARQUÍA ES UN IMPEDIMENTO PARA DISCUTIR LA CUESTIÓN PLURINACIONAL”

por Eloi Gummà, Jaume Montés y Roc Solà, para Debats per Demà

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Entrevistamos a Gerardo Pisarello, actualmente Diputado al Congreso y miembro de la mesa. Recientemente, ha publicado Dejar de ser súbditos. El final de la restauración borbónica, un libro donde explora el papel de la monarquía en la articulación del poder en el Estado. La entrevista fue realizada entre el calor esperable de la última semana de julio y una hospitalidad digna de Mariana Pineda.

Bloque 1. Coyuntura: Régimen

¿Cómo ves al régimen del 78? ¿Le ves una mala salud de hierro o estamos ante un polvorín?

Mi impresión es que, después del crac de 2008 y de sus efectos concretos, aparecieron un conjunto de reacciones y revueltas democráticas y republicanizantes contra el régimen que nos hicieron pensar que se podía abrir un escenario de procesos constituyentes y cierta ruptura democrática. Sin embargo, creo que lo que hemos constatado es que estos diferentes embates contra el régimen no tuvieron la fuerza suficiente para alterar las estructuras socioeconómicas sobre las cuales se sostenía, a pesar de que lo dejaron tocado desde un punto de vista político-cultural (fin del bipartidismo, etc.). Lo que pasa es que ahora estamos viendo una reacción, que es global, contra estos intentos de democratización y que se están expresando con la irrupción de fuerzas que, en el caso español, son pre-régimen, es decir, que nos devuelven a los lenguajes y obsesiones del franquismo y que se sitúan en un lugar anterior a los acuerdos que el antifranquismo impuso. Por lo tanto, estamos en una situación en que el régimen continúa cuestionado —no puede legitimarse como tal—, pero las salidas democratizadoras tienen un problema para abrirse camino, puesto que ha aparecido una extrema derecha enormemente violenta que no solo intenta frenarlas desde un punto de vista discursivo, sino que está dispuesta a todo, incluso a usar el poder judicial y parte de los aparatos coactivos del Estado —no sabemos hasta qué punto— para defender sus posiciones.

Hace unos meses se puso en marcha el nuevo gobierno de la Generalitat, en que, por primera vez desde 1931, ERC ha quedado por delante de la derecha. ¿Qué horizontes ves para las izquierdas en Cataluña?

Que ERC haya quedado por delante en el gobierno después de la coyuntura de los años treinta del siglo XX tiene un valor simbólico muy alto. Lo que pasa es que la impresión que se tiene es que este avance del republicanismo de izquierda y centro-izquierda, en sus diferentes variantes —estoy pensando en ERC, pero también en Comuns, la CUP, etc.—, no ha tenido tampoco la fuerza que hubiéramos querido. Por lo tanto, volvemos a la reflexión de fondo de antes: estamos ante una crisis de régimen, de una crisis del sistema económico sobre el cual funciona este régimen —un modelo de capitalismo financiarizado, neoliberal, que está agotado en términos energéticos y en sus características extractivistas—, pero las fuerzas políticas que podrían plantear un desafío serio que permitiera superar estas estructuras no tienen, de momento, la fuerza suficiente. Y a esto le tenemos que añadir, además, que todos estos avances republicanos se producen en un contexto en que la movilización social está suspendida como consecuencia de la pandemia. Así pues, son cambios que se están produciendo en el ámbito institucional, tanto en Cataluña como en el conjunto del Estado, pero que no tienen un reflejo, aparente cuanto menos, en la autoorganización y la movilización popular fuera de las instituciones, que siempre son la clave de los avances republicanos.

Hablas de las diferentes crisis y, sobre el tema de la monarquía, a menudo nos preguntamos si hay diferencias entre la crisis de la monarquía de 2014 que llevó a la abdicación de Juan Carlos I y la crisis actual de Felipe VI.

Lo que pasa es que yo creo que, en el imaginario social mayoritario, en 2014 todavía se estaban discutiendo sobre la caza en Botsuana, el elefante, etc. Lo que estamos discutiendo a partir de la nota de la casa real del 15 de marzo de 2020 es un terremoto mucho más contundente. Es la idea de que lo que se denominaba el juancarlismo era una forma de operar ilegal, con negocios muy oscuros que tenían que ver con algunas de las debilidades de la matriz productiva y económica en España, es decir, negocios vinculados a la dependencia del petróleo, tráfico de armas con dictaduras muy opacas, etc. Esto ha hecho estallar de manera irreversible el juancarlismo y amenaza con dejar tocado a Felipe VI. De hecho, ahora hay una operación en marcha por parte de los sectores monárquicos para establecer un cortafuego que pueda preservar a Felipe VI de todo lo que ha hecho su padre. Por lo tanto, la crisis del actual rey no es todavía tan evidente a pesar de que también sobre él planea una pregunta inevitable: si efectivamente él desconocía o era ajeno a todas estas actuaciones que se atribuyen a su padre. Y una respuesta negativa es muy poco verosímil de cara a la opinión pública.

Subtitulas el libro “El fin de la restauración borbónica”. ¿Crees que estamos a las puertas del final de la monarquía de Felipe VI?

El título tenía un sentido que deliberadamente jugaba con los dos sentidos que significan el fin de algo: el sentido que tiene algo o la culminación de una determinada etapa. A mí me interesaba mostrar sobre todo cuál es el fin que la monarquía borbónica ha tenido en la historia española y cómo de alguna manera ha sido la cola de un régimen político oligárquico, bastante centralizador y que básicamente ha amparado este modelo económico de capitalismo rentista y extractivista que ha dificultado enormemente una mínima modernización y democratización de la economía. Esta ha sido fundamentalmente la finalidad que ha tenido la monarquía borbónica y ahora es una situación muy extraña. Porque la corona atraviesa una crisis muy fuerte como consecuencia de investigaciones extranjeras, de la apertura de investigaciones judiciales en Suiza, etc. y se hace patente esta idea de que el rey va desnudo de una manera que no había pasado nunca desde la transición, pero es un momento donde curiosamente las fuerzas democráticas y republicanas que podrían plantear un cuestionamiento de fondo, en parte, su presencia en la calle y su capacidad impugnadora ha estado muy limitada por la pandemia, por un lado, y, de la otro, de una extrema derecha que ha salido a mostrar que para defender la monarquía y para evitar que el régimen pueda colapsar, es capaz de perseguir adversarios, de calumniar, de difamar, de espiar y de usar todas las cloacas del Estado para obtener sus objetivos.

¿Cómo ves la relación entre la PSOE y la monarquía en la construcción del régimen del 78 y en el presente? ¿Crees que la PSOE puede estar cometiendo un error con esta defensa a ultranza de la monarquía teniendo en cuenta su crisis de legitimidad?

El PSOE, como siempre, es muchas cosas a la vez. No deja de ser, por un lado, el partido de Prieto o Julián Besteiro, que hicieron todo lo posible para llevar a Alfonso XIII ante una comisión de investigación a raíz del caso de Annual. Después, siendo consciente de esta historia y de lo que piensan buena parte de sus bases, en la Transición amaga con una enmienda republicana en los debates constituyentes con la ponencia de Gómez Llorente que Pedro Sánchez recordaba hace poco. Pero a la vez, también es un partido que ha sido un puntal básico del régimen, al que le da mucho miedo sacar el tapón de la monarquía porque considera que sin la protección de la monarquía la derecha podría hacer valer su fuerza destituyente para poner fin al gobierno actual. Por lo tanto, en el PSOE ves muchas dudas en relación a esto; mi impresión es que están haciendo todo lo posible para que Juan Carlos I no tenga que sentarse en una comisión de investigación en el Congreso y para que no acabe sentado ante un tribunal. Creo que mucha gente del PSOE esperaría que muriera en el exilio y que se cierre por lo tanto la etapa del juancarlismo, consiguiendo que el felipismo sea capaz de acompañar gobiernos del PSOE.

El PSOE está ante una duda hamletiana

Lo que pasa es que hacer esto tiene un precio demasiado alto, porque si para que la monarquía te proteja lo que tienes que hacer es consentir su impunidad, tu propio proyecto político se acaba degradando. Se degrada de cara a las bases y aparte de tus votantes. Por lo tanto, el PSOE está ante una duda hamletiana en que tiene que decidir qué hacer con esta figura y creo que no saben cómo resolverlo pero que la obligación de las fuerzas republicanas es presionar y mostrar esta contradicción. La contradicción de tratar la monarquía, ya ni tan solo como una monarquía parlamentaria, sino como una institución con licencia para delinquir, no sujeta a controles básicos en elementos claves como la transparencia.

Si lo miramos desde la perspectiva de la monarquía es realmente impresionante que no se hayan tomado medidas de reforma o modernización. En el libro, pones el ejemplo de Olaf Palme en Suecia y los cambios constitucionales que introdujo para despojar a la monarquía de todos sus poderes como el vínculo del monarca con las fuerzas armadas. ¿Cómo puede ser que no hayan empujado ningún proceso de cambio más allá de la abdicación en 2014?

De hecho, la Constitución tiene un artículo, el 57, que prevé la posibilidad de una ley de la corona, para resolver dudas ante abdicaciones o situaciones que generen dudas sobre el estatus jurídico que pueda tener la corona. A partir de ahí se podrían hacer muchas cosas, pero no se hacen porque separar la monarquía de las fuerzas armadas aquí supondría cuestionar el modelo de la restauración franquista, que consiste en mantener muy viva la idea del rey soldado, que es precisamente lo que puede, en situaciones de crisis, disponer de las fuerzas armadas para proteger la unidad de España, los intereses económicos a los que la monarquía está vinculada. Por lo tanto, cuestionar esto implicaría cuestionar elementos de fondo del régimen, y esto explica que Felipe VI haya intentado actuar como rey soldado el 3 de octubre de 2017, o que sea un rey que, al igual que su padre, nunca ha condenado el franquismo. Porque, no nos engañemos: el hilo con el franquismo es muy claro, y por tanto plantear cualquier reforma que toque este vínculo sería en realidad abrir un debate materialmente constituyente sobre un cambio de régimen. La monarquía se ha convertido en una especie de vampiro que ya no tolera exposiciones a luz abierta porque eso implicaría discutir el papel real -económico, político- que ha jugado durante todos estos años y que está muy alejado de la idea de que el rey reina, pero no gobierna, como figura meramente simbólica.

Si miramos los últimos sondeos, podemos ver como el creciente número de gente en contra de la monarquía no se acaba de reflejar del todo a nivel electoral, provocando el hecho de que gente en contra de la monarquía pueda acabar votando partidos monárquicos (principalmente el PSOE). ¿Cómo crees que deberíamos activar políticamente este potencial? ¿Crees que, después de que ésta no fuera una de las cuestiones principales de la última década, ha llegado el momento de hacerlo?

 Aquí hay una idea, que ha existido mucho en la tradición del PSOE, que es mostrar que tú puedes tener una monarquía y, a pesar de que no tengas una forma de Estado preferente, en el marco de esta monarquía se pueden conseguir algunos avances desde el punto de vista social y cultural. Este fue el marco sobre el que se sostuvo el felipismo durante muchos años. Hoy hay una parte del PSOE que está intentando reeditar esto buscando que la derecha acepte acuerdos sociales y políticos de mínimos entorno a una monarquía relativamente limitada. Pero nada indica que la derecha lo acepte mientras no tenga el poder.

Tenemos que ir hacia un horizonte que la propia monarquía no tolera

Delante de esto, creo que el objetivo de las fuerzas republicanas es precisamente mostrar que, en un contexto de crisis económica tan profunda, con un crecimiento brutal de la precariedad y las desigualdades, no basta con estos cambios sociales de mínimos que no resuelven los problemas de fondo. Y para que esto no sea así, para lograr cambios de alcance más profundo -una política fiscal progresiva real, una reestructuración del modelo productivo en clave ecológica, blindaje de los servicios público, etc.- es muy difícil que lo puedas hacer mientras exista una monarquía que tiene como aliados fundamentales en todos estos sectores rentistas y extractivista que están en contra de que se produzcan estos acuerdos. Por lo tanto, creo que la pedagogía republicana también debe ir por aquí, para mostrar que hablar de monarquía no es dejar de hablar de los problemas sociales o económicos que la gente tiene en la cabeza. Que precisamente, si en un escenario de post-vacunación no queremos volver a la vieja normalidad y hacer cambios de fondo, tenemos que ir hacia un horizonte que la propia monarquía no tolera ni contempla.

Recientemente, hemos visto a AENA, en el caso del aeropuerto, y los grandes oligopolios eléctricos activarse para impedir que esta transición socio-ecológica …

Exactamente, y nunca veremos al Rey enviando mensajes explícitos o implícitos que cuestionen estas actuaciones. La Casa Real puede enviar a Leonor a plantar un árbol en el Hayedo de Montejo, en Madrid, pero nunca la veremos mover un dedo para detener la destrucción de la Ricarda o por cuestionar un proyecto, como la ampliación, que básicamente llenará el bolsillo de Blackrock y otros fondos de inversiones que integran el accionariado de AENA. Y lo mismo puede pasar en un tema clave como el de la luz. Iberdrola, que se dedica a vaciar embalses de Zamora y Cáceres para beneficiarse aún más de la subida del precio de la luz, fue una de las primeras empresas en saludar la llegada de Felipe VI. Y no es casualidad, porque en realidad se trata de grandes corporaciones que siempre han visto en la monarquía una pieza institucional y cultural clave por sus intereses extractivista.

Bloque 2. Sobre Dejar de ser súbditos. El fin de la restauración borbònica

Leyendo tu libro y como reseguir todos los “momentos republicanos”, tanto el francés como el inglés y también en nuestro país, uno tiene la sensación de que la figura de la monarquía siempre implica algo más de lo constitucionalmente recogido. En el caso inglés, uno siente que la monarquía permite una alianza de clases con las aristocracias para mantener una distribución de poder muy clara. En el caso francés, a partir de la reacción thermidoriana y la restauración borbónica, la figura del monarca representa un bloqueo a las voluntades de participación y soberanía popular. Hoy, ¿qué es ese algo más que implica la monarquía borbónica en España?

Yo creo que la diferencia con los casos británico y francés es que vivieron diferentes revoluciones republicanas que disciplinar claramente la monarquía en términos sociales e incluso económicos. Es decir, después de la revolución republicana de la década de 1640 en el caso inglés, la monarquía nunca volvió a ser lo que era. Pero aquella revolución republicana pone en cuestión también una forma de redistribución de la tierra, abre las posibilidades, de que haya una ciertamodernización y democratización de la economia. A la monarquía, sometida a importantes limitaciones, no le queda más que acompañar estos procesos renunciando a buena parte de la capacidad de influencia política y económica.

En el caso de Francia pasa lo mismo, y de una forma aún más radical. En el caso español no. Ninguna de las revueltas peninsulares tuvo la fuerza de la revolución francesa o inglesa. Y cuando aparecieron líderes republicanos valientes y honestos como Rafael de Riego y muchos otros, ninguno de ellos quiso o se atrevió a actuar como Oliver Cromwell o Robespierre. Por lo tanto, los Borbones lo que han hecho es rodearse de una corte que ha tenido en su corazón estas clases rentistas y terratenientes que fueron un freno para cualquier tipo de proceso de democratización social o económica ni tampoco mínimamente de modernización. Este me parece que es el papel fundamental que han tenido los Borbones. Hay algunas figuras políticas del siglo XIX, como el propio Prim, que ven esto claramente. Por eso Prim, que no por casualidad era catalán y estaba ligado a otros sectores económicos, termina pronunciando el Congreso el discurso de los tres “jamases” – “¡jamás, jamás, jamás los Borbones!” – viendo que no sólo había un problema con la monarquía sino también dinástico, que es real y continúa hasta hoy.

Si le damos la vuelta a la pregunta. Todos -o casi todos- los momentos de restauración han sido reacciones contra situaciones constituyentes. Sabemos también que tú has trabajado bastante el tema de los procesos constituyentes. ¿Dirías que hay elementos que se repiten en los momentos constituyentes de la historia catalana y española de los últimos 2 siglos? ¿Cuáles serían?

Yo creo que ha habido grandes revueltas republicanas, muy plurales, en diferentes momentos. Sin duda Cádiz es un buen ejemplo, lo que significó el trienio liberal contra Fernando VII, las primeras movilizaciones que explícitamente se autoconsideran ya democráticas y republicanas a partir de la segunda mitad del XIX, la Primera y la Segunda República, etc. Estos procesos nunca han dejado de producir y a veces han tenido aspiraciones constituyentes, como la prolamación de la república catalana por parte de Baldomer Lostau de un Estado catalán republicano en 1873. El problema es que nunca tuvieron la fuerza suficiente para dar la vuelta de una manera sustancial estas relaciones económicas sobre los que se mantenía la monarquía. Por eso hemos tenido mucho republicanismo cotidiano, persistente, pero pocas repúblicas. Es más, muchas veces estas transformaciones vinieron por otras vías, como en el caso de la desamortización de Mendizábal, que es un burgués revolucionario del siglo XIX que desde su perspectiva adopta estos cambios que el republicanismo popular no consiguió sacar adelante con fuerzas. Y, por tanto, lo que ha pasado es que muchas veces la caída de la monarquía se produce en un contexto donde cae el rey o envía un Borbón en el exilio, pero continúan conspirando desde el ejército, las estructuras institucionales, los poderes económicos, las fuerzas contrarias a estos procesos de democratización. Esto es clarísimo en el caso de las dos repúblicas y es lo que podría pasar hoy, por eso es importante entender el vínculo que existe entre la corona y todo este entramado de poder. Y muchas veces esta conspiración reaccionaria se da desde fuera: los Cien Mil Hijos de San Luís, la Rusia autocrática del siglo XIX, los Estados Unidos en el siglo XX, que impiden que en la península estas revueltas republicanas puedan tener éxito.

Muchas veces cuando cae un rey o se envía al Borbón al exilio, pero las fuerzas monárquicas continúan conspirando

Y cuando hablamos de procesos constituyentes, es importante distinguir. Hay procesos formales, que rompen jurídicamente con el marco existente y aprueban nuevas constituciones. Pero aprobar una nueva Constitución no implica que desde el punto de vista material puedas construir nuevas relaciones de poder. Por lo tanto siempre ha habido una distancia importante entre las nuevas Constituciones o marcos legales que intentaban imponer y el funcionamiento del aparato administrativo, económico, etc. que continuaba arrastrando las inercias del pasado. Y una de las experiencias que tuve como cargo público del Ayuntamiento fue sentir este peso de la herencia del aparato administrativo que no cambia simplemente como consecuencia de una revuelta republicana, sino que impone buena parte de sus inercias. Una de las experiencias que tuve como cargo público en el Ayuntamiento fue sentir ese pero de la herencia del aparato administrativo, de los poderes económicos y mediáticos que llevan años incrustados en la estructura institucional y que no desparecen simplemente como consecuencia de una revuelta republicana en las urnas sino que hacen todo lo posible por mantener su presencia.

Hemos visto en los años recientes, una serie de publicaciones de voces escuchadas y leídas en las izquierdas en todo el Estado en relación a la identidad nacional. Alba Rico, con el libro España, José Luis Villacañas con Imperiofilia y el populismo nacional-católico o Xavi Domènech con Un haz de naciones. ¿Crees que la cuestión monárquica que tú tratas a tu libro tiene que ver con esta discusión?

 Yo creo que sí. Santiago Alba Rico y Xavi Domènech lo han mostrado de manera magistral, aunque sus planteamientos presentan diferencias claras también. Tiene que ver con todo esto y sobre todo con las diferentes concepciones de la nación que están en disputa. Por ejemplo, Fernando VII e Isabel II todavía son reyes de “las Españas” en plural, y ya Alfonso XII es rey de España, sin más. Es decir que a partir de la segunda mitad del siglo XIX se ha ido consolidando un modelo que viene de antes pero que ya es una monarquía centralizadora y uniformista con elementos más liberales o más conservadores. Este es un problema que viene de lejos para que la configuración de la monarquía en España nunca logra dar un encaje claro a lo que eran los antiguos reinos, y por tanto a la pluralidad lingüística y territorial que existía en el conjunto de la península. Esto Marx lo ve de una manera muy clara en sus escritos sobre España al Daily Tribune en 1854. Por lo tanto, esta es una razón decisiva para pensar que la cuestión de la plurinacionalidad peninsular, indiscutible en el siglo XX y XXI, nunca podrá ser resuelta de manera clara y limpia mientras haya monarquía. Se pueden producir algunos avances parciales, pero una solución de fondo, basada en la libre decisión, será imposible mientras haya monarquía, y mientras haya una dinastía que no ha roto con el franquismo. De hecho creo, este es uno de los límites de sectores monárquicos de derecha, como el que representa un Herrero de Miñón, que han teorizado que los Borbones podrían tener un papel similar a los Habsburgo, tutelando ciertas diferencias nacionales, lingüísticas, etc.

Ferran VII i Isabel II aún son reyes de “las españas” en plural, y ya Alfonso XII es rey d’España

De hecho en el libro recuerdo como hasta el útimo momento Artur Mas creía que podía haber un Estado catalán amparado por la monarquía, porque desde su perspectiva conservadora sería fundamental para que este Estado en términos socioeconómicos no plantee ningún cambio de fondo que haga peligrar el status quo. Yo en esto pienso lo que pensaba Antoni Domènech en esto; que para que los pueblos peninsulares puedan decidir libremente su destino, la monarquía es uno de los principales obstáculos. Y de hecho, cada vez que hay una restauración borbónica aparece el mito de que este rey sí podrá acometer las tareas modernizadoras, plurinacionales, etc. Y siempre acaba funcionando mal.

Bloque 3. Debates y mañana del republicanismo

Se ha dicho que es más fácil que en Cataluña exista el republicanismo porque la derecha no es monárquica, mientras que si se mira el conjunto del Estado sería más complicado si no aparece una derecha republicana. ¿Le ves sentido a este razonamiento?

Hay una parte, sí, de la derecha catalana que ha dado un paso hacia el republicanismo. Pero en muchos casos porque no han encontrado el rey que se esperaban. No nos olvidemos que Jordi Pujol fue uno de los principales defensores de Juan Carlos I. Y algunos de sus herederos confiaron hasta el último momento en que Felipe VI intercediera para defender ciertos intereses económicos en Cataluña. El discurso de los 3 de octubre los levantó abruptamente de esta ilusión. Habrá que ver si esta frustración implica la asunción de principios y planteamientos republicanos democráticos o si se diluye en posiciones nacionalistas anti-republicanas.

En el resto del Estado, sin embargo, es mucho más complicado. Tenemos, evidentemente, el caso del PNV, que al estar ligado a intereses económicos no tan rentistas y especulativos, podría convertirse en una fuerza republicana más conservadora, pero claramente anti-franquista y consciente de que la monarquía es un impedimento incluso para una cierta modernización del sistema económico. En el resto del Estado, repito, me cuesta más de ver, pero cuando lees ciertas encuestas, ves que hay sectores económicos ligados a lo que queda de Ciudadanos o al PSOE que eran tradicionalmente monárquicos y que ahora ya empiezan a confiar más, como el Ortega de “El error Berenguer” en que la monarquía está agotada.

