Resistir sin perder la ofensiva, dentro y fuera de las instituciones

Cuesta concebir una política emancipadora que no asuma este triple desafío: actuar en el Estado, contra el Estado, y fuera y mås allå de él. Esto es lo que hay que reinventar con urgencia. Y hacerlo colectivamente

Gerardo Pisarello 18/12/2023

El viernes 15 de diciembre, CTXT fue anfitriona de un debate en línea en el que Yayo Herrero, Amador Fernåndez-Savater y quien esto escribe, conversamos sobre el papel de las izquierdas y de los movimientos sociales frente al ascenso reaccionario global. Creo que fue un debate estimulante y muy necesario. Por la manera directa pero respetuosa con la que se plantearon acuerdos y desacuerdos. Por las reflexiones punzantes que suscitó entre quienes intervinieron desde sus casas. Por la modestia con la que se expresaron dudas e incertezas. Y sobre todo, porque nada de lo que se dijo abonaba el cinismo o la resignación frente a las injusticias de nuestro tiempo. Por el contrario, fue un debate pensado para sacudirnos y estar a la altura del contexto de emergencia en el que nos encontramos.

El disparador de la discusiĂłn fue un artĂ­culo publicado por Amador en CTXT, bajo el tĂ­tulo Defender recreando (a propĂłsito de la izquierda y la ConstituciĂłn)En ese texto, Amador comentaba un acto organizado por el Grupo plurinacional de Sumar en el Congreso por los 45 años de la ConstituciĂłn de 1978. En aquel acto breve, pensado mĂĄs para la prensa que para el debate pĂșblico, intervinimos tres personas, con coincidencias y tambiĂ©n, creo, con matices personales. Lo cierto es que, tras seguir la transmisiĂłn, Amador detectĂł algunos problemas que son objeto de sus preocupaciones hace tiempo. El fundamental, una mirada demasiado defensiva sobre el papel de la ConstituciĂłn y de ciertos cambios legales en la actual coyuntura de ascenso de la ultraderecha. El segundo, una mirada en exceso institucionalista, estatalista, que en su opiniĂłn se aleja de la de movimientos como el 15-M y refuerza una desafecciĂłn que las derechas radicalizadas saben utilizar en su provecho.

Hay una mirada en exceso institucionalista, estatalista, que se aleja de la de movimientos como el 15-M

No todas las objeciones que Amador plantea fueron sostenidas realmente en el debate al que se refiere. Pero las dos señaladas tienen mucho de pertinentes y merecen una reflexión. Entre otras razones, porque forman parte de debates que estån teniendo lugar no solo en el contexto hispano, sino también en otras latitudes. Ya que CTXT nos ha dado la oportunidad, aprovecho estas påginas para presentar tres ideas que intentan aclarar mi punto de vista y ofrecer algunos argumentos para continuar la discusión.

1. Hay que resistir sin renunciar ni a la autocrĂ­tica ni a un horizonte transformador.

Hay una primera cuestiĂłn, de fondo, que comparto plenamente con Amador. En un escenario internacional dominado por un capitalismo desembridado y por la irrupciĂłn de un fuerte movimiento reaccionario, tenemos que poder defendernos sin asumir una mirada defensiva.

Efectivamente, en un mundo en el que miles de activistas o colectivos en situación de vulnerabilidad por razones de clase, de género o de origen étnico, son amenazados, agredidos, e incluso asesinados, hay que poder defendernos y hay que poder protegernos. Con todo, es innegable que limitarnos a estabilizar las líneas defensivas puede convertirse en el camino mås expedito para acabar perdiéndolo todo.

Esto es asĂ­ por muchas razones. Primero, porque no toda situaciĂłn de bienestar aparente o real es digna de ser defendida. Como lĂșcidamente señalĂł Yayo Herrero en el debate en lĂ­nea de CTXT, hay muchos supuestos en los que resistir serĂ­a mantenernos anclados en prĂĄcticas insostenibles. Esto es evidente, por ejemplo, en un contexto de contracciĂłn del uso de energĂ­a y de materiales, en el que resistir no puede equivaler a conservar prĂĄcticas no generalizables que, por el contrario, deberĂ­an ser radicalmente revisadas. Pero hay una segunda razĂłn por la que no podemos limitarnos a la resistencia. Porque mantener algunas regulaciones pĂșblicas y ciertas mejoras materiales en la vida de las personas no bastarĂĄ para que Ă©stas recuperen su fe en la polĂ­tica y en una democracia que no se comporta como tal.

Yo no desdeñarĂ­a lo que Amador parece considerar asuntos menores como pelear desde las instituciones para mejorar salarios, reforzar la sanidad pĂșblica, aumentar impuestos a las grandes fortunas, o evitar cortes de luz o subidas de alquileres. De entrada, porque como Ă©l mismo admite, son cuestiones vitales para quienes peor estĂĄn y para quienes ya han perdido demasiado en estos años. Luego, porque no hay nada peor ni mĂĄs desmovilizador que unas izquierdas incisivas en “el relato” pero incapaces de concretar sus consignas cuando tienen la oportunidad institucional de hacerlo.

Dicho esto, no puedo estar mĂĄs de acuerdo con Amador en que la polĂ­tica no puede reducirse a simple gestiĂłn o a simple administraciĂłn. Debe ser capaz de confrontar con la fatalidad distĂłpica y plantear futuros alternativos y deseables. Obviamente, esto encierra un riesgo. El de empeñarse, como tambiĂ©n apuntaba Yayo Herrero, en “ilusionar” a personas que acaban siendo tratadas como niños pequeños o como consumidores pasivos de un producto de marketing. El desafĂ­o es otro: repensar, lo mĂĄs colectivamente posible, horizontes de transformaciĂłn capaces de movilizar los deseos de la ciudadanĂ­a de apropiarse de la polĂ­tica. Muchos de estos horizontes: republicanos, feministas, antirracistas, poscapitalistas, pueden no aparecer como inmediatos. Pero deben ser pensados y anticipados en prĂĄcticas concretas, si no queremos que sean las derechas radicalizadas quienes acusen a las izquierdas de “castas” y se hagan con el imaginario contestatario y anticonservador.

2. Seguimos necesitando procesos constituyentes que habiliten transformaciones de fondo, pero mientras tanto, tenemos que poder disputar la legalidad existente.

Hay un segundo debate que suscita Amador en su artĂ­culo. EstĂĄ vinculado al primero y tiene que ver con las mediaciones legales que permiten, no solo garantizar los “pequeños bienes” de los que habla Santi Alba Rico, sino abrir horizontes transformadores mĂĄs amplios. En este punto, Amador lamenta que las izquierdas hayan abandonado la apelaciĂłn a nuevos procesos constituyentes, como en tiempos del 15-M, y se resignen a disputar la ConstituciĂłn de 1978 a las derechas radicalizadas.

Amador lamenta que las izquierdas hayan abandonado la apelaciĂłn a nuevos procesos constituyentes

Comienzo, tambiĂ©n aquĂ­, por darle la razĂłn. Yo mismo escribĂ­ en 2014, al calor de las movilizaciones indignadas y del auge del soberanismo catalĂĄn, un ensayo titulado Procesos constituyentes. Caminos para la ruptura democrĂĄticaAllĂ­ defendĂ­a la necesidad de aprovechar todas las grietas para impulsar lo que en paĂ­ses como Bolivia o Ecuador habĂ­a dado lugar a nuevas Constituciones que habilitaban la conquista de nuevos marcos interpretativos y de pequeños y grandes bienes, tanto personales como colectivos.

Aunque quizĂĄs no fui lo suficientemente claro, en mi intervenciĂłn en el Congreso insistĂ­, como hago cada año que llega el aniversario de la ConstituciĂłn, en que no podemos abandonar esa perspectiva constituyente. Incluso si no estamos en un momento “caliente” como el del 15-M, sigue siendo fundamental no renunciar a un horizonte radicalmente republicano, feminista, ecosocial, ni a propugnar lo que XosĂ© Manuel Beiras llama “un proceso de procesos constituyentes”.

Naturalmente, eso no nos exime, como en tantos otros ĂĄmbitos, de lidiar con el “mientras tanto”. AquĂ­, mi propuesta es doble. Por un lado, no dejarnos enzarzar en el debate estĂ©ril sobre la reforma de una ConstituciĂłn –la de 1978– deliberadamente pensada para no ser reformada en sus aspectos sustanciales. Por otro, plantear, sin renunciar al horizonte constituyente, una interpretaciĂłn garantista de los contenidos sociales y democrĂĄticos ya existentes y que las derechas radicalizadas pisotean o incumplen de manera sistemĂĄtica.

Quiero aclarar que no estoy hablando de blandir el librito de la ConstituciĂłn como si fuera un fetiche que contuviera todos nuestros anhelos. Simplemente, se trata de exigir, como hacĂ­a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca cuando salĂ­a a la calle con carteles que decĂ­an “ArtĂ­culo 47”, que sus promesas sociales y democrĂĄticas se cumplan. Mucho mĂĄs ahora, cuando tenemos unas derechas que las ignoran o las pisotean abiertamente mientras parecen suspirar por las Leyes Fundamentales de la dictadura. 

Llegados a este punto, planteé en el Congreso una cuestión acaso polémica, pero que me parecía importante abordar: distinguir la Constitución del 78 del Régimen del 78. En mi opinión, lo que llamamos el Régimen del 78 es un régimen de poder que tiene su origen en los pactos de la transición. Pero que cristaliza décadas después, con el Aznarato y con la contrarreforma del artículo 135 constitucional que consagra la prioridad del pago de la deuda sobre otros objetivos sociales.

