Resistir sin perder la ofensiva, dentro y fuera de las instituciones

Cuesta concebir una política emancipadora que no asuma este triple desafío: actuar en el Estado, contra el Estado, y fuera y mås allå de él. Esto es lo que hay que reinventar con urgencia. Y hacerlo colectivamente

Gerardo Pisarello 18/12/2023

El viernes 15 de diciembre, CTXT fue anfitriona de un debate en línea en el que Yayo Herrero, Amador Fernåndez-Savater y quien esto escribe, conversamos sobre el papel de las izquierdas y de los movimientos sociales frente al ascenso reaccionario global. Creo que fue un debate estimulante y muy necesario. Por la manera directa pero respetuosa con la que se plantearon acuerdos y desacuerdos. Por las reflexiones punzantes que suscitó entre quienes intervinieron desde sus casas. Por la modestia con la que se expresaron dudas e incertezas. Y sobre todo, porque nada de lo que se dijo abonaba el cinismo o la resignación frente a las injusticias de nuestro tiempo. Por el contrario, fue un debate pensado para sacudirnos y estar a la altura del contexto de emergencia en el que nos encontramos.

El disparador de la discusiĂłn fue un artĂ­culo publicado por Amador en CTXT, bajo el tĂ­tulo Defender recreando (a propĂłsito de la izquierda y la ConstituciĂłn)En ese texto, Amador comentaba un acto organizado por el Grupo plurinacional de Sumar en el Congreso por los 45 años de la ConstituciĂłn de 1978. En aquel acto breve, pensado mĂĄs para la prensa que para el debate pĂșblico, intervinimos tres personas, con coincidencias y tambiĂ©n, creo, con matices personales. Lo cierto es que, tras seguir la transmisiĂłn, Amador detectĂł algunos problemas que son objeto de sus preocupaciones hace tiempo. El fundamental, una mirada demasiado defensiva sobre el papel de la ConstituciĂłn y de ciertos cambios legales en la actual coyuntura de ascenso de la ultraderecha. El segundo, una mirada en exceso institucionalista, estatalista, que en su opiniĂłn se aleja de la de movimientos como el 15-M y refuerza una desafecciĂłn que las derechas radicalizadas saben utilizar en su provecho.

Hay una mirada en exceso institucionalista, estatalista, que se aleja de la de movimientos como el 15-M

No todas las objeciones que Amador plantea fueron sostenidas realmente en el debate al que se refiere. Pero las dos señaladas tienen mucho de pertinentes y merecen una reflexión. Entre otras razones, porque forman parte de debates que estån teniendo lugar no solo en el contexto hispano, sino también en otras latitudes. Ya que CTXT nos ha dado la oportunidad, aprovecho estas påginas para presentar tres ideas que intentan aclarar mi punto de vista y ofrecer algunos argumentos para continuar la discusión.

1. Hay que resistir sin renunciar ni a la autocrĂ­tica ni a un horizonte transformador.

Hay una primera cuestiĂłn, de fondo, que comparto plenamente con Amador. En un escenario internacional dominado por un capitalismo desembridado y por la irrupciĂłn de un fuerte movimiento reaccionario, tenemos que poder defendernos sin asumir una mirada defensiva.

Efectivamente, en un mundo en el que miles de activistas o colectivos en situación de vulnerabilidad por razones de clase, de género o de origen étnico, son amenazados, agredidos, e incluso asesinados, hay que poder defendernos y hay que poder protegernos. Con todo, es innegable que limitarnos a estabilizar las líneas defensivas puede convertirse en el camino mås expedito para acabar perdiéndolo todo.

Esto es asĂ­ por muchas razones. Primero, porque no toda situaciĂłn de bienestar aparente o real es digna de ser defendida. Como lĂșcidamente señalĂł Yayo Herrero en el debate en lĂ­nea de CTXT, hay muchos supuestos en los que resistir serĂ­a mantenernos anclados en prĂĄcticas insostenibles. Esto es evidente, por ejemplo, en un contexto de contracciĂłn del uso de energĂ­a y de materiales, en el que resistir no puede equivaler a conservar prĂĄcticas no generalizables que, por el contrario, deberĂ­an ser radicalmente revisadas. Pero hay una segunda razĂłn por la que no podemos limitarnos a la resistencia. Porque mantener algunas regulaciones pĂșblicas y ciertas mejoras materiales en la vida de las personas no bastarĂĄ para que Ă©stas recuperen su fe en la polĂ­tica y en una democracia que no se comporta como tal.

Yo no desdeñarĂ­a lo que Amador parece considerar asuntos menores como pelear desde las instituciones para mejorar salarios, reforzar la sanidad pĂșblica, aumentar impuestos a las grandes fortunas, o evitar cortes de luz o subidas de alquileres. De entrada, porque como Ă©l mismo admite, son cuestiones vitales para quienes peor estĂĄn y para quienes ya han perdido demasiado en estos años. Luego, porque no hay nada peor ni mĂĄs desmovilizador que unas izquierdas incisivas en “el relato” pero incapaces de concretar sus consignas cuando tienen la oportunidad institucional de hacerlo.

Dicho esto, no puedo estar mĂĄs de acuerdo con Amador en que la polĂ­tica no puede reducirse a simple gestiĂłn o a simple administraciĂłn. Debe ser capaz de confrontar con la fatalidad distĂłpica y plantear futuros alternativos y deseables. Obviamente, esto encierra un riesgo. El de empeñarse, como tambiĂ©n apuntaba Yayo Herrero, en “ilusionar” a personas que acaban siendo tratadas como niños pequeños o como consumidores pasivos de un producto de marketing. El desafĂ­o es otro: repensar, lo mĂĄs colectivamente posible, horizontes de transformaciĂłn capaces de movilizar los deseos de la ciudadanĂ­a de apropiarse de la polĂ­tica. Muchos de estos horizontes: republicanos, feministas, antirracistas, poscapitalistas, pueden no aparecer como inmediatos. Pero deben ser pensados y anticipados en prĂĄcticas concretas, si no queremos que sean las derechas radicalizadas quienes acusen a las izquierdas de “castas” y se hagan con el imaginario contestatario y anticonservador.

2. Seguimos necesitando procesos constituyentes que habiliten transformaciones de fondo, pero mientras tanto, tenemos que poder disputar la legalidad existente.

Hay un segundo debate que suscita Amador en su artĂ­culo. EstĂĄ vinculado al primero y tiene que ver con las mediaciones legales que permiten, no solo garantizar los “pequeños bienes” de los que habla Santi Alba Rico, sino abrir horizontes transformadores mĂĄs amplios. En este punto, Amador lamenta que las izquierdas hayan abandonado la apelaciĂłn a nuevos procesos constituyentes, como en tiempos del 15-M, y se resignen a disputar la ConstituciĂłn de 1978 a las derechas radicalizadas.

Amador lamenta que las izquierdas hayan abandonado la apelaciĂłn a nuevos procesos constituyentes

Comienzo, tambiĂ©n aquĂ­, por darle la razĂłn. Yo mismo escribĂ­ en 2014, al calor de las movilizaciones indignadas y del auge del soberanismo catalĂĄn, un ensayo titulado Procesos constituyentes. Caminos para la ruptura democrĂĄticaAllĂ­ defendĂ­a la necesidad de aprovechar todas las grietas para impulsar lo que en paĂ­ses como Bolivia o Ecuador habĂ­a dado lugar a nuevas Constituciones que habilitaban la conquista de nuevos marcos interpretativos y de pequeños y grandes bienes, tanto personales como colectivos.

Aunque quizĂĄs no fui lo suficientemente claro, en mi intervenciĂłn en el Congreso insistĂ­, como hago cada año que llega el aniversario de la ConstituciĂłn, en que no podemos abandonar esa perspectiva constituyente. Incluso si no estamos en un momento “caliente” como el del 15-M, sigue siendo fundamental no renunciar a un horizonte radicalmente republicano, feminista, ecosocial, ni a propugnar lo que XosĂ© Manuel Beiras llama “un proceso de procesos constituyentes”.

Naturalmente, eso no nos exime, como en tantos otros ĂĄmbitos, de lidiar con el “mientras tanto”. AquĂ­, mi propuesta es doble. Por un lado, no dejarnos enzarzar en el debate estĂ©ril sobre la reforma de una ConstituciĂłn –la de 1978– deliberadamente pensada para no ser reformada en sus aspectos sustanciales. Por otro, plantear, sin renunciar al horizonte constituyente, una interpretaciĂłn garantista de los contenidos sociales y democrĂĄticos ya existentes y que las derechas radicalizadas pisotean o incumplen de manera sistemĂĄtica.

Quiero aclarar que no estoy hablando de blandir el librito de la ConstituciĂłn como si fuera un fetiche que contuviera todos nuestros anhelos. Simplemente, se trata de exigir, como hacĂ­a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca cuando salĂ­a a la calle con carteles que decĂ­an “ArtĂ­culo 47”, que sus promesas sociales y democrĂĄticas se cumplan. Mucho mĂĄs ahora, cuando tenemos unas derechas que las ignoran o las pisotean abiertamente mientras parecen suspirar por las Leyes Fundamentales de la dictadura. 

Llegados a este punto, planteé en el Congreso una cuestión acaso polémica, pero que me parecía importante abordar: distinguir la Constitución del 78 del Régimen del 78. En mi opinión, lo que llamamos el Régimen del 78 es un régimen de poder que tiene su origen en los pactos de la transición. Pero que cristaliza décadas después, con el Aznarato y con la contrarreforma del artículo 135 constitucional que consagra la prioridad del pago de la deuda sobre otros objetivos sociales.

En mi opiniĂłn, lo propio de ese RĂ©gimen bipartidista fue utilizar el Parlamento y un Tribunal Constitucional cada vez mĂĄs conservador para desactivar los contenidos mĂĄs avanzados que el antifranquismo habĂ­a logrado imprimir en la ConstituciĂłn y para estrechar los mĂĄrgenes para una interpretaciĂłn garantista de la misma. Esto explica que, con la eclosiĂłn del 15-M, muchos movimientos sociales comenzĂĄramos a exigir un proceso constituyente que rompiera “con el candado del 78”.

Hoy, me parece, la situaciĂłn se ha tornado mĂĄs compleja. Porque ya no solo tenemos que cuestionar lo que fue el RĂ©gimen del 78, hoy parcialmente superado con los Ășltimos gobiernos de coaliciĂłn y con los cambios en la composiciĂłn del propio Tribunal Constitucional. TambiĂ©n nos toca enfrentarnos a unas derechas que en mĂĄs de un extremo son pre-RĂ©gimen del 78. Para entendernos: nostĂĄlgicas del franquismo y negacionistas del derecho internacional de los derechos humanos y de los elementos mĂĄs garantistas de una ConstituciĂłn a la que ignoran cuando les conviene.

Insisto: nada de esto nos obliga a concebir la ConstituciĂłn como el punto de llegada de todos nuestros deseos ni a ignorar los cepos que los herederos de la dictadura plantaron en ella. Simplemente nos exige disputar el sentido de su contenido mĂĄs garantista para derogar la ley mordaza, para hacer viable la ILP de regularizaciĂłn de las personas migrantes o para descriminalizar los delitos contra la Corona y otros despropĂłsitos punitivistas. Estas Ășltimas medidas no exigen ni complejos procesos constituyentes previos ni reformas constitucionales quimĂ©ricas. Exigen fuerza social y voluntad polĂ­tica para aprobar leyes y en algunos casos decretos, no ya para “mejorar la vida de la gente”, sino para que sea la gente quien, en primera persona, se apropie de la polĂ­tica. 

3. Hay que pensar alternativas que puedan construirse desde, contra y fuera del Estado.

Llego asĂ­ a un Ășltimo punto que, como puede verse, conecta con los anteriores. En su artĂ­culo, Amador señala que los partidos polĂ­ticos tienden a hacer propuestas que se solventan fundamentalmente en la esfera institucional. Y que esto, una vez mĂĄs, no hace sino aumentar el malestar ente quienes sienten a las izquierdas ofrecer polĂ­ticas “para la gente”, pero rara vez “con ella”.

Hay transformaciones que deben plantearse a través del Estado, otras contra él, y otras fuera y mås allå de sus confines

Como acabo de decir, esta observaciĂłn me parece pertinente y deberĂ­a ser fuente de mayor autocrĂ­tica para todos los partidos de izquierda, verdes, o con pretensiones antisistĂ©micas que con frecuencia actuamos, como dice Amador, como “productores masivos de desafecciĂłn”.

Admitido esto, sigo pensando que la cuestiĂłn no puede resolverse, como parece sugerir Amador, simplemente a travĂ©s de la desestatalizaciĂłn. Por lo que hace al Estado, en concreto, y a las instituciones pĂșblicas, soy partidario, otra vez, de plantear una manera mĂĄs compleja de relacionarnos con ellos. En la prĂĄctica, esto supone asumir que hay transformaciones que deben plantearse a travĂ©s del Estado, otras contra Ă©l, y otras, por fin, fuera y mĂĄs allĂĄ de sus confines, propiciando la creaciĂłn y recreaciĂłn de nuevos espacios de autoorganizaciĂłn social.

Por su escala, hay algunas transformaciones inconcebibles sin mediaciones legales e institucionales, estatales o incluso supraestatales. Yugular fiscalmente a los grandes rentistas, a la banca o a las tecnolĂłgicas, o crear empresas pĂșblicas en sectores estratĂ©gicos, son un ejemplo de ello. No creo que valga, en este punto, la caricatura de Amador cuando reduce estos objetivos a poner “un impuestito aquĂ­ o una regulaciĂłn mĂĄs allá”. Tampoco su idea de que el propĂłsito de embridar a los poderes capitalistas convierta a la izquierda en “autoritaria y moralizadora, regañona y puritana”.

Cosa diferente es exigir que estas polĂ­ticas pĂșblicas no sean jerĂĄrquicas y que se tomen en serio la participaciĂłn comunitaria en su diseño. Pero incluso en estas formas de regulaciĂłn pĂșblico-comunitarias, la dimensiĂłn estatal o institucional resulta imprescindible. 

Como en los puntos anteriores, la desestatalizaciĂłn que plantea Amador me parece fundamental cuando de lo que se trata es de combatir las inercias burocratizadoras y mercantilizadoras de las instituciones estatales realmente existentes. Y me parece decisivo, tambiĂ©n, si se entiende como el impulso de procesos de organizaciĂłn y participaciĂłn desde abajo sin los cuales las polĂ­ticas institucionales se anquilosan y acaban siendo fĂĄcilmente capturadas por grandes poderes econĂłmicos. En cualquier caso, cuesta concebir una polĂ­tica emancipadora que no asuma hoy ese triple desafĂ­o: actuar en el Estado, contra el Estado, y fuera y mĂĄs allĂĄ de Ă©l.  Esto es lo que hay que reinventar con urgencia. Y hacerlo colectivamente. Porque es la Ășnica manera, como bien apunta Amador en su provocadora y lĂșcida reflexiĂłn, de conservar lo que merece la pena.

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AquĂ­ puedes ver el debate ÂżResistir y/o reinventarlo todo?

PlurilingĂŒismo en el Congreso: ÂĄel momento es ahora, Sepharad!

El ilusionante cambio no puede darse por descontado. Exige compromiso y presiĂłn por parte de quienes aspiramos a una investidura plurinacional, progresista, feminista y republicana

Gerardo Pisarello 27/08/2023 CTXT

Hay palabras que llegan de imprevisto y deshacen nudos como piedras, retiran mordazas y alientan cambios que parecĂ­an imposibles. AsĂ­ sonaron las que pronunciĂł la presidenta del Congreso, Francina Armengol, en la sesiĂłn constitutiva de la CĂĄmara del pasado 17 de agosto. Irrumpieron de pronto, sin que nadie las esperara, tras una emotiva evocaciĂłn de La pell de brau, el poemario que convirtiĂł a Salvador Espriu en una referencia de la lucha antifranquista. 

“Quiero manifestar mi compromiso con el catalĂĄn, el euskera, el gallego y la riqueza lingĂŒĂ­stica que suponen, y quiero anunciarles que esta presidencia permitirĂĄ el uso de estas lenguas en el Congreso desde esta sesiĂłn constitutiva”. AsĂ­ de rotundo, asĂ­ de claro. Ni durante la Primera RepĂșblica, ni durante la Segunda, ni despuĂ©s de la TransiciĂłn, la tercera autoridad del Estado habĂ­a defendido el pluralismo lingĂŒĂ­stico con convicciĂłn semejante.  

La densidad histĂłrica de las palabras

Desde luego, ese compromiso inĂ©dito con las hablas peninsulares pedĂ­a concreciones y anunciaba tambiĂ©n resistencias. En ningĂșn caso, sin embargo, se trataba de flatus vocis, de palabras destinadas a desvanecerse o a quedar en mero artificio retĂłrico. Por el contrario, si pudieron ser pronunciadas fue porque encarnaban una fuerza de siglos. La de millones de mujeres y hombres que a travĂ©s del tiempo lucharon con orgullo por conservar y enriquecer esas voces propias, que fueron a la vez la de sus hijos o sus madres. Esa fuerza, nacida del fondo de la historia, no emergiĂł por casualidad en uno de los congresos mĂĄs plurinacionales y plurilingĂŒes de la historia reciente. Y tampoco fue por azar que tuvo como intĂ©rprete a una mujer, mallorquina, que como presidenta del Gobierno de Baleares habĂ­a hecho de la defensa de la memoria democrĂĄtica una polĂ­tica pĂșblica irrenunciable.

En la primera reuniĂłn de la Mesa, el PP apuntĂł directamente contra la legalidad de la decisiĂłn y exigiĂł que se congelara todo

Naturalmente, semejante desafĂ­o no podĂ­a quedar sin respuesta. Aquel 17 de agosto, sin embargo, los reticentes de siempre estaban desconcertados. Divididas las derechas, torcieron el gesto, pero sin aspavientos excesivos, como si intuyeran que enfrente tenĂ­an a una exigencia de los tiempos, y por ello, difĂ­cil de parar.