Después está el caso curioso de la derecha dura que siempre ha sido crítica con Juan Carlos I, pero no por no ser monárquica, sino porque lo veían un rey demasiado amable con los socialistas. De ahí es de donde sale el mito del republicanismo del primer gobierno de Aznar, que se expresa en cosas que llaman la atención como la reedición de obras de Azaña o de Joaquín Costa pero reconvertidos en un sentido funcional para al PP. Pero todo esto dura muy poco. Con Felipe VI, de hecho, buena parte de estos sectores de la derecha dura y de la extrema derecha ven que sí pueden tener un rey cercano a sus intereses, que Felipe VI no hará nada para cuestionar el franquismo o por distanciarse de manera abierta de las obsesiones de la derecha radical y que no reirá las gracias de un gobierno donde hay una fuerza política explícitamente republicana. Todo ello, sin embargo, es un problema por el propio PSOE, que a veces sueña con poder reeditar el viejo acuerdo entre Juan Carlos y Felipe González. Hace poco asistí al Congreso a un homenaje a Azaña. Una auténtica vergüenza. Porque era un homenaje, no al Azaña jacobino, republicano, que pronunció la ejecutoria contra el Borbón Alfonso XIII a las Cortes, sino a un Azaña derrotado, el de “paz, piedad y perdón”, que había perdido toda su fuerza republicana. Esto fue fortísimo. Van desnaturalizado por completo la figura de Azaña para escenificar una supuesta química entre el PSOE y Felipe VI. No aplaudimos ninguna intervención y nos fuimos inmediatamente.

Recientemente en la UPEC, Sánchez Cuenca decía que “no puede haber un referéndum sobre monarquía o república en España, no porque teman perderlo sino por las divisiones territoriales que hay”. ¿Estás de acuerdo?

Yo no creo que la monarquía esté en condiciones de ganar un referéndum. No es casualidad que llevamos 5 años sin que el CIS pregunte sobre el tema. A todos nos viene a la cabeza la imagen de Adolfo Suárez cuando le dice a Victoria Prego que no podían convocar el referéndum porque el perdían, seguramente si hoy le preguntas a Tezanos o alguien del CIS porque no preguntan sobre la monarquía podrían hacer lo mismo. La monarquía es un impedimento para discutir de manera limpia y clara la cuestión plurinacional Por tanto, en el marco de una campaña sobre la cuestión de la monarquía, no tengo nada claro que tuvieran asegurada una victoria. Evidentemente, en Cataluña, en el País Vasco la oposición sería más fuerte. Pero habría que ver los resultados en ciudades con fuerte tradición republicana: Cádiz, Coruña, Valencia, Gijón, etc .. Creo que nos sorprenderíamos. Por eso creo que las fuerzas republicanas, federalistas, confederalistas e independentistas deben poder trabajar coordinadamente para superar la monarquía, porque esto abriría muchos debates sobre la falta de democracia política y económica que hoy están bloqueados.

Decía Xavi Domènech al podcast turolense Moliendo Gordo, que en un lapso de una década tendremos que ver un proceso constituyente para una incapacidad de reforma muy profunda, que una constitución que no se reforma acaba implosión. ¿Cómo lo ves? Chile está teniendo (incluso disfrutando) ahora de su asamblea constituyente que marcará un punto y final a la constitución de Pinochet… 

Aquí sí que estoy de acuerdo con Sánchez Cuenca cuando dice que la Constitución no es reforma para intentarlo supondría abrir el debate sobre la forma de Estado. Las dos Constituciones que más han durado en la historia de España son la de la segunda restauración de 1876 y la actual de 1978. Ahora mismo estamos en un momento de bloqueo constituyente, lo que pasa es que la imposibilidad de una reforma constitucional real se está utilizando como excusa para impedir que se produzcan otros cambios. ¿Por qué no tenemos una ley de la corona o no se puede hacer un referéndum? Porque debería reformarse la Constitución. Y en este sentido la reforma hoy se está utilizando, no sólo por parte de la derecha sino también de sectores del PSOE, para impedir que a través de leyes orgánicas se puedan sacar adelante reformas en más profundidad.

Chile es un buen ejemplo de cómo los procesos constituyentes y republicanos llegan por vías inesperadas no previstas

Yo creo que tarde o temprano esto debería producirse un momento constituyente, que yo no me imagino que llegue por vías jurídicas previstas, sino que saldrá de manera imprevisible como en el caso de Chile, donde la Constitución de Pinochet estaba llena de candados y no admitía una reforma estructural y, de repente, el aumento de precios del transporte público es la chispa que hace estallar una gran rebelión ciudadana que parecía imposible: el compromiso del régimen para hacer un referéndum no previsto sobre una nueva constitución y una asamblea constituyente. Y Chile, en este sentido, es un buen ejemplo de cómo los procesos constituyentes y republicanos llegan por vías inesperadas no previstas. De todos modos, insisto en la idea de que abrir un proceso constituyente es importante, pero es igualmente importante alterar las correlaciones de fuerzas mediáticas, económicas y políticas, porque sin esto una nueva Constitución puede terminar siendo poco más que una hoja de papel.

Gabriel Rufián decía recientemente que “el paradigma ha cambiado, los gobiernos de los últimos 40 años siempre habían pactado con el nacionalismo de derechas vasco y catalán y ahora están obligados a pactar con el independentismo de izquierdas catalán, vasco y, a veces, gallego. Y creo que incluso se debería oficializar. Nos deberíamos poder presentar diferentes fuerzas políticas independentistas de izquierdas, me imagino al independentismo de izquierdas gallego, vasco y catalán presentándose —y no hablo de una lista electoral conjunta— bajo un paraguas discursivo, de intencionalidad política conjuntamente en unas elecciones españolas para sumar, para multiplicar los diputados y diputadas y para compartir causas también evidentemente con la gente de Adelante Andalucía, con la gente del SAT, con la gente del Bloque en Valencia, etc. Creo que es positivo y hay un campo allí interesante. A mi me parece interesante”. ¿Qué te parece?

Me parece muy interesante también, y por utilizar un símil republicano, puede ser importante para avanzar hacia un nuevo Pacto de Donosti como el de 1930. Aquí Rufián piensa más en fuerzas que sean declaradamente independentistas, pero creo que hay espacio para sumar más. Creo que en este arrecife de coral hay espacio para más alianzas, que a veces pueden ser acuerdos programáticos, orgánicos, más en el ámbito municipal, etc. Creo que el municipalismo es un gran laboratorio de experimentación democrática, donde las fronteras son más flexibles que en el ámbito estatal. Pero me parece que esta actitud es la correcta. Creo que, en el Congreso en Madrid, tenemos que avanzar en este sentido sin obsesionarnos por la forma orgánica que adopte esto. Pero el solo hecho de tener la predisposición para que los relojes estén acompasados ​​es enormemente importante, porque parte de la debilidad del republicanismo peninsular, muy bien aprovechada por los sectores conservadores y monárquicos en momentos clave, ha sido esta desconexión o falta de conocimiento mutuo que hacía que cuando se producía un impulso republicano a un lugar no pasaba nada a otros lugares del Estado.

Parte de la debilidad del republicanismo peninsular, muy bien aprovechada por los sectores conservadores y monárquicos en momentos clave, ha sido esta desconexión o falta de conocimiento mutuo

Debemos aprender estas lecciones, y aquí no puedo evitar que me salga mi visión de diputado de ultramar, también debemos aprender de experiencias que vienen del sur. A la hora de pensar qué tipo de organización necesitamos para frenar la extrema derecha, yo pienso en la gente de Bolivia, Colombia o Chile, donde han tenido que inventar y crear formas nuevas de enfrentarse a una derecha enormemente violenta.

En una entrevista reciente a eldiario.es, decías que te interesaba la idea de Jorge Reichmann, en relación al tipo de partido político para las fuerzas transformadoras, que “tenía que parecerse más a un arrecife de coral”. ¿Ha pensado más en que implica esta perspectiva de la organización partidaria?

 Esta es una reflexión que viene a raíz de que tanto el 15M y las mareas como el movimiento soberanista produjeron cambios muy importantes pero no tuvieron la fuerza que nos imaginamos que no habían sido capaces de dar lugar a nuevas formas de organización, con penetración y capilaridad territorial. Y cuando tú quieres ser una fuerza transformadora que quiere revisar de manera profunda las relaciones de poder en muchos ámbitos y no tienes la fuerza de los medios o el poder económico lo único que tienes es la organización. Por lo tanto yo creo que es una de las principales tareas de nuestra época, más que obsesionarnos principalmente por las encuestas y los escaños, debemos pensar cómo construir instrumentos políticos que contribuyan a la autoorganización democrática de la gente común para poder incidir en el cambio de estas relaciones.

Y desde este punto de vista me parece que el partido tradicional no es una buena herramienta, y una buena intuición del 15M y otros movimientos era precisamente que esto tenía que cambiar, y esta es una promesa incumplida aún hoy. Por lo tanto, pienso que para poder hacer frente a la extrema derecha, que sí está dando esta batalla política y cultural en las redes y los medios, que sí está intentando tener capilaridad, que están escribiendo libros, necesitaríamos un tipo de organización que fuera permeable y capaz de acoger suficiente pluralidad y diversidad para estar a la altura de este reto. Y desde este punto de vista, esta idea de Jorge Reichmann que habla del arrecife de coral me parece una metáfora interesante para nuestro contexto, donde un repliegue identitario desde una concepción jerarquizada sería lo peor que se podría hacer; sería un tapón imperdonable para un movimiento republicano que tiene condiciones para poder crecer en los años que vienen impulsado por las generaciones más jóvenes, el feminismo y otras cuestiones que la extrema derecha no podrá frenar.

Finalmente, una pregunta que se aleja un poco del tema. En la presentación de tu libro que se hizo en la Plaza Felipe Neri el martes 29 de junio, dijiste una frase que me gustó tanto estética como políticamente. Dijiste “no se lucha por esperanza, porque si se luchara por esperanza, cuando ésta no está, entonces no se lucha”. Entonces, ¿desde dónde seguimos luchando?

En realidad estaba reproduciendo una frase de uno de mis grandes referentes republicanos: Xosé Manuel Beiras. Me parece interesante como reflexión para que la esperanza es uno de los grandes motores de cambio sobre todo cuando la tienen los que no tienen nada. Pero quizás a veces nos toca luchar también sin tener esperanza, y Beiras decía que siempre ha luchado sin esperanza, y precisamente por eso sabía que no se rendiría jamás.

Hoy hay gente frustrada por el 15M o por el movimiento soberanista, y en este contexto me gusta la idea de que a veces tenemos que luchar por dignidad, porque toca, porque no podríamos hacerlo de otro modo

Hoy hay gente frustrada por el 15M o por el movimiento soberanista, y en este contexto me gusta la idea de que a veces tenemos que luchar por dignidad, porque toca, porque no podríamos hacerlo de otro modo. Para que la conquista de la propia libertad y de la libertad ajena es suficiente como para dar la batalla y resistir incluso si no ves un resultado concreto en el horizonte inmediato. No es un argumento en contra de la esperanza, que yo creo que es revolucionaria, pero sí puede servir para recordar que incluso en aquellos momentos donde la esperanza no está a niveles máximos siempre hay razones para seguir luchando.

Bloque 4. Rueda de reconocimiento republicana

Bartolomé de Las Casas

Fue uno de los grandes inspiradores de la concepción moderna de los derechos humanos e inspirador de las grandes revoluciones europeas, de la inglesa, de la francesa, de las revueltas americanas. Es hijo del hecho más importante de su época, y que es muy decisivo en la historia hispana, que es lo que llamó “la historia de la destrucción de las Indias”. Es un personaje horrorizado por ello y cómo reacciona a todo esto (él era un “encomendero” de origen), rompe con su propia biografía y pone las piedras fundamentales para pensar una alternativa basada en la idea de dignidad, en la idea de los derechos humanos y también en una idea de República.

Fue un gran obsesionado para republicanizar una monarquía imperial como la que le estaba tocando vivir y pensó que el primer requisito para poder republicanizar aquella monarquía imperial era acabar con la “encomienda”. Es decir, acabar con el régimen económico que hacía posible la monarquía imperial. En segundo lugar, que cualquier rey debía ser directamente elegido por la gente, y que por tanto, la monarquía hereditaria era absolutamente incompatible con cualquier régimen republicano. Creo que estas ideas tienen todavía mucha fuerza hoy.

Mariana Pineda

Una mujer fascinante. Es un ejemplo de cómo, en un contexto de lucha contra el absolutismo monárquico, el crecimiento del republicanismo democrático puede romper incluso los límites del espacio doméstico. Si Mariana Pineda es una joven viuda granadina que desde la autonomía que le daba la posibilidad de ser viuda y tener un cierto control sobre su domus, digamos, se convierte en una persona que impulsa tertulias republicanas, que acoge a casa a muchos de los activistas liberales (en el sentido español de la palabra) que se estaban enfrentando a Fernando VII, que era acusada de anarquista por los realistas de su época y que paga con su vida este impulso vital.

En el caso de Mariana Pineda, conviene recordar a García Lorca, su compromiso no nace de una formación doctrinaria. No es que Mariana Pineda fuera lectora de autores republicanos, sino que su republicanismo nace de un amor por la libertad y de una inclinación a levantarse contra el abuso, que a mí me parece que es el principal elemento de cualquier actitud republicana en la vida.

José Maria Orense

Otra biografía curiosa. Un cántabro desconocido o poco conocido. Pero que precisamente se formó políticamente en la batalla contra el absolutismo durante el trienio liberal. Fue de los que junto a Riego decidió plantar cara como nadie lo había hecho en unos de los más crueles reyes borbones, Fernando VII. Como todos los que intentaron hacerlo terminó exiliado, terminó marchando a Inglaterra. Después volvió con unas ideas más moderadas pero nunca abandonó este hilo republicano que le llevó a convertirse en 1873 en el personaje que acaba proclamando la República Federal, siendo ya muy grande, y que compartía muchos de los sentimientos que forman parte del núcleo del republicanismo hispano: la separación iglesia-estado, la necesidad de una reforma agraria, la necesidad de la defensa de la ciencia y el pensamiento crítico.

Otra cosa que es menos considerada, pero que para mí es muy importante y es objeto de mis intereses es el iberismo. Es decir, la idea de que para romper la configuración hispánica, monárquica y centralista era muy importante abrir este debate, el debate ibérico. Era una manera también de que el Sur de Europa pudiera hablarle de tú a tú a los “Cien mil hijos de San Luis”, es decir, a las presiones de Francia y de otras potencias. Me parece que es un proyecto sobre el que vale la pena darle vueltas.

Fernando Garrido

Junto a Pi y Margall, uno de los dos grandes personajes del federalismo republicano socialista del siglo XIX. Un cartagenero. Aquí aparecen las grandes ciudades del republicanismo: Barcelona, ​​Cartagena, Cádiz, Coruña. Un personaje enormemente fascinante, interesante, un gran publicista y de una enorme actualidad. Defensor de una idea de federalismo que también yo creo que hay que revisar, que es este federalismo muy pimargalliano, claramente sinalagmático, de abajo hacia arriba, siempre de libre adhesión. Yo creo que después de la experiencia de lo que ha sido el Proceso en Cataluña, son ideas que se necesitan recuperar. Hay que volver a revisar un poco más lo que pensaba realmente Pi en los diferentes momentos de su vida o lo que pensaba personajes como el Fernando Garrido, para encontrar algunas de las respuestas. Esto que decíamos antes, la idea de que todos los republicanismos peninsulares deben tener todos los relojes acompasados ​​para pensar en algún tipo de embate o superación del Régimen monárquico, centralista y cada vez más oligárquico.

Pi Margall

Uno de los más grandes de la tradición republicana democrática ibérica. Los temas de interés que tenía en su cabeza y con los que se compromete son inagotables. Critica los crímenes coloniales, como Las Casas; defiende a los patriotas soberanistas cubanos, como José Martí; elogia a los comuneros parisinos de 1871. Su republicanismo combinaba de manera muy creativa el federalismo, el confederalismo y las diferentes tradiciones socialistas y libertarias. Fue admirado por Engels y Federica Montseny. Se convirtió en presidente de la I República, y aunque no compartía las tomas de una parte del republicanismo popular, se negó a reprimir estos movimientos y presentó la dimisión por enfrentarse inmediatamente al republicanismo diestro que terminó representante Castelar. Es un personaje que sobre todo los jóvenes deberían conocer mejor. Hace poco he leído una historia de América de Pi, donde empieza a hablar de los pueblos indígenas, de cómo estaban organizados: los aztecas, los incas… es de una curiosidad extraordinaria y de una honestidad intelectual y personal abrumadora.

Manuel Azaña

Un republicano español, liberal e intelectualmente burgués, como el mismo decía, pero a la vez muy brillante. Hay un primer Azaña, que la derecha actual y una parte del PSOE se empeñan en olvidar, claramente jacobino y antimonárquico, con momento memorables en el Ateneo de Madrid. Es el mismo Azaña que, en la línea de Pi y Margall, cree que el problema de la organización del Estado se origina ya con Carlos V y la represión de los comuneros de Castilla. Y es el mismo, también, que llega a defender el derecho del pueblo de Cataluña a navegar por sí solos, si así lo deciden libremente, aunque después adopta posiciones más centralistas. Quizás confió demasiado en el papel que la pequeña burguesía ilustrada podía tener en el proceso republicano de su tiempo, despreciando la potencialidad de la autoorganización obrera y campesina, pero sin duda es uno de los exponentes más lúcidos de un republicanismo español progresista que sigue siendo necesario para producir transformaciones más amplias en el conjunto del Estado.

Margarita Nelken

Era, si no estoy equivocado, de familia de judíos alemanes, una mujer enormemente culta. Creo que se le atribuyó una traducción de la Metamorfosis de Kafka. Fue diputada por las Cortes y curiosamente fue contraria al sufragio femenino. Compartía esta idea con Victoria Kent, consideraba que si las mujeres votaban, como aún eran mujeres que estaban demasiado inscritas en ese escenario que Lorca describe tan bien en La Casa de Bernada Alba, un espacio doméstico cerrado, patriarcal, jerarquizado, ganarían las derechas. Otros, como Clara Campoamor entendían que el sufragio femenino era algo que no se podía aplazar. Pero bueno, una mujer con una biografía muy interesante, que pasa del partido socialista a los comunistas, que fue expulsada del Partido Comunista, y que era muy respetada por republicanos como Jiménez de Asúa. Una de las tareas pendientes del republicanismo actual es recuperar estas mujeres, que desde diferentes clases sociales, ya veces lejanas a la tradición estrictamente republicana, como es el caso de la gran Emilia Pardo Bazán, o de muchas mujeres anónimas de clase popular, han sido demasiado invisibilizadas. Es imposible pensar el republicanismo del futuro sin tenerlas presente.

Joaquín Maurín

Seguramente uno de los marxistas hispánicos más originales y creativos del siglo XX. Siempre he sido muy maurinista en este sentido. Incluso cuando exagera -y lo hace muy a menudo- Maurín deslumbra y lo hace de una manera muy personal. En sus escritos aparecen muchas de las tareas democratizadoras que el republicanismo tenía por delante en su época y que aún en tiene hoy: la separación iglesia-estado, la reforma agraria (hoy podríamos añadir la cuestión urbana), la igualdad de las mujeres , la autodeterminación de las naciones del estado… muchos de los elementos de un programa democratizador a la altura del siglo XXI en el estado, en parte ya están en Maurín. Es fascinante por su creatividad y por la importancia que le da a la propia historia hispánica. Es decir, muchas veces en la tradición marxista ha habido idea de que basta leer Lenin, Gramsci, etc. para hacerte una idea de las grandes tareas emancipatorias. Y ya, eso está muy bien, son autores clásicos, pero también se ha de leer el XIX catalán, el XIX español, las tradiciones republicanas gallegas, andaluzas, vascas. Esto Maurín lo tenía presente y su capacidad para establecer conexiones entre fenómenos políticos es realmente admirable.

Josep Fontana

Un gran maestro para toda una generación. A mí, como latinoamericano de origen, me fascinó desde un primer momento la mirada periférica de Josep, que creo le venía también de su catalanidad. En mi biografía hay un hecho curioso: como “castigo político”, mi padre, que era maestro y un abogado modesto, fue nombrado embajador de Argentina en Tanzania en 1963. Escogió ese país precisamente porque su generación veía con mucha esperanza los procesos anticoloniales y socialistas africanos de la época. Pues bien, buena parte de lo que he aprendido sobre estos temas, siendo ya mayor, me viene de textos de Fontana, que era un historiador que no sólo miraba el mundo desde el centro, sino desde África, América, teniendo presente lo que ocurría con la agricultura y otras clases y grupos marginados. Fue capaz de tocar muchos temas que en la historiografía marxista convencional (incluso grandes historiadores como Hobsbawm) no tenían el mismo peso. A través de Fontana, me reencontré con libros que habían sobrevivido en mi casa, después de la dictadura, sobre Amílcar Cabral o Patrice Lumumba. Era increíble ver este señor que te encontrabas en el Raval, caminando en sus últimos años siempre con una pila de libros bajo el brazo. Tenía su cabeza desde allí, en el Raval, en África, en las grandes luchas emancipatorias de las periferias. En uno de sus últimos artículos, a raíz del centenario de la revolución rusa, defendió el confederalismo kurdo como una posible alternativa de organización democrática radical. Un referente absoluto.

Antoni Domènech

Una de las personas que más me ha influido intelectualmente y políticamente. Una mente brillante, que nos mostró que muchas de las convicciones emancipadoras y transformadas que teníamos se podían inscribir en una tradición republicana, democrática, que empezaba en la Antigua Grecia, con Pericles, Aspasia de Mileto, etc. y llegaba hasta la fecha. Y que en esta gran tradición había muchísima gente. Desde los campesinos que impulsaron la Carta del Bosque en la Inglaterra del siglo XIII, hasta los irmandiños gallegos, pasando por Marx y Rosa Luxemburgo, por Thomas Paine, Federica Montseny, Manuel Azaña o Joan Peiró. Toni era otro intelectual de una creatividad enorme. Tenía sus animosidades, había gente a la que detestaba y cuando debía ser crítico no mostraba ningún tipo de auto-contención. Pero al mismo tiempo era muy plural en sus elogios. Le gustaba decir que se consideraba un “socialista sin partido”, y eso lo convertía en un pensador absolutamente antidogmático. Desde un punto de vista histórico, tú podías estar con Azaña y con Maurín mismo tiempo, aunque ellos tuvieran visiones contrapuestas en muchos temas. Y esto es algo que a mí me ha servido mucho y creo que es un buen elemento también para construir lo que necesitamos hoy. No hay que estar de acuerdo en todo para compartir un proyecto republicano democrático con otros. No es necesario tener una única línea correcta de la historia. Nos hemos vuelto de manera razonable mucho más laicos, hay tanta incertidumbre de cara al futuro, que nadie puede aspirar a bajar línea debiendo estar interpretando el sentido secreto que la historia tiene allí. Toni, en eso, era un personaje extraordinario en su curiosidad, rigor, y sobre todo en su pasión republicana. Tú lees un artículo de Toni y te sientes movido, te has de levantar de la silla, porque no estás simplemente leyendo. Hay alguien que te está permitiendo entender el mundo pero que también te está llamando a la acción. La elocuencia republicana era una de sus grandes virtudes.

Arcadi Oliveres

Bueno, otro Bartolomé de las Casas catalán. Al igual que el Pere Casaldàliga y tantos otros. El mejor republicanismo cristiano, de un independentista catalán profundamente solidario e internacionalista. Antes hablábamos de que si había que tener esperanza para luchar. No sé qué es lo que tenía Arcadi, pero él veía algo muy especial porque su republicanismo era de los más infatigables que yo he conocido. De los más comprometidos. Tenía una predisposición constante a ponerse al servicio de los demás, a denunciar los abusos de poder. A poder levantarse y coger un coche destartalado para ir a donde sea de Cataluña, de Extremadura. También ir a Colombia o donde fuera. Seguramente, esto estaba movido por algunas creencias profundas que no están a mi alcance, que a mí se me escapan. Pero que eran profundamente admirables y despertaban una ternura y una firmeza a la vez que son otro de los materiales imprescindibles para nutrir nuestros anhelos libertarios, igualitarios y fraternales.