En mi opiniĂłn, lo propio de ese RĂ©gimen bipartidista fue utilizar el Parlamento y un Tribunal Constitucional cada vez mĂĄs conservador para desactivar los contenidos mĂĄs avanzados que el antifranquismo habĂ­a logrado imprimir en la ConstituciĂłn y para estrechar los mĂĄrgenes para una interpretaciĂłn garantista de la misma. Esto explica que, con la eclosiĂłn del 15-M, muchos movimientos sociales comenzĂĄramos a exigir un proceso constituyente que rompiera “con el candado del 78”.

Hoy, me parece, la situaciĂłn se ha tornado mĂĄs compleja. Porque ya no solo tenemos que cuestionar lo que fue el RĂ©gimen del 78, hoy parcialmente superado con los Ășltimos gobiernos de coaliciĂłn y con los cambios en la composiciĂłn del propio Tribunal Constitucional. TambiĂ©n nos toca enfrentarnos a unas derechas que en mĂĄs de un extremo son pre-RĂ©gimen del 78. Para entendernos: nostĂĄlgicas del franquismo y negacionistas del derecho internacional de los derechos humanos y de los elementos mĂĄs garantistas de una ConstituciĂłn a la que ignoran cuando les conviene.

Insisto: nada de esto nos obliga a concebir la ConstituciĂłn como el punto de llegada de todos nuestros deseos ni a ignorar los cepos que los herederos de la dictadura plantaron en ella. Simplemente nos exige disputar el sentido de su contenido mĂĄs garantista para derogar la ley mordaza, para hacer viable la ILP de regularizaciĂłn de las personas migrantes o para descriminalizar los delitos contra la Corona y otros despropĂłsitos punitivistas. Estas Ășltimas medidas no exigen ni complejos procesos constituyentes previos ni reformas constitucionales quimĂ©ricas. Exigen fuerza social y voluntad polĂ­tica para aprobar leyes y en algunos casos decretos, no ya para “mejorar la vida de la gente”, sino para que sea la gente quien, en primera persona, se apropie de la polĂ­tica. 

3. Hay que pensar alternativas que puedan construirse desde, contra y fuera del Estado.

Llego asĂ­ a un Ășltimo punto que, como puede verse, conecta con los anteriores. En su artĂ­culo, Amador señala que los partidos polĂ­ticos tienden a hacer propuestas que se solventan fundamentalmente en la esfera institucional. Y que esto, una vez mĂĄs, no hace sino aumentar el malestar ente quienes sienten a las izquierdas ofrecer polĂ­ticas “para la gente”, pero rara vez “con ella”.

Hay transformaciones que deben plantearse a través del Estado, otras contra él, y otras fuera y mås allå de sus confines

Como acabo de decir, esta observaciĂłn me parece pertinente y deberĂ­a ser fuente de mayor autocrĂ­tica para todos los partidos de izquierda, verdes, o con pretensiones antisistĂ©micas que con frecuencia actuamos, como dice Amador, como “productores masivos de desafecciĂłn”.

Admitido esto, sigo pensando que la cuestiĂłn no puede resolverse, como parece sugerir Amador, simplemente a travĂ©s de la desestatalizaciĂłn. Por lo que hace al Estado, en concreto, y a las instituciones pĂșblicas, soy partidario, otra vez, de plantear una manera mĂĄs compleja de relacionarnos con ellos. En la prĂĄctica, esto supone asumir que hay transformaciones que deben plantearse a travĂ©s del Estado, otras contra Ă©l, y otras, por fin, fuera y mĂĄs allĂĄ de sus confines, propiciando la creaciĂłn y recreaciĂłn de nuevos espacios de autoorganizaciĂłn social.

Por su escala, hay algunas transformaciones inconcebibles sin mediaciones legales e institucionales, estatales o incluso supraestatales. Yugular fiscalmente a los grandes rentistas, a la banca o a las tecnolĂłgicas, o crear empresas pĂșblicas en sectores estratĂ©gicos, son un ejemplo de ello. No creo que valga, en este punto, la caricatura de Amador cuando reduce estos objetivos a poner “un impuestito aquĂ­ o una regulaciĂłn mĂĄs allá”. Tampoco su idea de que el propĂłsito de embridar a los poderes capitalistas convierta a la izquierda en “autoritaria y moralizadora, regañona y puritana”.

Cosa diferente es exigir que estas polĂ­ticas pĂșblicas no sean jerĂĄrquicas y que se tomen en serio la participaciĂłn comunitaria en su diseño. Pero incluso en estas formas de regulaciĂłn pĂșblico-comunitarias, la dimensiĂłn estatal o institucional resulta imprescindible. 

Como en los puntos anteriores, la desestatalizaciĂłn que plantea Amador me parece fundamental cuando de lo que se trata es de combatir las inercias burocratizadoras y mercantilizadoras de las instituciones estatales realmente existentes. Y me parece decisivo, tambiĂ©n, si se entiende como el impulso de procesos de organizaciĂłn y participaciĂłn desde abajo sin los cuales las polĂ­ticas institucionales se anquilosan y acaban siendo fĂĄcilmente capturadas por grandes poderes econĂłmicos. En cualquier caso, cuesta concebir una polĂ­tica emancipadora que no asuma hoy ese triple desafĂ­o: actuar en el Estado, contra el Estado, y fuera y mĂĄs allĂĄ de Ă©l.  Esto es lo que hay que reinventar con urgencia. Y hacerlo colectivamente. Porque es la Ășnica manera, como bien apunta Amador en su provocadora y lĂșcida reflexiĂłn, de conservar lo que merece la pena.

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AquĂ­ puedes ver el debate ÂżResistir y/o reinventarlo todo?

PlurilingĂŒismo en el Congreso: ÂĄel momento es ahora, Sepharad!

El ilusionante cambio no puede darse por descontado. Exige compromiso y presiĂłn por parte de quienes aspiramos a una investidura plurinacional, progresista, feminista y republicana

Gerardo Pisarello 27/08/2023 CTXT

Hay palabras que llegan de imprevisto y deshacen nudos como piedras, retiran mordazas y alientan cambios que parecĂ­an imposibles. AsĂ­ sonaron las que pronunciĂł la presidenta del Congreso, Francina Armengol, en la sesiĂłn constitutiva de la CĂĄmara del pasado 17 de agosto. Irrumpieron de pronto, sin que nadie las esperara, tras una emotiva evocaciĂłn de La pell de brau, el poemario que convirtiĂł a Salvador Espriu en una referencia de la lucha antifranquista. 

“Quiero manifestar mi compromiso con el catalĂĄn, el euskera, el gallego y la riqueza lingĂŒĂ­stica que suponen, y quiero anunciarles que esta presidencia permitirĂĄ el uso de estas lenguas en el Congreso desde esta sesiĂłn constitutiva”. AsĂ­ de rotundo, asĂ­ de claro. Ni durante la Primera RepĂșblica, ni durante la Segunda, ni despuĂ©s de la TransiciĂłn, la tercera autoridad del Estado habĂ­a defendido el pluralismo lingĂŒĂ­stico con convicciĂłn semejante.  

La densidad histĂłrica de las palabras

Desde luego, ese compromiso inĂ©dito con las hablas peninsulares pedĂ­a concreciones y anunciaba tambiĂ©n resistencias. En ningĂșn caso, sin embargo, se trataba de flatus vocis, de palabras destinadas a desvanecerse o a quedar en mero artificio retĂłrico. Por el contrario, si pudieron ser pronunciadas fue porque encarnaban una fuerza de siglos. La de millones de mujeres y hombres que a travĂ©s del tiempo lucharon con orgullo por conservar y enriquecer esas voces propias, que fueron a la vez la de sus hijos o sus madres. Esa fuerza, nacida del fondo de la historia, no emergiĂł por casualidad en uno de los congresos mĂĄs plurinacionales y plurilingĂŒes de la historia reciente. Y tampoco fue por azar que tuvo como intĂ©rprete a una mujer, mallorquina, que como presidenta del Gobierno de Baleares habĂ­a hecho de la defensa de la memoria democrĂĄtica una polĂ­tica pĂșblica irrenunciable.

En la primera reuniĂłn de la Mesa, el PP apuntĂł directamente contra la legalidad de la decisiĂłn y exigiĂł que se congelara todo

Naturalmente, semejante desafĂ­o no podĂ­a quedar sin respuesta. Aquel 17 de agosto, sin embargo, los reticentes de siempre estaban desconcertados. Divididas las derechas, torcieron el gesto, pero sin aspavientos excesivos, como si intuyeran que enfrente tenĂ­an a una exigencia de los tiempos, y por ello, difĂ­cil de parar.

En la primera reuniĂłn de la nueva Mesa del Congreso, ya repuesto, el PP mostrĂł su lado mĂĄs recio. ApuntĂł directamente contra la legalidad de la decisiĂłn y exigiĂł que se congelara todo. En otras ocasiones, esa simple invocaciĂłn paralizadora hubiera bastado para desactivar el anuncio y restaurar el status quo de siemprePero no esta vez. El pacto que habĂ­a posibilitado la nueva composiciĂłn de la Mesa habĂ­a dejado fuera a Vox, que no estaba allĂ­ para socorrerlo. El PSOE no secundaba sus argumentos, como habĂ­a ocurrido tantas veces en la legislatura anterior. Sumado a ello, el propio PP comparecĂ­a en el debate con un candidato a la presidencia del Gobierno de Ourense, que hizo gran parte de su carrera polĂ­tica en gallego, sin que nadie en su partido lo considerara la ‘anti-España’ por ello. 