En la primera reuniĂłn de la nueva Mesa del Congreso, ya repuesto, el PP mostrĂł su lado mĂĄs recio. ApuntĂł directamente contra la legalidad de la decisiĂłn y exigiĂł que se congelara todo. En otras ocasiones, esa simple invocaciĂłn paralizadora hubiera bastado para desactivar el anuncio y restaurar el status quo de siemprePero no esta vez. El pacto que habĂ­a posibilitado la nueva composiciĂłn de la Mesa habĂ­a dejado fuera a Vox, que no estaba allĂ­ para socorrerlo. El PSOE no secundaba sus argumentos, como habĂ­a ocurrido tantas veces en la legislatura anterior. Sumado a ello, el propio PP comparecĂ­a en el debate con un candidato a la presidencia del Gobierno de Ourense, que hizo gran parte de su carrera polĂ­tica en gallego, sin que nadie en su partido lo considerara la ‘anti-España’ por ello. 

Una reforma reglamentaria impostergable

Tras este fallido movimiento restaurador, que hubiera implicado desactivar toda la potencia del anuncio del 17 de agosto, la presidenta del Congreso propuso otro camino.  Escuchar a los grupos parlamentarios y a partir de allĂ­ plantear una propuesta jurĂ­dicamente sĂłlida que pueda aplicarse en el prĂłximo pleno, probablemente el que deberĂĄ debatir la investidura de Alberto Nuñez FeijĂło. 

Si se atiene a lo ocurrido en estos Ășltimos años, lo lĂłgico serĂ­a que de estas rondas de consultas surja lo que ha sido un clamor compartido por un amplio espectro de fuerzas polĂ­ticas: la necesidad de reforma del Reglamento del Congreso. Esta reforma no se producirĂ­a en el vacĂ­o. TendrĂ­a como antecedente las que ya se produjeron en el Senado en 1994 y 2005. Fueron aquellas iniciativas, en efecto, las que abrieron camino en la direcciĂłn de lo que ahora se pretende: normalizar el uso del euskera, el gallego y el catalĂĄn, en escritos y debates parlamentarios. 

Curiosamente, estas reformas, que incluĂ­an la posibilidad de utilizar las lenguas cooficiales en algunas intervenciones y escritos parlamentarios, tuvieron el apoyo del PP. Es mĂĄs, en algĂșn caso no solo las apoyĂł, sino que llegĂł a quejarse de su insuficiencia. “AspirĂĄbamos a mĂĄs”, sostuvo en 2005 el senador gallego VĂ­ctor Manuel VĂĄzquez Portomeñe. Y no se quedĂł allĂ­: prometiĂł ir mĂĄs lejos si habĂ­a cambios futuros y acabĂł invocando, para justiciar su moderaciĂłn, las cĂ©lebres palabras de Confucio: “MĂĄs vale encender una humilde vela que maldecir la oscuridad”.

Aquella reforma echĂł por tierra muchos tabĂșes. De entrada, corroborĂł lo que hoy se acepta con naturalidad en la UniĂłn Europa, en paĂ­ses como Suiza, BĂ©lgica o CanadĂĄ, o en parlamentos como el de la Comunidad AutĂłnoma Vasca: que es perfectamente posible, sin riesgo de trauma psicolĂłgico ni gran dispendio econĂłmico, entenderse y debatir en diferentes lenguas, mediante sistemas de traducciĂłn previa o simultĂĄnea. Y que negarse a ello con el argumento de la humillaciĂłn del pinganillo, es mĂĄs un signo de inseguridad que de confianza en la vitalidad de la propia lengua. 

Precisamente porque los antecedentes del Senado y del derecho comparado son numerosos y funcionan, la reforma del reglamento del Congreso resulta una iniciativa impostergable. El Ășltimo intento de llevarla adelante tuvo lugar en junio de 2022. Con la firma de ERC, PNV, JXCat, PDeCAT, la CUP y el BNG, la iniciativa ya planteaba la posibilidad de la traducciĂłn simultĂĄnea de estas lenguas en las intervenciones en comisiones y de plenos. 

Por primera vez en la historia, la propuesta contĂł con el apoyo decidido de partidos con presencia en el ejecutivo. Este fue el caso del grupo confederal de Unidas Podemos-En ComĂș Podem-Galicia en ComĂșn, cuyos diputados subieron a la tribuna a defender la iniciativa. En ese entonces, no obstante, se toparon con la oposiciĂłn de un PSOE demasiado temeroso y condicionado tanto por el PP como por Vox. 

En una sesiĂłn memorable por su significado, el diputado sabadellense de En ComĂș Podem, Joan Mena, afeĂł al PSOE su posiciĂłn y le recordĂł que el problema no lo tenĂ­an “los hablantes de las lenguas oficiales” sino “aquellos que no son capaces de aceptar y de sentirse orgullosos de una realidad que nos enriquece y mucho como paĂ­s”.

El PP intentĂł apuntarse a una eventual reforma del Reglamento del Congreso, pero no para avanzar en el cambio, sino para frenarlo

Tras las elecciones del 23 de julio de este año, el escenario para la reforma se ha vuelto mucho mĂĄs propicio. Primero, porque el voto que hoy permitirĂ­a a Pedro SĂĄnchez hacerse con la presidencia del Gobierno es un voto con un fuerte componente antifascista, contrario a las retiradas de revistas en catalĂĄn de las bibliotecas pĂșblicas y, mĂĄs en general, a los ataques a las lenguas cooficiales perpetrados por los gobiernos pactados entre el PP y Vox. 

Una de las primeras en reaccionar contra estas medidas de tintes neofranquistas fue la propia vicepresidenta en funciones y lĂ­der de Sumar, Yolanda DĂ­az. Durante la campaña electoral, DĂ­az defendiĂł la necesidad de una ley de uso y enseñanzas de lenguas oficiales y minorizadas. El 2 de agosto, por su parte, tambiĂ©n anunciĂł que impulsarĂ­a una reforma del Reglamento para blindar jurĂ­dicamente la diversidad lingĂŒĂ­stica en el Congreso. 

Las exigencias en materia lingĂŒĂ­stica por parte de ERC y Junts como condiciĂłn para aprobar la constituciĂłn de la nueva Mesa y una eventual investidura futura hicieron el resto. El propio PSOE accediĂł a cambiar su posiciĂłn en la materia, propuso a una federalista genuina como Armengol como nueva presidenta del Congreso y luego respaldĂł su anuncio histĂłrico de un cambio inmediato en el uso del euskera, del catalĂĄn y del gallego, en los plenos de la CĂĄmara. 

La estrategia contrarreformista 

TodavĂ­a en estado de shock, el PP intentĂł, en la primera reuniĂłn de la nueva Mesa, apuntarse a una eventual reforma del Reglamento del Congreso, pero no para avanzar en el cambio, sino para frenarlo. Sus representantes, en efecto, fueron los primeros en exigir “que todo quede congelado” mientras la reforma no se acometiera y mientras no hubiera informes jurĂ­dicos. 

Esta actitud no solo buscaba desplegar una tĂĄctica dilatoria que desnaturalizara el mandato nĂ­tido de la presidencia de la CĂĄmara del 17 de agosto. TambiĂ©n desconocĂ­a que los propios diputados y diputadas, como representantes de la voluntad popular, son los primeros obligados a cumplir el principio constitucional que manda proteger las lenguas de toda la ciudadanĂ­a y de “los pueblos de España”. 

La presidenta del Congreso cuenta con instrumentos jurĂ­dicos y con mayorĂ­as de apoyo suficientes para que el plurilingĂŒismo gane peso 

De existir acuerdo entre las fuerzas partidarias de este avance en materia de plurilingĂŒismo, el cambio serĂ­a imparable. Primero, porque la tramitaciĂłn de una reforma que blinde jurĂ­dicamente la diversidad lingĂŒĂ­stica, bien podrĂ­a realizarse en lectura Ășnica, como prevĂ© el artĂ­culo 150 del Reglamento. Segundo, porque incluso sin ese trĂĄmite, la presidenta podrĂ­a comenzar a flexibilizar el uso de las lenguas amparĂĄndose en el artĂ­culo 32, que la faculta a dirigir los debates, mantener el orden en los mismos e interpretar el propio Reglamento en los casos de duda.

TambiĂ©n aquĂ­ existen antecedentes. Ya en 2005, el entonces presidente del Congreso, Manuel MarĂ­n, del PSOE, aprobĂł una ResoluciĂłn con el visto bueno de la Mesa y de la Junta de Portavoces con el objetivo de flexibilizar el uso de las lenguas mediante la autotraducciĂłn al castellano a cargo de los propios intervinientes. Incluso en la Ășltima legislatura, con Meritxell Batet de presidenta, se utilizaron fĂłrmulas similares sin que nadie sintiera que se le privaba por ello del derecho a entender lo que se estaba debatiendo. Durante el debate de la proposiciĂłn de reforma reglamentaria de 2022, el diputado Ferran Bel, del PDeCAT, realizĂł toda su intervenciĂłn en catalĂĄn, autotraduciĂ©ndose al castellano. Lo mismo hizo, en euskera, Mertxe Aizpurua, portavoz de EH Bildu. Y no solo eso: algunos diputados de Unidas Podemos, como Pablo Echenique o SofĂ­a Castañón, pronunciaron alocuciones breves en las que utilizaron otras modalidades lingĂŒĂ­sticas reconocidas en sus territorios como el aragonĂ©s o el bable. 

Es verdad que durante aquella sesión la presidencia acabó llamando al orden a las diputadas y diputados Montse Bassa, de ERC, Míriam Nogueras, de Junts, Albert Botran, de la CUP, y Néstor Rego, del BNG, por su insistencia en hablar solo en catalån o gallego. Pero en aquel caso, la decisión de no autotraducirse no era un simple capricho. Era una forma deliberada de protestar contra la oposición del PSOE a tramitar una propuesta que ya se había abierto paso parcialmente en el Senado.

Avanzar, indesinenter

Sea como fuere, estos antecedentes muestran que, con la actual legalidad en la mano, la presidenta del Congreso cuenta con instrumentos jurĂ­dicos y con mayorĂ­as de apoyo suficientes para que el plurilingĂŒismo gane peso ya en los plenos del 26 y 27 de septiembre, cuando se debata la investidura de FeijĂło.

PodrĂ­a ocurrir, desde luego, que ese debate tuviera lugar sin que los sistemas de traducciĂłn necesarios estuvieran listos. En ese caso, no serĂ­a imposible acordar con los grupos un margen suficiente de flexibilidad para que, junto al castellano, las lenguas de RosalĂ­a de Castro, de Gabriel Aresti, de Montserrat Roig y de Ovidi Montllor, resuenen en el hemiciclo con la fuerza y la dignidad que merecen. Los diputados y diputadas que las utilizaran deberĂ­an, seguramente, autolimitarse para que sus intervenciones resultaran comprensibles para todos y permitieran el debate. Pero esta autolimitaciĂłn, a diferencia de otros momentos, no implicarĂ­a renuncia ni apuntalamiento del status quo. SerĂ­a un pequeño primer paso hacia una reforma mĂĄs profunda, previamente pactada, que blinde de una vez el uso normalizado en el Congreso de las lenguas peninsulares, para orgullo de todos, incluidas las personas castellanoparlantes. 

El mundo advertirĂ­a el simbolismo de un reconocimiento jurĂ­dico de la pluralidad lingĂŒĂ­stica interna, nada menos que en el Congreso

El efecto de un cambio de esta naturaleza serĂ­a enorme, internamente y desde el punto de vista internacional. Hacia adentro, porque ayudarĂ­a a que las propias lenguas peninsulares se conozcan mejor entre ellas, algo que hoy por desgracia ocurre poco. TambiĂ©n servirĂ­a para que se asuma que el propio castellano que se habla en el Congreso bien puede sonar a la manera andaluza, canaria o argentina, como es mi caso, o a la manera saharaui de nuestra compañera Tesh Sidi. El efecto hacia afuera no serĂ­a menor. Porque el mundo entero advertirĂ­a el simbolismo de un reconocimiento jurĂ­dico y prĂĄctico de la pluralidad lingĂŒĂ­stica interna, nada menos que en el Congreso de los Diputados. Dicho reconocimiento nos permitirĂ­a acercarnos mejor a Portugal, a AmĂ©rica Latina o, incluso, a África. Y sobre todo, lanzarĂ­a un mensaje claro a Europa sobre la necesidad de que las lenguas que ya se escuchan o leen con naturalidad en las instituciones estatales, se escuchen y se lean de modo similar en Bruselas o Estrasburgo. 

Nada de esto, obviamente, implica desconocer las fĂ©rreas inercias uniformistas de la historia mĂĄs reciente y de la mĂĄs lejana. Precisamente por eso, el ilusionante cambio anunciado en la sesiĂłn constitutiva del Congreso el pasado 17 de agosto no puede darse por descontado. Exige compromiso y presiĂłn por parte de quienes aspiramos a una investidura lo mĂĄs plurinacional, lo mĂĄs progresista, lo mĂĄs feminista y lo mĂĄs republicana posible. El mismo Salvador Espriu, que llamaba a construir ponts de diĂ leg entre los hijos e hijas de Sepharad, sabĂ­a que eso no se podĂ­a conseguir, como tambiĂ©n dijo en un poema, sin perseguir la libertad propia y de los demĂĄs indesinenter, adverbio latino que quiere decir “sin pausa, incesantemente”. 

De eso se sigue tratando en esta difícil coyuntura que nos toca vivir. De perseverar, sin descanso, en la defensa de libertades y derechos que nos ayuden, justamente, a hablar, falar, hitz egin, a parlar. Y de aprovechar esta grieta que se ha abierto para recordar a Sepharad que no hay tiempo que perder, que el momento es ahora.

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Por un olvido penal que ayude a desbloquear el futuro

  • Contrariamente a lo que algunos afirman, las amnistĂ­as no han tenido lugar solo al finalizar una dictadura. Se han producido tambiĂ©n en democracias dañadas por conflictos profundos, como alternativas, precisamente, a la obsesiĂłn por el castigo de adversarios enfrentados entre sĂ­

Gerardo Pisarello para el Diario.es

Agentes antidisturbios de la Policía Nacional chocan con ciudadanos en el referéndum del 1-O en 2017.
Agentes antidisturbios de la PolicĂ­a Nacional chocan con ciudadanos en el referĂ©ndum del 1-O en 2017. Alberto EstĂ©vez / EFE

14 de agosto de 2023 22:22h
Actualizado el 15/08/2023 08:19h

Los posibles acuerdos de investidura han devuelto al centro del debate una vieja propuesta teorizada hace siglos por los antiguos griegos: la amnistĂ­a. En su sentido mĂĄs profundo, esta propuesta comporta una suerte de amnesia, de olvido, aunque no polĂ­tico, sino penal. Su propĂłsito, pues, no es cancelar el debate social sobre el pasado. Simplemente se trata de renunciar a un tipo de persecuciĂłn criminal, de puniciĂłn, que desnaturaliza ese debate y que bloquea la posibilidad de otras alternativas de futuro. 

Este olvido penal, esta renuncia al “poder de la fuerza” y a la “gran cirugĂ­a histĂłrica” de los que hablaba Ortega, son efectivamente fundamentales para restaurar el diĂĄlogo entre diferentes sobre lo que el futuro deberĂ­a ser. 

Se dice que el primero en impulsar una ley de amnistĂ­a fue TrasĂ­bulo, un general ateniense que pertenecĂ­a al partido democrĂĄtico de Pericles. Y lo hizo, justamente, en beneficio de los miembros del partido oligĂĄrquico, sus grandes adversarios. Con esa renuncia a la venganza de Estado, TrasĂ­bulo buscaba restaurar una cierta paz social y recomenzar polĂ­ticamente de cero. PodĂ­a salir bien o no, pero, a efectos de la salud de la polis, era preferible a entrar en la rueda de la retaliaciĂłn infinita.

Contrariamente a lo que algunas voces afirman, las amnistĂ­as no han tenido lugar solo al finalizar una dictadura. Se han producido tambiĂ©n en democracias dañadas por conflictos profundos, como alternativas, precisamente, a la obsesiĂłn por el castigo de adversarios enfrentados entre sĂ­. 

En plena democracia, Francia recurriĂł a la amnistĂ­a de militares y de activistas para cerrar las heridas abiertas por el proceso de independencia de Argelia. Portugal aprobĂł una ley de amnistĂ­a en 1996, 20 años despuĂ©s de aprobada su ConstituciĂłn democrĂĄtica, para amnistiar a los representantes de una organizaciĂłn revolucionaria, incluido un hĂ©roe de la RevoluciĂłn de los Claveles. 

Actualmente, se entiende que la amnistĂ­a no puede suponer el perdĂłn de delitos de especial gravedad como la tortura, los secuestros, o delitos de sangre como los homicidios. Pero eso no quiere decir que haya perdido su razĂłn de ser. El propio Portugal, de hecho, acaba de aprobar, en ocasiĂłn de una visita del Papa Francisco, una amnistĂ­a para librar de la persecuciĂłn penal a jĂłvenes de entre 18 y 30 años por delitos no considerados graves. 

Mientras esto ocurre en el mundo, en España hay miles de personas investigadas o procesadas en el marco de un conflicto polĂ­tico en Catalunya que dura años. Muchos de los procesos seguidos contra algunas de estas personas –dirigentes polĂ­ticos, activistas, acadĂ©micos– han ido a parar a jueces obsesionados, no por la aplicaciĂłn garantista de la ConstituciĂłn y de la ley, sino por el castigo ejemplar, severo, de quienes son considerados “enemigos de Estado”. De esta suerte, se ha producido una judicializaciĂłn de la polĂ­tica que ha acabado por menoscabarla de manera preocupante, contradiciendo la idea de “democracia avanzada” a la que apela el PreĂĄmbulo de la ConstituciĂłn de 1978. 