“En el PSOE creen que Felipe VI les puede proteger de la agresividad de las derechas”

El jurista y diputado Gerardo Pisarello publica “Dejar de ser súbditos”, un ensayo histórico sobre monarquías y repúblicas en España.

Por Diego Díaz Alonso 15 septiembre 2021 Aquí

Gerardo Pisarello en el Museu del Pueblu d´Asturies, Xixón. Foto: David Aguilar Sánchez.

El pasado fin de semana el magnate del grupo PRISA y académico de la RAE Juan Luis Cebrián calificaba de “panfletillo” desde las páginas del diario El País el último libro de Gerardo Pisarello (Tucumán, Argentina, 1970) “Dejar de ser súbditos. El fin de la restauración borbónica” (Akal, 2021), un ensayo histórico sobre la monarquía y el republicanismo en España, escrito con el telón de fondo de los escanándalos de corrupción y la huida de Juan Carlos I. Pisarello, profesor de derecho constitucional de la Universitat de Barcelona, ex teniente de alcalde de la ciudad condal con Ada Colau, y en la actualidad diputado de En Comú Podem, estuvo en Xixón invitado por Podemos Asturies para hablar del libro que tanto ha disgustado a Cebrián, y del futuro del republicanismo. Está convencido de que la monarquía se encuentra mucho más débil de lo que pensamos. Y que Felipe VI es muy consciente de ello.

En Gran Bretaña y Francia se ejecutaron reyes, también Rusia… En Portugal un regidicio sentenció la monarquía en 1908… ¿Por qué en España nunca pasó algo igual?

En la tradición española hay mucha violencia iconógrafica contra los símbolos mónárquicos, desde el lanzamiento de bustos a la quema de cuadros o el derribo de estatuas, pero al mismo tiempo se ha respetado la vida de los reyes, y se ha optado siempre por exiliarlos. En la práctica ha funcionado un pacto entre republicanos y monárquicos moderados para dejar marchar a los reyes y evitar así el juicio y la condena. Esa ha sido la solución española por excelencia. Todavía hoy con Juan Carlos I. Eso sí, los Borbones nunca han admitido el exilio como destino definitivo. Siempre lo han usado para conspirar y trabajar por el regreso de la dinastía.

¿Se equivocó Riego no ejecutando a Fernando VII?

En las Cortes de Cádiz se llega a debatir. Un diputado gallego plantea que la guillotina “debe hablar” en España. Riego sin embargo temía que la ejecución del Rey abriera una espiral de violencia imparable, como había pasado en la Revolución francesa. En todo caso mostró un respeto excesivamente reverencial hacia alguien tan detestable como Fernando VII. Ni siquiera se atrevió a hacerle un juicio político cuando ya era evidente que conspiraba para restaurar el absolutismo y suprimir la Constitución.

“Riego mostró un respeto excesivamente reverencial por Fernando VII”

Un personaje apasionante, Amadeo I. Te refieres a su breve reinado como un fracaso que no convence ni a republicanos ni a monárquicos. ¿Qué falló en aquel experimento de una “monarquía electiva” sin los Borbones?

En 1868 pasa una cosa muy interesante. El régimen oligárquico es desafiado por Prim, un militar catalán que derroca a Isabel II, pero que tampoco cree en una excesiva profundización democrática, y que por eso busca una solución transitoria: una monarquía republicana, elegida por las Cortes y con una dinastía alternativa a los Borbones. Llega incluso a plantearse que el trono sea ocupado por el general Espartero, es decir, por un plebeyo sin sangre azul. Finalmente se escoge a Amadeo de Saboya, un rey que estaba dispuesto a cumplir la Constitución, reinar sin gobernar, e incluso admitir la reforma agraria. El problema es que apenas tiene apoyos. El pueblo llano lo rechaza por extranjero, para las oligarquías es una monarquía que no asegura sus intereses económicos y para los republicanos supone una democracia insuficiente.

¿Por qué ese empeño de las clases dominantes en la monarquía? El mundo está lleno de repúblicas capitalistas

La dinastía borbónica ha jugado un papel clave en afianzar un tipo de capitalismo en España, rentista y financiero, muy poco interesado en la innovación industrial. El partido monárquico en España ha sido desde el siglo XIX el de los intereses terratenientes y financieros, ahora inmobiliarios, financieros y de la gran propiedad agrícola. Esa derecha más moderna que puede representar el PNV es muy minioritaria.

Abro melón: el PSOE y la monarquía

Es el partido de las clases medias y populares. El partido que históricamente ha tenido la llave para el cambio de régimen. A veces en el Congreso me pregunto: ¿Dónde están hoy ante los escándalos de Juan Carlos I los Indalecio Prieto, los líderes socialistas que denunciaron la corrupción de Alfonso XIII? Hay mucha base republicana en el PSOE, e incluso más arriba, pero la mayoría de sus dirigentes están por una monarquía moderada y progresista, con límites constitucionales.

¿Por qué obstaculiza que se investigue la fortuna de Juan Carlos I?

Creen que pueden convertir a Felipe VI en un aliado que les puede proteger de la agresividad de las derechas, de un movimiento destituyente para sacarlos del Gobierno. Pero esa idea de Felipe VI como rey republicano se vino abajo cuando aprovechó el estado de alarma para desvincularse de los negocios de su padre. Fue un gesto de opacidad que liquidó cualquier posible ilusión de una monarquía transparente.

Otra de las tesis es que España es un país de pocas repúblicas y mucho republicanismo

El hecho de que España solo haya tenido dos breves repúblicas no significa que el país no haya tenido mucha, muy vigorosa y muy plural tradición republicana. Una tradición que engloba no solo a los que se definían como republicanos, sino también a otras corrientes democratizadoras: socialistas, libertarios, comunistas, cristianos de base… Los sindicatos y otras formas de autoorganización popular, las casas del pueblo, los ateneos o el cooperativismo son instituciones republicanas.

¿Alguna idea para el republicanismo del siglo XXI?

Conjugar, como en otros momentos de la historia, unidad y diversidad. Hace falta alianzas muy plurales en lo político, y en lo social, que vayan desde las clase trabajadora a las clases medias, para frenar la ofensiva ultraderechista global. Necesitamos trabajar en común.

Diego Díaz Alonso Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y forma parte del consejo de redacción de Nortes.

Juan Carlos I: un año de exilio radioactivo

Por Gerardo Pisarello

Olvidarse de la evasión fiscal y del blanqueo de capitales que se atribuyen al rey emérito no ayudará a conquistar la progresividad tributaria necesaria para financiar derechos sociales robustos para el conjunto de las gentes trabajadoras

 Aquí en CTXT 3/08/2021

Hace exactamente un año, Juan Carlos de Borbón abandonaba abruptamente España y se trasladaba a una villa de lujo en Abu Dhabi. Lo hacía pocos meses después de que la propia Casa Real, en una nota firmada por su hijo Felipe VI, lo señalara como posible autor de graves delitos de evasión fiscal y blanqueo de capitales. Aún hoy no está claro si se trató de un autodestierro o de un exilio forzado. Lo cierto es que sus efectos han sido inequívocamente radioactivos. Para el rey emérito y para el conjunto de la Familia Real. Como consecuencia de ello, el juancarlismo, entendido como una forma de consenso en torno a la legitimidad de la monarquía, se ha desmoronado como un edificio en ruinas. Y se ha convertido, de paso, en un lastre para la monarquía reinstaurada por Francisco Franco y caracterizada como parlamentaria en la Constitución de 1978.

 El exilio: una respuesta española a la degradación de la monarquía

Con su súbita huida a la mansión que le facilitó el jeque Bin Zayed Al Nahayan en la isla de Nurai, Juan Carlos I repetía la historia de muchos Borbones que le precedieron. Tras las revueltas de 1840, María Cristina se vio obligada, siendo reina regente, a zarpar a Marsella y acabó sus días en el exilio francés. Su hija, Isabel II, también tuvo que huir a París tras la Revolución Gloriosa de 1868, y allí moriría con 73 años. Su nieto Alfonso, abuelo del actual emérito, también se vio forzado a exiliarse en Roma, tras la llegada de la II República.

En realidad, el exilio ha sido una manera española de responder a la degradación de la monarquía y, de manera más específica, de la monarquía borbónica. Casi siempre ha sido el resultado de revueltas producidas por escándalos de corrupción o por las inclinaciones reaccionarias de los monarcas de turno. A diferencia de lo que ocurrió con la Revolución inglesa del siglo XVII o con la francesa del XVIII, en España los reyes disolutos no han acabado en el cadalso. Ni siquiera han tenido que sentarse ante un tribunal o ante una comisión parlamentaria. Simplemente, se les ha facilitado el exilio o se los ha forzado a emprenderlo.

Un regreso cada vez más improbable

Comparado con las respuestas de algunas revoluciones modernas, el exilio, al igual que el ostracismo griego, aparece como una medida humanitaria, carente de la crueldad de otras alternativas más drásticas. Eso sí, casi siempre los reyes exiliados han conspirado para regresar, e incluso para vengarse de quienes forzaron su salida. María Cristina no dudó en intrigar desde París contra los progresistas y los demócratas que se levantaron contra ella. Isabel II fue algo más cauta. Alfonso XIII de Borbón, en cambio, no dudó en utilizar su exilio para conspirar junto a Mussolini contra la II República.

Hasta que las encuestas le comenzaron a ser claramente adversas, Juan Carlos I no pensó nunca que tendría que abdicar. Mucho menos que podría acabar sus días fuera de España contra su voluntad. La elección de Abu Dhabi, sin embargo, terminó siendo una forma, acaso inconsciente, de vetarse un posible retorno.

Para un rey acusado de cobrar comisiones por venta de armas, de petróleo, o por la construcción de infraestructuras como el AVE a la Meca, trasladarse a una isla de lujo invitado por un autócrata de los Emiratos Árabes es como regresar a la escena de un crimen. Como reconocer que la fortuna acuñada al margen de sus funciones constitucionales se forjó con el tipo de amistades que ahora le ofrecen refugio. Protegido durante meses por jeques de Oriente Medio, todos los negocios irregulares atribuidos a Juan Carlos de Borbón desde antes de que fuera rey han ganado verosimilitud. Despojado del férreo blindaje mediático del que se benefició en sus días de gloria, las investigaciones que lo vinculan al cobro de favores al margen de la ley adquieren un halo de credibilidad incontestable. Desde las millonarias transacciones con diferentes reyes de Arabia Saudita a los opacos servicios prestados a sus “hermanos”, el emir Yaber III, de Kuwait, o los reyes de Marruecos Hassan II y Mohamed VI.

No sorprende, por eso, que el retorno del Rey exiliado sea una hipótesis que se antoja cada vez más lejana. Especialmente, cuando el propio exmonarca ha intentado regularizar desesperadamente su fortuna, asumiendo así la condición de evasor de la que se le acusaba. El “regreso del rey” salió tímidamente a colación en las últimas navidades, pero pronto se disolvió como un azucarillo. Hubo algunos sectores de la derecha que, con el pecho henchido, pero con la boca pequeña, declararon que el “rey puede volver cuando le venga en gana”. Pero ni los sectores monárquicos más influyentes ni el propio Felipe VI mostraron entusiasmo alguno sobre esa operación retorno. Es más, conscientes de que cualquier contacto directo con el exrey abrasaría a la institución y al monarca actual, han tendido a pensar que el único favor que el emérito estaría en condiciones de prestar a la institución es acabar sus días en la lejana villa de Nurai.

Exilio forzoso a cambio de impunidad interna

El exilio en Abu Dhabi, en todo caso, no solo puede entenderse como un castigo de lujo. Es la condición para una contrapartida interna: que ciertos actores políticos, económicos y judiciales se comprometan con denuedo a trabajar en España para la impunidad del exmonarca.

Desde que Juan Carlos de Borbón, en efecto, anunció que gozaba de los favores de Bin Zayed Al Nahyan, se registraron en el Congreso quince peticiones de comisiones de investigación. Su objetivo no era controlar al emérito. Era obligarlo a informar ante la sede institucional por excelencia de la soberanía popular de lo que sabía sobre los hechos que se le atribuían. Todas fueron vetadas con por la postura contraria de  Vox, PP y PSOE. 

A pesar de las graves acusaciones en su contra y de la confesión que sus intentos de regularización fiscal “voluntaria” suponen, Juan Carlos I sigue sin estar imputado ante el Tribunal Supremo. Las actuaciones de la Fiscalía están siendo lentas y no han dado todavía ningún resultado tangible. Tampoco ha sido diligente la actuación de Hacienda. Sus propios sindicatos de técnicos han denunciado la impúdica pasividad mostrada en el caso del rey emérito, sobre todo si se compara con otros casos en los que se hubieran detectado incumplimientos fiscales similares.

A decir verdad, las principales esperanzas de que Juan Carlos I responda ante un tribunal están hoy depositadas en la actuación de jurisdicciones extranjeras. Por un lado, en lo que pueda hacer el valiente fiscal suizo Yves Bertossa. Ya en el verano de 2018, Bertossa descubrió una cuenta de la fundación panameña Lucum, en el banco Mirabaud. En ella se ocultaban 65 millones de euros que Juan Carlos I recibió en 2008 del Ministerio de Finanzas de Arabia Saudí. Habrá que ver qué sale de allí.

La otra vía abierta es la que pueda derivarse de la demanda civil, recientemente presentada por Corinna Larsen, ante un tribunal inglés contra su expareja. Su acusación de acoso, seguimiento y difamación, involucra al emérito y a los propios servicios de inteligencia españoles. En este último caso, podría ocurrir que si el exmonarca invocara su condición de ex Jefe de Estado, se le podría aplicar la doctrina utilizada en el caso Pinochet en 1999. En aquella ocasión, el comité judicial de la Cámara de los Lores falló contra la inmunidad del dictador y facilitó su extradición a España.

Una onda radioactiva de alcances imprevistos

A pesar de todos las precauciones adoptadas en el ámbito interno para que Juan Carlos I no comparezca ante el Congreso ni se siente ante un tribunal, la constante catarata de acusaciones en su contra no deja de emitir material altamente radioactivo. Ese material está corroyendo todos los muros que se intentan levantar entre el exmonarca y Felipe VI. El rey actual tiene así un doble problema. Cada vez que un nuevo escándalo sacude a su antecesor, debe dedicar tiempo a encubrirlo o a simular que nada ocurre. Pero ese silencio, lejos de alejarlo de su padre, lo acerca irremisiblemente a él. Sobre todo, porque es poco verosímil que Felipe de Borbón no supiera nada sobre operaciones financieras de su progenitor, acordadas cuando él era un adulto que llevaba tiempo preparándose para ser rey.

Sus propios sindicatos de técnicos han denunciado la impúdica pasividad mostrada en el caso del rey emérito, sobre todo si se compara con otros casos

Esta dificultad de Felipe VI para deshacerse de la pegadiza sombra de su padre es una razón de peso para que no tenga interés alguno en que este abandone Abu Dhabi. Sin embargo, algunos sectores monárquicos comienzan a pensar que es insuficiente. Que la radiación emitida por Juan Carlos I está afectando a su hijo y que quizás haya que activar con premura un plan B. Ello explicaría las ansiosas y torpes campañas por acelerar la llegada al trono de Leonor, presentada como la cara joven de una monarquía por fin moderna, libre de las hipotecas de su abuelo y de su propio padre.

En un contexto así, las fuerzas republicanas, democráticas, no pueden consentir que la vía de la impunidad se consolide. Su prioridad, en estos tiempos de pandemia, debe ser sin duda priorizar las medidas materiales que la economía y las mayorías sociales precarizadas necesitan de forma urgente. Pero ello no puede hacerse a costa de callar sobre la monarquía. Por el contrario, olvidarse de la evasión fiscal y del blanqueo de capitales que se atribuyen al rey emérito y a otros personajes que se beneficiaron de sus favores, no ayudará a conquistar la progresividad tributaria necesaria para financiar derechos sociales robustos para el conjunto de las gentes trabajadoras. Tampoco se defenderán mejor la educación, la vivienda o la sanidad públicas si no se denuncia el saqueo privado generado por un capitalismo de amiguetes y de comisionistas al que la monarquía ha estado obscenamente vinculada.

Tras reconocer que los escándalos del emérito eran “perturbadores e inquietantes”, Pedro Sánchez se mostró convencido, a finales de 2020, de que Felipe VI daría pasos hacia “la transparencia, la rendición de cuentas y la ejemplaridad”. Desde entonces, no se ha visto ninguno. La monarquía sigue gozando de espacios intolerables de inmunidad y opacidad, y sigue resultándole a la ciudadanía mucho más costosa de lo que los presupuestos de la Casa Real reflejan. Es un deber cívico elemental, pues, impulsar medidas de higiene democrática que pongan coto ya a esos privilegios odiosos. Acometerlas no implica renunciar a ningún horizonte republicano. Por el contrario, implica seguir bregando por ellos con persistencia, recordando, como dejó dicho Galdós, que a veces la paciencia es una forma de heroísmo disuelto en el tiempo. 

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Entrevista de Pablo Elorduy para El Salto

Gerardo Pisarello: “El PSOE quiere a la monarquía como un escudo contra la derecha pero el precio es garantizar su impunidad”

El diputado de Unidas Podemos, Gerardo Pisarello, desarrolla en su último libro la idea de que, a pesar de que se nombra así en la Constitución, la española no es una monarquía parlamentaria.

Gerardo Pisarello entrevista - 3
Gerardo Pisarello es Secretario primero del Congreso de los Diputados y responsable de relaciones políticas e internacionales de Catalunya en Comú. DAVID F. SABADELL

Pablo Elorduy  @pelorduy

El Salto 1 AGO 2021 06:07

El secretario primero del Congreso de los Diputados, Gerardo Pisarello (Tucumán, Argentina, 1970), ha escrito Dejar de ser súbditos. El fin de la restauración borbónica (Akal, 2021). En esta obra, Pisarello recorre la historia de la monarquía en España y cómo esa historia ha estado marcada por pelotazos, traiciones y deslealtades. Cuando se cumple un año de la salida/fuga de Juan Carlos I a Emiratos Árabes Unidos, todas las opciones permanecen abiertas. Hay un contragolpe de las fuerzas de la derecha que priorizan la supervivencia de la monarquía a la de la democracia pero, opina Pisarello, no está agotada la vía republicana, pese a le evidente descoordinación de las distintas pulsiones que existen en el conjunto del territorio.

Tras casi una década de escándalos en torno a la Casa Real queda claro que hay un espacio republicano amplísimo pero, ¿hay fuerzas para ocuparlo?
Primero, hay muchas tradiciones republicanas peninsulares invisibilizadas, que se desconocen. Para construir esas tradiciones republicanas del futuro es necesario conocerlas. Por eso, para mí era importante visibilizarlas en el libro, que seamos conscientes de estas tradiciones gallegas, andaluzas, catalanas, vascas, que hay un republicanismo feminista, por ejemplo, que se hizo poco vivibles pero que fue muy fuerte durante el siglo XIX. Creo que para reconstruir, para plantear un republicanismo o una coordinación de los diferentes movimientos republicanos peninsulares a la altura de los retos del siglo XXI, hay que partir de eso. Me parece que, más allá de la necesidad de que los republicanismos democráticos, populares, de izquierdas, intenten ese acompasamiento o coordinación de sus relojes (y para eso tienen que conocerse), también es importante que vaya apareciendo un republicanismo democrático moderado y conservador que entienda que la monarquía es un obstáculo incluso para la modernización económica tal y como la entienden ellos. Hay sectores del PNV que representan eso.

¿Es posible que emerja ese republicanismo de derechas?
Para que exista la posibilidad tienen que aparecer incluso más Ortegas y Gasset —Ortega era un elitista demófobo en muchos sentidos pero es alguien que en un momento determinado escribió un artículo que acababa con aquella frase “Delenda est monarchia” [la monarquía debe ser destruida]. Hay que destruir a la monarquía si queremos un régimen mínimamente regenerado, que sea capaz de superar unas prácticas clientelares y rentistas que son un lastre para el progreso económico, social y cultural.

Estamos ante la irrupción de un partido del rey y ante un rey que se deja querer por esas fuerzas de extrema derecha

Una especie de “partido del Rey” ha conseguido reforzarse. Vox nace con esa misión, usa el color verde, que tiene un simbolismo tan claro en la historia de España y ha conseguido que el adversario a la idea de la república aparezca como muy agrupado y muy fuerte.
Hay una cierta coincidencia en la emergencia de Vox y el declive del juancarlismo. Cuando, con el caso Nóos, se acaba la omertá y comienza la debacle del juancarlismo es cuando la extrema derecha comienza a irrumpir, con la idea de ofrecerle a la monarquía una salida primorriverista. Es decir, si la monarquía se ve investigada, ve peligrar su estabilidad, aparece un partido de extrema derecha, autoritario, que reivindica abiertamente el franquismo, que está dispuesto a darle cobertura. La cuestión es que Felipe VI no reacciona rechazando esa oferta. En el entorno de la monarquía hemos visto cómo los sobrinos del rey —Froilán, Federica— han asistido a actos de Vox, sin que reciban una reprimenda especial por parte de la Casa Real y cómo las inclinaciones ideológicas de Felipe VI son más derechistas que las de su padre.

¿Qué pruebas hay?
Esas ideas se manifiestan de distintas maneras, no solo en el discurso del 3 de octubre de 2017, también en la llamada por teléfono a Lesmes, presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. En el Tribunal Supremo, entre otras cosas, está aforado su padre Juan Carlos, y la cúpula de un poder judicial desempeña hoy un papel muy importante para consolidar las agendas de la derecha extrema y para frenar agendas más progresistas. Felipe VI tampoco ha condenado los crímenes franquistas. En efecto, estamos ante la irrupción de un partido del rey y ante un rey que se deja querer por esas fuerzas de extrema derecha, lo cual hace que no podamos descartar en un contexto como el que estamos que una de las posibles salidas a la crisis de la monarquía sea una salida autoritaria.

Los pueblos y las gentes peninsulares no van a poder decidir libremente su destino, de forma clara y de forma limpia mientras haya monarquía

¿Qué ha supuesto Catalunya para Felipe VI?
Creo que supone un problema enorme. De hecho, me parece que las dudas de la monarquía frente a la operación del indulto, son un intento propagandístico de intentar reparar lo que significó el discurso del 3 de octubre. Por eso Díaz Ayuso marca el terreno diciendo que el rey tendría que cuestionarse si firma o no esos indultos. La escenificación que se hace entonces no es simplemente que firme, sino que una parte importante de los sectores empresariales catalanes piden la presencia del rey en Catalunya. Consideran que hay una figura que hay que dar por perdida y hay que dejar caer, que es Juan Carlos I, pero que es posible inventar un nuevo ‘felipismo’ que venga a suceder al juancarlismo.

¿Va a funcionar?
Esa operación tiene muchos límites. Porque en la configuración que el propio franquismo le da en la transición y que no se revierte del todo con el dibujo constitucional, el papel del rey como garante de la indisoluble unidad de la nación española —“patria común e indivisible de todos los españoles” como dice el artículo 2— imposibilita que la monarquía pueda dar una respuesta adecuada al desafío plurinacional que tenemos sobre la mesa. Puede haber avances, en algunos elementos tímidos de descentralización, en algunos elementos económicos, puede intentar coser algunas relaciones con parte de ese empresariado en Catalunya, pero creo que los pueblos y las gentes peninsulares no van a poder decidir libremente su destino, de forma clara y de forma limpia mientras haya monarquía, y eso es parte del problema.