Una reforma reglamentaria impostergable

Tras este fallido movimiento restaurador, que hubiera implicado desactivar toda la potencia del anuncio del 17 de agosto, la presidenta del Congreso propuso otro camino.  Escuchar a los grupos parlamentarios y a partir de allĂ­ plantear una propuesta jurĂ­dicamente sĂłlida que pueda aplicarse en el prĂłximo pleno, probablemente el que deberĂĄ debatir la investidura de Alberto Nuñez FeijĂło. 

Si se atiene a lo ocurrido en estos Ășltimos años, lo lĂłgico serĂ­a que de estas rondas de consultas surja lo que ha sido un clamor compartido por un amplio espectro de fuerzas polĂ­ticas: la necesidad de reforma del Reglamento del Congreso. Esta reforma no se producirĂ­a en el vacĂ­o. TendrĂ­a como antecedente las que ya se produjeron en el Senado en 1994 y 2005. Fueron aquellas iniciativas, en efecto, las que abrieron camino en la direcciĂłn de lo que ahora se pretende: normalizar el uso del euskera, el gallego y el catalĂĄn, en escritos y debates parlamentarios. 

Curiosamente, estas reformas, que incluĂ­an la posibilidad de utilizar las lenguas cooficiales en algunas intervenciones y escritos parlamentarios, tuvieron el apoyo del PP. Es mĂĄs, en algĂșn caso no solo las apoyĂł, sino que llegĂł a quejarse de su insuficiencia. “AspirĂĄbamos a mĂĄs”, sostuvo en 2005 el senador gallego VĂ­ctor Manuel VĂĄzquez Portomeñe. Y no se quedĂł allĂ­: prometiĂł ir mĂĄs lejos si habĂ­a cambios futuros y acabĂł invocando, para justiciar su moderaciĂłn, las cĂ©lebres palabras de Confucio: “MĂĄs vale encender una humilde vela que maldecir la oscuridad”.

Aquella reforma echĂł por tierra muchos tabĂșes. De entrada, corroborĂł lo que hoy se acepta con naturalidad en la UniĂłn Europa, en paĂ­ses como Suiza, BĂ©lgica o CanadĂĄ, o en parlamentos como el de la Comunidad AutĂłnoma Vasca: que es perfectamente posible, sin riesgo de trauma psicolĂłgico ni gran dispendio econĂłmico, entenderse y debatir en diferentes lenguas, mediante sistemas de traducciĂłn previa o simultĂĄnea. Y que negarse a ello con el argumento de la humillaciĂłn del pinganillo, es mĂĄs un signo de inseguridad que de confianza en la vitalidad de la propia lengua. 

Precisamente porque los antecedentes del Senado y del derecho comparado son numerosos y funcionan, la reforma del reglamento del Congreso resulta una iniciativa impostergable. El Ășltimo intento de llevarla adelante tuvo lugar en junio de 2022. Con la firma de ERC, PNV, JXCat, PDeCAT, la CUP y el BNG, la iniciativa ya planteaba la posibilidad de la traducciĂłn simultĂĄnea de estas lenguas en las intervenciones en comisiones y de plenos. 

Por primera vez en la historia, la propuesta contĂł con el apoyo decidido de partidos con presencia en el ejecutivo. Este fue el caso del grupo confederal de Unidas Podemos-En ComĂș Podem-Galicia en ComĂșn, cuyos diputados subieron a la tribuna a defender la iniciativa. En ese entonces, no obstante, se toparon con la oposiciĂłn de un PSOE demasiado temeroso y condicionado tanto por el PP como por Vox. 

En una sesiĂłn memorable por su significado, el diputado sabadellense de En ComĂș Podem, Joan Mena, afeĂł al PSOE su posiciĂłn y le recordĂł que el problema no lo tenĂ­an “los hablantes de las lenguas oficiales” sino “aquellos que no son capaces de aceptar y de sentirse orgullosos de una realidad que nos enriquece y mucho como paĂ­s”.

El PP intentĂł apuntarse a una eventual reforma del Reglamento del Congreso, pero no para avanzar en el cambio, sino para frenarlo

Tras las elecciones del 23 de julio de este año, el escenario para la reforma se ha vuelto mucho mĂĄs propicio. Primero, porque el voto que hoy permitirĂ­a a Pedro SĂĄnchez hacerse con la presidencia del Gobierno es un voto con un fuerte componente antifascista, contrario a las retiradas de revistas en catalĂĄn de las bibliotecas pĂșblicas y, mĂĄs en general, a los ataques a las lenguas cooficiales perpetrados por los gobiernos pactados entre el PP y Vox. 

Una de las primeras en reaccionar contra estas medidas de tintes neofranquistas fue la propia vicepresidenta en funciones y lĂ­der de Sumar, Yolanda DĂ­az. Durante la campaña electoral, DĂ­az defendiĂł la necesidad de una ley de uso y enseñanzas de lenguas oficiales y minorizadas. El 2 de agosto, por su parte, tambiĂ©n anunciĂł que impulsarĂ­a una reforma del Reglamento para blindar jurĂ­dicamente la diversidad lingĂŒĂ­stica en el Congreso. 

Las exigencias en materia lingĂŒĂ­stica por parte de ERC y Junts como condiciĂłn para aprobar la constituciĂłn de la nueva Mesa y una eventual investidura futura hicieron el resto. El propio PSOE accediĂł a cambiar su posiciĂłn en la materia, propuso a una federalista genuina como Armengol como nueva presidenta del Congreso y luego respaldĂł su anuncio histĂłrico de un cambio inmediato en el uso del euskera, del catalĂĄn y del gallego, en los plenos de la CĂĄmara. 

La estrategia contrarreformista 

TodavĂ­a en estado de shock, el PP intentĂł, en la primera reuniĂłn de la nueva Mesa, apuntarse a una eventual reforma del Reglamento del Congreso, pero no para avanzar en el cambio, sino para frenarlo. Sus representantes, en efecto, fueron los primeros en exigir “que todo quede congelado” mientras la reforma no se acometiera y mientras no hubiera informes jurĂ­dicos. 

Esta actitud no solo buscaba desplegar una tĂĄctica dilatoria que desnaturalizara el mandato nĂ­tido de la presidencia de la CĂĄmara del 17 de agosto. TambiĂ©n desconocĂ­a que los propios diputados y diputadas, como representantes de la voluntad popular, son los primeros obligados a cumplir el principio constitucional que manda proteger las lenguas de toda la ciudadanĂ­a y de “los pueblos de España”. 

La presidenta del Congreso cuenta con instrumentos jurĂ­dicos y con mayorĂ­as de apoyo suficientes para que el plurilingĂŒismo gane peso 

De existir acuerdo entre las fuerzas partidarias de este avance en materia de plurilingĂŒismo, el cambio serĂ­a imparable. Primero, porque la tramitaciĂłn de una reforma que blinde jurĂ­dicamente la diversidad lingĂŒĂ­stica, bien podrĂ­a realizarse en lectura Ășnica, como prevĂ© el artĂ­culo 150 del Reglamento. Segundo, porque incluso sin ese trĂĄmite, la presidenta podrĂ­a comenzar a flexibilizar el uso de las lenguas amparĂĄndose en el artĂ­culo 32, que la faculta a dirigir los debates, mantener el orden en los mismos e interpretar el propio Reglamento en los casos de duda.

TambiĂ©n aquĂ­ existen antecedentes. Ya en 2005, el entonces presidente del Congreso, Manuel MarĂ­n, del PSOE, aprobĂł una ResoluciĂłn con el visto bueno de la Mesa y de la Junta de Portavoces con el objetivo de flexibilizar el uso de las lenguas mediante la autotraducciĂłn al castellano a cargo de los propios intervinientes. Incluso en la Ășltima legislatura, con Meritxell Batet de presidenta, se utilizaron fĂłrmulas similares sin que nadie sintiera que se le privaba por ello del derecho a entender lo que se estaba debatiendo. Durante el debate de la proposiciĂłn de reforma reglamentaria de 2022, el diputado Ferran Bel, del PDeCAT, realizĂł toda su intervenciĂłn en catalĂĄn, autotraduciĂ©ndose al castellano. Lo mismo hizo, en euskera, Mertxe Aizpurua, portavoz de EH Bildu. Y no solo eso: algunos diputados de Unidas Podemos, como Pablo Echenique o SofĂ­a Castañón, pronunciaron alocuciones breves en las que utilizaron otras modalidades lingĂŒĂ­sticas reconocidas en sus territorios como el aragonĂ©s o el bable. 

Es verdad que durante aquella sesión la presidencia acabó llamando al orden a las diputadas y diputados Montse Bassa, de ERC, Míriam Nogueras, de Junts, Albert Botran, de la CUP, y Néstor Rego, del BNG, por su insistencia en hablar solo en catalån o gallego. Pero en aquel caso, la decisión de no autotraducirse no era un simple capricho. Era una forma deliberada de protestar contra la oposición del PSOE a tramitar una propuesta que ya se había abierto paso parcialmente en el Senado.

Avanzar, indesinenter

Sea como fuere, estos antecedentes muestran que, con la actual legalidad en la mano, la presidenta del Congreso cuenta con instrumentos jurĂ­dicos y con mayorĂ­as de apoyo suficientes para que el plurilingĂŒismo gane peso ya en los plenos del 26 y 27 de septiembre, cuando se debata la investidura de FeijĂło.