Hoy cuesta creer que los mismos sectores del Poder judicial que se han comportado de manera partisana puedan poner fin a esta ofuscaciĂłn punitivista y contribuir a la restauraciĂłn del pluralismo polĂ­tico y de una cierta normalidad democrĂĄtica. Por eso, la polĂ­tica, encarnada en el Gobierno y en el Parlamento, debe hablar.  

Cuando Pedro SĂĄnchez decidiĂł indultar a algunos dirigentes independentistas, reconociĂł que lo hacĂ­a porque existĂ­a un grave conflicto entre Catalunya y el Estado. Y porque pensaba que era la mejor manera de defender la convivencia y fortalecer la democracia. 

Esos indultos fueron una decisiĂłn valiente e inteligente, y ayudaron a salir de la espiral del castigo y los agravios sin fin. No obstante, es evidente que no han sido suficientes para restaurar plenamente el principio del pluralismo polĂ­tico y de la plurinacionalidad explĂ­citamente reconocidos en los artĂ­culos 1 y 2 de la ConstituciĂłn española.  

Para superar ese estado de cosas, la ConstituciĂłn otorga al Gobierno y al Parlamento diferentes herramientas de intervenciĂłn. El ejecutivo podrĂ­a emitir nuevos indultos, pero no indultos generales. El Parlamento, por su parte, podrĂ­a aprobar rebajas penales de carĂĄcter general, y si bien no podrĂ­a indultar, podrĂ­a impulsar amnistĂ­as. 

DespuĂ©s del 23 de julio, hay una mayorĂ­a parlamentaria que estĂĄ en condiciones propicias para poner en marcha este tipo de medidas de desjudicializaciĂłn y de desbloqueo institucional. Primero, porque es una mayorĂ­a marcada por la presencia en ella de fuerzas polĂ­ticas con identidades nacionales diversas, especialmente interesadas en que el pluralismo polĂ­tico, social y nacional, sean plenamente respetados. Segundo, por su transversalidad ideolĂłgica, que le permitirĂ­a adoptar soluciones que no eternicen el frontismo de unos contra otros, sino que abran un escenario de normalizaciĂłn democrĂĄtica aceptable para mayorĂ­as amplias. 

En realidad, hasta el propio PP, que ha avalado sin rubor medidas de amnistĂ­a fiscal y privilegios penales para los mĂĄs fuertes, deberĂ­a ver la conveniencia de utilizar la polĂ­tica penal para desbloquear la situaciĂłn actual y no para enquistarla. Pero para ello, claro, deberĂ­a atreverse a abandonar una deriva radical que lo ha colocado a merced de Vox y que solo le ha servido para quedarse fuera del gobierno del Estado. 

Insistimos: ni una eventual amnistĂ­a, ni nuevos indultos, ni la reducciĂłn de ciertos reproches penales implicarĂ­an un olvido polĂ­tico del pasado. Por el contrario, supondrĂ­an renunciar a una lĂłgica punitiva que ha impedido repensar ese pasado con libertad, aprendiendo de los errores, y planteando nuevas alternativas de futuro.  

Este principio del olvido penal como vĂ­a para construir un mejor futuro fue lo que defendimos en marzo de 2021, cuando desde la Mesa del Congreso nos pronunciamos a favor de la admisiĂłn a trĂĄmite de una proposiciĂłn de ley de amnistĂ­a presentada por diversas fuerzas catalanas. Hoy esa vĂ­a no es la Ășnica disponible. Pero como han sostenido diversos juristas, desde Juan Antonio Xiol a Javier PĂ©rez RoyoMarco Aparicio, Josep Maria Torrent o JosĂ© Antonio MartĂ­n PallĂ­n, es plenamente constitucional, y junto a otras posibles, son clave para articular una mayorĂ­a de investidura y de gobierno progresista y plurinacional.

Hay que comprometerse y atreverse, pues, a actuar. Sin aspirar a que los viejos problemas se esfumen de la noche al dĂ­a, por arte de magia. Pero con la convicciĂłn de que solo con una apuesta valiente por una democracia avanzada, sin mordazas ni agravios enquistados, es posible pensar nuevas formas de convivencia mĂĄs libres, mĂĄs justas, y gracias a eso, mĂĄs fraternas.

El nieto 133, Gernika, y la disputa por la memoria

En Argentina, las elecciones del domingo prometĂ­an el despegue de las derechas negacionistas del consenso antidictadura. Hoy, el panorama estĂĄ abierto, y las Abuelas de Plaza de Mayo les han infligido una nueva derrota

Gerardo Pisarello 8/08/2023 para CTXT

Miguel y Julio Santucho, hermano y padre del nieto restituido, junto a la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, en rueda de prensa. / TĂ©lam

Hace días recibí conmovido un mensaje de amigos argentinos: las Abuelas de Plaza de Mayo acababan de anunciar en una rueda de prensa la recuperación del nieto 133 apropiado por los militares tras el golpe de Estado de 1976. La noticia me sacudió. No solo por lo que la restitución de identidad a alguien privado tan siniestramente de ella implica. También porque el padre biológico, presente en el acto, era Julio Santucho, hermano menor del histórico dirigente guerrillero Mario Roberto Santucho, asesinado por el ejército y nacido, como yo, en el norte argentino.

Para agregar mås fuerza a lo que estaba sucediendo, el destino quiso que la noticia me encontrara de viaje en el País Vasco. Es mås, me enteré de lo ocurrido justo en el momento en que visitaba el Museo de la Paz de Gernika, ciudad criminalmente bombardeada hace 86 años por la Legión Cóndor alemana y por la Aviación Legionaria italiana en apoyo de Francisco Franco.

El contexto de este cruce de memorias no era uno cualquiera. Pocos dĂ­as antes, el Partido Popular y Vox habĂ­an quedado por muy pocos escaños fuera del Gobierno español, despuĂ©s de haber pactado gobiernos regionales que, entre otras medidas, planteaban la derogaciĂłn de leyes de memoria democrĂĄtica. En Argentina, la restituciĂłn del hijo de Julio Santucho y de Cristina Navajas, secuestrada por policĂ­as de civil en 1976 y todavĂ­a hoy desaparecida, se producĂ­a en un contexto similar. El del auge de unas derechas radicalizadas que el prĂłximo domingo 13 de agosto se presentan a unas elecciones Primarias, Abiertas, SimultĂĄneas y Obligatorias (PASO) cuestionando el “Nunca MĂĄs” a los crĂ­menes cometidos por la dictadura.

La tensiĂłn entre las polĂ­ticas de memoria democrĂĄticas y el avance de unas derechas cada vez mĂĄs radicalizadas no es un fenĂłmeno nuevo ni aislado

Esta tensión entre las políticas de memoria democråticas, antifascistas y el avance de unas derechas cada vez mås radicalizadas no es un fenómeno nuevo ni aislado. Es un fenómeno definitorio de la ola reaccionaria que recorre tanto Europa como América Latina. Con una explicación económica de fondo: la expansión de un capitalismo financiarizado, extractivista, que necesita formas cada vez mås violentas para imponerse en medio de una emergencia social, energética y climåtica acuciante.

Que las propuestas neoliberales defendidas por las derechas radicalizadas tanto en el Norte como en el Sur globales necesitan, para abrirse paso, un vínculo estrecho con los grandes oligopolios económicos y con sectores significativos de la justicia y de las fuerzas armadas es evidente. Pero necesitan palancas ideológicas, mediáticas, que les den cobertura y que condicionen la percepción social de la realidad. De ahí la importancia que estas derechas otorgan a los medios de comunicación, a las redes sociales y, en general, a las llamadas “guerras culturales”. La razón es sencilla: saben que son una herramienta clave para neutralizar cualquier política de memoria democrática y para blanquear, llegado el caso, dictaduras que ya ensayaron lo que muchas de ellas plantean, como las de Franco o Videla.

Dos dictaduras similares y muy diferentes a la vez 

Mås allå del significado personal que tuvo la azarosa coincidencia de mi paso por Gernika con la noticia de la recuperación del nieto 133, la comparación entre la situación española y la argentina arroja elementos de anålisis interesantes.

Que las dictaduras nazi y fascista utilizaran su poder militar en defensa de la sublevaciĂłn franquista en 1937 no era casual. DespuĂ©s de todo, compartĂ­an un odio feroz por cualquier proyecto que supusiera una mĂ­nima defensa de mayor democracia polĂ­tica y econĂłmica. La Segunda RepĂșblica española habĂ­a planteado esa posibilidad. Eso bastĂł para que las fuerzas reaccionarias de la Ă©poca, amparĂĄndose en el “anticomunismo” y en la defensa de la “civilizaciĂłn occidental y cristiana”, recurrieran al fascismo para derrocarla. No soportaron las moderadas reformas educativas, sociales, que la RepĂșblica puso en marcha. Y de manera señalada, no le perdonaron que cuestionara la idea autoritaria y excluyente de España defendida por la monarquĂ­a, ni que pusiera las bases para la construcciĂłn de una eventual RepĂșblica plurinacional.

Desde esta perspectiva, no sorprende que uno de los blancos preferidos de los golpistas, con apoyo de nazis y fascistas, fuera Gernika. Porque Gernika, precisamente, era el sĂ­mbolo de las libertades vascas. La defensa de esas libertades llevĂł a cientos de miles de vascos, incluido el lehendakari JosĂ© Antonio Aguirre, del Partido Nacionalista Vasco, a combatir en defensa de la RepĂșblica contra el fascismo. Esto explica la ferocidad con la que la poblaciĂłn de Gernika fue bombardeada. Con ello, en realidad, se lanzaba un mensaje no solo a las izquierdas y a las fuerzas progresistas, sino a cualquiera que osara defender en el futuro una RepĂșblica en la que las libertades de los pueblos peninsulares fueran respetadas.

Para que ese mensaje calara a fondo, la dictadura de Franco se extendió por cuarenta años. La argentina de 1976 duró siete, pero vino precedida de décadas de represión. Los métodos brutales utilizados por Videla y sus sucesores no nacieron de la nada. Tenían antecedentes siniestros, como los bombardeos de Plaza de Mayo de 1955, los fusilamientos de militantes peronistas, y señaladamente, la represión del movimiento obrero, campesino y estudiantil que se movilizó contra el terrorismo de Estado en el contexto de un 1968 global que sacudió al mundo de base.

El norte argentino padeciĂł y resistiĂł uno de los primeros ensayos neoliberales dictatoriales del continente

La familia Santucho, como muchas otras del norte argentino, tuvo un protagonismo destacado en esta historia. Entre otras razones, porque el norte argentino padeciĂł y resistiĂł uno de los primeros ensayos neoliberales dictatoriales del continente, antes incluso del golpe de Pinochet en Chile. En 1966, en efecto, un oscuro general nacional-catĂłlico y admirador de Franco, Juan Carlos OnganĂ­a, se levantĂł contra el gobierno del radical Arturo Illia, escogido democrĂĄticamente, aunque con el peronismo todavĂ­a proscrito.

AnticipĂĄndose a los Chicago Boys chilenos, el ministro de EconomĂ­a de OnganĂ­a, Adalbert Krieger Vasena, puso en marcha un violento programa de privatizaciones y recortes de derechos sociales y laborales. Este programa vino acompañado de la expulsiĂłn de profesores e investigadores de las universidades y de un drĂĄstico proceso de desindustrializaciĂłn del norte argentino, que afectĂł señaladamente a provincias productoras de azĂșcar, como TucumĂĄn.

La brutalidad de la dictadura fue tal que sectores significativos de la juventud, del movimiento obrero y campesino, e incluso de una parte del empresariado del norte, llegaron a la conclusiĂłn de que las Ă©lites de Buenos Aires no permitirĂ­an ningĂșn proceso de desarrollo inclusivo o de democratizaciĂłn sustantiva a travĂ©s de las urnas. Esto hizo que algunos de estos sectores decidieran acompañar la movilizaciĂłn sindical y popular contra la dictadura con la resistencia armada.

Por esos años, mi padre, Ángel Pisarello, se convirtió en abogado defensor de muchísimos jóvenes y trabajadores que se enfrentaron a una represión estatal y paraestatal de una ferocidad inusitada. Este compromiso acabó coståndole la vida, al igual que a muchos de sus defendidos.

El caso de la familia Santucho ilustra paradigmåticamente la sevicia y la cobardía del terrorismo de Estado. Muchos de sus miembros fueron secuestrados, torturados y ejecutados. Sus propios hijos fueron utilizados como botín de guerra. Algunos, como el nieto que acaba de recuperar su identidad, fueron entregados por los militares a familias de represores que les hurtaron su identidad durante años.

La experiencia de bebés robados a familias represaliadas y entregados en adopciones ilegales también se produjo durante el franquismo. En los testimonios de sobrevivientes a los bombardeos de Gernika, de hecho, uno de los miedos mås presentes entre quienes en aquella época no eran mås que niños, era acabar en manos de las fuerzas golpistas.

A diferencia de lo que ha ocurrido en Argentina, el grado de impunidad de los crĂ­menes del franquismo ha sido escandaloso. El hecho de que la dictadura durara cuarenta años, y de que Franco muriera en la cama, sigue pesando como una losa sobre las polĂ­ticas de verdad, justicia y reparaciĂłn exigidas por el movimiento memorialista. 

Mientras que Franco acabĂł sus dĂ­as sin ser juzgado, Videla muriĂł condenado por delitos de lesa humanidad

La suerte de la dictadura argentina fue otra. Su hundimiento vino precipitado por la derrota en una guerra –la de Malvinas– que puso al partido militar contra las cuerdas. Las huelgas masivas que sucedieron a aquel desastre bĂ©lico, asĂ­ como el papel heroico de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y de un movimiento de derechos humanos que nunca bajĂł los brazos, hicieron el resto. Mientras que Franco acabĂł sus dĂ­as sin ser juzgado, Videla muriĂł condenado por delitos de lesa humanidad y muchos torturadores y apropiadores de bebĂ©s en cautiverio fueron responsabilizados por sus crĂ­menes.

La memoria democrĂĄtica como antĂ­doto contra el neofascismo

Son muchas, como puede verse, las historias cruzadas entre Argentina y España que ayudan a entender por quĂ© la memoria democrĂĄtica continĂșa siendo un antĂ­doto contra el neofascismo. En tĂ©rminos culturales, desde luego, pero tambiĂ©n a la hora de construir una alternativa al proyecto de destrucciĂłn de lo pĂșblico y de concentraciĂłn salvaje de poder econĂłmico que las derechas extremas de nuestro tiempo encarnan.

No es casual, de hecho, que quienes hoy se disputan la primacĂ­a entre las bolsonarizadas derechas argentinas tengan por aliados a un FeijĂło y a un Abascal que, junto a sus devaneos con el franquismo, se definen por la defensa de un neoliberalismo furioso al servicio de una minorĂ­a privilegiada.

Los reaccionarios tienen sedes privilegiadas en las principales capitales de América Latina, en Madrid y en Miami. La alternativa a su proyecto de odio debe ser internacional

Esa internacional reaccionaria tiene hoy sedes privilegiadas en las principales capitales de América Latina, en Madrid y en Miami. Por eso, la alternativa a su proyecto de odio no puede sino ser, ella misma, internacional. En defensa de una memoria democråtica plural, no sectaria, pero nítidamente antifascista. Y en defensa, también, de un nuevo orden económico y social capaz de horadar las bases especulativas, precarizadoras y predatorias que sostienen el crecimiento de la ultraderecha.

Desarmar al neofascismo que se expande ante nuestros ojos no es fĂĄcil. Sobre todo, si no se tienen mayorĂ­as polĂ­ticas, ni jueces, ni medios de comunicaciĂłn dispuestos a que ocurra. Pero en ese desafĂ­o sigue jugĂĄndose la supervivencia misma de la democracia.

Mi amigo Mario Santucho fue uno de esos hijos que escaparon milagrosamente a las garras de la dictadura. Hijo del militante guerrillero Mario Roberto Santucho y de Liliana Delfino, secuestrada por los militares y todavía hoy desaparecida, pudo salir a Cuba con su hermana, con apenas un año, gracias a una pareja amiga de sus padres. Un destino similar al de miles de niños de familias republicanas que, tras el avance de la sublevación franquista, sobrevivieron en países como Francia, la Unión Soviética o México.

En 2019, Mario, hoy editor de la Revista Crisis, publicĂł un libro impactante, Bombo el reaparecido (Seix Barral), en el que con gran honestidad y sentido de la complejidad analiza la experiencia militante de sus padres y de muchos de sus compañeros.

Entre otras cosas, Mario constata que nuestro presente dista mucho de aquel 68 global marcado por un sinnĂșmero de revueltas socializantes, anticolonialistas, antirracistas, feministas, que resonaron en Asia, África, Europa y AmĂ©rica toda. A diferencia de lo que pasaba entonces, escribe Mario, “las armas han sido expulsadas de la polĂ­tica”. Pero no lo han hecho para desaparecer, sino para ponerse “exclusivamente al servicio de los negocios, de las policĂ­as y los militares, de los criminales”. Este cambio ha traĂ­do consigo una “irremontable asimetrĂ­a de fuerzas en favor de los que mandan, quienes concentran un poder de fuego imbatible”.

En ese contexto, sostiene, parecerĂ­a inevitable resignarnos a una realidad: que “no tenemos mĂĄs ni mejor democracia”, que “no somos mĂĄs civilizados y pacĂ­ficos”, que “el capitalismo hace rato que perdiĂł cualquier apariencia de rostro humano” y que “el fascismo golpea otra vez a las puertas de una historia agotada”. Sin embargo, como Ă©l mismo apostilla, la Ășltima palabra no estĂĄ dicha. Que una suerte de bolsonarismo global pueda o no abrirse paso sigue dependiendo en buena medida de lo que las mujeres y hombres de carne y hueso decidan hacer con su destino.

En las elecciones del pasado 23 de julio, en la otrora bombardeada Gernika, un voto nĂ­tidamente antifascista puso muy por delante del PP y de Vox al Partido Nacionalista Vasco (36,6%), a Bildu (36,5%), al Partido Socialista de Euskadi (14%) y a Sumar (6,9%). Algo similar ocurriĂł en el resto de Euskadi y en otros territorios con una fuerte identidad nacional propia, como Catalunya, que fueron decisivos para frenar el avance de las derechas neofranquistas.