Veníamos de una fase de desbordamiento, en Catalunya pero antes también en el conjunto del Estado. Ahora se ha dado esta fase de reacción que ha dejado inerme al desbordamiento, en ambos lugares. Has querido reflejar que todos los escenarios permanecen abiertos. ¿También los de un segundo momento de desbordamiento?
Lo que indica lo que está pasando en otros puntos del planeta, también frente a esta ofensiva global de la extrema derecha —que es una versión más violenta, incluso neofascista, del neoliberalismo— es que hay reacciones diversas y muy duras. Como en el caso de Chile, por ejemplo, donde frente a un régimen constitucional blindado, con una Constitución que parece irreformable, de pronto hay un tipo de movilización popular que lo desborda todo —movimiento feminista, movimiento de trabajadores— y se abre un proceso constituyente. Nosotros seguimos, me parece, instalados en la paradoja de que la crisis de régimen continúa estando abierta, es una crisis muy profunda, pero crece por un lado una opción de extrema derecha que lo que plantean son alternativas que son casi prerrégimen del 78, acercándose a lo que era el franquismo.

Gerardo Pisarello entrevista - 4
DAVID F. SABADELL

Sin alternativas claras.
Pero las fuerzas republicanas democráticas existen y tienen un papel. En el Congreso se expresan de formas diferentes —fuerzas republicanas independentistas o no independentistas, desde Bildu a Esquerra, CUP, Más País, Compromís…— es un arco muy amplio, pero no tienen la fuerza suficiente para imponer ese cambio. Lo mismo ocurre con la monarquía.

El precio que el PSOE paga por tener a la monarquía a su lado es garantizar la impunidad de unos casos de corrupción que son tan escandalosos hoy, que están a la vista de gran parte de la ciudadanía

¿En qué sentido?
Uno tiene la sensación de que está en una situación de debilidad que no experimentaba desde la Transición. Para muchos sectores conservadores Felipe VI parece incluso amortizado y ya quieren acelerar el ascenso de Leonor. Pero por otro lado tampoco se visualiza un movimiento republicano lo suficientemente fuerte como para generar una transformación socioeconómica que debilite a los poderes fácticos, que son los aliados de la monarquía. Por tanto creo que estamos en esa tensión, ni el viejo régimen se consolida, o puede salvar su crisis —la monarquía no puede ocultar el cráter enorme que estalla con el comunicado de la Casa Real del 15 de marzo de 2020— pero todavía las fuerzas republicanas democráticas no tienen la suficiente fuerza.

¿Es el PSOE el muro que impide visualizar una república?
Creo que es un elemento contradictorio. Por un lado hay una memoria socialista antimonárquica que muchas veces se expresa en las propias bases del PSOE, que son claramente republicanas. Cuando en las encuestas se pregunta sobre la monarquía, la gente de adscripción socialista, especialmente la más joven, dice que tendría que haber una comisión de investigación por los delitos que se atribuyen a Juan Carlos I y es sumamente crítica con la monarquía. Hay gente mayor que no se olvida de que Indalecio Prieto y Julián Besteiro casi llevaron a Alfonso XIII a sentarse en una comisión de investigación por el caso Annual.

Ha llovido mucho…
Por otro lado, efectivamente está el Partido Socialista que ya con el felipismo pensó que la monarquía podía ser un escudo para protegerse de los movimientos destituyentes de la derecha. Que si la monarquía estaba con el Partido Socialista y el PSOE protegía a la monarquía, la derecha franquista no iba a poder consumar sus proyectos destituyentes. Algo de eso veo todavía, pero me parece una estrategia que tampoco se sostiene. Porque el precio que el PSOE paga por tener a la monarquía a su lado es garantizar la impunidad de unos casos de corrupción que son tan escandalosos hoy, que están a la vista de gran parte de la ciudadanía, y que degradan el propio proyecto de transformación social que el PSOE quería encarnar. Me parece que están atrapados en esa contradicción. Quieren utilizar a la monarquía como un escudo para protegerse de la derecha pero el precio es garantizar la impunidad de la monarquía y finalmente el apoyo a muchos sectores económicos que están detrás de la monarquía y que, por su parte, tampoco quieren que gobierne el PSOE.

Creo que desde el interior no hay voluntad alguna de sentar a Juan Carlos I ante una comisión de investigación en el Congreso

En las últimas semanas han salido a la luz nuevas informaciones sobre el papel de Juan Carlos I como intermediario para la venta de armas. ¿La monarquía ha convertido al Reino de España en un país mucho más militarista de lo que por su posición podía haber sido?
Absolutamente. Me parece que una de las tentaciones que hubo después del comunicado de la Casa Real en el que se atribuía a Juan Carlos I el vínculo posible con paraísos fiscales, con los casos de evasión y blanqueo de capitales, es pensar que lo suyo era solo una cuestión económica. Pero hay que ver que eso va vinculado a una concepción de la geopolítica. Uno de los primeros viajes que Juan Carlos I hace cuando es nombrado rey es al Chile de Pinochet, a la Argentina de Videla. Sus vínculos con el rey de Marruecos arrancan también desde un inicio. Por tanto, esos vínculos con estas políticas de tráfico de armas, están en el momento constitutivo de la llamada monarquía parlamentaria. No es algo que haya pasado hace dos días. Son actitudes que son vergonzosas económicamente pero que también lo son desde el punto de vista político. La monarquía ha facilitado que el Reino de España se haya convertido en una potencia militarista hacia afuera, que saca adelante operaciones neocoloniales en sus relaciones con otros países, sobre todo en América Latina —con el famoso episodio del “por qué no te callas”—. Y, desde el punto de vista de política interior, ha amparado algunos momentos tremendos como fue el momento del terrorismo de Estado con los GAL.

Una de las cosas que destacas en el libro es que la cultura del pelotazo no nace con Juan Carlos I.
Ahora están saliendo muchos libros contra Juan Carlos I, como si se hubiera levantado una veda y en los medios se permitiera un tipo de crítica hoy que era impensable con posterioridad al 23 de febrero de 1981, entendido el 23F como hecho legitimador del “todo vale” para el juancarlismo. Pero claro, el problema no es solo Juan Carlos. Cuando estudias en términos históricos las actuaciones de Juan Carlos es inevitable pensar en Alfonso XIII, en su bisabuela Isabel II, pensar en Fernando VII. Los borbones son un problema, pero no solo ellos. También durante los Austrias ocurrían muchas de estas cosas. Y en realidad con los Reyes Católicos también se daban, porque la construcción del reino hispano, como reino que quiere ser unificado, está muy vinculada a la conquista y al expolio de América. Y por lo tanto al dinero fácil.

Una parte del progresismo siempre ha confiado en que se podía limitar a la monarquía, pero en realidad, cuando se manifestaron con más claridad las energías democratizadoras peninsulares fue cuando hubo momentos más claramente republicanos

¿Qué supone cultural y a lo largo de la historia ese momento de “descubrimiento”?
Esa construcción del reino hispano está ligada a un modelo económico que ampara el rentismo y un modelo extractivista, en el que la corte sirve de pegamento a este tipo de sectores., Como esa corte se define como católica, no solo es incompatible con la modernización económica tal como se concibe en otros países, sino que es incompatible con el respeto a la diversidad lingüística, con el respeto a la diversidad étnica, con un componente profundamente sexista y machista y homófobo, como se ve durante la Inquisición. Sin pretensión de exagerar, uno ve que hay un hilo que se mantiene a lo largo de la historia en el que la monarquía es una pieza fundamental, porque es garante de los intereses de esas oligarquías rentistas extractivistas. Y, para llevar adelante su proyecto, necesita de una concepción muy autoritaria desde el punto de vista cultural, de la tolerancia religiosa, de la tolerancia de las ideas.

¿Qué consecuencias tiene esa concepción?
Una de las ideas del libro era mostrar que el problema fundamental, tal como se configuró la monarquía hispánica, es que ésta es un elemento de freno a los procesos de democratización en todos los ámbitos. Y también un elemento de freno a la modernización. Ha habido intentos de ponerle cotos, de poner límites. Una parte del progresismo siempre ha confiado en que se podía limitar a la monarquía, pero en realidad, cuando se manifestaron con más claridad las energías democratizadoras peninsulares —esas energías modernizadoras y creativas desde un punto de vista artístico e innovadoras en términos científicos— fue cuando hubo momentos más claramente republicanos.

Por más que lo diga la Constitución española, nunca ha habido en España una monarquía parlamentaria

¿Dónde pueden acabar los casos que actualmente sacuden a la Casa Borbón?
Mis esperanzas las tengo puestas, simplemente, en lo que pueda pasar en Suiza. Si el fiscal Yves Bertossa, que es independiente y garantista, decide avanzar en las investigaciones, me parece que puede ocurrir algo. Creo que desde el interior no hay voluntad alguna de sentar a Juan Carlos I ante una comisión de investigación en el Congreso. No hay voluntad alguna de sentarlo en el banquillo de los acusados en un Tribunal. Soy bastante pesimista en que la Fiscalía y en el Tribunal Supremo permitan que eso ocurra. Hemos visto que incluso Hacienda ha hecho una cierta dejadez de funciones a la hora de actuar en los casos de irregularidades fiscales. Pero eso no quiere decir que no hay que seguir insistiendo en esa línea, que no haya que seguir mostrando que el rey y que la monarquía parlamentaria están desnudos.

¿Va a servir para algo la Ley de la Corona que se anunció a finales del año pasado?
La conclusión a la que hemos llegado muchas personas que nos sentimos republicanas es que finalmente somos nosotros los que estamos exigiendo que la monarquía se comporte parlamentariamente. Y lo que estamos haciendo es mostrar que en realidad, por más que lo diga la Constitución española, nunca ha habido en España una monarquía parlamentaria. Porque los borbones son una dinastía muy maleducada en términos constitucionales, muy caprichosa, que nunca ha aceptado ningún tipo de límites. Pero precisamente por eso sus límites son importantes. Si el presidente dice que le genera inquietud y perturbación el comportamiento de la monarquía y que hay que garantizar transparencia y que no haya opacidad, creo que hay que batallar al máximo para que esa transparencia exista, para que se deroguen los delitos contra la imagen de la corona, para que efectivamente se pueda criticar.

¿Serviría al fin de los republicanos?
Hay algo en el funcionamiento de la monarquía que está emparentado con el modus vivendi de los vampiros que, cuando los expones a la luz, apenas pueden sobrevivir. Hemos llegado a un punto donde la sola transparencia puede tener un papel muy transformador. Porque el principal actor histórico de erosión de la monarquía ha sido la propia dinastía borbónica. Simplemente con poder hacer visible, con que no se criminalice a quienes intenten hacerlo visible ya tendríamos muchas posibilidades de que, más temprano que tarde se pueda abrir una vía republicana.

La imagen que más esperanza me genera es alguna que se parezca al Pacto de San Sebastián, que implica que las diferentes fuerzas republicanas puedan coordinar los relojes

Entre bambalinas se ha comentado que esa reforma incluiría la renuncia a la jefatura de las fuerzas armadas. Esto puede generar un problema de procedimiento importante, puesto que sería necesaria una reforma constitucional ¿Es factible?
Yo me imagino muchas reformas que serían posibles, pero no acabo de verlas viables porque continúa habiendo un problema de fondo. Las dos constituciones que más han durado en la historia de España son la de 1876 —para la primera restauración— que es una Constitución que tuvo muchos intentos de reforma. ¿Por qué no se reformaba nunca? Entre otras cosas por lo que decía [José] Canalejas, porque abrir la cuestión de la reforma constitucional implica indirectamente la posibilidad de que se reforme la forma del Estado, y que se cuestione la monarquía. Y es lo que está pasando ahora.

La segunda Constitución que más ha durado es la de 1978.
Sí, ¿por qué no se abre un debate sobre la reforma constitucional? Porque cualquier debate que no sea simplemente una cuestión cosmética, en el que se discuta algún elemento de algún artículo aislado, abriría el debate sobre la forma de Estado. Y a lo que hay pánico es a que eso se pueda plantear. Estoy convencido de que si se abre ese debate y finalmente se sometiera a referéndum ese tipo de cambios constitucionales —separar la figura del rey de la jefatura de las fuerzas armadas, por ejemplo, como pasa en la monarquía sueca— finalmente se sometería a la voluntad popular la supervivencia o no de la monarquía.

Gerardo Pisarello entrevista - 1
Gerardo Pisarello en los pasillos del Congreso de los Diputados. DAVID F. SABADELL

¿Se puede llegar a ese punto?
Si eso se produjera en el contexto de una campaña en la que se pudieran defender abiertamente las diferentes posiciones, creo que probablemente volvería a pasar lo mismo que pasó con Adolfo Suárez: que el responsable político de turno se taparía el micrófono y diría “no salimos a hacerlo porque lo perdemos”.

¿Cuál es el escenario que más optimismo te genera como republicano? 
Mi experiencia en el Congreso es que a pesar de los enormes obstáculos, a pesar de las reticencias, y a pesar de la armadura jurídica que existe alrededor de la Corona —que impide que sea investigada formalmente, que se planteen según qué preguntas— he visto intervenciones en el pleno, en las comisiones, enormemente críticas, de diputados y diputadas republicanas de diferente signo. He visto gente que expresa las diferentes tradiciones republicanas del Estado. Diputadas vascas, diputados de origen andaluz, gente de ERC, de la CUP, de Más País, de nuestro grupo confederal, incluso del PNV. Hay muchas fuerzas republicanas que cuestionan abiertamente la monarquía. La imagen que más esperanza me genera es alguna que se parezca a lo que fue el Pacto de San Sebastián, que implica que las diferentes fuerzas republicanas —no solo las de izquierdas sino fuerzas republicanas moderadas, democráticas— puedan coordinar los relojes y ponerse de acuerdo en que la superación de la monarquía tiene que ser un paso necesario para poder impulsar un concepto del que hablaba Xosé Manuel Beiras, que es el de proceso de procesos constituyentes. Porque la vía de la reforma constitucional minimalista está agotada. Por tanto hay que construir esa vía.

No creo que vaya a haber un republicanismo legalista que encuentre la solución técnica correcta

¿Es un escenario al que ir de la mano de la nostalgia, de la bandera tricolor, o es un libro blanco para que integre también a quienes no se sienten interpelados por esos referentes?
Para construir eso hacen falta materiales del pasado. Porque si dejamos que nos invisibilicen las tradiciones republicanas que existieron y que fueron enormemente plurales —libertarias, socialistas, comunistas, de autoorganización popular, con ateneos, bibliotecas, distintas formas sindicales, etc—, si borran eso va a ser muy difícil. Haciendo visible eso, creo que tenemos que hacerlo pensando en que ese nuevo republicanismo que hay que construir —cercano a lo que planteaba Pi i Margall, o lo que se planteó en la gran revuelta cantonalista de 1873— naturalmente tendría que incorporar elementos de futuro. En ese sentido, con modestia y sin arrogancia, creo que debemos mirar un poco más al sur. Chile está dando un ejemplo de eso.

¿En qué sentido?
El republicanismo del siglo XXI tiene que partir de cosas como que una asamblea constituyente, como mínimo, solo puede ser paritaria, que tiene todo el sentido del mundo que quien presida la asamblea constituyente sea, como en el caso de Chile, una mujer mapuche que representa a las olvidadas de siempre. Creo que las nuevas generaciones pueden aportar mucho para conectar con eso sin perder las diferentes memorias, que se parecen a las del futuro mucho más de lo que nos imaginamos.

Pero en Chile la Constitución ha llegado por una cuestión material como es el precio del transporte.
Es importante tener eso presente. A veces nos ponemos ansiosos, queremos fórmulas “será reformando la Constitución…”. No creo que venga por cambios jurídicos elaborados en un despacho. No creo que vaya a haber un republicanismo legalista que encuentre la solución técnica correcta. Históricamente, las caídas de la monarquía se produjeron por situaciones de insatisfacción material de la ciudadanía que estaban conectadas con la conciencia de los privilegios y de los enormes abusos que suponía la existencia de la monarquía. Cuando la gente ha pasado una pandemia, no tiene para pagar el alquiler, no tiene trabajo fijo o tiene trabajos enormemente precarios, tolera mucho menos los abusos y la prepotencia y los atropellos del poder. 24 horas antes de caer Isabel II, los diarios publicaban que era la reina más querida por todos los españoles, por su casticismo y por su gracia. Y al día siguiente la gente estaba arrojando cuadros de Isabel II por los balcones de los Ayuntamiento y organizando hogueras con figuras monárquicas.

Gerardo Pisarello: “Para la extrema derecha, Felipe VI puede ser una buena cobertura para su proyecto político”

  • El diputado de En Comú Podem y secretario de la Mesa del Congreso publica ‘Dejar de ser súbditos. El fin de la restauración borbónica’, en el que dibuja una crisis de sistema sin cerrar que puede conducir a una salida progresista y republicana, o a una reaccionaria de extrema derecha
El secretario primero del Congreso y diputado de En Comú Podem, Gerardo Pisarello, en la tribuna del Hemiciclo.
Foto de Marta Jara

Aitor Riveiro 16 de julio de 2021  Diario.es

La crisis de la monarquía que llevó a la abdicación de Juan Carlos I en junio de 2014 no solo no se ha cerrado, sino que se ha profundizado con la publicación de los escándalos económicos en los que está supuestamente implicado el exjefe del Estado y que salpican al actual, Felipe VI, quien no logra desembarazarse del legado de su padre. Esta crisis, que no es la primera vez que afecta a los Borbones, puede desembocar en una salida progresista y republicana. Pero también en una reaccionaria.

Así lo expone Gerardo Pisarello (1970, Tucumán, Argentina) en Dejar de ser súbditos. El fin de la restauración borbónica (Akal). El secretario primero del Congreso recibe a elDiario.es en su despacho del Congreso, donde repasa someramente la complicada relación de los Borbones con el pueblo español (“cuando los abusos y los atropellos resultan insoportables, acaban en el exilio”), las diferentes restauraciones de la dinastía, así como la situación actual, en la que la ultraderecha podría recurrir al rey para justificar su programa. O viceversa: “No se puede descartar la hipótesis de una regresión autoritaria si la monarquía se ve amenazada”.

Pisarello, doctor en Derecho y profesor titular de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona, lamenta que la monarquía parlamentaria que propugna la Constitución se escape precisamente del control del Congreso, algo de lo que responsabiliza al PSOE: “Si cambiara de actitud sobre la monarquía, las posibilidades de un camino republicano serían mucho más claras”. Además, analiza los últimos cambios en el Gobierno y los cambios internos en Unidas Podemos tras la salida de Pablo Iglesias.

No es el primero que dice que la monarquía en España puede tener los días contados. ¿Por qué esta vez tendría que ser la definitiva?

No es necesariamente la definitiva, pero estamos asistiendo a una crisis de la monarquía, que la monarquía no puede cerrar. Es una forma de gobierno que está muy desprestigiada en el mundo, donde quedan 40 monarquías. Que alguien sea jefe de Estado por ser simplemente el hijo de alguien es algo que no casa con el principio democrático y con una idea mínimamente moderna de lo que debe ser la política.

Y en el caso de la monarquía borbónica, el tipo de escándalos que han salido a lo largo de estos meses sobre Juan Carlos I comportan la debacle absoluta del juancarlismo, sin ningún tipo de dudas, mientras los sectores monárquicos y la propia Casa Real tienen muchas dificultades para legitimar de la figura de Felipe VI. A veces tengo la impresión de que hay sectores conservadores que dan por amortizado a Felipe VI y que buscan ya legitimar a Leonor como posible reina. Todo eso me parece que es un signo de debilidad.

Tampoco es la primera vez que la dinastía se sobrepone a situaciones de dificultad. Desde Felipe V han perdido el trono o la legitimidad del pueblo varias veces. Y ha conseguido sobreponerse. ¿Qué diferencia hay esta vez? 

En el prólogo del libro Javier Pérez Royo habla de una “restauración permanente”. Los Borbones siempre vuelven y ya estaríamos en la cuarta restauración. Pero se puede ver desde otro punto de vista, que tiene que restaurarse la dinastía borbónica porque los Borbones caen. Cuando los abusos y los atropellos resultan insoportables, los Borbones acaban en el exilio. Así pasó con Cristina de Borbón, con Isabel II, con Alfonso XIII, el abuelo del rey emérito, también acabó exiliado. Y en un cierto sentido, Juan Carlos I está en un exilio forzoso. De lujo, en una monarquía absolutista, pero un exilio forzado. 

En el libro intento seguir la idea de Benito Pérez Galdós. Puede pasar que durante siglos no se destrone y en España, un día, se destrona. Y el pueblo que durante siglos se acostó con reyes, un día se despierta en la cama del pueblo. Yo no digo que sea inminente, pero en un contexto de pandemia con una crisis muy importante, donde se ve a la monarquía vinculada a casos de evasión fiscal, de blanqueo de capitales, en un momento donde hay muchas dificultades económicas, hace que para una parte importante de la ciudadanía la monarquía sea parte del problema.

Señala que hay cuatro escenarios posibles de salida de esta crisis del sistema. Uno de ellos pasa, como ya ocurrió también en el siglo pasado, por un giro reaccionario. Y en vez de transitar hacia una república que pudiera dotar de mayores mecanismos democráticos a la sociedad, se fuera hacia todo lo contrario. ¿Ese riesgo es real en la España del siglo XXI?

Uno querría pensar que Europa es un antídoto, pero vemos lo que pasa en Polonia, en Hungría, o en España, con la normalización de una extrema derecha que tiene aliados golpistas en el mundo, en América Latina; una extrema derecha abiertamente trumpista

Que esa extrema derecha, junto con la derecha extrema, puedan estar en el Gobierno no es una hipótesis fantasiosa. Y para esa extrema derecha la monarquía es una pieza importante. Por eso los intentos de apropiarse de la figura de Felipe VI, porque creen que puede ser una buena cobertura para su proyecto político.

Y Felipe VI no hace demasiado por despegarse de esos sectores, de los sectores más reaccionarios del Poder Judicial o cuando se manifiestan exmilitares. No hay reacción por parte por parte de la Casa Real. Y Felipe VI comparte el pecado de su padre, que es no haber condenado nunca la dictadura franquista. Cómo puede ser rey de una monarquía parlamentaria alguien que nunca critica a una de las dictaduras más sangrientas que existió en Europa, como la franquista.

La hipótesis de una regresión autoritaria si la monarquía se ve amenazada no se puede descartar. Alfonso XIII se asustó cuando diputados socialistas como Indalecio Prieto pedían que hubiera una comisión de investigación por sus casos de corrupción con Marruecos. Y recurrió a Primo de Rivera. Está por verse si Felipe VI, por su propias inclinaciones ideológicas, se vería o no tentado a dar cobertura a una opción de derecha extrema.

Esa poción reaccionaria aparece como viable por la presencia de la ultraderecha en el Congreso. Pero cuando abdicó Juan Carlos I había un sentimiento casi opuesto. Había un sentimiento antimonárquico y además un empuje progresista. Sin embargo, su espacio político decidió no entrar en ese debate. ¿Se perdió una oportunidad de haber recogido ese sentimiento antimonárquico y haberlo convertido en una ola republicana?

En el ámbito municipal se dio de manera muy espontánea. Si uno se fija en las políticas que se llevaron adelante en Barcelona, Cádiz, Valencia, A Coruña o Pamplona, hubo un florecimiento de iniciativas republicanas y de iniciativas incluso anti borbónicas desde el punto de vista simbólico y memorial. Pero en el ámbito estatal sí hubo conciencia de que para que el republicanismo pudiera crecer tenía que ser del siglo XXI, que no simplemente podía apelar a la memoria sesgada de la I o la II República. Había que construir un republicanismo de mayorías, no solo el de las izquierdas clásicas. 