PodrĂ­a ocurrir, desde luego, que ese debate tuviera lugar sin que los sistemas de traducciĂłn necesarios estuvieran listos. En ese caso, no serĂ­a imposible acordar con los grupos un margen suficiente de flexibilidad para que, junto al castellano, las lenguas de RosalĂ­a de Castro, de Gabriel Aresti, de Montserrat Roig y de Ovidi Montllor, resuenen en el hemiciclo con la fuerza y la dignidad que merecen. Los diputados y diputadas que las utilizaran deberĂ­an, seguramente, autolimitarse para que sus intervenciones resultaran comprensibles para todos y permitieran el debate. Pero esta autolimitaciĂłn, a diferencia de otros momentos, no implicarĂ­a renuncia ni apuntalamiento del status quo. SerĂ­a un pequeño primer paso hacia una reforma mĂĄs profunda, previamente pactada, que blinde de una vez el uso normalizado en el Congreso de las lenguas peninsulares, para orgullo de todos, incluidas las personas castellanoparlantes. 

El mundo advertirĂ­a el simbolismo de un reconocimiento jurĂ­dico de la pluralidad lingĂŒĂ­stica interna, nada menos que en el Congreso

El efecto de un cambio de esta naturaleza serĂ­a enorme, internamente y desde el punto de vista internacional. Hacia adentro, porque ayudarĂ­a a que las propias lenguas peninsulares se conozcan mejor entre ellas, algo que hoy por desgracia ocurre poco. TambiĂ©n servirĂ­a para que se asuma que el propio castellano que se habla en el Congreso bien puede sonar a la manera andaluza, canaria o argentina, como es mi caso, o a la manera saharaui de nuestra compañera Tesh Sidi. El efecto hacia afuera no serĂ­a menor. Porque el mundo entero advertirĂ­a el simbolismo de un reconocimiento jurĂ­dico y prĂĄctico de la pluralidad lingĂŒĂ­stica interna, nada menos que en el Congreso de los Diputados. Dicho reconocimiento nos permitirĂ­a acercarnos mejor a Portugal, a AmĂ©rica Latina o, incluso, a África. Y sobre todo, lanzarĂ­a un mensaje claro a Europa sobre la necesidad de que las lenguas que ya se escuchan o leen con naturalidad en las instituciones estatales, se escuchen y se lean de modo similar en Bruselas o Estrasburgo. 

Nada de esto, obviamente, implica desconocer las fĂ©rreas inercias uniformistas de la historia mĂĄs reciente y de la mĂĄs lejana. Precisamente por eso, el ilusionante cambio anunciado en la sesiĂłn constitutiva del Congreso el pasado 17 de agosto no puede darse por descontado. Exige compromiso y presiĂłn por parte de quienes aspiramos a una investidura lo mĂĄs plurinacional, lo mĂĄs progresista, lo mĂĄs feminista y lo mĂĄs republicana posible. El mismo Salvador Espriu, que llamaba a construir ponts de diĂ leg entre los hijos e hijas de Sepharad, sabĂ­a que eso no se podĂ­a conseguir, como tambiĂ©n dijo en un poema, sin perseguir la libertad propia y de los demĂĄs indesinenter, adverbio latino que quiere decir “sin pausa, incesantemente”. 

De eso se sigue tratando en esta difícil coyuntura que nos toca vivir. De perseverar, sin descanso, en la defensa de libertades y derechos que nos ayuden, justamente, a hablar, falar, hitz egin, a parlar. Y de aprovechar esta grieta que se ha abierto para recordar a Sepharad que no hay tiempo que perder, que el momento es ahora.

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Por un olvido penal que ayude a desbloquear el futuro

  • Contrariamente a lo que algunos afirman, las amnistĂ­as no han tenido lugar solo al finalizar una dictadura. Se han producido tambiĂ©n en democracias dañadas por conflictos profundos, como alternativas, precisamente, a la obsesiĂłn por el castigo de adversarios enfrentados entre sĂ­

Gerardo Pisarello para el Diario.es

Agentes antidisturbios de la Policía Nacional chocan con ciudadanos en el referéndum del 1-O en 2017.
Agentes antidisturbios de la PolicĂ­a Nacional chocan con ciudadanos en el referĂ©ndum del 1-O en 2017. Alberto EstĂ©vez / EFE

14 de agosto de 2023 22:22h
Actualizado el 15/08/2023 08:19h

Los posibles acuerdos de investidura han devuelto al centro del debate una vieja propuesta teorizada hace siglos por los antiguos griegos: la amnistĂ­a. En su sentido mĂĄs profundo, esta propuesta comporta una suerte de amnesia, de olvido, aunque no polĂ­tico, sino penal. Su propĂłsito, pues, no es cancelar el debate social sobre el pasado. Simplemente se trata de renunciar a un tipo de persecuciĂłn criminal, de puniciĂłn, que desnaturaliza ese debate y que bloquea la posibilidad de otras alternativas de futuro. 

Este olvido penal, esta renuncia al “poder de la fuerza” y a la “gran cirugĂ­a histĂłrica” de los que hablaba Ortega, son efectivamente fundamentales para restaurar el diĂĄlogo entre diferentes sobre lo que el futuro deberĂ­a ser. 

Se dice que el primero en impulsar una ley de amnistĂ­a fue TrasĂ­bulo, un general ateniense que pertenecĂ­a al partido democrĂĄtico de Pericles. Y lo hizo, justamente, en beneficio de los miembros del partido oligĂĄrquico, sus grandes adversarios. Con esa renuncia a la venganza de Estado, TrasĂ­bulo buscaba restaurar una cierta paz social y recomenzar polĂ­ticamente de cero. PodĂ­a salir bien o no, pero, a efectos de la salud de la polis, era preferible a entrar en la rueda de la retaliaciĂłn infinita.

Contrariamente a lo que algunas voces afirman, las amnistĂ­as no han tenido lugar solo al finalizar una dictadura. Se han producido tambiĂ©n en democracias dañadas por conflictos profundos, como alternativas, precisamente, a la obsesiĂłn por el castigo de adversarios enfrentados entre sĂ­. 

En plena democracia, Francia recurriĂł a la amnistĂ­a de militares y de activistas para cerrar las heridas abiertas por el proceso de independencia de Argelia. Portugal aprobĂł una ley de amnistĂ­a en 1996, 20 años despuĂ©s de aprobada su ConstituciĂłn democrĂĄtica, para amnistiar a los representantes de una organizaciĂłn revolucionaria, incluido un hĂ©roe de la RevoluciĂłn de los Claveles. 

Actualmente, se entiende que la amnistĂ­a no puede suponer el perdĂłn de delitos de especial gravedad como la tortura, los secuestros, o delitos de sangre como los homicidios. Pero eso no quiere decir que haya perdido su razĂłn de ser. El propio Portugal, de hecho, acaba de aprobar, en ocasiĂłn de una visita del Papa Francisco, una amnistĂ­a para librar de la persecuciĂłn penal a jĂłvenes de entre 18 y 30 años por delitos no considerados graves. 

Mientras esto ocurre en el mundo, en España hay miles de personas investigadas o procesadas en el marco de un conflicto polĂ­tico en Catalunya que dura años. Muchos de los procesos seguidos contra algunas de estas personas –dirigentes polĂ­ticos, activistas, acadĂ©micos– han ido a parar a jueces obsesionados, no por la aplicaciĂłn garantista de la ConstituciĂłn y de la ley, sino por el castigo ejemplar, severo, de quienes son considerados “enemigos de Estado”. De esta suerte, se ha producido una judicializaciĂłn de la polĂ­tica que ha acabado por menoscabarla de manera preocupante, contradiciendo la idea de “democracia avanzada” a la que apela el PreĂĄmbulo de la ConstituciĂłn de 1978. 

Hoy cuesta creer que los mismos sectores del Poder judicial que se han comportado de manera partisana puedan poner fin a esta ofuscaciĂłn punitivista y contribuir a la restauraciĂłn del pluralismo polĂ­tico y de una cierta normalidad democrĂĄtica. Por eso, la polĂ­tica, encarnada en el Gobierno y en el Parlamento, debe hablar.  

Cuando Pedro SĂĄnchez decidiĂł indultar a algunos dirigentes independentistas, reconociĂł que lo hacĂ­a porque existĂ­a un grave conflicto entre Catalunya y el Estado. Y porque pensaba que era la mejor manera de defender la convivencia y fortalecer la democracia. 

Esos indultos fueron una decisiĂłn valiente e inteligente, y ayudaron a salir de la espiral del castigo y los agravios sin fin. No obstante, es evidente que no han sido suficientes para restaurar plenamente el principio del pluralismo polĂ­tico y de la plurinacionalidad explĂ­citamente reconocidos en los artĂ­culos 1 y 2 de la ConstituciĂłn española.  

Para superar ese estado de cosas, la ConstituciĂłn otorga al Gobierno y al Parlamento diferentes herramientas de intervenciĂłn. El ejecutivo podrĂ­a emitir nuevos indultos, pero no indultos generales. El Parlamento, por su parte, podrĂ­a aprobar rebajas penales de carĂĄcter general, y si bien no podrĂ­a indultar, podrĂ­a impulsar amnistĂ­as. 

DespuĂ©s del 23 de julio, hay una mayorĂ­a parlamentaria que estĂĄ en condiciones propicias para poner en marcha este tipo de medidas de desjudicializaciĂłn y de desbloqueo institucional. Primero, porque es una mayorĂ­a marcada por la presencia en ella de fuerzas polĂ­ticas con identidades nacionales diversas, especialmente interesadas en que el pluralismo polĂ­tico, social y nacional, sean plenamente respetados. Segundo, por su transversalidad ideolĂłgica, que le permitirĂ­a adoptar soluciones que no eternicen el frontismo de unos contra otros, sino que abran un escenario de normalizaciĂłn democrĂĄtica aceptable para mayorĂ­as amplias. 