En Argentina, las elecciones del prĂłximo 13 de agosto prometĂ­an ser un gran momento de despegue de las derechas negacionistas del consenso antidictadura. Hoy, el panorama estĂĄ abierto, y de momento la terquedad de las Abuelas de Plaza de Mayo les ha infligido una nueva derrota, recuperando a un nieto que sus apropiadores hubieran querido perdido para siempre.

Evidentemente, esto no basta para construir una alternativa a un sistema econĂłmico que erosiona la democracia, que engendra violencia, y que parece reforzarse con cada crisis. No obstante, la fuerza de la memoria que se expresa en el voto antifascista del pueblo de Gernika o en la recuperaciĂłn del nieto 133 argentino, es un indicio de una rebeldĂ­a que no se apaga y que recomienza a pesar de todo.

El reto ahora, como plantea Mario Santucho en su libro, es que estos gestos rebeldes permitan un salto adelante. Que contribuyan a alumbrar, a uno y otro lado del océano, nuevas rebeliones capaces de trastocar las actuales relaciones de poder, dignificando la vida de los mås vulnerables y salvando a la humanidad de un nuevo tiempo de barbarie.

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Una rebeliĂłn inesperada

Queda por ver si la fuerza popular que se volcĂł a las urnas para evitar un gobierno del PP y Vox es capaz de conectar con otras movilizaciones por mĂĄs y mejor democracia

Gerardo Pisarello 27/07/2023 en CTXT

Las elecciones del 23 de julio pueden leerse desde muchas claves. Hay una decisiva: la extraordinaria movilizaciĂłn popular, ciudadana, que tuvo lugar. No solo en busca de un futuro mejor, sino en clave antifascista y contra el uso sistemĂĄtico de la mentira como arma polĂ­tica.

Contra todo pronĂłstico, amplios sectores de la poblaciĂłn que parecĂ­an destinados a abstenerse tras las elecciones autonĂłmicas y municipales decidieron utilizar el voto como un instrumento de defensa propia. Lo hicieron contra el descarado y violento programa de choque, neofranquista, exhibido por el Partido Popular y Vox allĂ­ donde llegaron a acuerdos de gobierno postelectorales. Y lo hicieron tambiĂ©n contra las falsedades y mentiras utilizadas por sus lĂ­deres, Alberto NĂșñez FeijĂło y Santiago Abascal, en debates televisados que llegaron a miles de hogares.

El efecto narcotizante producido por una legiĂłn de empresas que bombardeaba las redes y los grandes medios con encuestas que daban a las derechas un triunfo irrefrenable se acabĂł desvaneciendo. El despliegue de pancartas intimidatorias como las de los mafiosos de Desokupa, el agresivo discurso contra los avances feministas, la censura de libros y obras de teatro, los ataques a la lengua catalana, la disoluciĂłn de consejerĂ­as de Igualdad o Medio Ambiente, las escandalosas mentiras sobre pensiones y otras polĂ­ticas sociales, acabaron por activar a sectores sociales que, tras el adelanto electoral, oscilaban entre el desĂĄnimo y el desconcierto.

El resultado fue una imprevista movilizaciĂłn antifascista y contra el uso de la mentira que culminĂł en una participaciĂłn de mĂĄs del 70%

El resultado fue una imprevista movilización antifascista y contra el uso trumpista de la mentira que culminó en una participación de mås del 70% el 23 de julio. Esta movilización tuvo en las mujeres y en las clases populares un componente fundamental. Se expresó de manera especialmente nítida en territorios como Euskadi o Catalunya. Pero también en otros como Extremadura, donde la revuelta ciudadana contra las mentiras del PP y Vox fue histórica.

Los instrumentos políticos de los que se sirvió esta rebelión fueron diversos. Mayoritariamente, el PSOE. Pero también opciones de izquierdas articuladas estatalmente, como Sumar, o territorializadas, como EH Bildu, en Euskadi; ERC, en Catalunya; o el BNG, en Galicia. El daño infligido a las derechas españolistas que tras las elecciones del 28 de mayo se sentían imparables, empujadas por los vientos reaccionarios que soplaban en Europa, fue considerable.

Un freno a la ola reaccionaria europea 

Vox perdiĂł nada menos que 19 escaños, lo que bien podrĂ­a ser el inicio de una curva descendente similar a la experimentada en Francia por el ultra Éric Zemmour. La noche electoral, como dejĂł escrito la periodista Cristina FallarĂĄs, Abascal compareciĂł ante los suyos “como un hombre en blanco y negro, antiguo”, que habĂ­a “perdido toda la ferocidad que llevaba cuatro años mostrando”, y que en cierto sentido era ya “un poco nadie”. 

Esa misma noche, Feijóo constató en la sede de Génova del PP el alcance de su pírrica victoria en votos. Los intentos de fingir normalidad se estrellaron con el escepticismo de sus propios seguidores. Cuando Feijóo intentó arengarlos, estos respondieron coreando el nombre de quien ya se avizora como su verdugo: Isabel Díaz Ayuso.

Nada de esto indica, obviamente, que las derechas radicalizadas o los poderes fĂĄcticos que la apuntalan vayan a esfumarse por esta derrota. Pero han quedado tocados y desnortados. Su plan A, consistente en un intento desesperado de buscar pactos propios para gobernar, se desmoronĂł rĂĄpidamente con la negativa fulminante del Partido Nacionalista Vasco. Desde entonces, su plan B ha pasado por instar a Pedro SĂĄnchez, al que demonizĂł con mentiras y falsedades escandalosas, a un pacto entre las dos grandes fuerzas con “sentido de Estado”. No es descartable que el PSOE pueda valerse de esta alternativa en el futuro para “poder dormir por las noches”. De momento, sin embargo, la fĂłrmula no pasa de ser un intento patĂ©tico del PP para esconder un fracaso que ninguno de los suyos pronosticaba. 

El voto Ăștil al PSOE y el papel de las izquierdas 

Por el lado progresista, el PSOE se ha mostrado sin duda como la herramienta mĂĄs sĂłlida y rocosa que las clases populares han encontrado para frenar la ola reaccionaria. La audacia y la astucia de SĂĄnchez han contribuido a ello. Primero, por la manera de arrostrar el adelanto electoral. Segundo, por su habilidad para hacer suyos muchos avances que su partido intentĂł frenar y que solo se abrieron camino gracias a la presiĂłn de Unidas Podemos, de sus confluencias, de ERC y de Bildu. 

Hay que destacar el notable papel en campaña del expresidente Zapatero, cuya valentía ha contrastado con la actitud mezquina de Felipe Gonzålez

También hay que destacar el notable papel en campaña del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, cuya valentía ha contrastado con la actitud mezquina de un Felipe Gonzålez que desde el minuto uno conspiró contra Sånchez y se mostró dispuesto a facilitar un gobierno encabezado por Feijóo.

En el costado izquierdo, quien de manera mås clara ha expresado una solidez similar, aunque circunscrita al mundo vasco-navarro, ha sido EH Bildu. Las razones de esta solidez, que le permitieron aumentar a seis los diputados que tendrå en el Congreso, son diversas. Por un lado, su innegable capilaridad territorial, construida a través de años de presencia en cooperativas, sindicatos, centros culturales y otros espacios de socialización. Por otra parte, la manera inteligente, principista y pragmåtica a la vez, de actuar como una izquierda soberanista, republicana, pero dispuesta a influir sin complejos en el Estado con un programa de reformismo fuerte. Finalmente, porque ha podido operar en un ecosistema mediåtico singular, como el vasco, que le ha permitido crecer y que seguramente la ha protegido mejor de los feroces ataques a los que se ven sometidas las fuerzas de izquierdas de åmbito estatal.

Ni la CUP ni Adelante AndalucĂ­a, con un programa abiertamente anticapitalista, consiguieron, por razones diversas, representaciĂłn institucional. ERC, a pesar de haber sufrido una sangrĂ­a importante de votos, mantendrĂĄ seis escaños y el BNG uno, lo que significa una contribuciĂłn no desdeñable al bloque republicano, antimonĂĄrquico. 

En el caso de Sumar, que se estrenaba como marca, los resultados vinieron condicionados por diferentes factores. El mĂĄs evidente, el hecho de tener que configurar de prisa y a contrarreloj una candidatura entre partidos que habĂ­an concurrido separados en anteriores contiendas anteriores. Esto supuso tensiones, renuncias y generosidad por parte de los diferentes actores involucrados. Al final, sin embargo, se consiguiĂł lo que parecĂ­a imposible: aglutinar en un Ășnico espacio confederal a quince fuerzas polĂ­ticas progresistas y plurinacionales que yendo por separado hubieran tenido posibilidades nulas de frenar a la ola reaccionaria.

La engañosa comparaciĂłn con los resultados de 2019 

Este esfuerzo unitario, sumado a la prepotencia y a la arrogancia de las derechas, acabaron arrojando unos resultados mĂĄs que aceptables, sobre todo en ciertos territorios, como Catalunya, donde los Comunes experimentaron pĂ©rdidas hacia el Partido Socialista de Catalunya, pero tambiĂ©n un significativo incremento de votos provenientes de ERC y de la CUP. 

Comparar los resultados de Sumar u otras fuerzas de izquierda con los de 2019 es engañoso, porque desde 2020 se asiste a un ciclo reaccionario en casi toda Europa

Comparar los resultados de Sumar u otras fuerzas de izquierda con los de 2019 es engañoso. Sobre todo, porque desde 2020 se asiste a un ciclo reaccionario y conservador que ha arrinconado a izquierdas moderadas y radicales en casi toda Europa, desde Grecia a Italia y Alemania. 

Este flujo regresivo, sumado a la prĂĄctica suspensiĂłn de la movilizaciĂłn y de la conflictividad social durante los años de pandemia, tuvo un impacto claro en las elecciones municipales y autonĂłmicas del 28 de mayo. En ellas, las izquierdas independentistas como Bildu, ERC o la CUP resistieron, aunque con suerte desigual. Los resultados de Unidas Podemos y sus confluencias, en cambio, fueron en general malos, con la excepciĂłn de alguna gran ciudad como Barcelona, donde a pesar de la brutal ofensiva mediĂĄtica y judicial de la derecha, se perdiĂł por un margen muy estrecho. 

En ese contexto, la convocatoria inmediata de nuevos comicios hacĂ­a temer lo peor. Sin embargo, tras el desconcierto inicial, la campaña fue de menos a mĂĄs. Poco a poco se consiguiĂł poner en valor, positivamente, la manera en que los ministerios de Irene Montero, Ione Belarra, Joan Subirats o Alberto GarzĂłn obligaron al PSOE a ir mĂĄs allĂĄ de lo que pretendĂ­an sus sectores mĂĄs conservadores y social-liberales. 

Yolanda DĂ­az, por su parte, fue ganando peso propio como lĂ­der del espacio. La necesidad de preservar su imagen de vicepresidenta y de gestora eficaz no le impidiĂł desarrollar un perfil mĂĄs incisivo, sobre todo en la Ășltima semana de campaña. Combinando solvencia y coraje, plantĂł cara a las mentiras de Abascal y FeijĂło, fue audaz en sus propuestas para Catalunya y acabĂł encabezando con solidez un proyecto nĂ­tidamente plurinacional, feminista, marcado por un programa reformista fuerte en materia laboral y ecosocial. 

ÂżUn nuevo gobierno progresista con apoyos plurinacionales?

Al final, Sumar, con sus quince fuerzas polĂ­ticas, ha quedado a nada de superar a Vox en nĂșmero de votos y se ha convertido en una fuerza decisiva para forzar un nuevo gobierno de coaliciĂłn capaz de concitar el apoyo de Bildu, ERC, BNG, el PNV e incluso Junts per Catalunya. 

En coherencia con su trayectoria, Bildu fue la primera fuerza en anunciar su soporte de manera clara y sin reticencias

En coherencia con su trayectoria, Bildu fue la primera fuerza en anunciar su soporte de manera clara y sin reticencias: “El mensaje del pueblo vasco –declarĂł su coordinador general, Arnaldo Otegi– ha sido nĂ­tido y masivo: no quiere gobiernos de PP y Vox, y nosotros tenemos el compromiso de frenar las derechas (
) Ni ponemos precios en pĂșblico, ni lĂ­neas rojas. Es hora de poco ruido y mucho trabajo para lograr alternativas progresistas”. Posteriormente, tanto ERC como el BNG mostraron una predisposiciĂłn similar, y el PNV cerrĂł rĂĄpidamente cualquier posibilidad de pactar con FeijĂło. 

Esto supone para Pedro SĂĄnchez unos apoyos iniciales que supondrĂ­an 172 votos, mĂĄs que los que podrĂ­a obtener el bloque del PP y de Vox. En ese contexto, la clave estarĂĄ en Junts per Catalunya, el partido del expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont que, a pesar de haber sufrido una caĂ­da importante en votos, podrĂ­a facilitar la investidura de SĂĄnchez con su abstenciĂłn. 

Nada indica que este acuerdo sea sencillo, pero desde luego es factible si hay voluntad polĂ­tica. De entrada, Junts puso dos exigencias sobre la mesa: un referĂ©ndum de autodeterminaciĂłn y una amnistĂ­a para los encausados por el conflicto polĂ­tico en Catalunya. 

El PSOE ha rechazado abiertamente la propuesta de referĂ©ndum. Pero difĂ­cilmente podrĂ­a cerrar la puerta a lo propuesto por Yolanda DĂ­az: que los acuerdos polĂ­ticos que se alcancen con Catalunya puedan negociarse en una mesa bilateral de diĂĄlogo y ser sometidos a votaciĂłn entre la ciudadanĂ­a catalana. 

La admisiĂłn de la segunda cuestiĂłn tambiĂ©n tiene recorrido. Para el PSOE, una amnistĂ­a general es una alternativa que no suscita el suficiente consenso en el mundo jurĂ­dico. Pero eso no impedirĂ­a en ningĂșn caso que se puedan negociar reformas legales, penales, concretas, que pongan freno a la abusiva represiĂłn judicial de activistas y dirigentes independentistas, permitiendo que las cuestiones polĂ­ticas se solventen en espacios polĂ­ticos y no en los tribunales.

Bien visto, hay una agenda antirrepresiva y democratizadora de los poderes del Estado, no llevada a tĂ©rmino en la legislatura anterior, que podrĂ­a y deberĂ­a implementarse en una nueva legislatura. 

Esta agenda deberĂ­a incluir medidas como la derogaciĂłn de la ley mordaza, la reforma de los delitos contra los sentimientos religiosos o contra la Corona, la reforma de la Ley OrgĂĄnica del Consejo General del Poder Judicial, una democratizaciĂłn de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado o una legislaciĂłn en materia de medios que garantice su desconcentraciĂłn y su pluralismo real. 

Esta agenda democratizadora, republicana, podría contar no solo con el apoyo de las fuerzas de izquierdas, sino también del PNV o de Junts

Esta agenda democratizadora, republicana, podrĂ­a contar no solo con el apoyo de las fuerzas de izquierdas, sino tambiĂ©n del PNV o de Junts. Y serĂ­a fundamental para desactivar el uso patrimonialista de las instituciones en el que la ultraderecha y los sectores mĂĄs reaccionarios del PP se mantienen atrincherados. 

MĂĄs complicado serĂ­a seguramente contar con el apoyo del PNV o de Junts per Catalunya en una agenda social y econĂłmicamente avanzada. Esta agenda serĂĄ muy importante si la UniĂłn Europea decide retomar el Pacto Fiscal con la imposiciĂłn de medidas austeritarias. Y si bien es difĂ­cil ver al PNV, a Junts y a ciertos sectores del PSOE dispuestos a hacerles frente, reforzando el papel de lo pĂșblico e imponiendo lĂ­mites claros a las grandes fortunas o los capitales rentistas, cabrĂ­a no adelantarse. 

La correlaciĂłn de fuerzas no es un dato inmutable e inmodificable. Lo que el PNV, Junts o los sectores mĂĄs conservadores y neoliberales del PSOE estarĂ­an dispuestos o no a hacer, no depende solo de lo que ocurra en las instituciones. Depende tambiĂ©n de las dinĂĄmicas de calle que puedan generarse e incluso estimularse. 

Durante la pandemia, la movilizaciĂłn social necesaria para la conquista de nuevos derechos estuvo en buena medida suspendida. El nĂșmero de huelgas y de grandes manifestaciones fue escaso, con la excepciĂłn quizĂĄs de las movilizaciones feministas. No obstante, es posible que este tiempo de frialdad en las calles estĂ© tocando a su fin. 

La evoluciĂłn de la guerra y del clima belicista, la agudizaciĂłn de la emergencia climĂĄtica, las presiones privatizadoras de las grandes oligarquĂ­as rentistas o de la propia UE, pueden amenazar gravemente las condiciones materiales de vida de la poblaciĂłn. Si esto ocurre, la conflictividad social aumentarĂĄ. Y si es asĂ­, el reto de un gobierno progresista serĂĄ mostrar su predisposiciĂłn para enfrentarse a estas polĂ­ticas regresivas, protegiendo a los colectivos mĂĄs vulnerables por razones de clase, de gĂ©nero o de origen Ă©tnico, y asegurando que su derecho de manifestaciĂłn y de legĂ­tima protesta sean respetados. 

Queda por ver, pues, si la extraordinaria movilizaciĂłn popular que se volcĂł a las urnas para evitar un gobierno del PP y de Vox es capaz de convertirse en movilizaciĂłn popular, ciudadana, mĂĄs allĂĄ de las elecciones, y con fuerza suficiente para conectar con otras movilizaciones por mĂĄs y mejor democracia polĂ­tica, econĂłmica y cultural. Que ocurra o que no serĂĄ fundamental para saber si el freno a la ola reaccionaria es algo solo temporal o si puede desatar una ola democrĂĄtica en sentido contrario, capaz de actualizar la consigna clĂĄsica de que otra Europa y otro mundo son posibles y mĂĄs urgentes que nunca. 