Y ahora el hecho inédito de que la propia Casa Real reconozca que Juan Carlos I estaría involucrado en delitos graves de evasión fiscal y de blanqueo de capitales, abre una nueva oportunidad en un contexto muy diferente, donde la extrema derecha ha crecido, donde hay un giro reaccionario en muchos sitios del mundo. Y por eso yo veo las dos oportunidades. Una situación de degradación autoritaria, pero también podría profundizarse la crítica a la monarquía, cada vez más cuestionada por sectores de la juventud, por las mujeres y sobre todo en determinados lugares del Estado.

Catalunya, en concreto, ha tenido siempre una relación muy compleja con los Borbones, desde Felipe V, que eliminó determinadas leyes propias, hasta hoy. No hay grises, amor o rechazo absoluto. Esto se ha acentuado con el procés, el discurso del 3 de octubre de 2017 es un momento muy concreto. ¿Tiene marcha atrás el aumento del rechazo a la monarquía borbónica en Catalunya?

Lo veo muy difícil. El 3 de octubre de 2017 Felipe VI actúa de manera bastante parecida a Felipe V. Se erige como el rey soldado, y en lugar de actuar como como árbitro actúa como un rey de parte. Pero el tema de fondo es que la dinastía borbónica no es capaz de ofrecer una solución a los grandes dilemas que se plantean en España. No puede ofrecer una alternativa a la cuestión de la corrupción. O a la cuestión social. Nadie ve que la monarquía vaya a servir para reforzar la sanidad pública, para reforzar la vivienda pública, etcétera. Y tampoco ofrece una solución a la cuestión territorial. Se ha mostrado como incapaz de favorecer el reconocimiento de la realidad plurinacional.

Con monarquía se podrían producir algunos avances o revertir medidas perjudiciales para la convivencia que se adoptaron en los últimos tiempo. Por ejemplo los indultos, que son un paso en ese sentido. Pero tengo muchas dudas de que la cuestión de fondo de la articulación plurinacional pueda resolverse mientras haya monarquía.

Establece en el libro una dicotomía entre monarquía y democracia. Más allá de España, ¿las monarquías que existen en Europa no democracias? 

Hay una tensión muy clara entre entre el principio democrático y las monarquías hereditarias. Porque hubo monarquías selectivas, reyes que fueron elegidos en un referéndum. El problema es que alguien pretenda ser jefe de Estado por ser hijo de alguien. 

Eso no quiere decir que haya monarquías que sean más genuinamente parlamentarias que otras, que están sometidas a controles parlamentarios y constitucionales, como la monarquía sueca o la noruega, como consecuencia de revoluciones políticas que hubo en eso en esos países. 

¿Qué hemos descubierto nosotros? Que mientras los Borbones reinaron nunca hubo una monarquía parlamentaria. Ni siquiera ahora que tenemos una Constitución que dice que la forma política del Estado es una monarquía parlamentaria. ¿Por qué? Porque la dinastía borbónica ha demostrado ser muy maleducada en términos constitucionales, muy reacia a que se le impongan límites básicos, a actuar con transparencia, a renunciar a determinados privilegios, como ocurre en otras monarquías parlamentarias. Y yo creo que ese es el problema de fondo que tenemos. Nosotros, siendo una fuerza republicana, nos dimos cuenta en el Congreso de que el funcionamiento de la monarquía con Juan Carlos I, e incluso ahora, no responde a lo que debería ser una monarquía parlamentaria.

Recordaba antes que Indalecio Prieto en su momento reclamó una investigación parlamentaria de las corruptelas, los negocios privados, de Alfonso XIII. El PSOE de hoy rechaza esa esa posibilidad y sin el PSOE, siempre se estrellan en un muro el resto de grupos que exigen esa investigación parlamentaria. ¿Qué tiene que pasar para que el PSOE cambie de su posición? Porque si cambiara su posición, cambiaría completamente el escenario.

Si el PSOE cambiara de actitud respecto de la cuestión monárquica las posibilidades de un camino republicano serían mucho más claras. Mi impresión es que hay una parte del PSOE que piensa que no cuestionar a la monarquía puede servir de escudo para frenar los movimientos destituyente de la derecha. Lo que ocurre es que el precio es muy alto. Si para que la monarquía permita que haya gobiernos que no sean claramente de derechas lo que hay que hacer es consentir la impunidad, consentir la opacidad, se acaban degradando las propias posiciones.

Y es algo que entre sus bases no es fácilmente comprensible. Ahí hay un problema que el PSOE tiene que resolver, y yo estoy convencido de que si continúan saliendo casos de corrupción como están saliendo ahora, que ya no solamente afectan a Juan Carlos I, sino que incluso podrían proyectarse sobre el rey actual, va a ser muy difícil que el PSOE pueda pueda oponerse al menos a que se investigue.

En marzo de 2020, un día después de que el Gobierno decretara el estado de alarma, la Casa del Rey lanzó un comunicado en el que asumía que había cuestiones cuando menos no del todo regulares en las finanzas de Juan Carlos I, y que el actual jefe del Estado formaba parte de la estructura societaria de esas supuestas irregularidades del rey emérito. Usted sostiene Felipe VI establece un parteaguas, intenta separarse de su padre. ¿Puede escaparse el jefe del Estado actual de lo que supuestamente hizo su padre?

Es muy difícil porque es un movimiento enormemente opaco. Se aprovecha una pandemia en la que la ciudadanía estaba confinada para activar esa especie de bomba. La propia Casa Real confiesa lo que no ha confesado ninguna casa real europea, que el rey emérito podría estar implicado en el caso grave de corrupción y que el propio rey, su hijo, conocía desde hace un año, al menos, la existencia de estas fundaciones y de estas cuentas que no habían sido o que no habían sido declaradas.

Hoy sabemos, por ejemplo, que una de las transferencias de los 100 millones de dólares que se hicieron por parte de Arabia Saudí a unas cuentas que estarían vinculadas al rey emérito se produjeron en 2008. En 2008, Felipe VI no era un niño pequeño correteando por los pasillos de la Zarzuela. Era una persona formada, que sabía que iba a ser rey. Vuelve a plantearse lo que se planteó en relación con la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, cuando ella firma y luego dice que no sabía. Hoy se está intentando reproducir esa operación para establecer un parteaguas entre Juan Carlos y Felipe. 

¿Era ajeno a lo que venía ocurriendo? Las dificultades de la Casa Real para responder afirmativamente hace que aparezca con tanta insistencia Leonor como una figura cuya irrupción en la vida política habría que acelerar. Es prueba de que no se puede cerrar en falso ese vínculo entre Felipe VI y su padre.

¿Cree entonces que Leonor podría ser reina antes de lo que biológicamente pudiera pudiéramos esperar?

Cuando se aceleró la decadencia del régimen de Cristina de Borbón como reina regente, se intentó hacer eso con Isabel II. Pero no funcionó. Los sectores digamos monárquicos están desconcertados. Después de muchos años de autocensura en los medios, después de muchos años de presiones para que no se hablara sobre sobre Juan Carlos I, sobre su fortuna, sobre sus actuaciones privadas que no tenían que ver con sus funciones constitucionales, de pronto la investigación en Suiza y las publicaciones del Daily Telegraph hace que se levante esa veda y que haya una mayor crítica pública.

Pero el objetivo de eso es mantener a salvo a Felipe VI. Su imagen pública es mejor que la de su padre, pero no es fácil que eso se pueda cerrar. Es muy difícil pensar que no existían esos vínculos, que no existía ese conocimiento. Uno de los grandes problemas es ese. No es que estemos discutiendo de monarquía ahora porque a las personas republicanas se nos haya ocurrido. Es la propia monarquía la que genera este debate con sus actuaciones. Puede pasar lo que pasó en en otros momentos en la historia de España, que la propia dinastía borbónica propicie la erosión y la crítica de la institución monárquica.

Hablaba de la investigación en Suiza, que es la que está ahora mismo más avanzada. ¿Cree que Juan Carlos de Borbón puede acabar juzgado en Suiza, por ejemplo, o incluso en España?

En Suiza es donde tengo más esperanza de que pueda ocurrir algo. Que el fiscal [Yves] Bertossa, que es muy valiente, no se detenga en la línea de investigación que tiene abierta.

En el caso de España soy mucho más escéptico. En el Parlamento no hay voluntad de hacer lo que sería normal en una monarquía parlamentaria, que el rey emérito se siente en una comisión a explicar lo que sabe, a que nos aclare todas las noticias que están apareciendo sobre él. Pero es que tampoco veo esa voluntad clara en el ámbito judicial. Por eso creo que el aforamiento en el Tribunal Supremo de Juan Carlos I era tan importante y se hizo con tanta prisa, porque es muy probable que en el Supremo no haya tampoco la voluntad para juzgar al rey emérito. Y tampoco he visto siquiera esa voluntad en algunas de las actuaciones de Hacienda, donde hubo técnicos que dijeron que cuando se sospecha que una persona puede haber cometido evasión fiscal por encima de unas cantidades tiene que haber una actuación proactiva por parte de Hacienda. Eso tampoco ocurrió. 

Hay sectores para los cuales el mejor de los escenarios sería que Juan Carlos I acabe sus días en el exilio, y que de esa manera se cierre esa carpeta y se pueda comenzar una etapa nueva. Ni siquiera la monarquía tiene asegurado ese final, pero es verdad que cuenta con aliados económicos, judiciales y mediáticos muy fuertes.https://www.dailymotion.com/embed/video/k13Er8pxhW5dW8x2Zac?ads_params=partners&api=postMessage&apimode=json&autoplay=false&embed_index=3&id=f15d317db1fb7e4&mute=true&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es&pubtool=cpe&queue-autoplay-next=true&queue-enable=true&ui-highlight=false

Algunas preguntas sobre el momento político justo cuando llega el final del curso político. ¿Cómo han recibido en En Comú Podem la crisis de Gobierno?

Hay algo de reacción del PSOE frente a los cambios que se estaban produciendo en el propio espacio confederal. El hecho de que se produzca una reorganización que apunta a un liderazgo de mujeres, con el papel de Yolanda Díaz, de Ada Colau o de Ione Belarra, una propuesta con un contenido feminista muy claro, también hace que el propio PSOE tenga que mover ficha.

¿Es una reacción entonces?

Creo que hay algo de eso. El PSOE reacciona con inteligencia, reforzando el papel de las mujeres dentro del Gobierno, mujeres con experiencia municipal. Yo espero que en algunos ámbitos concretos sirva también para avanzar en algunos temas que son fundamentales y que todavía tenemos bloqueados.

¿Los cambios permitirán avanzar en el cumplimiento de algunas partes del acuerdo de gobierno que están bloqueadas? La ley de vivienda es un ejemplo, que además en Catalunya tiene una importancia mayor. ¿Está más cerca de lo que estaba con Ábalos al frente de Transportes?

No lo sabemos todavía. Es una incógnita, sin que eso suponga un juicio sobre ministros anteriores, por el que además tengo un respeto personal. Tener en un ministerio encargado de los temas de vivienda una alcaldesa que en su propio ayuntamiento tuvo que exigir que se pusiera coto a los incrementos de los precios del alquiler da indicios de que va a haber una cierta sensibilidad para tratar esta cuestión y una actitud más clara de lo que significa convertir la vivienda en un lujo accesible solamente para unas pocas personas o en un bien sometido a la especulación.

En el ámbito de justicia, donde estamos viendo que la derecha más dura se está atrincheran en determinados sectores del Poder Judicial e incluso dentro del propio Tribunal Constitucional, que haya una ministra como Pilar Llop puede permitir o esperamos que permita que algunos temas que tenemos encallados sobre la reforma del CGPJ, del delito de sedición para contribuir a una cierta normalización de la situación en Catalunya; la ley mordaza, etcétera, también pueden experimentar un avance. Y como portavoz en la Comisión de Asuntos Exteriores creo que el nuevo ministro, con experiencia diplomática, también puede ser interesante a la hora de pensar en una nueva fase de la geopolítica mundial donde ya no existe la tutela directa de Trump y sobre cómo España puede llevar adelante una política exterior que realmente sea autónoma.

Sólo ha habido cambios en el sector del PSOE. ¿Podría haber aprovechado Unidas Podemos para afrontar algún relevo?

Veníamos de un cambio muy reciente con Yolanda Díaz como la ministra más valorada según las encuestas y con un papel muy importante en lo que fue uno de los temas claves de la pandemia, que era cómo proteger a la población trabajadora en un momento en que la actividad económica estaba suspendida. El caso español debe mucho al papel de Yolanda Díaz y su equipo, y su papel actual dentro del Gobierno ya es una novedad. O el hecho de que Ione Belarra, que ya venía teniendo un papel importante en la negociación de la Ley de Vivienda para conseguir que esté a la altura de los retos del siglo XX, pase a ser también ministra, ya implica un cambio importante.

Igual las demás ministras y ministros de Unidad Podemos. No tendríamos ley trans si no fuera por la persistencia y el empeño de Irene Montero. Con Manuel Castells experimentó un crecimiento exponencial del número de becas no universitarias para personas en dificultades sociales y se consiguió que bajaran las tasas en la Universidad. Alberto Garzón ha protagonizado un debate importante sobre el nuevo tipo de consumo sostenible que debería tener un país que se plantee de manera seria la transición ecológica y la transición energética. El espacio confederal, sin perjuicio de los cambios que siempre pueden producirse, está liderando algunos de los grandes proyectos para salir de esta crisis con un programa que realmente sea transformador y que no nos devuelva a una nueva vieja normalidad.

El gran debate que hay dentro de Unidas Podemos desde la salida de Pablo Iglesias, que además se ha demostrado que ha sido una salida real, es dibujar o determinar hacia dónde debe ir Unidas Podemos. ¿Cuál cree que debe ser de aquí a 2023, cuando afrontaremos un montón de procesos electorales en un espacio muy corto de tiempo?

Cuando uno no tiene detrás a los grandes poderes económicos, a los grandes medios de comunicación, lo único que tienes la organización. Ahora se abre un reto organizativo enorme que tiene que consistir en poder dar cobijo a la gente que ya formaba parte de ese espacio del cambio, pero también en abrirse a otros sectores de la sociedad. Y para que eso sea posible hay que hacer una cosa que nos planteábamos al comienzo, que no es simplemente crear partidos. 

Hay que crear instrumentos políticos que tengan liderazgos plurales, que tengan diversidad. Que ni siquiera sean partidos, que sean como semipartidos, instrumentos que faciliten la autoorganización democrática de la gente. El poeta y pensador ecologista Jorge Riechmann decía que esa especie de semipartido de nuevo tipo tenía que parecerse a un arrecife de coral, que fuera capaz de cobijar mucha diversidad y mucha vida debajo de sí. Eso tenemos que poder ser capaces de hacerlo como parte de lo que ya es nuestro espacio confederal, pero con relaciones muy abiertas con el resto de fuerzas progresistas y plurinacionales que hoy son las que están manteniendo las principales políticas transformadoras que están impulsando este Gobierno.

Pero una cosa es una relación política y otra una orgánica. Habrá fuerzas con las que se pueda tener una relación política muy fluida. Pero eso es, digamos, un apoyo político. A nivel orgánico, ¿hay posibilidad de dar cobijo a más gente, a más proyectos?

El 2023 va a tener un cariz muy municipalista. Hay experiencias territoriales muy distintas, y nosotros lo hemos experimentado, que han dado combinación a fórmulas muy diferentes. Hay que tener un instrumento organizativo que sea lo suficiente abierto como para, de manera política o de manera orgánica, poder tener contacto y poder tener una relación cercana con todas esas fuerzas políticas que comparten programas similares. 

Lo que no tiene sentido es que ahora simplemente nos planteamos una especie de repliegue identitario que no tuviera la audacia que tuvimos en 2014 y en 2015, y de intentar reconectar con mucha gente, incluso con generaciones jóvenes que están esperando que demos una salida a la altura de los retos que tenemos. 

La extrema derecha que tenemos encima no es la que existía cuando aparecieron Podemos, los comunes, etcétera. Hoy tenemos que dar otra respuesta, y creo que tiene que parecerse más al arrecife de coral del que el que hablaba, del que hablaba Riechmann, que sepa cobijar muchas cosas y que esté pensado para reconectar con la sociedad. El hecho de que ahora tengamos mujeres con clara capacidad de liderazgo y de empatía me parece que es un elemento fundamental para conseguir eso. 

Pero el objetivo principal no debe ser cuántos escaños consigues, sino en qué medida contribuyes a que la gente común pueda auto organizarse para poder cambiar las cosas en los centros de trabajo, en sus escuelas o en sus barrios. Porque la clave de la profundización democrática y de la batalla contra la extrema derecha está ahí.

El Azaña que regresa, 80 años después

En el homenaje recién celebrado en el Congreso se retrató a un político reformista y enemigo de la revolución. Costaba reconocer al crítico jacobino de la monarquía borbónica y de las oligarquías que parasitaban a su sombra

Publicado en CTXT

Gerardo Pisarello  4/11/2020

Vilipendiado, calumniado por sus detractores, hay un Manuel Azaña que aún habita el lóbrego exilio del franquismo en Montauban (Francia). Junto a él, existe otro. El que regresa, a veces clandestinamente, todavía maldito, al Madrid que lo supo escritor, ateneísta, orador elocuente, Ministro, presidente del Gobierno y de la República.

Asomó tímidamente con Felipe González. Aznar quiso recuperarlo, con escasa credibilidad, de la mano de Jiménez Losantos y de los recuerdos de su abuelo Manuel, a quien el propio Azaña tenía por fascista confeso. José Luis Rodríguez Zapatero fue el primer presidente de la democracia en visitar su tumba. Mariano Rajoy citó varias veces sus llamadas a concordia. Y este martes 3 de noviembre el político republicano se hizo presente en el homenaje que le rindió el Congreso de los Diputados, con una mínima presencia a causa de la pandemia: miembros de la Mesa, algún familiar, portavoces de los grupos parlamentarios  y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Se notaba en el ambiente el esfuerzo por conseguir que quien regresa sea el Azaña “de todos”. Vox vetó el acto, por considerarlo un ataque indirecto a la monarquía. El Partido Popular lo aceptó a regañadientes, aunque propuso, sin suerte, que se homenajeara también al jefe de la Confederación Española de las Derechas Autónomas (CEDA), Joaquín María Gil Robles (un personaje singular que, aunque evolucionaría con el tiempo, en 1934 admiraba al dictador austríaco Engelbert Dollfuss y multiplicaba sus apariciones con estética y gestos fascistoides: “¡Jefe!, ¡jefe!”)

No obstante, o precisamente por eso, el video protocolario, preparado por los propios servicios de la casa, intentó no levantar ampollas: Azaña y Las Veladas en Benicarló. Azaña y El jardín de los frailes. Azaña orador. Azaña impulsor de la Ley de Defensa de la República (una de las leyes menos ejemplares, en realidad, del primer bienio republicano). Azaña melancólico, en plena guerra, recordando que “todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo” y pidiendo, al borde de la derrota, “paz, piedad, perdón”, algo que nunca llegó.

Sería injusto afirmar que el Azaña que sobrevoló el acto sea totalmente ajeno al Azaña histórico. Pero el reduccionismo y los énfasis eran evidentes

Dos veces, a lo largo del acto, se recordó que Juan Carlos de Borbón, siendo rey, se entrevistó en México con Dolores Rivas Cherif, viuda de Azaña. Y que esta, a sus 84 años, le habría dicho: “Cuánto le hubiera gustado a don Manuel Azaña vivir este día, porque él quería la reconciliación de todos los españoles”.

Sería injusto afirmar que el Azaña que sobrevoló el acto sea totalmente ajeno al Azaña histórico. Pero el reduccionismo y los énfasis eran evidentes. Ni siquiera el busto labrado en piedra por el escultor Evaristo Belloti, cedido por los herederos del que fue su partido, Izquierda Republicana, parecía sentirse interpelado, reconocido, en lo que con tanto tacto, con tanta intención de recrear un consenso ilusorio, se mostró y se escuchó.

Homenaje a Manuel Azaña en el Congreso el pasado 3 de noviembre (Fuente: Congreso de los diputados)

Se habló, buscando no inquietar, de un Azaña reformista, defensor de los cambios evolutivos, tranquilos, y enemigo de la revolución. Sin embargo, costaba reconocer en ese retrato al crítico jacobino, penetrante, de la monarquía borbónica y de las oligarquías que parasitaban a su sombra. O al dirigente realista que, en su breve pero esencial Caciquismo y democracia, iba a la raíz del problema y señalaba que “a los pies del cacique hay siempre un grupo de hombres sin libertad [a los que] no se les redimirá con una simple reforma de la ley electoral”. Ese mismo Azaña era el que, sin ninguna ilusión puramente parlamentarista, reconocía que “el combate serio contra el caciquismo lo sostienen hoy las organizaciones de braceros y de pequeños labradores”, esos “gérmenes de la democracia campesina” que “pugnando por la emancipación económica y el perfeccionamiento social […] destruyen el artificio de las banderías políticas y desenmascaran a los aliados del cacique” ¿Cómo puede, quien así habla, ser presentado, previa anestesia, como un político “de todos”, incluso de aquellos que apuntalan la desigualdad y el privilegio?

Lo mismo puede decirse de la anécdota del abrazo entre Juan Carlos I y la viuda de Azaña, en 1978. ¿Cuál sería su sentido? ¿Presentar a Azaña como alguien que, en nombre de la reconciliación, habría aceptado la impunidad de unos crímenes de Estado que en su crueldad llegaron mucho más lejos de lo que humanamente podía imaginar? ¿Mostrarlo dispuesto a aceptar componendas con quienes niegan, una y otra vez, que la justicia, la verdad y la reparación sean posibles? ¿Reconciliarlo con la propia monarquía, a la que enfrentó sin reservas?

Cualquiera de estos intentos se antojaba endeble ¿Cómo hubiera reaccionado Azaña a la noticia, publicada el mismo día de su homenaje, de que la Fiscalía Anticorrupción estaba investigando los gastos de varias tarjetas opacas de crédito que usaban el propio Juan Carlos de Borbón, la Reina Sofía y varios de sus familiares más directos? ¿No hubiera visto, en ello, una confirmación más de la necesaria contraposición entre la venalidad monárquica y la austeridad y la honestidad republicanas? ¿No hubiera pedido la investigación hasta el final, en el propio Congreso, de esas actuaciones? Difícil no evocar, junto a tantas otras, las opinión que vertió al respecto en Mi rebelión en Barcelona, de 1935: “Cuando un régimen se hunde como se hundió y por lo que se hundió el régimen monárquico en España, que fue por su descrédito moral, tiene que hundirse el anverso y el reverso, porque un régimen es todo un ambiente político, es toda una escuela política en la que se educan los que lo sostienen y los que lo combaten”.

Azaña se fue apagando políticamente y murió, poco después de terminar la guerra, en un modesto hotel francés de provincias

Contenido, austero, casi aséptico, el recuerdo de Azaña se cerró con la interpretación al piano de Suspiros de España, de Antonio Álvarez Alonso, por parte de Samuel Martín, alumno del Conservatorio Superior de Música de Madrid. El pasodoble, compuesto en 1902, con letra añadida en 1938, simbolizó para muchos exiliados la nostalgia y la tristeza del país perdido.