En realidad, hasta el propio PP, que ha avalado sin rubor medidas de amnistĂ­a fiscal y privilegios penales para los mĂĄs fuertes, deberĂ­a ver la conveniencia de utilizar la polĂ­tica penal para desbloquear la situaciĂłn actual y no para enquistarla. Pero para ello, claro, deberĂ­a atreverse a abandonar una deriva radical que lo ha colocado a merced de Vox y que solo le ha servido para quedarse fuera del gobierno del Estado. 

Insistimos: ni una eventual amnistĂ­a, ni nuevos indultos, ni la reducciĂłn de ciertos reproches penales implicarĂ­an un olvido polĂ­tico del pasado. Por el contrario, supondrĂ­an renunciar a una lĂłgica punitiva que ha impedido repensar ese pasado con libertad, aprendiendo de los errores, y planteando nuevas alternativas de futuro.  

Este principio del olvido penal como vĂ­a para construir un mejor futuro fue lo que defendimos en marzo de 2021, cuando desde la Mesa del Congreso nos pronunciamos a favor de la admisiĂłn a trĂĄmite de una proposiciĂłn de ley de amnistĂ­a presentada por diversas fuerzas catalanas. Hoy esa vĂ­a no es la Ășnica disponible. Pero como han sostenido diversos juristas, desde Juan Antonio Xiol a Javier PĂ©rez RoyoMarco Aparicio, Josep Maria Torrent o JosĂ© Antonio MartĂ­n PallĂ­n, es plenamente constitucional, y junto a otras posibles, son clave para articular una mayorĂ­a de investidura y de gobierno progresista y plurinacional.

Hay que comprometerse y atreverse, pues, a actuar. Sin aspirar a que los viejos problemas se esfumen de la noche al dĂ­a, por arte de magia. Pero con la convicciĂłn de que solo con una apuesta valiente por una democracia avanzada, sin mordazas ni agravios enquistados, es posible pensar nuevas formas de convivencia mĂĄs libres, mĂĄs justas, y gracias a eso, mĂĄs fraternas.

Una rebeliĂłn inesperada

Queda por ver si la fuerza popular que se volcĂł a las urnas para evitar un gobierno del PP y Vox es capaz de conectar con otras movilizaciones por mĂĄs y mejor democracia

Gerardo Pisarello 27/07/2023 en CTXT

Las elecciones del 23 de julio pueden leerse desde muchas claves. Hay una decisiva: la extraordinaria movilizaciĂłn popular, ciudadana, que tuvo lugar. No solo en busca de un futuro mejor, sino en clave antifascista y contra el uso sistemĂĄtico de la mentira como arma polĂ­tica.

Contra todo pronĂłstico, amplios sectores de la poblaciĂłn que parecĂ­an destinados a abstenerse tras las elecciones autonĂłmicas y municipales decidieron utilizar el voto como un instrumento de defensa propia. Lo hicieron contra el descarado y violento programa de choque, neofranquista, exhibido por el Partido Popular y Vox allĂ­ donde llegaron a acuerdos de gobierno postelectorales. Y lo hicieron tambiĂ©n contra las falsedades y mentiras utilizadas por sus lĂ­deres, Alberto NĂșñez FeijĂło y Santiago Abascal, en debates televisados que llegaron a miles de hogares.

El efecto narcotizante producido por una legiĂłn de empresas que bombardeaba las redes y los grandes medios con encuestas que daban a las derechas un triunfo irrefrenable se acabĂł desvaneciendo. El despliegue de pancartas intimidatorias como las de los mafiosos de Desokupa, el agresivo discurso contra los avances feministas, la censura de libros y obras de teatro, los ataques a la lengua catalana, la disoluciĂłn de consejerĂ­as de Igualdad o Medio Ambiente, las escandalosas mentiras sobre pensiones y otras polĂ­ticas sociales, acabaron por activar a sectores sociales que, tras el adelanto electoral, oscilaban entre el desĂĄnimo y el desconcierto.

El resultado fue una imprevista movilizaciĂłn antifascista y contra el uso de la mentira que culminĂł en una participaciĂłn de mĂĄs del 70%

El resultado fue una imprevista movilización antifascista y contra el uso trumpista de la mentira que culminó en una participación de mås del 70% el 23 de julio. Esta movilización tuvo en las mujeres y en las clases populares un componente fundamental. Se expresó de manera especialmente nítida en territorios como Euskadi o Catalunya. Pero también en otros como Extremadura, donde la revuelta ciudadana contra las mentiras del PP y Vox fue histórica.

Los instrumentos políticos de los que se sirvió esta rebelión fueron diversos. Mayoritariamente, el PSOE. Pero también opciones de izquierdas articuladas estatalmente, como Sumar, o territorializadas, como EH Bildu, en Euskadi; ERC, en Catalunya; o el BNG, en Galicia. El daño infligido a las derechas españolistas que tras las elecciones del 28 de mayo se sentían imparables, empujadas por los vientos reaccionarios que soplaban en Europa, fue considerable.

Un freno a la ola reaccionaria europea 

Vox perdiĂł nada menos que 19 escaños, lo que bien podrĂ­a ser el inicio de una curva descendente similar a la experimentada en Francia por el ultra Éric Zemmour. La noche electoral, como dejĂł escrito la periodista Cristina FallarĂĄs, Abascal compareciĂł ante los suyos “como un hombre en blanco y negro, antiguo”, que habĂ­a “perdido toda la ferocidad que llevaba cuatro años mostrando”, y que en cierto sentido era ya “un poco nadie”. 

Esa misma noche, Feijóo constató en la sede de Génova del PP el alcance de su pírrica victoria en votos. Los intentos de fingir normalidad se estrellaron con el escepticismo de sus propios seguidores. Cuando Feijóo intentó arengarlos, estos respondieron coreando el nombre de quien ya se avizora como su verdugo: Isabel Díaz Ayuso.

Nada de esto indica, obviamente, que las derechas radicalizadas o los poderes fĂĄcticos que la apuntalan vayan a esfumarse por esta derrota. Pero han quedado tocados y desnortados. Su plan A, consistente en un intento desesperado de buscar pactos propios para gobernar, se desmoronĂł rĂĄpidamente con la negativa fulminante del Partido Nacionalista Vasco. Desde entonces, su plan B ha pasado por instar a Pedro SĂĄnchez, al que demonizĂł con mentiras y falsedades escandalosas, a un pacto entre las dos grandes fuerzas con “sentido de Estado”. No es descartable que el PSOE pueda valerse de esta alternativa en el futuro para “poder dormir por las noches”. De momento, sin embargo, la fĂłrmula no pasa de ser un intento patĂ©tico del PP para esconder un fracaso que ninguno de los suyos pronosticaba. 

El voto Ăștil al PSOE y el papel de las izquierdas 

Por el lado progresista, el PSOE se ha mostrado sin duda como la herramienta mĂĄs sĂłlida y rocosa que las clases populares han encontrado para frenar la ola reaccionaria. La audacia y la astucia de SĂĄnchez han contribuido a ello. Primero, por la manera de arrostrar el adelanto electoral. Segundo, por su habilidad para hacer suyos muchos avances que su partido intentĂł frenar y que solo se abrieron camino gracias a la presiĂłn de Unidas Podemos, de sus confluencias, de ERC y de Bildu. 

Hay que destacar el notable papel en campaña del expresidente Zapatero, cuya valentía ha contrastado con la actitud mezquina de Felipe Gonzålez

También hay que destacar el notable papel en campaña del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, cuya valentía ha contrastado con la actitud mezquina de un Felipe Gonzålez que desde el minuto uno conspiró contra Sånchez y se mostró dispuesto a facilitar un gobierno encabezado por Feijóo.

En el costado izquierdo, quien de manera mås clara ha expresado una solidez similar, aunque circunscrita al mundo vasco-navarro, ha sido EH Bildu. Las razones de esta solidez, que le permitieron aumentar a seis los diputados que tendrå en el Congreso, son diversas. Por un lado, su innegable capilaridad territorial, construida a través de años de presencia en cooperativas, sindicatos, centros culturales y otros espacios de socialización. Por otra parte, la manera inteligente, principista y pragmåtica a la vez, de actuar como una izquierda soberanista, republicana, pero dispuesta a influir sin complejos en el Estado con un programa de reformismo fuerte. Finalmente, porque ha podido operar en un ecosistema mediåtico singular, como el vasco, que le ha permitido crecer y que seguramente la ha protegido mejor de los feroces ataques a los que se ven sometidas las fuerzas de izquierdas de åmbito estatal.

Ni la CUP ni Adelante AndalucĂ­a, con un programa abiertamente anticapitalista, consiguieron, por razones diversas, representaciĂłn institucional. ERC, a pesar de haber sufrido una sangrĂ­a importante de votos, mantendrĂĄ seis escaños y el BNG uno, lo que significa una contribuciĂłn no desdeñable al bloque republicano, antimonĂĄrquico. 