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Gerardo Pisarello: “Apostar por el bloque plurinacional, progresista y republicano fue un acierto y es un camino de futuro”

  • El secretario del Congreso y diputado de En ComĂș Podem cree que la posibilidad de superar a Vox como tercera fuerza polĂ­tica debe ser un incentivo importante para que la izquierda aparte sus discrepancias y consiga acuerdos de unidad

Alberto Ortiz 15 de mayo de 2023 

Gerardo Pisarello (TucumĂĄn, Argentina, 1970) acaba de publicar ‘La RepĂșblica Inesperada’ (Escritos Contextatarios), un libro sobre la Primera RepĂșblica española, un periodo injustamente olvidado por la historia, sostiene, pero del que se pueden extraer algunas conclusiones que siguen vigentes en la actualidad. Esa primera experiencia republicana, defiende, tuvo un recorrido efĂ­mero no tanto por la dinĂĄmica interna sino por la oposiciĂłn de las fuerzas conservadoras que se opusieron a las innovaciones democrĂĄticas que trajo el fin de la MonarquĂ­a.

El diputado de En ComĂș Podem, secretario primero de la Mesa del Congreso, atiende a elDiario.es en su despacho de la CĂĄmara Baja para hablar del libro y repasar los asuntos que ordenan la actualidad de esta etapa final de la legislatura. Pisarello cree que la apuesta por un bloque plurinacional, con Esquerra Republicana y EH Bildu, debe mantenerse en el futuro si se quiere frenar la llegada al Gobierno de la derecha y la ultraderecha. Para que eso ocurra, debe tambiĂ©n darse la unidad dentro de su propio espacio polĂ­tico. “Hemos intentado ser puente entre las fuerzas progresistas y apostar siempre por el reconocimiento mutuo entre los diferentes integrantes del espacio”, afirma sobre la posibilidad de una candidatura unitaria entre Sumar y Podemos para las generales. 

El impulso republicano ha tenido momentos ĂĄlgidos en los Ășltimos años, pero ahora mismo el fin de la monarquĂ­a no aparece como una de las principales preocupaciones de los españoles en este momento. ÂżA quĂ© cree que se debe?

Cada vez que se hacen encuestas independientes a la poblaciĂłn se muestra que la desafecciĂłn con la monarquĂ­a es creciente. Incluso en Reino Unido, que siempre se pone como una monarquĂ­a consolidada, hemos visto cĂłmo el entusiasmo con Carlos III es bajo, cĂłmo hubo protestas republicanas. En el caso español, la crisis del juancarlismo tambiĂ©n es innegable, como no se habĂ­a vivido desde la transiciĂłn. Es una crisis prĂĄcticamente terminal. Es cierto que hay un intento de separar a Felipe VI de su padre, pero entre Juan Carlos y FroilĂĄn nos van a echar una mano para que eso sea difĂ­cil. 

Estamos en un momento en el que la monarquĂ­a, como rĂ©gimen de gobierno, resulta cada vez menos inteligible sobre todo para las generaciones mĂĄs jĂłvenes, que no entienden que alguien pueda ser jefe de Estado simplemente por ser el hijo de alguien. Y eso pasa en España, pasa tambiĂ©n en el Reino Unido, donde incluso estamos viendo cĂłmo algunos de los paĂ­ses que pertenecĂ­an a la Commonwealth como Jamaica y tantos otros estĂĄn abriĂ©ndose a propuestas claramente republicanas. 

ÂżPero no cree que las fuerzas polĂ­ticas de izquierda han soslayado este debate? En la presentaciĂłn de las primeras conclusiones del proyecto de paĂ­s de Sumar, los portavoces de la plataforma reconocĂ­an el espĂ­ritu republicano del proyecto pero asumĂ­an que no era un debate a corto y medio plazo. 

Nunca habĂ­amos tenido tantos diputados y diputadas republicanos como en esta legislatura. No solamente entre las fuerzas polĂ­ticas de izquierda. Yo escucho a mucha gente del PNV que ha llegado a la conclusiĂłn de que la monarquĂ­a no es un instrumento Ăștil ni para modernizar el paĂ­s ni para dar una soluciĂłn a la cuestiĂłn territorial o poder combatir la corrupciĂłn. 

Otra cosa es que haya una preocupaciĂłn entre las fuerzas de izquierda por mostrar que el republicanismo no solo es el cambio de rĂ©gimen, sino que exige preocuparse por las conquistas y por los cambios cotidianos. Cuando Yolanda DĂ­az insiste en eso, lo que estĂĄ diciendo es que el republicanismo exige mostrarle a la ciudadanĂ­a que eso implica tambiĂ©n cambios concretos: mejorar los derechos laborales de las personas, acabar con la precarizaciĂłn. Y lo mismo Irene Montero o Ione Belarra en sus ministerios. EstĂĄn practicando el republicanismo de las cosas concretas, que es imprescindible para que la ciudadanĂ­a vea en algĂșn momento el republicanismo como cambio de rĂ©gimen, como algo natural.

Eso es algo que plantea al comienzo del libro que acaba de publicar. ÂżPor quĂ© decidiĂł escribir un libro sobre la Primera RepĂșblica en este momento?

Cuando se denunciaron los casos de posible corrupciĂłn de Juan Carlos, escribĂ­ un primer libro que se llamaba ‘Dejar de ser sĂșbditos’, que era una historia de la tensiĂłn entre monarquĂ­a y democracia a lo largo de la historia. Y ahora querĂ­a centrarme en esta experiencia muy concreta, porque es desconocida. Me parece que ha sido deliberadamente olvidada y, sin embargo, es muy rica en todo lo que supuso. Fue la primera etapa que permitiĂł mostrar que era posible vivir sin monarquĂ­a y sin todo lo que la monarquĂ­a implicaba. Porque no es solo la monarquĂ­a, es lo que la monarquĂ­a implica: el centralismo exacerbado, el militarismo, la confusiĂłn entre Iglesia y Estado, las oligarquĂ­as rentistas gobernando a travĂ©s de la Corte. 

Todo eso fue lo que la Primera RepĂșblica mostrĂł que se podĂ­a poner en cuestiĂłn. Fue una utopĂ­a democrĂĄtica que es poco conocida aunque la derecha suele evocarla de manera periĂłdica. Isabel DĂ­az Ayuso [presidenta madrileña] siempre dice: cuidado, que viene la gente que quiere la repĂșblica federal y laica. Es lo mismo que decĂ­a [el exlĂ­der del PP] Pablo Casado: se vienen los cantonalistas. Hay mucha conciencia en la derecha de que aquellas experiencias de democratizaciĂłn tienen muchĂ­sima actualidad y para ellos siguen representando un peligro.

ÂżHa sido denostada injustamente por los historiadores?

No fue un fracaso, fue derrotada por adversarios muy poderosos. Hubo cosas que no se le perdonaron, como que hubiera un presidente de origen obrero como Francisco Pi y Margall, que no solamente era republicano sino que era federalista y ademĂĄs socialista. No se perdonĂł, por ejemplo, que el 22 de marzo de 1873 la Primera RepĂșblica aprobara una ley de aboliciĂłn de la esclavitud en Puerto Rico, que supuso que 30.000 personas que eran esclavas quedaran en libertad. Eso para el partido rentista esclavista fue algo imperdonable y por eso se implicaron en el golpe contra la RepĂșblica.

Hoy que tenemos un debate sobre la Iniciativa Legislativa Popular para la regularizaciĂłn de personas migrantes pensaba mucho en aquella ley. Quienes estĂĄn frente a este tipo de iniciativas como la regularizaciĂłn de las personas migrantes son las fuerzas polĂ­ticas herederas de lo que era ese viejo partido rentista, esclavista, colonialista que hoy tiene su mĂĄxima expresiĂłn en Vox. Pero el solo hecho de haber durado un año en ese contexto, el solo hecho de que algunas experiencias cantonales como la de Cartagena, donde gente de origen muy humilde decide autogobernarse hayan durado seis meses, eso es algo que desde el punto de vista democrĂĄtico no se deberĂ­a olvidar.

ÂżTiene mĂĄs que ver con la oposiciĂłn de todos estos sectores que con la propia gestiĂłn interna difĂ­cil de ese momento republicano?

HabĂ­a discrepancias internas entre las propias fuerzas republicanas que tenĂ­an proyectos que no siempre eran coincidentes. No entendĂ­an el federalismo de la misma manera. Hubo republicanos como [Emilio] Castelar, que defendĂ­an una lĂ­nea mĂĄs conservadora que en Ășltima instancia fue la que hizo que la RepĂșblica girase a la derecha y la que abriĂł el camino al golpe de PavĂ­a. Existieron esas discrepancias internas, pero lo que tenemos que mirar es que los adversarios que tuvieron fueron efectivamente poderosĂ­simos. Sin la implicaciĂłn de los sectores reaccionarios del ejĂ©rcito, de los grandes terratenientes, de la gran aristocracia, la RepĂșblica seguramente podrĂ­a haber resistido.

Como en la Segunda RepĂșblica. 

Exacto. Lo mismo que pasĂł en la Segunda RepĂșblica. El pueblo republicano resistiĂł heroicamente durante tres años. Nadie en Europa entendĂ­a cĂłmo era posible que esa gente modesta pudiera resistir durante tres años al embate no solamente de las fuerzas franquistas, sino del fascismo italiano o del nazismo alemĂĄn. 

En la Primera RepĂșblica ocurriĂł algo similar. De hecho, quienes no olvidaron esa experiencia fueron los republicanos y las republicanas de 1931, que sabĂ­an que tenĂ­an por delante ese tipo de retos. No son retos muy distintos a los que tenemos ahora, porque si hoy no somos capaces de desarmar a esas ultraderechas electoralmente, financieramente, legalmente, como en parte se intenta hacer con la ley de memoria democrĂĄtica, es muy difĂ­cil que los procesos de democratizaciĂłn puedan avanzar. 

Como decĂ­a al principio, ahora mismo hay un sentimiento republicano en la sociedad que estĂĄ latente, pero que no estalla. En el libro cuenta que la Primera RepĂșblica es fruto tambiĂ©n de los levantamientos populares de 1854 y de 1968. ÂżDejamos pasar la oportunidad del 15M? ÂżHarĂĄ falta un nuevo levantamiento popular para acabar con la monarquĂ­a?

Hay algĂșn historiador contemporĂĄneo que habla del levantamiento de 1854 como una especie de 15M anticipado. Debe recuperarse. Deben recuperarse dos cosas. La primera es la movilizaciĂłn republicana para conquistar derechos, como se expresa por ejemplo en las nuevas movilizaciones en defensa de la sanidad pĂșblica. Eso es una movilizaciĂłn tĂ­picamente republicana que se estĂĄ produciendo. Ni los derechos ni algo como la RepĂșblica serĂĄ una concesiĂłn caĂ­da del cielo. Exige un cierto conflicto con esas pequeñas oligarquĂ­as que no quieren que un rĂ©gimen asĂ­ se abra camino. 

Y tambiĂ©n exige acuerdos. La Primera RepĂșblica fue posible tambiĂ©n porque en 1869, en diferentes regiones de la penĂ­nsula se celebraron pactos federales en el ĂĄmbito local y regional para reformar de abajo hacia arriba el Estado por completo en clave democrĂĄtica. La Segunda RepĂșblica no podrĂ­a haber sido posible sin el Pacto de San SebastiĂĄn de 1930, que fue un acuerdo entre fuerzas republicanas, algunas progresistas, pero tambiĂ©n algunas conservadoras, que llegaron a la conclusiĂłn de que dentro de la monarquĂ­a ya no era posible avanzar. Ese tipo de pactos se estĂĄn intentando ensayar en esta legislatura entre lo que ha sido la mayorĂ­a que llamamos plurinacional, progresista y feminista, que es la que, a mi juicio, ha permitido esos avances republicanos tambiĂ©n hoy.

El republicanismo que estĂĄ por venir tiene que ser municipalista, tiene que ser federal-confederal, tiene que ser plurinacional o no serĂĄ

Uno de los elementos de tensión en esa época, y esto lo recoge al final del libro, fue la pulsión federalista. La cuestión territorial sigue marcando la actualidad política. ¿Cree, como Ian Gibson, en la necesidad de tratar de reformular la tradición republicana federal?

Lo interesante que se planteĂł durante la Primera RepĂșblica, que planteĂł Pi y Margall, es que la Ășnica forma de reconstituir democrĂĄticamente el Estado era a travĂ©s de un rĂ©gimen que fuera simultĂĄneamente federal, que fuera social y que fuera democrĂĄtico. Y Ă©l entendĂ­a que ese federalismo tenĂ­a que provenir de la libre adhesiĂłn de los individuos, de los municipios y de los distintos pueblos que conformaban la penĂ­nsula. Yo creo que eso sigue siendo actual.

La Ășnica forma de que haya una alternativa, un proyecto comĂșn de convivencia que pueda ser federal o que pueda ser incluso confederal, tiene que estar basado en la libre decisiĂłn, en el refuerzo del municipalismo y en el reconocimiento de que eso solo podrĂĄ consolidarse si viene acompañado de algĂșn tipo de justicia social. Y en los tiempos en los que vivimos hay que añadir la justicia ecolĂłgica e incluso el feminismo, que es otro de los temas que el republicanismo clĂĄsico no se planteĂł de igual forma. El republicanismo que estĂĄ por venir tiene que ser municipalista, tiene que ser federal-confederal, tiene que ser plurinacional o no serĂĄ.

Esta legislatura ha estado marcada por una relaciĂłn novedosa entre el Gobierno central y dos apoyos fundamentales en Catalunya y Euskadi que son independentistas. ÂżUstedes, como En ComĂș Podem, rivales de ERC allĂ­, entienden que esta es una estrategia acertada?

Consolidar un bloque plurinacional y social de apoyo al Gobierno fue un gran acierto. Si el Partido Socialista hubiera conseguido pactar con Ciudadanos, tendrĂ­amos una realidad muy diferente y sin duda no se hubieran producido algunos avances importantes que tuvieron lugar. Apostar por ese bloque plurinacional, progresista y republicano fue un gran acierto y sigue siendo un camino de futuro. Hemos tenidos discrepancias puntuales, legĂ­timas. Pero han sido muchos mĂĄs los acuerdos republicanos y sociales.

En Catalunya somos adversarios electorales con Esquerra Republicana, pero en el Ayuntamiento de Barcelona se ha gobernado con el apoyo de Esquerra Republicana y con el apoyo del Partido Socialista. Hay gente como Joan Tardà o Ester Capella con los que tengo enormes coincidencias. Y de la tarea de compañeros como Mertxe Aizpurua, Oskar Matute o Jon Iñarritu solo puedo decir cosas positivas. La confrontación electoral es un tema menor si hay acuerdo respecto a algunos objetivos o proyectos políticos y sociales compartidos, que son muchos.

Se lo pregunto porque Yolanda DĂ­az ha marcado una distancia mĂĄs profunda que la que mantuvo Pablo Iglesias con estos socios. ÂżCree que la estrategia puede cambiar en el futuro?

Yo creo que no y serĂ­a un error que no se mantenga eso. Las alianzas posibles son las que son y me parece que es clarĂ­simo que la Ășnica manera de evitar o de frenar un gobierno donde estĂ© presente la ultraderecha es a travĂ©s de alianzas de las fuerzas progresistas, de las fuerzas republicanas e incluso de algunas fuerzas nacionalistas democrĂĄticas como el Partido Nacionalista Vasco o las fuerzas conservadoras catalanas que dieron apoyo a algunas medidas importantes. Ese es el tipo del tipo de acuerdo que hay que profundizar dialogando lo mĂĄximo posible. Las grandes leyes que se aprobaron en esta legislatura tienen ese sello.

¿Creen que si las fuerzas independentistas intensifican la pugna política por un referéndum esta relación y la estrategia del bloque de investidura se puede complicar?

En esta legislatura se hicieron algunos avances importantes en la desjudicializaciĂłn de la polĂ­tica. Esos pasos fueron importantes: los indultos, las reformas que se hicieron, el delito de sediciĂłn, etc. Naturalmente hay un debate de fondo que habrĂĄ que dar en materia de orden territorial. Somos una fuerza republicana que siempre hemos defendido la plurinacionalidad, el derecho a decidir y creemos en alguna fĂłrmula federal, federal-confederal, plurinacional, pero que solamente puede basarse en el ejercicio del derecho a decidir. Es un debate que no solamente no nos asusta, sino que nos parece que tiene que tener su papel. La clave son las coincidencias republicanas, sociales, y en defensa del derecho a decidir. A partir de aquĂ­, hay que buscar cĂłmo acordar un proyecto de convivencia en comĂșn.

A Podemos le fue mal electoralmente en Catalunya en los momentos de mayor auge del soberanismo, pero sin embargo llegĂł a ser primera fuerza en Catalunya en unas generales. Parece que cuando la conversaciĂłn gira alrededor de la independencia les va peor en las urnas a pesar de que cosechan simpatĂ­as en ese electorado. 

Podemos fue enormemente valiente porque sin ser una fuerza independentista defendió con mucha coherencia en diferentes lugares de España su posición a favor del derecho a decidir primero y, luego, después de los hechos del 1 de octubre [de 2017], apoyó una salida política que no pasaba por la judicialización ni por la utilización de medidas de salida puramente represivas. Fue muy valiente y muy coherente y esa valentía y esa coherencia es la que facilitó precisamente el entendimiento con EH Bildu y con Esquerra y, en parte, con el PNV para poder sumarlos al bloque de gobernabilidad. Es un camino correcto, propio de una fuerza como la nuestra, un espacio que ahora llamamos el espacio confederal, que tiene vocación transformadora en lo social, en lo ecológico, que es una fuerza feminista pero que quiere buscar un acomodo a esa realidad plurinacional.