El último Azaña, es verdad, había perdido la ilusión y muchas de sus esperanzas políticas. En 1934, ante la amenaza de un retroceso reaccionario, se sumó decidido al comité revolucionario de Asturias. Pero en 1936, a pesar de la victoria del Frente Popular, no se vio ya en condiciones de afrontar una batalla que exigía ir más allá de la revolución parlamentaria que intentó impulsar en 1931. Tampoco confió en las fuerzas de un pueblo que, abandonado a su suerte por la Tercera República Francesa y por la monarquía parlamentaria británica, asombró al mundo defendiendo, casi en solitario, a su “República de trabajadores” –como decía la Constitución de 1931–, contra las fuerzas sublevadas de Franco, contra los tanques y los buques de guerra de Mussolini, y contra la aviación y la asistencia técnica de Hitler.

Ese pueblo trabajador, que sí había creído en las escuelas, las bibliotecas, la asistencia médica, los tímidos repartos de tierras puestos en pie por la República, conmovió al mundo por su resistencia tenaz durante tres años. Azaña no lo vio, como no vio la naturaleza especialmente cruel del régimen que se avecinaba. Se fue apagando políticamente y murió, poco después de terminar la guerra, en un modesto hotel francés de provincias, solo protegido por la Embajada de la República de México, que, bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas, fue la única en apoyar a la II República hasta el final.

En la ceremonia del Congreso, compareció, a pesar de su “fondo castícismo de indiferencia estoica”, quien con el buen Sancho terminó repitiéndose: “Tanto me da vivir en un palacio como en una aldea. Todo lo que soy lo llevo conmigo […] desnudo nací, desnudo me hallo; ni pierdo ni gano”. Pero no es ese el único Azaña que pugnaba por volver. Junto al perseguido, al derrotado, se podía sentir, palpitante, al ateneísta fogoso, impenitente, al regeneracionista audaz, al erasmista ilustrado, al insobornable hijo de la Revolución francesa que mucho tiene para decirnos, aún hoy, sobre las grandes tareas republicanas de nuestro tiempo.   

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Bolivia: la revuelta de la esperanza.

Por Gerardo Pisarello y Lucía Muñoz*

Publicado en Cuartopoder 25/10/2020

“Llegamos al país unos días antes de las elecciones. Veníamos como invitados por el Tribunal Supremo Electoral”

“Ahí comenzamos a entender que el voto, para amplios sectores de las capas populares indígenas y campesinas había adquirido una dimensión existencial”

“El pueblo boliviano salvaba la memoria del Che y nos devolvía a Madrid sanos, salvos y llenos de esperanzas en la gran revuelta democrática que acababa de producirse”

Llegamos al país unos días antes de las elecciones. Veníamos como invitados por el Tribunal Supremo Electoral. Aterrizamos en La Paz-El Alto y vinieron a recogernos en una camioneta para observadores. Julio, el chófer, nos advirtió que había algunas patrullas militares en la zona y problemas en el suministro de combustibles. En el descenso al hotel, con el Illimani de fondo, notamos que no había prácticamente pintadas en las paredes. Algunas leyendas, uno que otro cartel, pero poca cosa más. Como si las elecciones se hubieran producido ya, en un tiempo lejano del que apenas quedaba rastro. O como si se tratara de algo de lo que no convenía hablar demasiado. Esa fue la impresión más evidente: la del silencio. Un silencio denso, extraño, vigilado, que no hacía presagiar nada bueno. Mucho menos la revuelta democrática que nos tocaría vivir el domingo.

Murillo y la extrema derecha española

Nos alojaron en un hotel del centro donde se realizarían las formaciones del propio Tribunal Supremo Electoral. No habíamos terminado de deshacer las maletas cuando el ministro de Gobernación, Arturo Murillo, decidió recibirnos con un tuit de bienvenida. El mensaje distinguía entre observadores y “agitadores […] que vienen a buscar violencia”. Los primeros eran formalmente bienvenidos. A los segundos solo les podían esperar dos destinos: o “un avión o entre rejas”.

La noticia no invitaba a la tranquilidad. Murillo había sido responsable directo de la represión contra movimientos sociales e incluso de masacres como las de Senkata y Sacaba. En ellas, una veintena de civiles resultaron muertos y unos doscientos heridos de gravedad. Ese mismo hombre que buscaba intimidarnos se había reunido en enero con los diputados de Vox, Hermman Tertsch y Víctor González Coello de Portugal. Este último acababa de ser condenado por el Tribunal Supremo por “irregularidades contables graves” en la empresa Marmolería Leonesa. Pero ni él ni Tertsch tuvieron empacho en mostrar ya desde el comienzo del golpe de Jeanine Añez su “solidaridad con el gran cambio hacia la democracia en Bolivia”.

La noticia de nuestra presencia en Bolivia activó las viejas amistades. No había caído la noche cuando por orden evidente de Murillo, la Dirección de Migraciones cedió las fotos que nos habían tomado en los controles de Santa Cruz al “periodista” de OK Diario, Alejandro Entrambasaguas. Hijo de un ingeniero que había llegado a trabajar con el Gobierno de Evo Morales, Entrambasaguas había puesto sus malas artes al servicio del gobierno de Añez, casi desde su constitución. Con el respaldo de sus vínculos en la península, se dedicó a difundir noticias falsas en medios ultraderechistas bolivianos, a realizar declaraciones racistas contras aymaras y quechuas e incluso a montar agresiones contra simpatizantes o exministros del Movimiento Al Socialismo (MAS). Nuestra llegada también le resultó inspiradora. Entre el jueves y el sábado su pasquín digital publicó notas con las fotos cedidas ilegalmente –las nuestras y las de nuestros compañeros Fran Pérez y Maite Mola, de Izquierda Unida–. La ristra de mentiras era notable. Decía que habíamos mentido en aduana, haciéndonos pasar por turistas, cuando ya estábamos acreditados por el Tribunal Supremo Electoral. Aseguraba que habíamos decidido alojarnos en un hotel de lujo, cuando en realidad se trataba del hotel escogido por el propio Tribunal Electoral (75 dólares la noche, pagados por nosotros). El propósito de fondo, sin embargo, estaba claro. Abonar la tesis de los “alborotadores violentos” de Murillo y crear un clima público hostil e intimidador. En poco tiempo, nuestras fotos circulaban por televisiones y prensa escrita boliviana, se distribuían en grupos de whatsapp e incluso en la propia calle. Representantes de Naciones Unidas nos aseguraron que velarían por nuestra seguridad y mucha gente comenzó a solidarse en las redes. Nosotros estábamos tranquilos, pero conociendo los antecedentes del Gobierno de facto, éramos conscientes de que no se podía descartar nada. El viernes por la noche, de hecho, unos 60 policías intentaron detener “por órdenes superiores” al diputado argentino Federico Fagioli, que primero fue aislado en una dependencia del aeropuerto de El Alto y luego arrastrado a un automóvil sin identificación. Las grabaciones de los forcejeos con la policía y la intervención del propio presidente argentino, Alberto Fernández, permitieron que Fagioli fuera dejado en libertad. Pero la situación era clara: si el Gobierno de facto pretendía intimidar con estos métodos a diputados y observadores internacionales, no había que ser muy agudos para imaginar lo que estaba haciendo con la gente sencilla, de a pie, que discrepaba con el Gobierno y que estaba llamada a ejercer su derecho de voto.

Las elecciones del 18 de octubre: un voto existencial

El propio domingo amaneció cargado con esa tensión. En la sesión de apertura formal de los comicios convocada por el Tribunal Supremo Electoral, nos tocó sentarnos a unos pocos metros de Murillo y de la propia Añez. Ambos habían entrado escoltados por militares, pero no intervinieron en el acto. El único orador fue el propio presidente del Tribunal Electoral, Salvador Romero, que habló rodeado de miembros de embajadas y de organismos internacionales. La soledad institucional de la presidenta de facto no pasó inadvertida a nadie. Era un indicio fuerte de un desgaste y un  desprestigio profundos, que no tardarían en corroborarse.

Contra los pronósticos más agoreros, las votaciones se produjeron de manera ejemplar. Prácticamente no se registró ningún incidente y la asistencia a las urnas fue masiva. La misma tarde del domingo, un señor aymara de edad mediana nos había confesado, con una mezcla rara de serenidad y angustia, que llevaba meses “con un nudo, con una fuerte presión en el pecho”. Y que votar lo había “aligerado”, que le había quitado un gran peso de encima.

Ahí comenzamos a entender que el voto, para amplios sectores de las capas populares indígenas y campesinas, así como para sectores medios importantes, había adquirido una dimensión existencial, casi de vida o muerte. Que tras las movilizaciones y cortes de carretera del mes de agosto, se había convertido en el último recurso para hacer valer una voluntad atropellada, maltratada. La cuestión clave era dónde iría a parar esa exigencia de paz después de tantos meses de agresiones, de corrupción, y de una pésima gestión de la pandemia. Todas las encuestas colocaban en primer lugar a la fórmula integrada por Luis Arce y David Choquehuanca. Sin embargo, notamos que en cenáculos influyentes -embajadas, organismos internacionales, editoriales televisivas, círculos económicos- no se perdía la esperanza de que el ganador, al menos en segunda vuelta, fuera Carlos Mesa.

Para buena parte de los sectores biempensantes locales e internacionales, Mesa aparecía como el garante de una continuidad amable, elegante, del régimen facto, y como el mejor antídoto contra el Masismo. Era la encarnación paceña de esa suerte de Macronismo global por el que suspiran tantas élites. Un intelectual capaz de hablar su lenguaje, de aplacar cualquier tentación “populista” y de permitir, bajo una retórica socialiberal, mantener el business as usual.

Tanto desde Estados Unidos como desde Europa se hizo mucho para que ocurriera: se amparó el papel fraudulento de la OEA en las elecciones de 2019, se toleraron o minimizaron gravísimas violaciones de derechos humanos por parte del régimen de facto, se dejó las manos libres a la extrema derecha para que actuara contra las bases masistas. Todo ello con la convicción de que Mesa irrumpiría entre el humo y los escombros como el gran pacificador, como el voto útil de un nuevo orden “culto”, liberal, moderno, capaz de convertir al MAS en un paréntesis pintoresco de la historia andina.

A medida que avanzaba la tarde, hubo algunas señales de que las cosas no irían por este camino. En una decisión algo extraña, pero celebrada por nosotros, el Tribunal Supremo Electoral había dejado caer, un día antes de las elecciones, el Sistema de Conteo Preliminar que tantos problemas había ocasionado en 2019. Con ello, el momento clave de la noche electoral se trasladaba a las encuestas a boca de urna encargadas a empresas privadas claramente dominadas por sectores anti-masistas. Se calculaba que a partir de las ocho publicarían sus resultados. Esto tenía un riesgo cierto, puesto que marcaría una tendencia que podía no coincidir con los datos oficiales finales. El fantasma de los enfrentamientos por los resultados volvía a sobrevolar el ambiente.

Cuando eran casi las nueve, las televisiones bolivianas comenzaron a anunciar que la publicación de los resultados sería “inminente”. Sin embargo, el subtitulado que informaba en rojo las aparición de las primeras cifras permaneció largamente congelado en la pantalla. Los temores de una retención deliberada y de un posible fraude contra el MAS se apoderaron de muchos de nosotros, así como de compañeras y compañeros pertenecientes a las delegaciones del Parlasur, de la Internacional Progresista o de la Copppal, encabezada por el derrocado presidente paraguayo Fernando Lugo. El nerviosismo fue creciendo. Era difícil no pensar qué ocurriría con miles de bolivianos –y con nosotros mismos– si se desataba una nueva ola represiva.

Y de pronto, lo increíble. Esos momentos únicos, que condensan y condicionan una época. Tras horas de demoras injustificadas, los resultados a boca de urna revelaban lo que nadie había previsto: el MAS se imponía en primera vuelta, con más de veinte puntos de diferencia, sobre su inmediato seguidor. Un nudo nos ganó la garganta. La propia Jeanine Añez salía a reconocer que la fórmula Arce-Choquehuanca había sido escogida para gobernar el país. La sorpresa era inmensa. La alegría, también.

El voto como bofetada contra el abuso de poder

Lo ocurrido desbordaba las expectativas más optimistas. Entrada la madrugada, comenzaron a circular en los móviles las declaraciones de un sindicalista de la Central Obrera Boliviana -la célebre COB- que ayudaba a entender algunas cosas. “Les hemos dado un sopapo, un revés”, decía, mientras mascaba unas hojas de coca. “Hoy la gente ha votado contra la discriminación, contra la prepotencia. Han lastimado lo más profundo de los bolivianos. La pollera, la whipala, la Pachamama. Nuestras tradiciones ancestrales, milenarias. Se han despreocupado por el sector productivo de Bolivia. No les ha importado más que hacer corrupción, humillar al pueblo boliviano, discriminar ¿Cuántas armas han caminado hoy día por Bolivia? Esto va a quedar para la historia. Y el mundo lo ha visto: ¿cómo en un día de fiesta democrática pueden sacar armas a la calle?”

En un escenario de guerra civil asimétrica, de agresión militar, pero también de agresión social y económica, el voto resultaba una última oportunidad no violenta de proteger la vida. O se conseguía con el voto, o tendría que conseguirse en las calles, a través de la movilización, y al precio que fuera necesario. Y pasó lo inesperado. El MAS volvía y lo hacía con millones de votos, confirmando la profecía atribuida al caudillo aymara Tupac Katari, antes de ser asesinado por los corregidores españoles, en 1781. Y no solo eso. Volvía evitando las provocaciones, sorteando las patrullas militares y las amenazas del ya menguante Ministro Murillo. Para una amplia mayoría de la población, el voto se había convertido en la herramienta más eficaz para limitar el abuso de poder. Y no se había ejercido de cualquier manera. Había tenido un carácter inequívocamente pacífico, y sobre todo, había sido masivo. Esa masividad fue tan contundente que pronto quedó claro que no podría ser neutralizada por ninguna de las vías coercitivas utilizadas durante el golpe de 2019. Ni la intimidación, ni el fraude, ni la intromisión ilegítima de ningún actor internacional. El desprestigio del régimen y los veinte puntos de diferencia entre Arce y Mesa dejaron sin opciones a las alternativas golpistas. Ni el Secretario de Estado, Mike Pompeo, ni el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, ni los grupos de choque de Luis Camacho, en Santa Cruz, pudieron maquinar para impedir una salida democrática.

Mesa o el fraude del Leviatán liberal

Pero no solo Pompeo o Almagro habían sido derrotados. También la opción Mesa había naufragado de manera inapelable. Sus promotores fueron los primeros en recibir el “sopapo” tan expresivamente descrito por el trabajador de la COB. Los más de veinte puntos que separaron a Arce de Mesa reflejaban un desprecio y un desconocimiento insultantes por parte de ciertas élites de una Bolivia indígena, campesina, popular, siempre subestimada en sus análisis sociológicos o tratada como una masa infantil, manipulable, sin autonomía propia. Pero había algo más profundo. La propia aspiración a un Leviatán liberal encabezado por Mesa se revelaba como un fracaso. Como un concepto fraudulento que se asentaba en una contradicción notoria: la de un liberalismo que había consentido todo tipo de tropelías contra las libertades más elementales. La de una promesa de orden, de estabilidad, que se había dejado arrastrar sin tapujos por desorden, por el caos represivo y por las corruptelas de la extrema derecha. En realidad no era algo nuevo. Contemplado a través del cristal boliviano, el propio siglo veinte aparecía repleto de refinados liberales à la Mesa que prestaron sus servicios al matonismo “antipopulista” de extrema derecha, con la esperanza de poder desembarazarse de un adversario incómodo en su camino a la gloria. Lo cierto, sin embargo, es que el grueso de ellos obtuvo lo mismo que el 18 de octubre había deparado al profesor boliviano: un triste lugar en el panteón de los políticos fracasados.

Luis Arce y la gestión la esperanza   

Quien sí había recogido los frutos de esa exigencia existencial de paz y de seguridad social económica había sido el binomio integrado por Luis Arce y David Choquehuanca. A medida que avanzaba el escrutinio, todo adquiría claridad retrospectiva. El impresionante despliegue territorial del MAS y de sus diferentes núcleos comunitarios, que en pocos meses habían recuperado mística y capacidad organizativa espoleados por la represión. El papel carismático de Evo Morales, quien en medio de los embates más duros había resistido y agudizado el olfato del viejo dirigente cocalero del Trópico de Cochabamba. Las propias figuras de Arce y Choquehuanca, con quienes nos habíamos reunido dos días antes en la modestísima sede del MAS, aparecían ahora más nítidas, bajo una luz nueva. Arce, como el hombre tranquilo que encarnaba con solvencia un modelo económico inteligente, que había garantizado crecimiento, inclusión, distribución de la riqueza, y que había mejorado la vida concreta de millones de bolivianos y bolivianas. Choquehuanca, como garante de la revisión de errores del pasado y como vínculo autorizado con los pueblos indígenas y campesinos. Y tras ellos, una nueva generación de dirigentes que prometía aportar savia nueva al proceso de democratización del país: Adriana Salvatierra, la presidenta del Senado más joven de la historia de Bolivia, con solo 29 años; la valiente Eva Copa, presidenta de la Asamblea Legislativa Plurinacional; el carismático Andrónico Rodríguez, dirigente cocalero y vicepresidente de las Seis Federaciones Cocaleras del Trópico de Cochabamba.

Los retos, en un contexto de pandemia y de un horizonte económico difícil, eran enormes. Estabilizar el país, reparar los daños a los bienes públicos, comunes, revertir desigualdades sangrantes, facilitar la articulación comunitaria generada durante la resistencia al golpe. Combinar de forma sabia las exigencias de justicia, de reparación de los crímenes del interregno Añez, con las demandas de paz de una sociedad demasiado agotada por el clima de guerra civil como para que el MAS pudiera limitarse a “ser como ellos”. Un apoyo tan contundente, pero tan diversificado internamente, obligaba a una reconstrucción firme y cuidadosa de una república genuinamente plurinacional, capaz de corregir los errores de las gestiones anteriores, de afirmar los aciertos, y también de inventar, de ofrecer a la región y al mundo nuevas razones para la esperanza.

El lunes siguiente a las elecciones el país se levantó aliviado. Un sol intenso, amable, cubría La Paz y las calles recuperaban el color del pequeño comercio, de la venta ambulante. Las noticias traían una cascada de reconocimientos al nuevo Gobierno: Alberto Fernández, Andrés Manuel López Obrador, Sebastián Piñera y Pedro Sánchez. La sensación, en realidad, era que entre octubre del 2019 y octubre del 2020 algo se había movido. El eje de la incidencia internacional se había desplazado de la OEA y de Trump a la ONU y la Unión Europea. El francés Jean Arlaut, comisionado por António Guterres para buscar una salida pacífica en Bolivia, no tenía nada que ver con el fraudulento Luis Almagro. Y Josep Borrell estaba determinado a no actuar al ritmo de Pompeo.

Antes de abandonar la ciudad, tuvimos tiempos de abrazarnos –los contenidos abrazos de estos tiempos de pandemia– con viejas amigas y amigos de Bolivia, compañeras de lucha, de resistencia, de innumerables reuniones de Zoom durante la pandemia y durante la infausta de la dictadura añista. Muchos de ellos habían decidido regresar tras un exilio doloroso, arriesgando sus vidas, apostándolo todo a una victoria popular que había acabado por producirse. Cada quién, entre lágrimas, ensayaba el duelo de lo que habían sido aquellos meses de ruido y furia: las muertes de gente amiga, las amenazas a familiares, las persecuciones judiciales, el saqueo de bienes. Sin embargo, esta vez, la pena daba rápidamente paso a una sonrisa liberadora. El ajayu, el alma aymara, les volvía al cuerpo y con los ojos iluminados, todavía incrédulos, comenzaban a enumerar los desafíos y los signos de un tiempo nuevo. Y no solo para Bolivia. Para Chile, que había celebrado su propio 18 de octubre con una Plaza de la Dignidad repleta de banderas mapuche y de cantos que recordaban, con Quilapayún, que “el pueblo, unido, jamás será vencido”. Para Ecuador, cuya justicia había autorizado la inscripción de la pareja Andrés Arauz y Carlos Rabascall para las elecciones presidenciales de 2021. E incluso para los Estados Unidos, donde los resultados bolivianos suponían un nuevo dolor de cabeza para Donald Trump, pieza clave en la articulación de las extremas derechas ibero-latinoamericanas.

Llegamos al aeropuerto de La Paz-El Alto hacia la hora de comer. Pedimos algo de fruta, apuramos una última empanada, enviamos nuestras impresiones a nuestros compañeros del Congreso y a toda la gente que nos había seguido, preocupada, durante nuestro precipitado salto a Bolivia. Mientras nos acercábamos a los últimos controles de salida, nos vino a la cabeza el discurso pronunciado poco antes de las elecciones por el ministro de Defensa del Gobierno Añez, Luis López, a propósito de los 53 años del asesinato de Ernesto Guevara en La Higuera. En él, López había advertido con tono marcial que no permitirían que los extranjeros, cualquiera sea su nacionalidad, vinieran a “subvertir” el país, como había intentado el Che. Y había recordado con tono amenazante que aquellos “terroristas y aventureros” habían sido derrotados “no solo por el Ejército boliviano, sino también por el pueblo”, y que la historia se podía volver a repetir. Mientras comentábamos aquel discurso macabro, un militar boliviano, joven, nos reconoció detrás de las mascarillas “¿No son ustedes los observadores que aparecieron en la televisión estos días?” Nos miramos, tomamos aire, y asentimos con la cabeza. “Que sepan que serán siempre bienvenidos a Bolivia” agregó con una sonrisa. Es difícil saber qué hubiera ocurrido con unos resultados electorales más ajustados. Pero los obtenidos habían cerrado paso a la violencia desbocada y a la muerte. Con su coraje extraordinario, el pueblo boliviano salvaba la memoria del Che y nos devolvía a Madrid sanos, salvos y llenos de esperanzas en aquella gran revuelta democrática que acababa de producirse ante nuestros ojos sacudiendo al mundo.

* Diputados del Grupo Confederal de Unidas Podemos-En Comú Podem-Galicia En Común.

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ENTREVISTA: “El antifascismo crece y asistiremos a la irrupción de nuevos frentes amplios, plurales”

El secretario primero de la Mesa del Congreso mantiene que la “revolución democrática” que anunciaron los ‘comuns’  “continúa viva y en marcha”, pero señala que “la nueva política no ha conseguido construir organización sólida fuera de las instituciones”.

Por Marià de Delàs @mdelasm

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En Público 16/10/2020

Se dio a conocer entre la ciudadanía como teniente de alcalde de la ciudad de Barcelona. Gerardo Pisarello, (Tucumán, 1970) trabajó como número dos del equipo de Gobierno de Ada Colau, pero el año pasado dio el paso a la política estatal, fue elegido diputado en las listas de En Comú-Podem y es el secretario primero de la Mesa del Congreso de los Diputados. Asegura sin embargo que él es “municipalista por convicción” y mantiene que “los grandes cambios solo se pueden producir si empiezan en el ámbito local”.

Dice este jurista barcelonés, nacido en Argentina, que ahora tiene “más tiempo para pensar y para escribir”. “En Madrid ejerzo de republicano catalán”, explica. “Ejerzo como nieto de republicanos andaluces y como algo que no hacía antes, que es ser diputado de ultramar, como los viejos diputados americanos que venían a exigirle a Fernando VII una relación entre iguales, una relación federal, o acabarían volviéndose independientes. Y la historia fue como fue”.