En el caso de Sumar, que se estrenaba como marca, los resultados vinieron condicionados por diferentes factores. El mĂĄs evidente, el hecho de tener que configurar de prisa y a contrarreloj una candidatura entre partidos que habĂ­an concurrido separados en anteriores contiendas anteriores. Esto supuso tensiones, renuncias y generosidad por parte de los diferentes actores involucrados. Al final, sin embargo, se consiguiĂł lo que parecĂ­a imposible: aglutinar en un Ășnico espacio confederal a quince fuerzas polĂ­ticas progresistas y plurinacionales que yendo por separado hubieran tenido posibilidades nulas de frenar a la ola reaccionaria.

La engañosa comparaciĂłn con los resultados de 2019 

Este esfuerzo unitario, sumado a la prepotencia y a la arrogancia de las derechas, acabaron arrojando unos resultados mĂĄs que aceptables, sobre todo en ciertos territorios, como Catalunya, donde los Comunes experimentaron pĂ©rdidas hacia el Partido Socialista de Catalunya, pero tambiĂ©n un significativo incremento de votos provenientes de ERC y de la CUP. 

Comparar los resultados de Sumar u otras fuerzas de izquierda con los de 2019 es engañoso, porque desde 2020 se asiste a un ciclo reaccionario en casi toda Europa

Comparar los resultados de Sumar u otras fuerzas de izquierda con los de 2019 es engañoso. Sobre todo, porque desde 2020 se asiste a un ciclo reaccionario y conservador que ha arrinconado a izquierdas moderadas y radicales en casi toda Europa, desde Grecia a Italia y Alemania. 

Este flujo regresivo, sumado a la prĂĄctica suspensiĂłn de la movilizaciĂłn y de la conflictividad social durante los años de pandemia, tuvo un impacto claro en las elecciones municipales y autonĂłmicas del 28 de mayo. En ellas, las izquierdas independentistas como Bildu, ERC o la CUP resistieron, aunque con suerte desigual. Los resultados de Unidas Podemos y sus confluencias, en cambio, fueron en general malos, con la excepciĂłn de alguna gran ciudad como Barcelona, donde a pesar de la brutal ofensiva mediĂĄtica y judicial de la derecha, se perdiĂł por un margen muy estrecho. 

En ese contexto, la convocatoria inmediata de nuevos comicios hacĂ­a temer lo peor. Sin embargo, tras el desconcierto inicial, la campaña fue de menos a mĂĄs. Poco a poco se consiguiĂł poner en valor, positivamente, la manera en que los ministerios de Irene Montero, Ione Belarra, Joan Subirats o Alberto GarzĂłn obligaron al PSOE a ir mĂĄs allĂĄ de lo que pretendĂ­an sus sectores mĂĄs conservadores y social-liberales. 

Yolanda DĂ­az, por su parte, fue ganando peso propio como lĂ­der del espacio. La necesidad de preservar su imagen de vicepresidenta y de gestora eficaz no le impidiĂł desarrollar un perfil mĂĄs incisivo, sobre todo en la Ășltima semana de campaña. Combinando solvencia y coraje, plantĂł cara a las mentiras de Abascal y FeijĂło, fue audaz en sus propuestas para Catalunya y acabĂł encabezando con solidez un proyecto nĂ­tidamente plurinacional, feminista, marcado por un programa reformista fuerte en materia laboral y ecosocial. 

ÂżUn nuevo gobierno progresista con apoyos plurinacionales?

Al final, Sumar, con sus quince fuerzas polĂ­ticas, ha quedado a nada de superar a Vox en nĂșmero de votos y se ha convertido en una fuerza decisiva para forzar un nuevo gobierno de coaliciĂłn capaz de concitar el apoyo de Bildu, ERC, BNG, el PNV e incluso Junts per Catalunya. 

En coherencia con su trayectoria, Bildu fue la primera fuerza en anunciar su soporte de manera clara y sin reticencias

En coherencia con su trayectoria, Bildu fue la primera fuerza en anunciar su soporte de manera clara y sin reticencias: “El mensaje del pueblo vasco –declarĂł su coordinador general, Arnaldo Otegi– ha sido nĂ­tido y masivo: no quiere gobiernos de PP y Vox, y nosotros tenemos el compromiso de frenar las derechas (
) Ni ponemos precios en pĂșblico, ni lĂ­neas rojas. Es hora de poco ruido y mucho trabajo para lograr alternativas progresistas”. Posteriormente, tanto ERC como el BNG mostraron una predisposiciĂłn similar, y el PNV cerrĂł rĂĄpidamente cualquier posibilidad de pactar con FeijĂło. 

Esto supone para Pedro SĂĄnchez unos apoyos iniciales que supondrĂ­an 172 votos, mĂĄs que los que podrĂ­a obtener el bloque del PP y de Vox. En ese contexto, la clave estarĂĄ en Junts per Catalunya, el partido del expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont que, a pesar de haber sufrido una caĂ­da importante en votos, podrĂ­a facilitar la investidura de SĂĄnchez con su abstenciĂłn. 

Nada indica que este acuerdo sea sencillo, pero desde luego es factible si hay voluntad polĂ­tica. De entrada, Junts puso dos exigencias sobre la mesa: un referĂ©ndum de autodeterminaciĂłn y una amnistĂ­a para los encausados por el conflicto polĂ­tico en Catalunya. 

El PSOE ha rechazado abiertamente la propuesta de referĂ©ndum. Pero difĂ­cilmente podrĂ­a cerrar la puerta a lo propuesto por Yolanda DĂ­az: que los acuerdos polĂ­ticos que se alcancen con Catalunya puedan negociarse en una mesa bilateral de diĂĄlogo y ser sometidos a votaciĂłn entre la ciudadanĂ­a catalana. 

La admisiĂłn de la segunda cuestiĂłn tambiĂ©n tiene recorrido. Para el PSOE, una amnistĂ­a general es una alternativa que no suscita el suficiente consenso en el mundo jurĂ­dico. Pero eso no impedirĂ­a en ningĂșn caso que se puedan negociar reformas legales, penales, concretas, que pongan freno a la abusiva represiĂłn judicial de activistas y dirigentes independentistas, permitiendo que las cuestiones polĂ­ticas se solventen en espacios polĂ­ticos y no en los tribunales.

Bien visto, hay una agenda antirrepresiva y democratizadora de los poderes del Estado, no llevada a tĂ©rmino en la legislatura anterior, que podrĂ­a y deberĂ­a implementarse en una nueva legislatura. 

Esta agenda deberĂ­a incluir medidas como la derogaciĂłn de la ley mordaza, la reforma de los delitos contra los sentimientos religiosos o contra la Corona, la reforma de la Ley OrgĂĄnica del Consejo General del Poder Judicial, una democratizaciĂłn de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado o una legislaciĂłn en materia de medios que garantice su desconcentraciĂłn y su pluralismo real. 

Esta agenda democratizadora, republicana, podría contar no solo con el apoyo de las fuerzas de izquierdas, sino también del PNV o de Junts

Esta agenda democratizadora, republicana, podrĂ­a contar no solo con el apoyo de las fuerzas de izquierdas, sino tambiĂ©n del PNV o de Junts. Y serĂ­a fundamental para desactivar el uso patrimonialista de las instituciones en el que la ultraderecha y los sectores mĂĄs reaccionarios del PP se mantienen atrincherados. 

MĂĄs complicado serĂ­a seguramente contar con el apoyo del PNV o de Junts per Catalunya en una agenda social y econĂłmicamente avanzada. Esta agenda serĂĄ muy importante si la UniĂłn Europea decide retomar el Pacto Fiscal con la imposiciĂłn de medidas austeritarias. Y si bien es difĂ­cil ver al PNV, a Junts y a ciertos sectores del PSOE dispuestos a hacerles frente, reforzando el papel de lo pĂșblico e imponiendo lĂ­mites claros a las grandes fortunas o los capitales rentistas, cabrĂ­a no adelantarse. 

La correlaciĂłn de fuerzas no es un dato inmutable e inmodificable. Lo que el PNV, Junts o los sectores mĂĄs conservadores y neoliberales del PSOE estarĂ­an dispuestos o no a hacer, no depende solo de lo que ocurra en las instituciones. Depende tambiĂ©n de las dinĂĄmicas de calle que puedan generarse e incluso estimularse. 

Durante la pandemia, la movilizaciĂłn social necesaria para la conquista de nuevos derechos estuvo en buena medida suspendida. El nĂșmero de huelgas y de grandes manifestaciones fue escaso, con la excepciĂłn quizĂĄs de las movilizaciones feministas. No obstante, es posible que este tiempo de frialdad en las calles estĂ© tocando a su fin. 

La evoluciĂłn de la guerra y del clima belicista, la agudizaciĂłn de la emergencia climĂĄtica, las presiones privatizadoras de las grandes oligarquĂ­as rentistas o de la propia UE, pueden amenazar gravemente las condiciones materiales de vida de la poblaciĂłn. Si esto ocurre, la conflictividad social aumentarĂĄ. Y si es asĂ­, el reto de un gobierno progresista serĂĄ mostrar su predisposiciĂłn para enfrentarse a estas polĂ­ticas regresivas, protegiendo a los colectivos mĂĄs vulnerables por razones de clase, de gĂ©nero o de origen Ă©tnico, y asegurando que su derecho de manifestaciĂłn y de legĂ­tima protesta sean respetados. 

Queda por ver, pues, si la extraordinaria movilizaciĂłn popular que se volcĂł a las urnas para evitar un gobierno del PP y de Vox es capaz de convertirse en movilizaciĂłn popular, ciudadana, mĂĄs allĂĄ de las elecciones, y con fuerza suficiente para conectar con otras movilizaciones por mĂĄs y mejor democracia polĂ­tica, econĂłmica y cultural. Que ocurra o que no serĂĄ fundamental para saber si el freno a la ola reaccionaria es algo solo temporal o si puede desatar una ola democrĂĄtica en sentido contrario, capaz de actualizar la consigna clĂĄsica de que otra Europa y otro mundo son posibles y mĂĄs urgentes que nunca. 