En Barcelona somos los Ășnicos que estamos diciendo que si hay un acuerdo tiene que ser entre fuerzas de izquierda para profundizar en un modelo de ciudad que es referencia internacional

Ahora mismo quien mejor estå rentabilizando el discurso progresista no nacionalista es el PSC, que ganó las pasadas autonómicas. Usted fue vicealcalde de Barcelona con Ada Colau. ¿Qué expectativas tienen para el 28M? ¿Creen que van a poder revalidar la Alcaldía de Barcelona?

Soy moderadamente optimista porque lo que se ha demostrado en estos ocho años es que la alcaldesa Ada Colau y Barcelona En ComĂș tienen un proyecto de ciudad con una apuesta clarĂ­sima por la inversiĂłn social, por tomarse en serio la cuestiĂłn de la emergencia climĂĄtica, por poner lĂ­mites al turismo desbocado, por plantar cara a los grandes poderes especulativos. Y es difĂ­cil ver una alternativa medianamente sĂłlida. Vemos al Partido Socialista a veces flirteando con Junts per Catalunya. Esquerra no acaba de encontrar su lugar. Somos los Ășnicos que estamos diciendo que si hay un acuerdo tiene que ser entre fuerzas de izquierda para profundizar un modelo de ciudad que es referencia en el ĂĄmbito internacional. 

Me gustaría que eso se pudiera extender a Valencia y a otras ciudades, también a Madrid. Que la suma de las diferentes fuerzas de izquierdas y progresistas sea lo suficientemente fuerte para que ese cambio se pueda producir. Con una perspectiva que es clara y que es lo que dicen todas las encuestas: que pasadas estas elecciones, si entre Sumar, Podemos y las diferentes fuerzas progresistas y de izquierdas hay acuerdos, podemos llegar a ser la tercera fuerza política por encima de Vox. Eso me parece que es un incentivo importante para hacer las cosas bien y colocar otras discrepancias que se puedan tener en un segundo plano.

En ComĂș Podem es una confluencia consolidada. ÂżQuĂ© pasa en la izquierda catalana que no ocurre a nivel nacional o que no ocurre en Madrid o Valencia?

Desde la primera experiencia de los comunes en Barcelona ya teníamos muy claro que era necesaria una confluencia lo mås amplia posible en la que estuvieran presentes fuerzas políticas de izquierdas que ya tenían una tradición y también las nuevas energías que aportaban el 15M y los movimientos como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), de donde viene la alcaldesa Ada Colau. Y hemos mantenido esa idea de que necesitamos una confluencia unitaria, valiente políticamente y respetuosa con esa pluralidad.

Ese modelo de confluencia es el mejor antĂ­doto para el regreso de las derechas. Estamos orgullosos de eso y en este contexto hemos intentado ser puente entre las diferentes fuerzas, apostar siempre por el reconocimiento mutuo entre los diferentes integrantes del espacio. Cuando uno se fija en los liderazgos que tenemos en este momento, en Yolanda DĂ­az, en Ione Belarra, en Irene Montero, en MĂłnica GarcĂ­a, en Alejandra Jacinto, en Ada Colau, lo que uno ve es que tenemos una serie de dirigentes de lujo como para conseguir frenar a la derecha y evitar que esas derechas radicalizadas puedan abrirse camino.

ÂżEstĂĄ intentando mediar para que haya un acuerdo de cara a las elecciones?

No se trata de mediar, se trata simplemente de participar en esa tarea de reconocimiento mutuo que es importante. De que seamos conscientes de que todas las fuerzas polĂ­ticas que tenemos ahora en nuestro espacio son necesarias, de que hay gente muy valiosa, de que hay gente que tiene que estar, que ojalĂĄ los espacios para el acuerdo sean lo mĂĄs amplios posible. 

Y, sobre todo, hacer una pedagogĂ­a para mostrar que el problema fundamental no es tanto de tipo programĂĄtico, aunque pueda haber matices, sino que tenemos que tomar conciencia clara de que lo que no podemos permitir es que se produzca una regresiĂłn encabezada por un partido como el PP de [Alberto NĂșñez] FeijĂło o de Ayuso y Vox, que serĂ­a una catĂĄstrofe desde todos los puntos de vista.

El modelo de confluencia es el mejor antĂ­doto para el regreso de las derechas. Estamos orgullosos de ello y en este contexto hemos intentado ser puente entre las diferentes fuerzas

ÂżCuĂĄl es su problema si no es programĂĄtico? 

Hay matices programĂĄticos e incluso tĂĄcticos, diferencias de tradiciones
 Todo eso existe, pero quizĂĄ no hemos hecho el ejercicio suficiente de reconocimiento mutuo del valor de las diferentes fuerzas, de los diferentes actores. Creo que ahora se estĂĄ haciendo mĂĄs. A medida que se acercan las Ășltimas semanas de las elecciones veo cambios importantes. Hay muchos mĂĄs actos unitarios que se estĂĄn haciendo en todo el territorio. Hay mĂĄs conciencia de que lo que nos estĂĄ diciendo la ciudadanĂ­a es que si llegamos a un acuerdo podemos ser una fuerza fundamental para transformar este paĂ­s y para obligar al Partido Socialista a hacer cosas que quizĂĄs no harĂ­a o no hubiera hecho si nosotros no tuviĂ©ramos eso. Se estĂĄ avanzando en la direcciĂłn correcta. La clave es el reconocimiento mutuo y pensar un esquema de acuerdos en el que todo el mundo quepa y donde prime el bienestar de las mayorĂ­as sociales. Ese es el objetivo por el que entramos en polĂ­tica y que debemos cumplir porque si no, la ciudadanĂ­a no nos lo perdonarĂ­a. 

ÂżEs optimista de cara a las generales para una candidatura unitaria?

Yo voy a trabajar en la medida de mis posibilidades y creo que hay mucha gente que va a trabajar para que, respetando la diversidad, no obligando a nadie a renunciar a su identidad, podamos conseguir la mayor unidad para obtener los mejores resultados y pensar en un horizonte en el que podamos tener presencia en un gobierno progresista con mucha mĂĄs fuerza de la que tuvimos ahora.

Si esto pasa, si hay un gobierno de coaliciĂłn progresista durante cuatro años mĂĄs, ÂżserĂĄ el momento para tratar de buscar esa repĂșblica inesperada?

Las dos repĂșblicas anteriores, tanto la de 1873 como la de 1931, llegaron en momentos inesperados. Nadie pensaba que eso podĂ­a ocurrir. Cuando cayĂł Isabel II, en la RevoluciĂłn de 1868, un dĂ­a antes todo el mundo pensaba que era la reina mĂĄs querida y la mĂĄs popular. Y un dĂ­a eso se acabĂł. Y en 1931 pasĂł lo mismo. Las elecciones municipales dieron unos resultados que obligaron a Alfonso XIII a reconocer que habĂ­a perdido el amor de su pueblo. Si las dos repĂșblicas anteriores fueron inesperadas pero llegaron, eso quiere decir que lo inesperado puede ocurrir. Tenemos que prepararnos para ello, desarrollando polĂ­ticas republicanas, conciencia republicana, pedagogĂ­a republicana, pero sabiendo que eso que parece imposible a veces es algo que tarda un poco mĂĄs en llegar.

“La tradiciĂłn republicana ha sido deliberadamente silenciada por la propaganda del juancarlismo”

Por Sebastiaan Faber en CTXT 20/03/2023

En una de las cuatro esquinas del Parque VĂ­ctor Hugo en La Habana, Cuba –justo donde la calle H cruza la 21, a una cuadra de la avenida de los Presidentes–, se encuentra un monumento a Francesc Pi y Margall, el hijo de un tejedor de velos barcelonĂ©s que en 1873 llegĂł a ser presidente de la Primera RepĂșblica Española. La estructura es modesta: un busto de bronce montado sobre dos bloques de piedra de menos de dos metros de altura. Una placa reproduce una cita en que el gran teĂłrico federalista expresa su deseo de vivir lo bastante como para ver a Cuba “libre e independiente”.

En Madrid, en cambio, Pi y Margall no cuenta con ningĂșn monumento, aunque fue allĂ­ donde gobernĂł y donde muriĂł, en 1901, a los 77 años. En su Barcelona natal no tuvo mucha mĂĄs suerte. Los primeros intentos por homenajearle en el espacio pĂșblico datan de 1915; pero surgieron dificultades y el monumento en su honor, la RepĂșblica de Josep Viladomat, no se inaugurĂł hasta 21 años despuĂ©s, en abril de 1936, en vĂ­speras de la guerra. La estatua, un desnudo femenino a cuyo pie se encontraba un medallĂłn con un retrato de Pi y Margall, sobreviviĂł a los bombardeos, pero fue retirada por las autoridades franquistas a dos semanas de declarar la victoria. Se volviĂł a instalar definitivamente en 1990, con el medallĂłn incluido, en la plaza de Llucmajor en Nou Barris, que en 2016 fue rebautizada como plaza de la RepĂșblica.

No es nada casual que la memoria de la primera experiencia republicana estĂ© mĂĄs presente en ultramar que en la propia España, mantiene Gerardo Pisarello, diputado por En ComĂș Podem. “Cuando se evoca la palabra ‘repĂșblica’, la memoria y los afectos se dirigen casi indefectiblemente al 14 de abril de 1931”, escribe en La RepĂșblica inesperada, el libro que acaba de publicar en Escritos Contextatarios. “Casi nunca ocurre lo mismo con la Primera RepĂșblica (
). Es mĂĄs, escribir sobre ella, a un siglo y medio de su proclamaciĂłn, exige un arduo trabajo previo, similar al de quien debe remover una pesada losa de la entrada de una habitaciĂłn para que la luz pueda penetrar en ella”. 

La RepĂșblica inesperada nos sumerge en una detallada narraciĂłn de los convulsos seis años que van desde la RevoluciĂłn Gloriosa (1868) a la restauraciĂłn de la monarquĂ­a (1874). De paso, Pisarello rescata a figuras clave del periodo, no solo Pi y Margall, sino tambiĂ©n republicanos federales como RamĂłn XaudarĂł o ValentĂ­ Almirall y activistas pioneras como Modesta PeirĂș (atea y feminista de Zaragoza), Isabel VilĂ  i Pujol (lĂ­der sindicalista catalana) o la anarquista canaria Guillermina Rojas, quien en un cĂ©lebre discurso de octubre de 1871 llegĂł a defender el derecho de las mujeres al amor libre.

En su libro, Pisarello avanza cuatro argumentos principales. Para empezar, subraya que, por mĂĄs que el nacimiento de la Primera RepĂșblica fuera inesperado –se proclamĂł el 11 de febrero de 1873, un dĂ­a despuĂ©s de la sorpresiva abdicaciĂłn de Amadeo de Saboya, el rey “importado” de Italia para sustituir a la dinastĂ­a borbĂłnica– fue el producto de muchos años de trabajo teĂłrico y organizativo a ras de suelo. 

Segundo, explica que los años entre la Gloriosa y la RestauraciĂłn estuvieron marcados por dos importantes tensiones internas en el movimiento republicano. Por un lado, los republicanos moderados, partidarios de una descentralizaciĂłn limitada y de pactar con los sectores mĂĄs conservadores, se enfrentaban con los republicanos mĂĄs audaces en lo social, para quienes España –o Iberia– solo podĂ­a constituirse federal o confederalmente a partir de la libre asociaciĂłn de municipios y regiones. Por otro lado, ya durante la RepĂșblica, hubo una tensiĂłn entre dirigentes federalistas como Pi y Margall, que buscaba ganar tiempo para neutralizar a los sectores reaccionarios y conseguir que el nuevo rĂ©gimen se estabilizara mediante una nueva ConstituciĂłn, y el movimiento cantonal, popular, ansioso por realizar las grandes expectativas sociales que habĂ­a despertado la proclamaciĂłn republicana. 

El tercer argumento de Pisarello es que el sexenio democrĂĄtico de 1868-74 dejĂł un legado polĂ­tico y social nada despreciable: “ConsolidĂł el sufragio universal masculino y apuntalĂł el municipalismo como fuerza de cambio; impulsĂł el asociacionismo obrero y la aboliciĂłn de las odiadas quintas y del reclutamiento para guerras coloniales; favoreciĂł las ocupaciones de tierras concentradas por parte del campesinado hambriento y propiciĂł la eliminaciĂłn de los impuestos al consumo”. 

Finalmente, afirma que el olvido en que ha caĂ­do este interesantĂ­simo capĂ­tulo de la historia española –que se suele descartar como un episodio intrascendente marcado por el caos y el fracaso– es no solo injusto sino nocivo. “Lanzar a la papelera de la historia la esperanza de cambio que la RepĂșblica de 1873 encarnĂł –escribe– es borrar de la memoria las luchas populares que la hicieron posible y blindar en el presente los privilegios que su llegada cuestionĂł con fuerza innegable”.

Pisarello (TucumĂĄn, Argentina, 1970) es doctor por la Universidad Complutense y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Barcelona. Entre 2015 y 2019 fue primer teniente en la alcaldĂ­a de Ada Colau (que firma el prĂłlogo al libro). Hoy, ademĂĄs de diputado, es secretario primero de la Mesa del Congreso. Hablamos a mediados de marzo.

Usted es jurista, activista, intelectual pĂșblico y, desde hace cuatro años, diputado a Cortes. ÂżCuĂĄl es el Gerardo Pisarello que nos habla en este libro?

Es una mezcla de todos ellos. Es un nieto de republicanos andaluces que tuvieron que marchar exiliados a Argentina. Es el padre de dos jĂłvenes republicanos catalanes que pertenecen a esa nueva generaciĂłn que no entiende ni la monarquĂ­a ni los privilegios obsoletos que giran alrededor de su corte. Pero, sobre todo, es un ciudadano convencido de que el republicanismo democrĂĄtico puede ser la casa comĂșn de diferentes tradiciones emancipatorias peninsulares, socialistas, comunistas, libertarias –socialcristianas, incluso–, imprescindibles para que la democracia no quede reducida a un rĂ©gimen oligĂĄrquico con libertades siempre amenazadas. 

ÂżCuĂĄl es el valor de esa memoria hoy?

Las tradiciones republicanas peninsulares no solo son riquĂ­simas y muy plurales, sino que albergan las grandes tareas democratizadoras que tenemos por delante. En el fondo, he escrito un ensayo que intenta emular a esos republicanos y republicanas del siglo XIX que entendĂ­an que el cambio social, ademĂĄs de movilizaciĂłn, exigĂ­a pedagogĂ­a. Eso es lo que hacĂ­an en su tiempo Fernando Garrido, Terradas, el propio Pi y Margall, y muchos otros republicanos que combinaban el activismo polĂ­tico con la publicaciĂłn incesante de ensayos, obras de teatro, o artĂ­culos de periĂłdico con un objetivo claro: mostrar a la monarquĂ­a como el tapĂłn de un rĂ©gimen oligĂĄrquico corrupto, rentista, represivo y centralizador, que vivĂ­a a costa de los sectores populares y frenaba cualquier proceso de modernizaciĂłn. Entre nosotros, esa tradiciĂłn republicana ha sido deliberadamente silenciada por la propaganda del “juancarlismo” y por el mito de una monarquĂ­a supuestamente parlamentaria, pero hoy las cosas estĂĄn cambiando.

En un paĂ­s donde los historiadores profesionales han querido hacer valer cierto monopolio con respecto a los relatos sobre el pasado, escribir un libro asĂ­ sin ser historiador puede verse como un acto de atrevimiento.

Mi intenciĂłn no ha sido escribir un libro acadĂ©mico sino un ensayo histĂłrico que pretende no solo explicar el pasado sino mover a la acciĂłn. En un tema como el republicanismo, caminamos sobre hombros de gigantes. Mi deuda con historiadores consolidados como Ángel Duarte, Pere Gabriel, Florencia Peyrou, es enorme. Y tambiĂ©n con una generaciĂłn de jĂłvenes brillantes y crĂ­ticos, muchos de ellos discĂ­pulos de mi amigo Xavier DomĂšnech, nucleados alrededor de revistas polĂ­ticas como Sin Permiso o Debats pel demĂ . 

Franco sabĂ­a que en aquellas revueltas populares estaban todas las claves de las resistencias y de las posibilidades de democratizaciĂłn

AdemĂĄs de reconocer su deuda con los historiadores que menciona, tambiĂ©n tengo la impresiĂłn de que este libro estĂĄ escrito en contra de otras escuelas historiogrĂĄficas.

Puede ser. Por ejemplo, hay un historiador del Derecho al que admiro como jurista, Alejandro Nieto, que acaba de publicar un libro sobre la Primera RepĂșblica. Es muy exhaustivo en el estudio de las fuentes, pero se inscribe en una mirada escĂ©ptica que no hace honor, en mi opiniĂłn, al impulso desde abajo que la RepĂșblica generĂł y a las vĂ­as de democratizaciĂłn que abriĂł. En ese sentido, concuerdo mĂĄs con el gran maestro de historiadores, Josep Fontana, cuando recordaba que no era casual que Franco abominara del siglo XIX ÂżPor quĂ©? Porque sabĂ­a que en aquellas revueltas populares –en aquellas utopĂ­as democrĂĄticas como fue la de 1873– estaban todas las claves de las resistencias y de las posibilidades de democratizaciĂłn polĂ­tica, econĂłmica, territorial, del presente.

Hablando de franquismo, en el libro nota usted que la izquierda no es la Ășnica que rescata la memoria republicana.

Bueno, cada vez que alguien le recuerda a Isabel DĂ­az Ayuso que estĂĄ convirtiendo Madrid en un paraĂ­so fiscal que concentra riqueza y maltrata a sus ciudadanos, ella intenta descalificar a sus crĂ­ticos acusĂĄndolos de querer ÂĄuna repĂșblica federal y laica! Y Pablo Casado hacĂ­a lo mismo. MĂĄs de una vez lo vi subir a la tribuna del Congreso para advertir de que con el nuevo Gobierno volvĂ­an ÂĄlos cantonalistas! (Risas.) Esa evocaciĂłn del fantasma de la Primera RepĂșblica de parte de la derecha es muy consciente. Pero tambiĂ©n significa que no estĂĄ desactivado del todo, que no ha perdido su potencial transformador. Curiosamente, muchos historiadores que hoy forman parte del panteĂłn –Antonio Elorza, el Ășltimo Álvarez Junco– tienen trabajos de los años setenta que muestran esa potencialidad, aunque ellos mismos experimentaron luego un cierto repliegue conservador. 