Reconoce que vive la pandemia “con un punto de angustia vital”, por sí mismo y por la gente que le rodea, pero “también con sensaciones de incertidumbre, y a la vez con la conciencia de que tendría que ser un punto clave para emprender cambios no solo desde el punto de vista personal sino sobre nuestra manera de estar en el mundo, cambios económicos, políticos, en las relaciones sociales”. “Creo que nos marcará generacionalmente. Marcará a nuestros hijos”, explica en larga conversación con Públic: “Siento que hemos pasado por una primera etapa excesivamente buenista, sobre lo que era la pandemia, en la que pensamos que solo aplaudiendo desde los balcones conseguiríamos transformaciones importantes y ahora nos estamos dando cuenta de que existen muchas resistencias para que eso ocurra y que los cambios de sistema necesarios exigirán mucha batalla y enfrentarse a poderes que tienen mucho  arraigo”.

La covid representa un problema sanitario enorme, pero también comporta problemas económicos descomunales. Las personas que tenemos garantizado cada día el plato en la mesa tenemos tendencia a prestar más atención a las medidas sanitarias, ¿verdad? En estos momentos de cambio, ¿qué le parece que exige más atención?

Las desigualdades crecen de manera exponencial. La mayoría empobrecida del planeta crece y sabe que puede morir como consecuencia de la covid, del hambre, de la brutalidad y la violencia policial. En este contexto de covid se practica la violencia sobre la gente más vulnerable y los sectores que tienen una vivienda más o menos confortable en la que confinarse tienden a menospreciar esa situación. Es un contexto muy preocupante en el que la crisis sanitaria se cobra las principales víctimas entre las clases populares de todo el mundo, y a la vez, la caída y el hundimiento de la economía que se está produciendo también es especialmente dura para estos sectores. La pandemia entiende de clases sociales, de diferencias sociales. La humanidad entera está en peligro, pero esta crisis múltiple, económica, sanitaria, social, ecológica, afecta sobre todo a las poblaciones más vulnerables.

La fuerza política que usted representa hace cierto tiempo que dejó de hablar de la inminencia de una revolución democrática, de procesos constituyentes, de la casta que había que expulsar de las instituciones. No hay que rescatar esos conceptos?

Creo que muchas de estas cosas se han conseguido. Echar, por ejemplo, a una parte importante de las castas que habían cuajado con el régimen del 78. La nueva política, el 15M, las mareas… consiguieron jubilar a Felipe González, echar a toda una generación corrupta del Partido Popular, producir un auténtico terremoto dentro del Partido Socialista, abrir un horizonte republicano en unos términos en los que no se hablaba desde la misma Transición, dar voz al municipalismo como no la había tenido quizás desde los tiempos del primer antifranquismo… Es decir que se han conseguido muchos cambios y creo que desde este punto de vista la revolución democrática continúa en marcha.”El soberanismo se está moviendo hacia la izquierda y con mucha mayor conexión con las clases populares del resto del Estado”

El propio soberanismo, a pesar de la implacable ofensiva judicial y política, no ha sido derrotado. La nueva política ha ayudado también a que el soberanismo se reinvente en clave de izquierdas. Nunca había habido tanta presencia soberanista en las Cortes, por ejemplo. Y este soberanismo se está moviendo hacia la izquierda y con mucha mayor conexión con las clases populares del resto del Estado. Yo cuando oigo hablar a Mertxe Aizpurua, de Bildu; o a la estimada Maria Dantas, diputada por ERC y gran luchadora en defensa de las personas migrantes, me siento plenamente identificado. Es decir que a pesar de todo, la revolución democrática continúa viva y en marcha.

“Se han levantado los peores fantasmas del franquismo, de las tradiciones más autoritarias de las derechas españolas”

Lo  que pasa es que ha habido un movimiento contrarrevolucionario muy fuerte. Se han levantado los peores fantasmas del franquismo, de las tradiciones más autoritarias de las derechas españolas, pero esto también es una prueba de que la presencia en centenares de ayuntamientos, en sus gobiernos, en ciudades como Cádiz, València, Barcelona, la presencia en el Congreso, en el Senado… les ha hecho daño. Eran cortijos que consideraban como lugares inexpugnables y allí se han introducido agendas de cambio. Yo con solo pensar en lo que sería una situación como la actual si en vez de tener los gobiernos que tenemos, o la presencia institucional derivada de estos movimientos de cambio, tuviéramos los Bolsonaros, los Trump, todos los aliados internacionales de VOX, creo que sería una auténtica tragedia.

¿Qué es lo que hace falta? ¿Qué es lo que no se ha conseguido con la nueva política? No ha conseguido construir organización sólida fuera de las instituciones, no ha conseguido entrar con bastante fuerza en los barrios, en las asociaciones de vecinos, en los centros de trabajo. Eso se ha conseguido solo parcialmente, en el ámbito local y lo están consiguiendo algunas fuerzas soberanistas, pero la batalla no es definitiva. El antifascismo crece y estoy seguro de que asistiremos a la irrupción de nuevos frentes amplios, plurales, internamente diversos, que tendrán muy claro que la tarea antifascista de nuestro tiempo es impulsar grandes transformaciones democráticas en el ámbito político y también en el económico.

Dice que el soberanismo no ha sido derrotado, pero las movilizaciones vividas durante diez años han desaparecido. Acaban de inhabilitar a otro presidente de la Generalitat y no ha pasado nada

Hay que diferenciar. Existen fracasos y derrotas. Los fracasos son imputables a los propios errores, y aquí se han cometido errores, evidentemente, por parte de la nueva política, por parte del soberanismo. Seguramente, el menosprecio de la fuerza de los adversarios y sobreestimar la propia en un momento dado, no ser capaces de generar alianzas más transversales para sacar hacia adelante los proyectos que se defendían, no conectar suficientemente con muchos sectores de las clases populares que no se han sentido interpelados … Pero la derrota que se ha producido ha sido como consecuencia de una represión brutal. Las derrotas que ha sufrido el soberanismo, que ha sufrido el movimiento sindical, la que sufre ahora mismo Unidas Podemos y otras muchas fuerzas políticas también es consecuencia de una ofensiva brutal por parte de estos sectores reaccionarios que controlan parte del poder judicial, del policial, del mediático, una parte importante del poder financiero. Pero eso no es culpa de estos movimientos ni implica que estos objetivos se hayan perdido. Yo no me imagino una solución mínimamente estable para la gobernabilidad progresista del Estado si palabras como ‘amnistía’, como ‘indultos’, como ‘derogación de los delitos de sedición’ no se ponen encima de la mesa de manera urgente. No me imagino una gobernabilidad progresista mínimamente creíble sin una mínima redistribución de la riqueza, si la protección de la vivienda pública, de la sanidad pública, de la educación pública no están en el orden del día.

“Existe una agenda republicana de transformaciones que todavía está viva y que se puede activar en cualquier momento”

La propia articulación federal o confederal de los diferentes pueblos del Estado no se podrá realizar por imposición. Habrá que hacerlo a partir de la libre decisión de los pueblos. Otra cosa son los ‘tempos’ de estas reformas, las alianzas necesarias para que se puedan hacer, pero cuando yo veo en Madrid el discurso de Vox, el del PP o Ciudadanos entiendo que en parte se ha producido esa derrota por represión, en buena medida, pero también cuando veo al Partido Nacionalista Vasco, a Esquerra Republicana, Bildu, Más País, Unidas Podemos, al propio Partido Socialista defendiendo según qué cosas, pienso que existe una agenda republicana de transformaciones que todavía está viva y que se puede activar en cualquier momento.

¿Qué le parece el plan para la recuperación expuesto la semana pasada por el Gobierno español?

Toda esta inversión de dinero que se está haciendo ahora se habría podido hacer en otras crisis, para estimular la reconversión ecológica de la industria, para proteger a la gente trabajadora, blindar los derechos sociales… Por lo tanto mi primera sensación es que en estas últimas décadas hemos vivido una estafa ideológica, porque nos decían que no se podían tomar determinadas medidas económicas por razones técnicas cuando en realidad eran razones puramente ideológicas que tenían como objetivo beneficiar a unos sectores privilegiados muy concretos.”Me preocupa que la salida de la crisis se esté financiando casi de manera exclusiva con deuda”

Dicho esto, me preocupa que la salida de la crisis se esté financiando casi de manera exclusiva con deuda, porque en algún momento habrá que discutir sobre quién paga esta deuda y por tanto sí que me preocupan las enormes dificultades que hay, no solo en el caso español sino en el mundo entero, para impulsar políticas redistributivas de tipo fiscal más incisivas. Si la crisis solo se financia con deuda, sin que se produzcan políticas de progresividad fiscal, será una mala señal de cara al futuro.

Hace cinco años nos habló sobre la necesidad de combatir el riesgo de que con el asalto a las instituciones se produjera una separación con lo que pasa en la calle, con la autoorganización de la ciudadanía. ¿Cómo  ahora este peligro?

Estamos viviendo en una fase muy violenta del capitalismo global, un neoliberalismo que genera expresiones monstruosas de extrema derecha en todas partes, con una violencia inusitada, que no nos esperábamos que pudiera adquirir esas formas, una violencia claramente sexista, clasista, racista, que tiene expresiones grotescas en todo el mundo. Es Trump, Bolsonaro, Vox…”Necesitamos una autoorganización y una resistencia ciudadana más fuertes que nunca, y la gran paradoja es que, en este momento, la calle parece ser de esta extrema derecha”.

Necesitaríamos una autoorganización y una resistencia ciudadana más fuerte que nunca, y la gran paradoja es que, en este momento, la calle parece ser de esta extrema derecha, que se manifiesta en los barrios ricos de todo el planeta, diciendo que la covid es un gran engaño, que las políticas de confinamiento forman parte de un plan dictatorial del progresismo global, y exigiendo sobre todo que la gente trabajadora salga de casa para poder ser explotada trabajando en supermercados, en fábricas, como temporeros en el campo y en el mundo de la agricultura. Es decir que parece que es la extrema derecha global la que está ocupando las calles y que en cambio los sectores más progresistas de izquierdas y los movimientos sociales se sienten muchas veces inhibidos por la existencia de la pandemia y ante un dilema trágico. Si se movilizan en la calle pueden poner en riesgo la salud de sus vecinos y vecinas pero no se pueden dejar matar, que es lo que estamos viendo por ejemplo en Estados Unidos. Decenas de miles de personas de la comunidad afroamericana, de los movimientos antirracistas, son conscientes que estamos en medio de una pandemia, que sufren con un presidente absolutamente enloquecido cómo es Trump, pero que no están dispuestas a dejarse matar. Yo creo que este es un poco el dilema. ¿Qué pasará en la calle a medida que esta crisis se agudice?

Usted fue víctima de un ataque xenófobo, verbal pero furibundo, en nombre de una organización, Vox. Más allá del alboroto mediático, ¿cómo cree que hay que interpretar este hecho?

Tenemos que entender que la función de estas derechas radicalizadas, a nivel global, tiene un componente económico muy claro, y es evitar, por todos los medios posibles, con actuaciones intimidatorias, que pueda haber una salida de esta crisis con un mínimo de redistribución de la riqueza. Esta es su función. Evitar que se discuta la posibilidad de políticas fiscales redistributivas, la protección de lo que es público, la limitación de las gran fortunas, la posibilidad de detener la actividad de los capitales más especulativos y rentistas…”Esta gente no dudará, llegado el momento, en animar la violencia física en la calle si lo considera necesario”

En el caso de Vox, hablamos de una fuerza que representa a los sectores más atrasados de la economía, el mismo 1% privilegiado del franquismo. No me preocupa por mí, que por razones biográficas no me sorprende, pero sí por muchísima gente, a la que sí están mordiendo en el día a día. Son las personas migrantes, las refugiadas, las trans, las familias desahuciadas, en Vallecas, en Badalona o a Triana, eso sí que me preocupa, porque creo que esta gente que está utilizando el poder judicial, que ha puesto mucho dinero para hacer tecnopolítica y para controlar las redes, no dudará, llegado el momento, en animar la violencia física en la calle si lo considera necesario para evitar que se produzcan determinados cambios.

Vox le atacó por una crítica que hizo usted sobre el rey, [por la llamada que hizo el monarca al presidente del CGPJ, para manifestar su disgusto por no haber podido presidir un acto del poder judicial en la capital catalana]. Después de eso, Felipe VI  acabó viajando a Barcelona, en compañía de Pedro Sánchez. ¿Cómo hay que interpretar esa visita?

Primero creo que Vox leyó una cosa con lucidez y es que la crítica a la monarquía no es solo a una figura simbólica, sino a una figura que en la historia de España ha apoyado determinado tipo de relaciones económicas, a una manera de hacer negocios, y a una manera que cierta oligarquía económica encontraba para proteger sus intereses. Cuando Vox ataca a los republicanos que critican a la monarquía también lo hace porque está defendiendo estos privilegios económicos, Mi crítica a Felipe VI o a Juan Carlos I no tiene nada de personal. Históricamente los Borbones han sido una dinastía nefasta para España. Desde el siglo XIX, todos los Borbones, que entraron como “los deseados” acabaron como “los detestados”, precisamente porque jugaron un papel muy claro de impulso de un régimen político y económico marcado por la corrupción, por el cobro de comisiones ilegítimas, por el apoyo a sectores especulativos, lo que podríamos llamar el partido inmobiliario financiero… Esta ha sido la historia de Borbones, y por eso de una manera u otra la mayoría de ellos acabaron expulsados del trono por la ciudadanía o directamente exiliados. Fue la historia de Fernando VII, de Isabel II, de Alfonso XIII y estoy bastando convencido que será el final no solo de Juan Carlos I sino también del propio Felipe VI.

¿Por qué cree que acabó viniendo a Barcelona?

Porque hay un intento por parte de algunos sectores del PSOE de separar la suerte de Felipe VI de la de su padre Juan Carlos I. Es la última operación de diferentes sectores monárquicos, pero honestamente creo que es muy difícil que esto pueda salir bien, por muchas razones. Felipe VI no era un adolescente de 13 años que correteaba por los pasillos de palacio sin enterarse de lo que hacía su padre. Es un rey que está mucho más marcado que su padre por sus vínculos con la derecha y la extrema derecha. Esto es así, en términos biográficos muy concretos, y salvo que sea capaz de alejarse de una manera clara de estos sectores y de la manera de hacer negocios que han defendido siempre los Borbones, creo que tiene el tiempo relativamente contado.

El apoyo del PSOE a la Corona provoca problemas dentro del actual Gobierno de coalición. ¿Se pueden agravar?

Mi impresión desde Madrid es que se está produciendo un movimiento de placas tectónicas en todas partes e incluso dentro del propio Partido Socialista. Para mí, una de las cosas conseguidas por la nueva política fue romper con la manera como el bipartidismo había cuajado con el régimen del 78 y jubilar a personajes como Felipe González, con lo que representaba. Hoy en el PSOE ves que hay una generación nueva que no tiene que ver con la vieja, lo ves con diputados normales, que están sentados allá en las Cortes y ves que el viejo republicanismo del PSOE del siglo XIX o de comienzos del siglo XX, está volviendo a aparecer también entre las generaciones más jóvenes. Ves que hay una generación de abuelos del PSOE que en la Transición aceptaron volverse juancarlistas y que hoy se sienten estafados y que transmiten esa sensación de estafa a sus propios nietos. Por lo tanto, el Partido Socialista se encuentra en una situación en la cual por un lado quiere mantener de alguna manera la monarquía parlamentaria, porque sabe que es muy difícil dar un salto inmediato a un régimen diferente, que exigiría una reconfiguración de fuerzas económicas, un nuevo tipo de empresariado, de fuerzas sociales, etc., pero que a la vez siente claramente la presión de sus bases.

En Madrid hablas con diputados socialistas de Asturias, de Castilla La Mancha, de Andalucía y a los diez minutos de conversación, en muchos casos, no digo en todos, aparecen historias de abuelos asesinados, bisabuelos a las cunetas… y creo que esto se tiene que tener presente.

La Corona es un tema, pero quizás uno de los problemas políticos más serios del Estado es la intervención de la Fiscalía y del poder judicial en la vida política, que es cada vez más evidente, como si fuera un actor político más. Como jurista, ¿qué camino cree que existe para resolver este problema?

La derecha ha entendido que una manera de parar cualquier tipo de proyecto político mínimamente progresista, y que no lo pueda hacer en las urnas, es a través del poder judicial y con una campaña de acoso durísimo en términos mediáticos. La derecha se ha dedicado en muchos países y bajo formas diferentes a controlar el poder judicial para perseguir a adversarios políticos, y controlar los medios de comunicación, para llenarlos de noticias directamente falsas. En el caso español el PP lleva mucho de tiempo haciéndolo y la verdad es que cuando ves la manera escandalosa como se montó, con el caso kitchen, todo el aparato parapolicial, mediático, que tenía como objetivo entre otras cosas controlar piezas clave del poder judicial, pues ves que si no se consigue deshacer a tiempo este asalto conservador, reaccionario, sobre el poder judicial, la propia democracia no podrá prosperar.”Si no se deshace a tiempo este asalto conservador sobre el poder judicial, la propia democracia no podrá prosperar”

¿Qué es lo que hace falta para hacerlo? Hay cosas que dependen, como todo, de la fuerza que se tenga. En algunos aspectos básicos, es la que se encuentra en la posibilidad de aprobar leyes orgánicas para producir estos cambios. Muchas veces se habla de la Constitución y se dice: “Esto no se puede hacer porque la Constitución no lo permite”,  “no se puede limitar la inviolabilidad del rey o no se pueden detenr las políticas de austeridad o democratizar el poder judicial porque la Constitución no lo permite”. Esto es una excusa inmovilista, porque la mayor parte de estos cambios se podrían hacer mediante leyes orgánicas que exigen una mayoría absoluta que existe, que es la mayoría de la investidura del nuevo Gobierno de coalición. El gran reto es ser valientes a la hora de usar esta mayoría para deshacer lo que el Partido Popular y la derecha han construido de manera ilegal y fraudulenta usando los aparatos del Estado.

Pero sociológicamente los jueces tienen tendencia, por ejemplo, a aceptar normalmente como pruebas fehacientes lo que digan policías y guardias civiles

Sí, sí, evidentemente, esto no es solo una cosa que haya creado el Partido Popular durante el mandato de Mariano Rajoy. Esto está íntimamente ligado con las dificultades que después de la Transición hubo para desmantelar piezas fundamentales del aparato judicial franquista. El antifranquismo consiguió conquistar espacios institucionales en los ayuntamientos, en los parlamentos autonómicos, en el Congreso, en el Senado, pero se tiene que reconocer que en el caso del poder judicial los adelantos fueron limitados. Se consiguió que entraran juezas y jueces garantistas vinculados a Jueces por la Democracia, pero el núcleo de la resistencia conservadora y reaccionaria, en algunos casos directamente relacionada con el franquismo, sigue en el poder judicial y sobre todo en sus altas instancias. Hoy mismo el juez Marchena, que tiene un currículum que conocemos bastante bien, es una persona de la cual pueden depender la suerte de Pablo Iglesias, los casos de corrupción del Partido Popular, las condenas de dirigentes independentistas, y esto para una democracia digna de este nombre es un peligro enorme.

[En relación a la represión sobre el independentismo] ¿Usted defiende la amnistía o la reforma del código penal?

Son dos cosas que se han de mantener simultáneamente. Seguramente sin una amnistía es imposible resolver la situación injusta, infame jurídicamente, como dice Pérez Royo, de centenares de personas encausadas solo por movilizarse, por querer ejercer el derecho a votar, pero, mientras se pide esto, simultáneamente, se tiene que hacer todo lo posible para que los dirigentes independentistas que están en prisión puedan salir y para que la política pueda salir de los tribunales y de las instrumentalizaciones por parte de fiscales que participan en guerras judiciales sucias, para volver a las calles y volver a las instituciones. Por lo tanto, se pueden hacer todas estas cosas sin renunciar a ninguna de ellas.

A propósito de policías y poder judicial, con cierta frecuencia se oyen voces que reclaman más presencia policial por motivos de seguridad. En Espacio Público, en un debate relativamente reciente, se habló del menosprecio u olvido de dirigentes de la izquierda de un tema que preocupa mucha gente: la seguridad ciudadana. Se dijo que esta puede ser una de las causas de la involución vivida en la América Latina

Yo creo que no solo en la América Latina. Es verdad que desde las izquierdas siempre se ha tenido, y con buenas razones, desconfianza sobre la utilización de los aparatos coactivos del Estado por parte de las élites políticas y económicas de turno, porque normalmente lo han hecho para reprimir el derecho de huelga, la protesta ciudadana que quiere conquistar derechos… Esto explica que las tradiciones de izquierdas hayan sido siempre fuertemente antimilitaristas. Pero es verdad que así como pueden existir países sin ejércitos no hay ninguno que no tenga policías, y por lo tanto la reflexión sobre la democratización de las policías es fundamental.

Recuerdo que cuando me tocó tener responsabilidades ejecutivas en el Ayuntamiento de Barcelona esta era una de mis obsesiones, es decir, como conseguir que la policía municipal entendiera que garantizar la seguridad en el espacio público consistía no solo en evitar los pequeños hurtos cometidos por personas en situación de marginalidad social, sino intervenir también, por ejemplo, cuando los grandes especuladores quieren echar a la gente de los barrios, y reconozco que en estos casos vi que era una batalla que se tenía que dar, porque a pesar de que no era la respuesta automática de unos cuerpos que no habían sido formados para eso, encontrabas gente que entendía estas exigencias ciudadanas y que llegó a colaborar con el propio Gobierno para evitar que estos procesos especulativos se pudieran producir. No digo que sea sencillo, pero la democratización de los cuerpos de seguridad y tomar seriamente la idea de la seguridad ciudadana creo que es un reto muy importante. Para la gente, seguridad significa que no te echen de tu casa, poder tener un ingreso a final de mes para poder comprar la comida de tus hijos, pero también tener la seguridad de que en la calle no serás víctima de abusos, de violaciones si eres mujer, y que no serás objeto de robos, sobre todo si eres una persona de condición humilde. Y creo que aquí si hay un reto importantísimo para las izquierdas para dar respuesta también a esto.

El problema de la justicia es muy evidente también a países como Brasil o Colombia

Yo creo que América Latina es un continente marcado por luchas gloriosas, ejemplares, que han deslumbrado el mundo en muchos momentos, y en estas últimas décadas fue la prueba de que era posible plantear alternativas a las políticas neoliberales, por diferentes vías y bajo diferentes formas, y esto ha sido castigado de una manera brutal por parte de las oligarquías internas pero también por parte de Estados Unidos, que sobre todo a partir de la Administración Trump decidió que esto no podía volver a pasar e impulsa directamente estrategias represivas y golpistas que se parecen mucho a las dictaduras de los años 70 y 80. Lo que está pasando en Brasil, con Bolsonaro, que reivindica el golpe de estado de 1964 contra Joao Goulart, lo que está pasando en Chile donde el mismo Sebastián Piñera reivindica la figura de Pinochet, el que ocurre en Colombia donde se mata a activistas sociales por centenares, campesinos, mujeres activistas…, es una prueba de la ferocidad de estas oligarquías y de la propia Administración norteamericana, pero también de la persistencia y la tenacidad de los movimientos sociales y populares. Con toda la violencia que se está produciendo en América Latina me emociona y me cuestiona mucho cuando veo lo que está haciendo el movimiento feminista en Chile, que ha sido la vanguardia en la denuncia de la brutalidad cometida contra las mujeres; lo que ha hecho el movimiento popular en Brasil, que a pesar de toda la agresión ha conseguido que Lula salga de prisión; lo que ha hecho el movimiento popular en Colombia, que consiguió que Gustavo Petro obtuviera más de ocho millones de votos, que no pudo avanzar más como consecuencia del fraude… Creo que América Latina es un laboratorio de una represión brutal hoy, pero sigue siendo un continente de esperanza en el cual la resistencia de la gente es realmente encomiable.