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El discurso militarista del rey

Que Felipe VI se sienta especialmente cĂłmodo con su intervenciĂłn del 6 de enero solo viene a corroborar el ligamen que ha existido entre la monarquĂ­a borbĂłnica, el militarismo y el negocio de armas

Gerardo Pisarello 8/01/2023 para CTXT

Todas las restauraciones borbĂłnicas en España se originaron en un golpe de Estado militar. OcurriĂł con Fernando VII, tras abandonar el exilio de lujo que le concediĂł NapoleĂłn. OcurriĂł con Alfonso XII, tras el pronunciamiento de MartĂ­nez Campos. Y pasĂł con la Ășltima restauraciĂłn monĂĄrquica, hija del golpe franquista. En parte por eso, en parte porque ha formado parte de los negocios del Estado, el vĂ­nculo de la monarquĂ­a con el militarismo ha sido estrecho. Han sido muchos los borbones que para afirmar su utilidad se han esforzado en aparecer como reyes-soldados. Como monarcas situados al frente de las fuerzas armadas para garantizar un cierto orden por encima incluso del poder civil. El discurso de Felipe VI durante la Pascua Militar no se puede entender al margen de este contexto.

Para aparecer como el rey-soldado por excelencia, Alfonso XII se esforzĂł en intervenir en las Ășltimas escaramuzas con el carlismo. Su hijo, Alfonso XIII, decidiĂł directamente apoyar un golpe de Estado militar, el de Miguel Primo de Rivera. Luego se involucrĂł personalmente en la guerra colonial en el Rif, aunque su intervenciĂłn acabĂł en el Desastre de Annual, con miles de muertos.

Tras la muerte de Franco, fue Juan Carlos I quien se afanĂł en buscar su momento para afirmarse como rey-soldado

Tras la muerte de Franco, fue Juan Carlos I quien se empleĂł en afirmarse, tambiĂ©n Ă©l, como rey-soldado. Lo hizo en parte cuando se negĂł a jurar la ConstituciĂłn, para mostrar que su legitimidad le venĂ­a del rĂ©gimen militar y de su vinculaciĂłn a “la dinastĂ­a histĂłrica”. Y lo consiguiĂł, muerto ya el dictador, el 23 de febrero de 1981. Como reconocen exmiembros de los servicios de inteligencia en el reciente documental Salvar al rey, de HBO, durante esas jornadas el monarca pudo desempeñar un doble papel. Oficiar como “motor inicial del golpe”, con el objetivo de marcar ciertos lĂ­mites a la democracia que se estaba desplegando luego de la transiciĂłn. Y ejercer, luego, como el rey-soldado capaz de reorientar ese golpe hacia una variante menos drĂĄstica a la programada, pero igualmente eficaz gracias a su ascendencia sobre las fuerzas armadas.

A partir de ese momento, Juan Carlos I hizo todo lo posible para consolidar esta posición. En 1995, en su entrevista con el aristócrata José Luis de Vilallonga, pudo presumir de que él mismo redactaba sus discursos, sobre todo los de la Pascua Militar. En ellos, Juan Carlos solía defender el papel de España en la OTAN y el aumento del presupuesto militar, ademås de actuar luego como un valedor clave de los negocios del sector armamentístico. Mås tarde, cuando los escåndalos no le dejaron otra alternativa que abdicar, se afanó para que el papel de rey-soldado pasara a su hijo, Felipe VI.

Hoy se recuerda poco, pero Felipe de BorbĂłn fue investido rey por su padre en una ceremonia cuasi militar 

Hoy se recuerda poco, pero Felipe de BorbĂłn fue investido rey por su padre en 2014 en una ceremonia cuasi militar en el Palacio de la Zarzuela, antes de comparecer ante el propio Congreso de los Diputados. En dicha ceremonia, Juan Carlos I le transmitiĂł el “mando supremo de las fuerzas armadas” y le impuso el fajĂ­n rojo que se consideraba signo del mando militar directo. Solo despuĂ©s de esta investidura monĂĄrquica-militar, Felipe VI compareciĂł ante la sede de la soberanĂ­a popular a jurar la ConstituciĂłn.

La conciencia de que el vĂ­nculo entre monarquĂ­a y franquismo no se circunscribĂ­a a su padre, quedĂł de manifiesto en el primer mensaje navideño del nuevo rey. En Ă©l, Felipe VI dejĂł claro que no venĂ­a a cuestionar el origen franquista de la Ășltima reinstauraciĂłn borbĂłnica. AsĂ­, hizo una llamada a que “nadie agite viejos rencores o abra heridas cerradas”, algo que en puridad solo habrĂ­a resultado aceptable en boca de las vĂ­ctimas de la dictadura.

Su papel como rey-soldado, con todo, se afianzĂł con su discurso del 3 de octubre de 2017, como respuesta a la consulta celebrada en Cataluña dos dĂ­as antes. AllĂ­ decidiĂł realizar una intervenciĂłn en la que no intentaba ni mediar ni arbitrar, como pedĂ­a la ConstituciĂłn, sino actuar como un jefe militar contra una parte de la sociedad y al rescate de otra. Su discurso fue redactado sin el acuerdo del poder civil. Pedro SĂĄnchez le afeĂł que no se apelara en ningĂșn momento al “diĂĄlogo”.  Rajoy solo fue informado y dio su consentimiento, con reticencias, a Ășltimo momento.

Con aquella intervenciĂłn, Felipe VI se arrogĂł un poder de reserva que la ConstituciĂłn no le reconocĂ­a. Fue su 23-F, aunque las diferencias con aquel acontecimiento estaban claras. Lo que tenĂ­a delante no era un golpe armado propiciado por miembros del EjĂ©rcito que habĂ­an asaltado el Congreso en Madrid con ametralladoras. Eran una movilizaciĂłn y una consulta, ambas masivas y pacĂ­ficas, sin ningĂșn acceso real o efectivo al aparato coactivo. Daba igual: su mensaje como rey-soldado estaba dado. Al poder civil, sobre el que se situaba sin complejos, y tambiĂ©n a un sector del poder militar del que el rey se sentĂ­a cercano.

El nuevo discurso de Felipe VI en la Pascua Militar va en una lĂ­nea similar. La del rey que, como su padre, su abuelo y su bisabuelo, defiende el aumento del gasto militar y el negocio de las armas como un objetivo incuestionable. E insiste, como ya hizo en su discurso navideño, en plantear la subordinaciĂłn acrĂ­tica de la polĂ­tica exterior a los objetivos de la Ășltima cumbre de la OTAN: el impulso de una guerra larga, no solo en el “flanco oriental”, sino tambiĂ©n en el sur, con las miras puestas en África y en la regiĂłn del Sahel.

La diferencia con lo ocurrido el 3 de octubre es que esta vez el monarca ha actuado como rey-soldado, pero no ha actuado solo

Si en el discurso del 3 de octubre las apelaciones al diĂĄlogo eran inexistentes, lo que escasean en este son las invocaciones a la paz, a la que segĂșn el monarca solo se podrĂ­a llegar echando mĂĄs madera al fuego de la guerra. La diferencia con lo ocurrido el 3 de octubre es que esta vez el monarca ha actuado como rey-soldado, pero no ha actuado solo. Ha contado con el refrendo de la propia ministra de Defensa, Margarita Robles, que minutos antes escenificĂł sin complejos el furor militarista y atlantista luego exhibido por Felipe VI.

Estos arrebatos belicistas no son exclusivos de la ministra de Defensa del PSOE. De ahí que Felipe VI haya podido asumir su discurso con comodidad y plena convicción. Porque no solo estaba en sintonía con el partido mayoritario de la coalición de Gobierno. También satisfacía al PP y a Vox, los måximos exponentes hoy del furioso «partido belicista», aunque con cierta compañía a su izquierda.

Que el rey se sienta especialmente cómodo con su discurso del 6 de enero solo viene a corroborar el ligamen que ha existido entre la monarquía borbónica, el militarismo y el negocio de armas. Lo lamentable es que haya partidos con bases republicanas que den cobertura a estas palabras. Sobre todo, cuando el ensalzamiento del belicismo por parte de la Corona no ha augurado nunca nada bueno en términos democråticos. Por el contrario, ha dado alas a fuerzas reaccionarias que tienen muy claro, ellas sí, cómo sacar provecho de ese entusiasmo marcial.

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Contra el golpe del Tribunal Constitucional: defender la autonomĂ­a parlamentaria

  • Si el Constitucional hubiera requerido al Congreso suspender la votaciĂłn del lunes sin soporte legal, sin dudas nos hubiĂ©ramos visto obligados, como miembros de la Mesa de la CĂĄmara, a defender su autonomĂ­a.
  • 18 de diciembre de 2022
  • Por Gerardo Pisarello y Javier SĂĄnchez Serna

PasĂł con la privaciĂłn del escaño de Alberto RodrĂ­guez. OcurriĂł antes con la arbitraria conculcaciĂłn de derechos de diputados independentistas. Y podrĂ­a haber pasado una vez mĂĄs este jueves si el Tribunal Constitucional hubiera ordenado al Congreso suspender la votaciĂłn de la reforma que permite renovar sus miembros con mandatos caducados. La vĂ­ctima, una vez mĂĄs, habrĂ­a sido la autonomĂ­a parlamentaria. Un nuevo atropello a la autonomĂ­a de la CĂĄmara que, como miembros de la Mesa del Congreso, nos habrĂ­a obligado a dar un paso al frente en defensa de la legalidad. 