SĂ­, porque como dirĂ­a el clĂĄsico, ayudan a comprender la realidad, pero no tanto a transformarla. Mi libro intenta polemizar a dos bandas. Por un lado, con quienes intentan que en su lectura del republicanismo pasado no se detecte ninguna crĂ­tica de la restauraciĂłn borbĂłnica actual. Por otra, con los PĂ­o Moa de turno, muy activos en la divulgaciĂłn reaccionaria de la historia hispana, desde la Conquista en adelante, y feroces adversarios de todo lo que el republicanismo democrĂĄtico supuso. 

Ninguna de las grandes conquistas en materia de derechos civiles, de vivienda, de salarios dignos, se consigue sin la movilizaciĂłn ciudadana

En un discurso reciente, Álvarez Junco asociaba lo que usted llama “repliegue conservador” con la seriedad y la madurez, descartando ese enfoque anterior en lo popular como una mistificaciĂłn juvenil marxista que afectĂł a muchos de esa generaciĂłn. TambiĂ©n advierte contra la tentaciĂłn de atribuir a cualquier pasado un significado que trascienda su contexto histĂłrico inmediato. La idea central de usted, en cambio, no solo es que los hechos de hace 150 años aĂșn nos pueden decir algo, sino que tambiĂ©n nos pueden inspirar las esperanzas y hasta los sueños de entonces, aunque no acabaran realizĂĄndose en hechos. O sea, la suya es una perspectiva bastante menos positivista, mĂĄs inspirada en Walter Benjamin.

Pues a mĂ­ la “inmadurez” del joven Álvarez Junco que a inicios de los años setenta se preocupaba con pasiĂłn por el impacto de la Comuna de ParĂ­s en España me parece mĂĄs inspiradora que el discurso en la UNED al que te refieres. Claro que hay tentaciones que deben evitarse: el presentismo, las lecturas teleolĂłgicas, que el afĂĄn militante se imponga al rigor. Pero dicho esto, yo soy de la escuela de Fontana y de Benjamin. Creo en el imperativo Ă©tico de pasar el cepillo a contrapelo de la historia para que puedan emerger pasados invisibilizados y ocultados, los de las gentes de abajo, los de los pueblos colonizados, los de las mujeres. En ese sentido, dirĂ­a que el trabajo de historiadoras como Florencia Peyrou o Gloria Espigado, al rescatar a activistas republicanas del siglo XIX como Modesta PeirĂș o Guillermina Rojas, captan el pasado con mĂĄs rigor y cuestionan el presente con mayor pasiĂłn que muchos historiadores maduros en los que esta perspectiva estĂĄ directamente ausente. De la misma manera que en el presente somos conscientes de que ninguna de las grandes conquistas en materia de derechos civiles, de vivienda, de salarios dignos, se consigue sin la movilizaciĂłn ciudadana, tenemos que ser capaces de hacer emerger a quienes en el pasado se plantearon ese tipo de batallas. Para la historia del republicanismo en España, esto significa no invisibilizar la enorme cantidad de instituciones autoorganizadas –sindicatos, cooperativas, teatros, grupos de ayuda mutua, bibliotecas populares, asociaciones laicas, clubes cientĂ­ficos, etcĂ©tera– sin las cuales no se explicarĂ­an muchos avances democrĂĄticos de los que disfrutamos hoy. 

Hablando de actores invisibilizados, usted resalta el papel que tuvieron algunos republicanos latinoamericanos como teĂłricos y activistas. ÂżCree que los tabĂșes de la España postfranquista con respeto al pasado republicano tambiĂ©n ayudan a explicar la relaciĂłn neurĂłtica y los puntos ciegos en la relaciĂłn del paĂ­s con LatinoamĂ©rica?

Creo que sĂ­. Un poco en broma, un poco en serio, me gusta decir que no solo soy un diputado de Barcelona, sino que tambiĂ©n me considero un diputado de Ultramar, como los que habĂ­a en las Cortes de CĂĄdiz de 1810. Soy consciente de que, asĂ­ como muchos de los problemas de España como proyecto polĂ­tico comienzan en 1492, con la conquista de AmĂ©rica, allĂ­ tambiĂ©n arranca una larga tradiciĂłn republicana, con personajes como BartolomĂ© de las Casas, que formula una impugnaciĂłn republicana de los abusos de la monarquĂ­a imperial. Ese tipo de crĂ­tica, por otro lado, inspirĂł a otras voces como la de Felipe GuamĂĄn Poma de Ayala, un descendiente incaico que estudiĂł a Las Casas para desarrollar un republicanismo mestizo desde el otro lado del ocĂ©ano. GuamĂĄn Poma demostrĂł que los intereses de los pueblos originarios en AmĂ©rica, que pretendĂ­an preservar sus tierras comunales, eran los mismos que tenĂ­an los campesinos y los comuneros castellanos. Y que se enfrentaban al mismo enemigo. 

Explica usted que la invenciĂłn del concepto del liberalismo durante la guerra napoleĂłnica corta esa conexiĂłn latinoamericana.

Muchos de los liberales españoles en CĂĄdiz, incluso los mĂĄs avanzados, acusaban de “republicanos” y “federales” a los diputados de Ultramar que exigĂ­an un trato de igual a igual. Pienso en alguien como Dionisio Inca Yupanqui, un diputado por el Virreinato del PerĂș, que pronunciĂł un famoso discurso dirigido a Fernando VII en el que le decĂ­a que un pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser nunca un pueblo libre. Pero tambiĂ©n hubo momentos en que los republicanismos de ambos lados del ocĂ©ano se cruzaron. El republicanismo de los jacobinos negros de HaitĂ­ pedĂ­a que perecieran las colonias y no los principios, como Robespierre. Al levantarse contra el absolutismo de Fernando VII y en defensa de la libertad de sus pueblos, Riego, desde España, y BolĂ­var y San MartĂ­n, desde AmĂ©rica, luchaban por una causa comĂșn. Y cuando se proclama la Primera RepĂșblica pasa algo similar. El joven JosĂ© MartĂ­, hijo de valencianos, estĂĄ por Madrid y saluda a la Primera RepĂșblica en la medida que la ve vinculada a ese republicanismo democrĂĄtico que estĂĄ ascendiendo del otro lado del ocĂ©ano. Si te fijas, los que entonces reaccionaron ofendidos se parecen mucho a los que se indignan cada vez que desde AmĂ©rica Latina se levanta una voz que no es una voz subordinada, sea la del presidente de MĂ©xico, pidiendo a Felipe VI que se disculpe por los crĂ­menes coloniales, o la de la vicepresidenta colombiana Francia MĂĄrquez, reclamando una relaciĂłn entre iguales. En ese sentido, recuperar la memoria de la Primera RepĂșblica y recordar al partido colonial, esclavista, que se levantĂł en su contra, nos obliga a repensar nuestra relaciĂłn con LatinoamĂ©rica y con África.

Lo llamativo de la ConstituciĂłn del 78 es, precisamente, que el Ășnico momento en el que habla de federaciĂłn es para prohibirla

A pesar de que la Constitución de 1978 se diseñó contrala tradición republicana, usted, como jurista, ¿percibe alguna huella del ideario federalista de Pi y Margall o de Almirall en el diseño del Estado de las Autonomías?

Bueno, lo llamativo de la ConstituciĂłn del 78 es, precisamente, que el Ășnico momento en el que habla de federaciĂłn es para prohibirla. Se prevĂ© una cierta descentralizaciĂłn de arriba hacia abajo, pero siempre bajo el control estricto del poder central. Eso tiene muy poco que ver con lo que pensaba gente como Almirall o como Pi y Margall. Pi tenĂ­a muy claro que el centralismo borbĂłnico era un problema y que la fuerza democratizadora debĂ­a venir desde abajo, de lo que habĂ­an sido los viejos reinos y las tradiciones juntistas y municipalistas. El federalismo de Pi es un federalismo pactista, de libre adhesiĂłn. Implicaba pactos que comenzaban en los municipios, las regiones y los pueblos, que tenĂ­an que acordar libremente entre sĂ­ una idea de paĂ­s que fuera el producto de esos pactos y acuerdos. De hecho, en 1869 se producen pactos de ese tipo en toda la penĂ­nsula.

Ese federalismo no reaparece, precisamente, en los años de la Segunda RepĂșblica.

Qué va. En 1931, a pesar de que muchos diputados se declaraban federales, lo que se aprueba es el Estado integral, no un Estado federal. Hubo proclamas federales y confederales como las del siglo XIX, comenzando por la catalana, pero la idea de una posible federación plural, con un contenido socialmente avanzado y construida desde abajo produce temor.

Hay que pensar un republicanismo iberoamericano no colonial, social, entre iguales

Un temor que persiste en 1978.

Claro, porque los fantasmas se vuelven a despertar: vuelven a aparecer propuestas republicanas federales y confederales en el debate constituyente. En el propio Partido Socialista hay gente como Anselmo Carretero, un federalista leonĂ©s que en el exilio mexicano ha desarrollado la idea de naciĂłn de naciones. Al final la ConstituciĂłn reconoce el derecho a la autonomĂ­a de regiones y nacionalidades. Pero la obsesiĂłn del famoso artĂ­culo dos es “la indisoluble unidad de la naciĂłn española, patria comĂșn e indivisible de todos los españoles”. Esa fĂłrmula, por cierto, vino redactada desde CapitanĂ­a General, y la podrĂ­a haber suscrito PavĂ­a, que fue quien dio el golpe contra la Primera RepĂșblica. 

Hoy, esa tensiĂłn sigue sin resolverse.

Hoy tenemos a los herederos de Franco y de PavĂ­a defendiendo al rey y pidiendo al mismo tiempo un regreso a posiciones preconstitucionales. Y tenemos a DĂ­az Ayuso planteando para Madrid un proyecto neoliberal casi separatista. Y del otro lado, el mundo rural vaciado y devastado, estatutos de autonomĂ­a inaplicados, y una ausencia clamorosa de debate sobre el futuro social y territorial. Frente a eso, las tradiciones municipalistas, federales y confederales de la Primera RepĂșblica, tienen mucho que decirnos. Hay que volver a leer a Pi, a Garrido, hay que escuchar mĂĄs a iberistas como Ian Gibson. Y frente al nuevo partido de los encomenderos, hay que pensar un republicanismo iberoamericano no colonial, social, entre iguales. 

La monarquía de Isabel de Borbón parecía inconmovible. Y cayó. También la de su nieto, Alfonso XIII

ÂżCĂłmo ve, en tĂ©rminos prĂĄcticos, el camino hacia la Tercera RepĂșblica? Las primeras dos no surgieron en momentos muy propicios, histĂłricamente hablando. ÂżQuĂ© se puede hacer para que a la tercera vaya la vencida?

La Primera y la Segunda fueron repĂșblicas inesperadas. Pero esto no quiere decir que no se hubiera trabajado, y mucho, para hacerlas posibles: cooperativas, iniciativas sindicales, revistas, periĂłdicos, ateneos
 Y sigue siendo asĂ­. Se trata de crear y reforzar instituciones de autoorganizaciĂłn republicanas en la sociedad civil y, en la medida de lo posible, en las propias instituciones. Eso, hoy, significa cuestionar al poder concentrado, en la economĂ­a, en los medios de comunicaciĂłn, y movilizarse en defensa de los bienes pĂșblicos, de ingresos dignos, de los derechos de las mujeres, de las personas migrantes. Hay que construir el republicanismo del dĂ­a a dĂ­a, de las conquistas concretas, sin renunciar a nuevos horizontes republicanos. ÂżDe quĂ© depende que esos horizontes se abran? No lo sabemos. No hay una fĂłrmula preestablecida. La monarquĂ­a de Isabel de BorbĂłn parecĂ­a inconmovible. Y cayĂł. TambiĂ©n la de su nieto, Alfonso XIII. Si ocurriĂł en el pasado, nada indica que no pueda volver a pasar. 

El discurso militarista del rey

Que Felipe VI se sienta especialmente cĂłmodo con su intervenciĂłn del 6 de enero solo viene a corroborar el ligamen que ha existido entre la monarquĂ­a borbĂłnica, el militarismo y el negocio de armas

Gerardo Pisarello 8/01/2023 para CTXT

Todas las restauraciones borbĂłnicas en España se originaron en un golpe de Estado militar. OcurriĂł con Fernando VII, tras abandonar el exilio de lujo que le concediĂł NapoleĂłn. OcurriĂł con Alfonso XII, tras el pronunciamiento de MartĂ­nez Campos. Y pasĂł con la Ășltima restauraciĂłn monĂĄrquica, hija del golpe franquista. En parte por eso, en parte porque ha formado parte de los negocios del Estado, el vĂ­nculo de la monarquĂ­a con el militarismo ha sido estrecho. Han sido muchos los borbones que para afirmar su utilidad se han esforzado en aparecer como reyes-soldados. Como monarcas situados al frente de las fuerzas armadas para garantizar un cierto orden por encima incluso del poder civil. El discurso de Felipe VI durante la Pascua Militar no se puede entender al margen de este contexto.

Para aparecer como el rey-soldado por excelencia, Alfonso XII se esforzĂł en intervenir en las Ășltimas escaramuzas con el carlismo. Su hijo, Alfonso XIII, decidiĂł directamente apoyar un golpe de Estado militar, el de Miguel Primo de Rivera. Luego se involucrĂł personalmente en la guerra colonial en el Rif, aunque su intervenciĂłn acabĂł en el Desastre de Annual, con miles de muertos.

Tras la muerte de Franco, fue Juan Carlos I quien se afanĂł en buscar su momento para afirmarse como rey-soldado

Tras la muerte de Franco, fue Juan Carlos I quien se empleĂł en afirmarse, tambiĂ©n Ă©l, como rey-soldado. Lo hizo en parte cuando se negĂł a jurar la ConstituciĂłn, para mostrar que su legitimidad le venĂ­a del rĂ©gimen militar y de su vinculaciĂłn a “la dinastĂ­a histĂłrica”. Y lo consiguiĂł, muerto ya el dictador, el 23 de febrero de 1981. Como reconocen exmiembros de los servicios de inteligencia en el reciente documental Salvar al rey, de HBO, durante esas jornadas el monarca pudo desempeñar un doble papel. Oficiar como “motor inicial del golpe”, con el objetivo de marcar ciertos lĂ­mites a la democracia que se estaba desplegando luego de la transiciĂłn. Y ejercer, luego, como el rey-soldado capaz de reorientar ese golpe hacia una variante menos drĂĄstica a la programada, pero igualmente eficaz gracias a su ascendencia sobre las fuerzas armadas.

A partir de ese momento, Juan Carlos I hizo todo lo posible para consolidar esta posición. En 1995, en su entrevista con el aristócrata José Luis de Vilallonga, pudo presumir de que él mismo redactaba sus discursos, sobre todo los de la Pascua Militar. En ellos, Juan Carlos solía defender el papel de España en la OTAN y el aumento del presupuesto militar, ademås de actuar luego como un valedor clave de los negocios del sector armamentístico. Mås tarde, cuando los escåndalos no le dejaron otra alternativa que abdicar, se afanó para que el papel de rey-soldado pasara a su hijo, Felipe VI.

Hoy se recuerda poco, pero Felipe de BorbĂłn fue investido rey por su padre en una ceremonia cuasi militar 

Hoy se recuerda poco, pero Felipe de BorbĂłn fue investido rey por su padre en 2014 en una ceremonia cuasi militar en el Palacio de la Zarzuela, antes de comparecer ante el propio Congreso de los Diputados. En dicha ceremonia, Juan Carlos I le transmitiĂł el “mando supremo de las fuerzas armadas” y le impuso el fajĂ­n rojo que se consideraba signo del mando militar directo. Solo despuĂ©s de esta investidura monĂĄrquica-militar, Felipe VI compareciĂł ante la sede de la soberanĂ­a popular a jurar la ConstituciĂłn.

La conciencia de que el vĂ­nculo entre monarquĂ­a y franquismo no se circunscribĂ­a a su padre, quedĂł de manifiesto en el primer mensaje navideño del nuevo rey. En Ă©l, Felipe VI dejĂł claro que no venĂ­a a cuestionar el origen franquista de la Ășltima reinstauraciĂłn borbĂłnica. AsĂ­, hizo una llamada a que “nadie agite viejos rencores o abra heridas cerradas”, algo que en puridad solo habrĂ­a resultado aceptable en boca de las vĂ­ctimas de la dictadura.

Su papel como rey-soldado, con todo, se afianzĂł con su discurso del 3 de octubre de 2017, como respuesta a la consulta celebrada en Cataluña dos dĂ­as antes. AllĂ­ decidiĂł realizar una intervenciĂłn en la que no intentaba ni mediar ni arbitrar, como pedĂ­a la ConstituciĂłn, sino actuar como un jefe militar contra una parte de la sociedad y al rescate de otra. Su discurso fue redactado sin el acuerdo del poder civil. Pedro SĂĄnchez le afeĂł que no se apelara en ningĂșn momento al “diĂĄlogo”.  Rajoy solo fue informado y dio su consentimiento, con reticencias, a Ășltimo momento.

Con aquella intervenciĂłn, Felipe VI se arrogĂł un poder de reserva que la ConstituciĂłn no le reconocĂ­a. Fue su 23-F, aunque las diferencias con aquel acontecimiento estaban claras. Lo que tenĂ­a delante no era un golpe armado propiciado por miembros del EjĂ©rcito que habĂ­an asaltado el Congreso en Madrid con ametralladoras. Eran una movilizaciĂłn y una consulta, ambas masivas y pacĂ­ficas, sin ningĂșn acceso real o efectivo al aparato coactivo. Daba igual: su mensaje como rey-soldado estaba dado. Al poder civil, sobre el que se situaba sin complejos, y tambiĂ©n a un sector del poder militar del que el rey se sentĂ­a cercano.