Personalidades como Dilma Roussef, Pepe Mujica o Rafael Correa han remarcado la oportunidad que representa el plebiscito convocado por el próximo día 25 en Chile ¿Cree que puede tener impacto en otros países de América Latina?

Es un plebiscito que ya nos habría gustado poder tenerlo nosotros. En Chile lo que se está discutiendo es la posibilidad de romper con la Constitución pinochetista de 1980 y de poner en marcha un nuevo proceso constituyente, que era lo que nosotros veníamos defendiendo en el caso de España, la posibilidad de que se abrieran procesos constituyentes que dieran lugar a nuevas reglas del juego y ahora, de momento, lo que estamos defendiendo es que las derechas radicalizadas muestren capacidad de cumplir con la Constitución que dicen defender. Nosotros hemos hecho aquí un retroceso y en Chile, en cambio, los movimientos sociales y populares han conseguido que haya un plebiscito para poder acabar con la Constitución pinochetista. 

Obviamente esto no será fácil. El otro día vimos imágenes escalofriantes de un joven de 16 años a quien la policía lanzaba desde un puente, como manera de intimidar para que estos cambios no se puedan producir, pero yo creo que esto es imparable y que el ejemplo de Chile acabará teniendo influencia en Bolivia, donde a pesar de la dictadura de Jeanine Añez hay muchas posibilidades de restaurar la democracia, donde mi amiga Manuela D’Ávila puede ser la próxima alcaldesa de Porto Alegre [Brasil] por una coalición ciudadana muy amplia de izquierdas, que tendría una valor simbólico enorme, porque Porto Alegre fue la ciudad donde empezaron los foros sociales, el ciclo de las críticas de las políticas neoliberales… Es decir que yo, en relación a América Latina y al mundo en general, respeto mucho esta idea del ex-vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera, cuando dice que las revoluciones, las grandes reformas sociales, nunca se producen en un solo día. Son un producto de oleadas, en las cuales hay adelantos y retrocesos y de lo que se trata siempre es de luchar, vencer, caer, volver a levantarse, volver a luchar y esto no tiene fin. Y me parece que es importante, porque significa tomar conciencia de que no hay victorias definitivas, nunca, pero tampoco hay derrotas definitivas, y que por lo tanto la lucha para conseguir más ámbitos de igualdad y libertad es continua.

Entrevista: “El mito de la Transición forjado por las élites se ha desplomado”

El diputado Gerardo Pisarello, de En Comú Podem, alerta de nuevos peligros que amenazan a la democracia tras la radicalización mundial de la derecha.

Por: Alberto Surio

Galde 30, udazkena/2020/otoño.

Gerardo Pisarello (Tucumán, Argentina 1970), es diputado de los Comunes y una de las voces más claras de la izquierda catalana. Fue primer teniente de alcalde de Barcelona y estrecho colaborador de Ada Colau y es hijo de un abogado ‘desaparecido’ y asesinado por la dictadura de Videla. Secretario primero del Congreso en la actualidad, analiza el momento político sin perder la curiosidad por la velocidad de los cambios e inquieto por los nuevos riesgos que amenazan a la democracia.

¿Cree que la causa de la jueza Servini contra Martín Villa tiene recorrido?
GERARDO PISARELLO. Soy de los que creen que la jurisdicción universal y el reconocimiento de que hay delitos como las torturas y las desapariciones forzadas que ofenden a toda la humanidad son una conquista civilizatoria. En América Latina hubo dictaduras terribles en el marco de lo que se conoce como ‘Operación Cóndor’ y, en muchos casos, se aprobaron leyes de impunidad, de punto final, para que esos delitos no pudieran ser juzgados. La única manera de superar las barreras que impedían que se juzgaran aquellos delitos equiparables a los del nazismo o del fascismo fueron la movilización ciudadana o la intervención de jurisdicciones externas. Recuerdo por ejemplo el papel determinante del fiscal Carlos Castresana para que en Argentina se abriera una pequeña grieta que permitiera hacer justicia en casos que estaban bloqueados. Yo mismo soy hijo de un abogado asesinado durante la dictadura y el primer juez que oyó a mi madre fue Baltasar Garzón en Madrid.

¿Confías en la Justicia universal?
G. P. Yo confío en la justicia universal sobre todo cuando en la local hay un bloqueo insuperable como consecuencia de la existencia de un patrón continuado de impunidad. El caso Martín Villa solo se explica por la ley de silencio de los crímenes del franquismo que se impuso durante la Transición. Si en España se hubieran juzgado como es debido los crímenes del franquismo seguramente Martín Villa no tendría la centralidad que tiene.

Hay quienes sostienen que pensar que en la Transición hubo delitos de genocidio es distorsionar la historia… y es no entender que el propio Martín Villa se implicó en el proceso hacia la democratización…
G. P. Es evidente que el genocidio que produjo el franquismo se desplegó a lo largo de 40 años y no de manera más intensa durante la Transición que en otros momentos históricos. Lo que sí hubo en la Transición es un plan deliberado para intentar encubrir ese genocidio, para minimizarlo y para que no se juzgara a sus principales responsables, y en esta segunda cuestión Martín Villa sí que tuvo un papel importante. No solo tuvo responsabilidades directas en la matanza de obreros en Vitoria, en los Sanfermines posteriores, en la condecoración del torturador Billy el Niño, sino que formó parte de esa clase política que decidió que los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el franquismo no tenían que ser investigados. Desde ese punto de vista su responsabilidad es innegable.

Privilegios económicos

¿Qué te dice que los expresidentes González, Aznar, Zapatero o Rajoy le defiendan?
G. P. Martín Villa, después de la Transición, desempeñó un papel no solo de hacedor de consensos políticos sino de ciertos consensos económicos. Fue un personaje económicamente importante. Fue un importante responsable de Endesa en Chile, en un momento en que esta empresa fue acusada de graves delitos contra las comunidades mapuches con él al frente; formó parte de un modelo económico que se fraguó después de la Transición y que impedía revisar muchos de los privilegios económicos generados durante el franquismo. La política exterior de España en relación con grandes empresas que son privatizadas y que pasan a operar en América Latina funciona en esas coordenadas. Y cuando aparecen expresidentes y exsindicalistas que salen a defender su papel lo que desgraciadamente están defendiendo es un modelo económico en el que de manera directa o indirecta participaron. Diría que defienden más a ese Martín Villa ligado al establishment económico que al que fue gobernador civil o al que tuvo responsabilidades en casos sonados de represión.

Hay una revisión de la Transición en todo caso…
G. P. Ya lo dijo Vázquez Montalbán, la Transición fue sobre todo el fruto de una correlación de debilidades. Muchas de las libertades que tenemos hoy serían impensables sin las luchas del movimiento antifranquista, del movimiento obrero y vecinal durante la Transición. Para ese movimiento antifranquista la amnistía de presas y presos políticos era central; pero obviamente no querían que eso se pagara con el silencio y el olvido respecto de los crímenes de la dictadura.

¿Fue un fraude la Ley de Amnistía?
G. P. La Ley de Amnistía tenía dos caras. Fue un paso importante para evitar que se continuara criminalizando a las víctimas del franquismo pero su otra cara fue evitar que crímenes de lesa humanidad imprescriptibles pudieran ser investigados por la propia Justicia española, que es lo que tendría que haber ocurrido. La historia siempre debe revisarse porque suelen ser los vencedores quienes la escriben, por eso conviene pasar, como decía Walter Benjamin, el cepillo a contrapelo de la historia, para rescatar alternativas que existían en momentos determinados y a las que se les cerró una puerta. Si hoy Martín Villa ha acabado sentado ante una jueza para declarar sobre sus responsabilidades en el tardofranquismo también es gracias a las entidades de memoria, a los colectivos de familiares de víctimas, que sin acompañamiento institucional nunca dejaron de pelear para que haya justicia, verdad y reparación. El mito de la Transición forjado por ciertas élites políticas y económicas se ha desplomado.

Memoria democrática

En este contexto el Consejo de Ministros acaba de aprobar el anteproyecto de Ley de Memoria Democrática.
G. P. Sí, y su aprobación no se entendería toda la gente que en estas décadas no dejó de luchar contra la impunidad, de los familiares de víctimas que no dejaron de buscar a los suyos en las cunetas. Hay que recuperar las historias de esa gente que no se resignó a que se estableciera una ley de punto final con el argumento de que eso permitía asegurar la democracia, porque lo que ocurrió de hecho fue lo contrario: se consiguió una democracia débil, limitada, de baja intensidad.

¿Una ley que llega tarde?
G. P. Para muchas familias sí, pero llega, y ayudará a romper con el silencio impuesto por el franquismo. Las generaciones más jóvenes tienen que saber que el franquismo carga a sus espaldas con el número de desapariciones forzadas más alto del mundo después de Camboya, que en ningún país de Europa existe una fundación Benito Mussolini o Adolfo Hitler, y que aquí sin embargo llevamos tiempo con una Fundación Francisco Franco a la que habrá que cerrar de una vez. Y es importante que esos jóvenes entiendan que el franquismo no fue solo un régimen dirigido a eliminar a los adversarios y disidentes políticos sino también un régimen de expolio económico que permitió concentrar mucho poder económico en pequeñas minorías que después de la Transición, a veces con los mismos apellidos, han seguido manteniendo puestos clave de poder. Yo creo que esta ley, con las enmiendas que hagan falta, puede ayudar a poner luz sobre estas cuestiones. No será el último paso en la lucha contra la impunidad, pero es un paso muy importante.

Después de la Segunda Guerra Mundial, grandes grupos empresarios alemanes que fueron cómplices del nazismo como los Krupp y los Tyssen tuvieron que sentarse en Nüremberg a responder por sus vínculos con el régimen, y más tarde el Estado determinó que muchas empresas que se beneficiaron de la dictadura nazi debían compensar a la ciudadanía. El hecho de que la nueva ley de memoria prevea un censo y una auditoría sobre las condiciones en las que se produjo el expolio franquista, y permita identificar a actores económicos que se beneficiaron de él, ayudará a que se abra ese debate. El problema aquí sigue siendo que Franco murió con la gente movilizada en la calle, pero en la cama. Por eso, a diferencia de Italia o Alemania, donde el fascismo y el nazismo fueron derrotados militarmente, ha costado tanto avanzar. Ahora, de hecho, la extrema derecha negacionista y neofranquista está utilizando mucho dinero para que no se reabra el debate sobre la memoria democrática. Algo que por cierto ocurre también en Argentina, en Chile, y en otros países, donde están utilizando los medios y las redes sociales para intentar difundir un discurso negacionista en el que todos los gatos son pardos y en el que se pretende igualar opciones republicanas, democráticas, con dictaduras sanguinarias que supusieron la aniquilación de sectores amplios de población.

¿En ese contexto cómo ves el papel de Felipe VI?
G. P. Cada vez hay más conciencia de que la Monarquía borbónica no es asimilable a la Monarquía parlamentaria sueca o a la británica, que decapitó a un Rey mucho menos cruel y felón que Fernando VII. Los Borbones, en realidad, han tenido un papel bastante nefasto en la historia española, y su función nunca fue puramente simbólica. Ya desde el siglo XIX, fueron una pieza clave de un régimen político y económico oligárquico, de una forma de hacer negocios básicamente rentista y especuladora, que operaba a través de la concentración de tierras o del negocio financiero inmobiliario. Algo de eso está saliendo a la luz ahora, y vemos que el rey emérito Juan Carlos I, cuyo vínculo con el franquismo se intentó limpiar con el 23F, imitó a muchos de sus antecesores que ya actuaban como comisionistas dentro de un modelo económico rentista. Esto, en medio de una crisis tan grave como la actual, puede resultar especialmente ofensivo. Yo veo a las generaciones más jóvenes cada vez menos dispuestas a aceptar una Monarquía como la borbónica, con privilegios y condiciones de opacidad que no se le reconocerían a ninguna otra institución. No creo que tengamos una República mañana, por arte de magia, pero sí veo cada vez más gente que hasta hace dos días se consideraba juancarlista o monárquica a secas preguntarse por la utilidad social de una institución tan viciada. Y también, tengo que decirlo, veo crecer un republicanismo basado en la necesidad de proteger como ‘res pública’ la educación, la sanidad, la cultura, pero también de erradicar la existencia de instituciones tan obscenamente vinculadas al privilegio como es el caso de la Monarquía borbónica. No se trata de algo totalmente nuevo. Las tradiciones republicanas peninsulares, de hecho, son ricas y plurales. Su reto, como siempre, es coordinarse mejor, mostrar que el republicanismo no es una opción nostálgica, que puede haber un republicanismo del siglo XXI capaz de traer modernidad, mejoras materiales, culturales, para las las mayorías sociales, y que la Monarquía y su Corte son un obstáculo para conseguirlo.

La experiencia de la coalición

Vamos al papel de Unidas Podemos en el Gobierno de coalición. ¿Realmente ‘sí se puede’?
G. P. Depende del día. Hay días que te levantas y piensas que querrías llegar mucho más lejos en muchas cosas porque la situación de emergencia es tremenda, pero que nos equivocamos, o que no tenemos la fuerza suficiente, o que no acabamos de solidificar la mayoría de la investidura, que es la que con más naturalidad afrontaría los grandes temas sociales, democráticos y territoriales que tenemos sobre la mesa. Hay días que piensas que se podría mucho más si hubiera más movilización democrática en la calle, y eso es muy difícil en el contexto de pandemia, y hay días que sientes simplemente que podríamos hacer más y mejor. Dicho esto, tengo clarísimo que si el PP, Vox, Ciudadanos, el trío de Colón, tuviera más resortes institucionales como en Andalucía o Madrid, el desastre estaría asegurado. La política son correlaciones de fuerzas y de debilidades. Cuando miro al mundo y miro a otros gobiernos progresistas, por ejemplo, en Argentina, México, Portugal, veo que las dificultades son enormes porque lo que llamamos neoliberalismo está perdiendo legitimidad a pasos agigantados pero está en una fase de una violencia enorme. Hoy la gente ya no cree en la cantinela de que las privatizaciones lo resolverían todo, tiene claro que hay que proteger la sanidad pública, la educación pública, pero precisamente porque no puede proteger sus privilegios de siempre con facilidad, el sistema está recurriendo a métodos cada vez más autoritarios.

¿Cuáles?
G. P. Uno de ellos es la radicalización de las derechas, que no dudan en utilizar la guerra judicial, la mentira mediática, la intimidación en las calles o estrategias golpistas, para preservar sus privilegios. Hay medidas que en un contexto de pandemia deberían gozar de un consenso amplio, incluso entre gente conservadora, pero veo a la derecha que tenemos en España más cerca de Bolsonaro o Trump. En mi opinión eso revela una cierta impotencia y debilidad de un sistema económico agotado, senil, pero que se resiste al cambio. Por eso necesitamos alianzas amplias para hacerlo posible. Alianzas que, en nuestro caso, tienen que tener una clara base republicana y y plurinacional.

El debate presupuestario apunta en esa dirección…
G. P. Hay algunos sectores del establishment que desearían que Ciudadanos entre ya en la sala de máquinas del gobierno y que desplace a las demás fuerzas de la investidura, en especial a Unidas Podemos. Pero no me parece una alternativa muy realista, sobre todo porque agravaría la mayor parte de los problemas que tenemos hoy sobre la mesa, desde los sociales hasta los territoriales. La mayoría de la investidura, en cambio, permitiría llegar a acuerdos básicos para modernizar la economía, para reforzar el escudo social, para proteger a la gente trabajadora, para apuntalar lo público, y al mismo tiempo para conseguir una salida razonable a la cuestión catalana, a la cuestión de la España vaciada o al desafío de la plurinacionalidad.

Se trata de surfear contradicciones todos los días…
G. P. En un contexto de emergencia social y económica tan dura toda la clase política está expuesta al desgaste, porque las necesidades son acuciantes y los tiempos de la política son lentos. Ahora bien, también es verdad que hay un intento de ciertos poderes privados de deslegitimar la política para ocultar su papel en la crisis, su tendencia a a vivir de las prebendas del Estado al que critican, de las exenciones fiscales, de unos impuestos bajos y de la precarización del trabajo. Lo importante es que la gente nos vea que no hemos venido a esto para acomodarnos en el confort institucional, que las mayorías sociales sientan que estamos defendiendo sus intereses. El juicio ciudadano en el día a día puede ser duro, pero el desafío es conseguir que la gente sepa que no vamos a dejar de batallar. Y para eso es importante mostrar, en nuestra conducta cotidiana, que no olvidamos quién nos ha puesto aquí. Cuando llegamos al gobierno del ayuntamiento de Barcelona, íbamos colgando carteles en los despachos que nos recordaran que no debíamos olvidarnos quiénes éramos ni de dónde veníamos. Eso sigue vigente. En un contexto como el actual, con una extrema derecha amenazante, estamos en las instituciones con sentido de la responsabilidad, pero con una pequeña nota de dimisión en el bolsillo. Cuando las condiciones hacen imposible impulsar un proyecto de cambio ético-político desde las instituciones representativas, hay que saber marcharse de ellas y continuar defendiéndolo como un ciudadano común desde otros espacios de la sociedad.

¿Cataluña va seguir siendo siendo la piedra angular de la legislatura?
G. P. Sin una cierta salida política para el País Vasco y para Cataluña, España es ingobernable, al menos desde una perspectiva mínimamente progresista. El franquismo intentó hacerlo por la fuerza, de manera despiadada, y no consiguió salirse con la suya. Si la herida catalana no se cierra, la gobernabilidad de España va a ser enormemente complicada. Es una herida política y socioeconómica, y no se puede resolver una sin resolver la otra. Quienes creen que la cuestión catalana se puede resolver con prisiones o jueces se equivoca. Si no se ponen sobre mesa con relativa urgencia algunos conceptos como amnistía, indultos o la reforma del Código Penal para revisar las disparatadas penas por sedición, no va haber una salida estable. Pero junto a eso tiene que cerrarse la herida social y económica que también ha crecido en Cataluña. Y eso exige que Cataluña pueda salir de la gesticulación permanente y contar con un gobierno que gobierne para las necesidades de la gente trabajadora, del entramado productivo innovador, de la pequeña y mediana empresa, de la gente de la ciencia y la cultural. El Gobierno de Junts y ERC se ha mostrado ineficaz para hacerlo, ha primado más la competencia interna que el gobierno cotidiano de la emergencia y la defensa de un proyecto atractivo de país. Para que esa herida socioeconómica se cierre, el papel del Gobierno central es importante, pero también hace falta un Ejecutivo catalán que no viva solo de los gestos, que tenga voluntad de gobierno, que sea ambicioso y realista al mismo tiempo. En mi opinión esto pasa por un cambio de ciclo político en sintonía con el cambio estatal, que sea claramente republicano, progresista, y que tenga en cuenta lo que Lluís Companys y muchos catalanistas entendían bien: Cataluña no puede avanzar en términos sociales, económicos, democráticos, si España no avanza, y España no puede avanzar si Cataluña no lo hace. Hoy necesitamos sinergias republicanas y progresistas entre Cataluña y España, y también entre Cataluña, Euskadi, Galicia, Andalucía… ¡o Teruel!

¿La solución política pasa por el autonomismo?
G. P. El autonomismo está agotado, lo liquidó el propio Aznar, impulsando una recentralización enorme, preautonómica, en la que todavía estamos instalados. No se puede superar ese escenario con simples retoques. Hace falta un proyecto alternativo, que para ser viable solo puede ser plurinacional, municipalista, con elementos federales y confederales, solidario y republicano. Sin esa respuesta, no impuesta, sino libremente decidida por los diferentes pueblos y gentes que integran el Estado, no veo una salida limpia.

Pero ese cambio requeriría una reforma constitucional que no es posible sin el concurso de la derecha…
G. P. No veo la reforma constitucional como una alternativa realista. La Constitución española estuvo pensada para que fuera difícil de reformarse en aspectos clave. Pero esto no quiere que haya que la alternativa sea el inmovilismo. Se pueden realizar muchos avances para reconocer la diversidad cultural, lingüística, nacional, a través de leyes ordinarias u orgánicas, sin necesidad de tocar la Constitución. Yo creo que más temprano que tarde se tendrán que abrir nuevos procesos constituyentes, pero no acepto el argumento inmovilista, usado por el PP y a veces por el propio PSOE, de que sin una reforma constitucional no se puede conseguir nada. Incluso los que abogamos por cambios constitucionales de fondo, creemos que la Constitución se puede interpretar. Y la Constitución de Aznar o de Marchena no es la única posible.

¿Hará falta tiempo aún para cerrar la herida catalana?
G. P. Si, porque lo que se vivió en estos 2017 marcará un antes y un después y porque esta herida tiene mucha historia detrás. El Estado español, la Monarquía española, han sido reacios a reconocer la diversidad social, cultural y nacional. Las tradiciones republicanas, con Pi i Margall, con la Primera y la Segunda República, plantearon alternativas complejas pero en el fondo muchos más realistas que el centralismo autoritario. Por ese creo hoy la salida a la cuestión territorial debe fraguarse en el seno de la mayoría de la investidura, que tiene un carácter claramente anticentralista, plurinacional, y con un marcado peso del republicanismo.

También Torra jugó a ser inhabilitado por el Supremo.
G. P. La inhabilitación de tres presidentes de la Generalitat por causas arbitrarias es un dislate y una anomalía democrática. Dicho esto, es innegable que Quim Torra ha llevado la gesticulación a niveles absurdos, que han acabado dañando al autogobierno y a muchas reivindicaciones legítimas de Cataluña. En política, la gesticulación que no va acompañada de una estrategia mínimamente realista genera frustración y desconcierto. Hace tiempo que Torra debía haber convocado elecciones para dar paso a un nuevo gobierno que ayude a cerrar la herida política sin desatender la emergencia social cotidiana. Y si eso no llega pronto también existe el peligro de una regresión autoritaria, de una regresión primoriverista, de un trumpismo ibérico que supondría un retroceso de décadas. Por eso creo que las fuerzas republicanas, democráticas y progresistas tenemos el deber de priorizar ciertos acuerdos básicos por encima de nuestras diferencias.

¿Cuál es la salud de las izquierdas en España?
G. P. Las izquierdas tienen mucho que aprender en el mundo actual. El feminismo, la emergencia ecológica, la revolución digital, las migraciones, le están planteando retos enormes. En los comunes confluimos diversas sensibilidades, desde tradiciones libertarias, municipalistas, a tradiciones enraizadas en el movimiento obrero o en los movimientos sociales. El reto hoy es cómo, sin renunciar a esas tradiciones, conectar con sectores más amplios de la sociedad para hacer frente al problema más grave del momento actual, que es la radicalización clasista, machista, homófoba, racista, de la derecha a nivel global. Esa derecha violenta, como decía antes, está haciendo todo lo posible para que la crisis tremenda que tenemos ante nuestros ojos, no se resuelva con un mínimo de justicia social. Y eso nos coloca ante una encrucijada civilizatoria. O vamos a más democracia política, económica, hacia más justicia ecológica, de género, o nos podemos hundir en una barbarie que en parte ya está aquí, y que está poniendo en riesgo la vida del planeta y de nuestros hijos.

Te quedarías con ganas de un debate de todo esto con Cayetana Álvarez de Toledo …
G. P. No sé si un debate, pero reconozco que el personaje me interesa. Obviamente estamos en las antípodas en términos políticos, pero es un ejemplo llamativo de una forma de ser de derechas que no tiene fácil acomodo en la política española. Cuando escucho a Cayetana veo más a esas figuras altaneras de la derecha reaccionaria francesa del siglo XIX que a alguien que pueda entenderse con el PP de Teodoro García Egea, con Vox o con el arribismo de Ciudadanos. Me la imagino condenada a una incomodidad permanente en ese espacio