El nuevo discurso de Felipe VI en la Pascua Militar va en una lĂ­nea similar. La del rey que, como su padre, su abuelo y su bisabuelo, defiende el aumento del gasto militar y el negocio de las armas como un objetivo incuestionable. E insiste, como ya hizo en su discurso navideño, en plantear la subordinaciĂłn acrĂ­tica de la polĂ­tica exterior a los objetivos de la Ășltima cumbre de la OTAN: el impulso de una guerra larga, no solo en el “flanco oriental”, sino tambiĂ©n en el sur, con las miras puestas en África y en la regiĂłn del Sahel.

La diferencia con lo ocurrido el 3 de octubre es que esta vez el monarca ha actuado como rey-soldado, pero no ha actuado solo

Si en el discurso del 3 de octubre las apelaciones al diĂĄlogo eran inexistentes, lo que escasean en este son las invocaciones a la paz, a la que segĂșn el monarca solo se podrĂ­a llegar echando mĂĄs madera al fuego de la guerra. La diferencia con lo ocurrido el 3 de octubre es que esta vez el monarca ha actuado como rey-soldado, pero no ha actuado solo. Ha contado con el refrendo de la propia ministra de Defensa, Margarita Robles, que minutos antes escenificĂł sin complejos el furor militarista y atlantista luego exhibido por Felipe VI.

Estos arrebatos belicistas no son exclusivos de la ministra de Defensa del PSOE. De ahí que Felipe VI haya podido asumir su discurso con comodidad y plena convicción. Porque no solo estaba en sintonía con el partido mayoritario de la coalición de Gobierno. También satisfacía al PP y a Vox, los måximos exponentes hoy del furioso «partido belicista», aunque con cierta compañía a su izquierda.

Que el rey se sienta especialmente cómodo con su discurso del 6 de enero solo viene a corroborar el ligamen que ha existido entre la monarquía borbónica, el militarismo y el negocio de armas. Lo lamentable es que haya partidos con bases republicanas que den cobertura a estas palabras. Sobre todo, cuando el ensalzamiento del belicismo por parte de la Corona no ha augurado nunca nada bueno en términos democråticos. Por el contrario, ha dado alas a fuerzas reaccionarias que tienen muy claro, ellas sí, cómo sacar provecho de ese entusiasmo marcial.

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Contra el golpe del Tribunal Constitucional: defender la autonomĂ­a parlamentaria

  • Si el Constitucional hubiera requerido al Congreso suspender la votaciĂłn del lunes sin soporte legal, sin dudas nos hubiĂ©ramos visto obligados, como miembros de la Mesa de la CĂĄmara, a defender su autonomĂ­a.
  • 18 de diciembre de 2022
  • Por Gerardo Pisarello y Javier SĂĄnchez Serna

PasĂł con la privaciĂłn del escaño de Alberto RodrĂ­guez. OcurriĂł antes con la arbitraria conculcaciĂłn de derechos de diputados independentistas. Y podrĂ­a haber pasado una vez mĂĄs este jueves si el Tribunal Constitucional hubiera ordenado al Congreso suspender la votaciĂłn de la reforma que permite renovar sus miembros con mandatos caducados. La vĂ­ctima, una vez mĂĄs, habrĂ­a sido la autonomĂ­a parlamentaria. Un nuevo atropello a la autonomĂ­a de la CĂĄmara que, como miembros de la Mesa del Congreso, nos habrĂ­a obligado a dar un paso al frente en defensa de la legalidad. 

La gravedad de la situación es indiscutible. El Partido Popular lleva tiempo instrumentalizando de manera espuria el Tribunal Constitucional para bloquear iniciativas progresistas o que sencillamente cuentan con mayorías legislativas contrarias a sus posiciones. De ese modo, estån dinamitando un modelo constitucional que lleva un siglo a sus espaldas. Los tribunales constitucionales se crearon en Europa en los años veinte del siglo pasado. Su impulsor, el jurista austríaco Hans Kelsen, lo hizo con un objetivo claro: proteger derechos båsicos, asegurar la división de poderes y evitar que minorías conservadoras pudieran bloquear por sistema reformas impulsadas por mayorías parlamentarias progresistas o simplemente democråticas.

Lo que Kelsen vio a comienzos del siglo pasado fue cómo el sufragio universal permitía que partidos obreros, partidarios de reformas sociales profundas, ganaran peso en los parlamentos. Y vio también cómo las derechas políticas recurrían a jueces vinculados a las élites tradicionales o directamente provenientes de regímenes autoritarios o dictatoriales para frenar esos avances. Para contrarrestar esta ofensiva judicial antidemocråtica, Kelsen consideró que había que reforzar el papel de los parlamentos como måximos representantes de la soberanía popular. De ahí su propuesta de crear un órgano específico, el Tribunal Constitucional, que funcionara de manera autónoma del Poder Judicial, con miembros que podrían ser escogidos por los propios partidos en función de las mayorías sociales del momento. Sus funciones, eso sí, estaban muy delimitadas. Proteger los derechos, resolver conflictos entre órganos y censurar aquellas leyes que, una vez promulgadas, pero no antes, contradijeran nítidamente el contenido de la Constitución.

El Tribunal Constitucional no estaba concebido para paralizar preventivamente los trámites legislativos. Por el contrario, su función era respetar la presunción de legitimidad de las actuaciones de los parlamentos democráticos y actuar como una suerte de “legislador negativo”, expulsando del ordenamiento solo aquellas leyes ya promulgadas que lesionaran claramente la Constitución.

A la derecha política y judicial de aquel período de entreguerras nunca le gustó este modelo constitucional democråtico. A las derechas actuales vinculadas al PP y a Vox, tampoco. Por eso han intentado dar un golpe contra él por diferentes vías. De entrada, intentando controlar la composición y la orientación ideológica del poder judicial, impidiendo que jueces o juezas progresistas, o simplemente garantistas, puedan abrirse camino. Por otra, convirtiendo al Tribunal Constitucional en una herramienta partidista con capacidad de bloquear cualquier iniciativa de una mayoría social o parlamentaria que no sea la propia.

En estos dĂ­as se ha visto con toda claridad. La minorĂ­a integrada por el Partido Popular, Vox y Ciudadanos, ha pretendido que el Tribunal Constitucional actĂșe como un ariete contra la autonomĂ­a del Congreso y contra las mayorĂ­as legislativas allĂ­ existentes. Supuestamente lo hacĂ­an para proteger los derechos de sus diputados. Pero valerse de un amparo “preventivo” para solicitar medidas cautelarĂ­simas que bloqueen el procedimiento legislativo en el Congreso es otra cosa. Es intentar introducir de manera furtiva un control previo de las leyes que la ConstituciĂłn no recoge y que hoy el Tribunal Constitucional tiene vedado.

Insistimos: que las derechas quieran proteger sus derechos es lĂ­cito y tienen muchos momentos procesales para hacerlo. Lo que resulta inadmisible es su intento de frenar debates y votaciones legĂ­timas, aunque con ello se lesionen, a su vez, los derechos de una mayorĂ­a parlamentaria clara y transversal que sĂ­ quiere que salgan adelante. Y lo que mĂĄs subleva: que lo hagan instrumentalizando un Tribunal Constitucional con mandatos caducados cuya renovaciĂłn ellas mismas han bloqueado por todos los medios.

Si el jueves de la semana pasada se hubiera impedido la votaciĂłn en el Congreso, no solo se habrĂ­a consumado una grave adulteraciĂłn de la funciĂłn que la ConstituciĂłn y las leyes atribuyen al Tribunal Constitucional. Se habrĂ­a producido un golpe irreparable contra la divisiĂłn de poderes y contra la inviolabilidad del Parlamento como principio irrenunciable en cualquier democracia constitucional digna de ese nombre.

Tras la reforma del 2015 impulsada por el Partido Popular, el Tribunal Constitucional ya impidiĂł al Parlament de Catalunya discutir simplemente sobre el derecho de autodeterminaciĂłn o reprobar los actos de corrupciĂłn atribuidos a Juan Carlos de BorbĂłn. Lo que se pretende ahora es ir un paso mĂĄs allĂĄ y suspender cautelarmente iniciativas legislativas de ĂĄmbito estatal sin tener jurisdicciĂłn para ello.

Si el Constitucional hubiera requerido al Congreso suspender la votación del lunes sin soporte legal, sin dudas nos hubiéramos visto obligados, como miembros de la Mesa de la Cåmara, a defender su autonomía. Ya actuamos así cuando, en tutela de dicha inviolabilidad, nos negamos a suspender los derechos de diputados independentistas que habían sido votados por la ciudadanía. Y lo hicimos, también, cuando nos opusimos a que la presidenta Meritxell Batet privara a Alberto Rodríguez de su escaño en supuesto cumplimiento de un mandato de Manuel Marchena, presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo.

Haber acatado ahora un nuevo atentado contra la autonomĂ­a parlamentaria, esta vez proveniente del propio Tribunal Constitucional, hubiera sido consentir una insubordinaciĂłn antidemocrĂĄtica que habrĂ­a marcado para siempre la historia de nuestro parlamentarismo. En virtud del recurso de recusaciĂłn presentado contra Pedro GonzĂĄlez-Trevijano y Antonio NarvĂĄez RodrĂ­guez, la mayorĂ­a conservadora del Tribunal Constitucional se ha visto obligada a posponer para el lunes la resoluciĂłn de las peticiones del Partido Popular. Si ese sector, sin embargo, rechaza la recusaciĂłn, podrĂ­a consumar el golpe e intentar que el debate no prosiga en el Senado.

Una situaciĂłn semejante nos colocarĂ­a nuevamente ante lo que venimos denunciando a lo largo de estas lĂ­neas: un atentado artero contra la ConstituciĂłn, contra la ley orgĂĄnica que regula el funcionamiento del Tribunal Constitucional y contra una tradiciĂłn de constitucionalismo democrĂĄtico que se remonta a los tiempos de Kelsen. Esperemos que no ocurra. Y, si finalmente pasa, si el Tribunal Constitucional insiste en agredir la legalidad constitucional, tanto el Congreso como el Senado deberĂ­an levantar una voz de dignidad y negarse a aceptar su requerimiento, tal como plantea el catedrĂĄtico de Derecho Administrativo de la Universidad del PaĂ­s Vasco, Iñaki Lasagabaster. Ese serĂ­a su deber. En defensa de la autonomĂ­a parlamentaria, en defensa de la legalidad vulnerada, y contra un intento de “atropello democrĂĄtico” que debe frenarse en seco antes de que el daño resulte irreparable. 

ÂżQuĂ© hacer con Vox en el Congreso?

2 de diciembre de 2022

Por Gerardo Pisarello y Javier SĂĄnchez Serna en El Diario.es

Una semana de provocaciones y de improperios han bastado para reactivar el debate. De entrada, porque no se estå ante exabruptos aislados sino ante una estrategia deliberada. Que ni es nueva ni es exclusiva de nuestra ultraderecha vernåcula. Las actuaciones de Vox en el Congreso de estas semanas han sido ensayadas ya por el trumpismo en Estados Unidos, por el bolsonarismo en Brasil, y por algunos de sus nuevos émulos en Europa y América. Se trata, pues, de una estrategia de tensión con objetivos claros. El mås evidente, trasladar al Parlamento discursos de odio y noticias falsas ya utilizados en mítines, redes sociales, y medios afines, y minar con ello las condiciones para un debate mínimamente democråtico.

Como ya ocurrió en otros momentos históricos, la gran cuestión es cómo lidiar con estas actuaciones. Que en el Congreso se produzcan debates que impliquen discrepancias contundentes entre diferentes fuerzas políticas no solo es legítimo. Resulta imprescindible en sociedades con intereses diversos y a menudo contrapuestos. Pero aquí hablamos de otra cosa: de evitar que esas discrepancias se expresen a través de formas vejatorias, sexistas, racistas, que lesionan la dignidad de las personas y degradan las instituciones representativas.

No se trata de algo sencillo. En el rifirrafe parlamentario, todos los grupos suelen incurrir en salidas de tono. El problema es cuando esto deja de ser un hecho puntual para convertirse en un patrĂłn sostenido en el tiempo, que es lo que Vox viene haciendo desde los inicios de esta legislatura y lo que ha decidido reactivar para recuperar el impulso perdido tras las elecciones en AndalucĂ­a.

Ni los insultos y descalificaciones de Vox a la ministra Irene Montero, ni sus ataques a diputadas defensoras de políticas feministas, ni sus incumplimientos sistemáticos del Reglamento de la Cámara, son nuevos. Y lo peor es que en muchos casos han gozado de impunidad. A día de hoy, la presidencia de la Cámara no ha tomado medida alguna para sancionar a los 52 diputados de Vox que se niegan a presentar su declaración de intereses. Tampoco se sancionó a dos diputados de Vox que sabotearon abiertamente un acto dentro del Congreso en el que se condenaba la criminalización de seis jóvenes de Zaragoza que participaron en una manifestación antifascista. Y lo que es especialmente grave, no se adoptó ninguna amonestación clara contra el diputado de Vox que desobedeció a Alfonso Gómez de Celis, cuando este, presidiendo la sesión, lo expulsó del hemiciclo tras haber llamado “bruja” a la diputada socialista Laura Berja.

El problema es que ya no se trata solo de la impunidad creciente de la ultraderecha, sino de que la propia presidencia del Congreso, en su afán de mostrarse firme “con unos y otros”, acabe por equiparar a agresores y agredidos y a actuaciones que poco tienen que ver entre sí.

No es de recibo, por ejemplo, que la presidencia censure por igual a un diputado de Vox que acusa a otros de ejercer el “terrorismo etarra”, que a quien utiliza la expresión “fascismo” para calificar la exaltación del franquismo o de personajes como Millán Astray. Y es que lo primero supone la atribución de un delito grave recogido en el Código Penal. “Fascismo”, en cambio, es un concepto político históricamente datado, como “comunismo”, “socialismo” o “anarquismo”, que un parlamento democrático no puede pretender proscribir.

Tampoco es de recibo intentar, como se ha hecho, equiparar supuestas faltas de respeto institucionales “cometidas por unos y otros” sin que medie justificaciĂłn suficiente. Recientemente, por ejemplo, el diputado del Bloque Nacionalista Galego NĂ©stor Rego enviĂł una nota a la Mesa cuestionando que la presidencia le obligara a retirar una serie de crĂ­ticas a la instituciĂłn monĂĄrquica. Su queja estaba plenamente justificada, toda vez que el propio Tribunal de Estrasburgo ha recordado que las crĂ­ticas parlamentarias a la monarquĂ­a y al propio rey son cuestiones de interĂ©s pĂșblico que la libre expresiĂłn de los diputados y diputadas ampara.

Tras debatir algunos de estos temas en la Mesa, la presidenta Meritxell Batet se comprometiĂł ante sus miembros a aplicar el reglamento con rigor para evitar estas arbitrariedades. Pero es significativo que el primer caso en que lo hizo fue para llamar al orden a la propia Irene Montero, quien en respuesta a los ataques sufridos, recordĂł al Partido Popular que campañas como las que impulsaron en Galicia fomentaban lo que la propia ONU denomina “cultura de la violaciĂłn”. La impresiĂłn, una vez mĂĄs, fue que Batet intentaba afirmarse en que “aquĂ­ todos se exceden” para no incomodar a Vox ni entrar en conflicto con el Partido Popular.

Todo esto, obviamente, es peligroso, ya que un parlamento que se quiera democrĂĄtico y plural deberĂ­a poder garantizar con firmeza un principio bĂĄsico: toda la libre expresiĂłn posible para sus miembros y todas las restricciones necesarias cuando de lo que se trate es de evitar humillaciones sexistas, xenĂłfobas u otras formas de difamaciĂłn dirigidas a colectivos en situaciĂłn de vulnerabilidad.

No se trata de algo imposible. AhĂ­ estĂĄ el ejemplo del ex presidente de la CĂĄmara de los Comunes, John Bercow, quien consiguiĂł atajar con firmeza las bravuconadas machistas del mismĂ­simo Boris Johnson. AhĂ­ estĂĄ, tambiĂ©n, el papel del presidente del parlamento andaluz, JesĂșs Aguirre, del Partido Popular, quien no dudĂł en retirar la palabra a un diputado de Vox que insistĂ­a en difamar a sus adversarios. Y ahĂ­ estĂĄn, igualmente, casos como el del diputado de la ultraderecha francesa, GrĂ©goire de Fournas, expulsado de la Asamblea Nacional y sancionado a cobrar dos meses la mitad de su sueldo por espetar a un diputado negro de izquierdas que volviera a África.

Lo que Vox estĂĄ intentando hacer en el Parlamento español para recuperar protagonismo no puede normalizarse ni naturalizarse. Porque no es algo aislado. Es una estrategia ya defendida por juristas de inclinaciones nazis como Carl Schmitt, y por los Trump y los Bolsonaro de turno: erosionar el parlamentarismo y sustituirlo progresivamente por una forma mĂĄs autoritaria y concentrada de gobierno en manos de algĂșn nuevo FĂŒhrer o caudillo.

La presidencia del Congreso no puede ser condescendiente ni neutral ante las agresiones reiteradas y sistemĂĄticas de la ultraderecha. Y la sociedad tampoco. Hoy, mĂĄs que nunca, hacen falta pedagogĂ­a y contrapoderes sociales, ciudadanos, capaces de mantener a raya a actores con poder pĂșblico y privado que no se autolimitarĂĄn sin esa presiĂłn externa. No es sencillo. Pero es la Ășnica manera de evitar que las derechas radicalizadas vayan demoliendo poco a poco espacios democrĂĄticos que han sido arduamente conquistados, que hoy deben ser ampliados, pero que bajo ningĂșn concepto podemos permitirnos perder. 

Gerardo Pisarello es diputado de En ComĂș Podem y secretario primero de la Mesa del Congreso, y Javier SĂĄnchez Serna es diputado de Unidas Podemos y secretario tercero de la Mesa.