La gravedad de la situación es indiscutible. El Partido Popular lleva tiempo instrumentalizando de manera espuria el Tribunal Constitucional para bloquear iniciativas progresistas o que sencillamente cuentan con mayorías legislativas contrarias a sus posiciones. De ese modo, estån dinamitando un modelo constitucional que lleva un siglo a sus espaldas. Los tribunales constitucionales se crearon en Europa en los años veinte del siglo pasado. Su impulsor, el jurista austríaco Hans Kelsen, lo hizo con un objetivo claro: proteger derechos båsicos, asegurar la división de poderes y evitar que minorías conservadoras pudieran bloquear por sistema reformas impulsadas por mayorías parlamentarias progresistas o simplemente democråticas.

Lo que Kelsen vio a comienzos del siglo pasado fue cómo el sufragio universal permitía que partidos obreros, partidarios de reformas sociales profundas, ganaran peso en los parlamentos. Y vio también cómo las derechas políticas recurrían a jueces vinculados a las élites tradicionales o directamente provenientes de regímenes autoritarios o dictatoriales para frenar esos avances. Para contrarrestar esta ofensiva judicial antidemocråtica, Kelsen consideró que había que reforzar el papel de los parlamentos como måximos representantes de la soberanía popular. De ahí su propuesta de crear un órgano específico, el Tribunal Constitucional, que funcionara de manera autónoma del Poder Judicial, con miembros que podrían ser escogidos por los propios partidos en función de las mayorías sociales del momento. Sus funciones, eso sí, estaban muy delimitadas. Proteger los derechos, resolver conflictos entre órganos y censurar aquellas leyes que, una vez promulgadas, pero no antes, contradijeran nítidamente el contenido de la Constitución.

El Tribunal Constitucional no estaba concebido para paralizar preventivamente los trámites legislativos. Por el contrario, su función era respetar la presunción de legitimidad de las actuaciones de los parlamentos democráticos y actuar como una suerte de “legislador negativo”, expulsando del ordenamiento solo aquellas leyes ya promulgadas que lesionaran claramente la Constitución.

A la derecha política y judicial de aquel período de entreguerras nunca le gustó este modelo constitucional democråtico. A las derechas actuales vinculadas al PP y a Vox, tampoco. Por eso han intentado dar un golpe contra él por diferentes vías. De entrada, intentando controlar la composición y la orientación ideológica del poder judicial, impidiendo que jueces o juezas progresistas, o simplemente garantistas, puedan abrirse camino. Por otra, convirtiendo al Tribunal Constitucional en una herramienta partidista con capacidad de bloquear cualquier iniciativa de una mayoría social o parlamentaria que no sea la propia.

En estos dĂ­as se ha visto con toda claridad. La minorĂ­a integrada por el Partido Popular, Vox y Ciudadanos, ha pretendido que el Tribunal Constitucional actĂșe como un ariete contra la autonomĂ­a del Congreso y contra las mayorĂ­as legislativas allĂ­ existentes. Supuestamente lo hacĂ­an para proteger los derechos de sus diputados. Pero valerse de un amparo “preventivo” para solicitar medidas cautelarĂ­simas que bloqueen el procedimiento legislativo en el Congreso es otra cosa. Es intentar introducir de manera furtiva un control previo de las leyes que la ConstituciĂłn no recoge y que hoy el Tribunal Constitucional tiene vedado.

Insistimos: que las derechas quieran proteger sus derechos es lĂ­cito y tienen muchos momentos procesales para hacerlo. Lo que resulta inadmisible es su intento de frenar debates y votaciones legĂ­timas, aunque con ello se lesionen, a su vez, los derechos de una mayorĂ­a parlamentaria clara y transversal que sĂ­ quiere que salgan adelante. Y lo que mĂĄs subleva: que lo hagan instrumentalizando un Tribunal Constitucional con mandatos caducados cuya renovaciĂłn ellas mismas han bloqueado por todos los medios.

Si el jueves de la semana pasada se hubiera impedido la votaciĂłn en el Congreso, no solo se habrĂ­a consumado una grave adulteraciĂłn de la funciĂłn que la ConstituciĂłn y las leyes atribuyen al Tribunal Constitucional. Se habrĂ­a producido un golpe irreparable contra la divisiĂłn de poderes y contra la inviolabilidad del Parlamento como principio irrenunciable en cualquier democracia constitucional digna de ese nombre.

Tras la reforma del 2015 impulsada por el Partido Popular, el Tribunal Constitucional ya impidiĂł al Parlament de Catalunya discutir simplemente sobre el derecho de autodeterminaciĂłn o reprobar los actos de corrupciĂłn atribuidos a Juan Carlos de BorbĂłn. Lo que se pretende ahora es ir un paso mĂĄs allĂĄ y suspender cautelarmente iniciativas legislativas de ĂĄmbito estatal sin tener jurisdicciĂłn para ello.

Si el Constitucional hubiera requerido al Congreso suspender la votación del lunes sin soporte legal, sin dudas nos hubiéramos visto obligados, como miembros de la Mesa de la Cåmara, a defender su autonomía. Ya actuamos así cuando, en tutela de dicha inviolabilidad, nos negamos a suspender los derechos de diputados independentistas que habían sido votados por la ciudadanía. Y lo hicimos, también, cuando nos opusimos a que la presidenta Meritxell Batet privara a Alberto Rodríguez de su escaño en supuesto cumplimiento de un mandato de Manuel Marchena, presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo.

Haber acatado ahora un nuevo atentado contra la autonomĂ­a parlamentaria, esta vez proveniente del propio Tribunal Constitucional, hubiera sido consentir una insubordinaciĂłn antidemocrĂĄtica que habrĂ­a marcado para siempre la historia de nuestro parlamentarismo. En virtud del recurso de recusaciĂłn presentado contra Pedro GonzĂĄlez-Trevijano y Antonio NarvĂĄez RodrĂ­guez, la mayorĂ­a conservadora del Tribunal Constitucional se ha visto obligada a posponer para el lunes la resoluciĂłn de las peticiones del Partido Popular. Si ese sector, sin embargo, rechaza la recusaciĂłn, podrĂ­a consumar el golpe e intentar que el debate no prosiga en el Senado.

Una situaciĂłn semejante nos colocarĂ­a nuevamente ante lo que venimos denunciando a lo largo de estas lĂ­neas: un atentado artero contra la ConstituciĂłn, contra la ley orgĂĄnica que regula el funcionamiento del Tribunal Constitucional y contra una tradiciĂłn de constitucionalismo democrĂĄtico que se remonta a los tiempos de Kelsen. Esperemos que no ocurra. Y, si finalmente pasa, si el Tribunal Constitucional insiste en agredir la legalidad constitucional, tanto el Congreso como el Senado deberĂ­an levantar una voz de dignidad y negarse a aceptar su requerimiento, tal como plantea el catedrĂĄtico de Derecho Administrativo de la Universidad del PaĂ­s Vasco, Iñaki Lasagabaster. Ese serĂ­a su deber. En defensa de la autonomĂ­a parlamentaria, en defensa de la legalidad vulnerada, y contra un intento de “atropello democrĂĄtico” que debe frenarse en seco antes de que el daño resulte irreparable. 

ÂżQuĂ© hacer con Vox en el Congreso?

2 de diciembre de 2022

Por Gerardo Pisarello y Javier SĂĄnchez Serna en El Diario.es

Una semana de provocaciones y de improperios han bastado para reactivar el debate. De entrada, porque no se estå ante exabruptos aislados sino ante una estrategia deliberada. Que ni es nueva ni es exclusiva de nuestra ultraderecha vernåcula. Las actuaciones de Vox en el Congreso de estas semanas han sido ensayadas ya por el trumpismo en Estados Unidos, por el bolsonarismo en Brasil, y por algunos de sus nuevos émulos en Europa y América. Se trata, pues, de una estrategia de tensión con objetivos claros. El mås evidente, trasladar al Parlamento discursos de odio y noticias falsas ya utilizados en mítines, redes sociales, y medios afines, y minar con ello las condiciones para un debate mínimamente democråtico.

Como ya ocurrió en otros momentos históricos, la gran cuestión es cómo lidiar con estas actuaciones. Que en el Congreso se produzcan debates que impliquen discrepancias contundentes entre diferentes fuerzas políticas no solo es legítimo. Resulta imprescindible en sociedades con intereses diversos y a menudo contrapuestos. Pero aquí hablamos de otra cosa: de evitar que esas discrepancias se expresen a través de formas vejatorias, sexistas, racistas, que lesionan la dignidad de las personas y degradan las instituciones representativas.

No se trata de algo sencillo. En el rifirrafe parlamentario, todos los grupos suelen incurrir en salidas de tono. El problema es cuando esto deja de ser un hecho puntual para convertirse en un patrĂłn sostenido en el tiempo, que es lo que Vox viene haciendo desde los inicios de esta legislatura y lo que ha decidido reactivar para recuperar el impulso perdido tras las elecciones en AndalucĂ­a.

Ni los insultos y descalificaciones de Vox a la ministra Irene Montero, ni sus ataques a diputadas defensoras de políticas feministas, ni sus incumplimientos sistemáticos del Reglamento de la Cámara, son nuevos. Y lo peor es que en muchos casos han gozado de impunidad. A día de hoy, la presidencia de la Cámara no ha tomado medida alguna para sancionar a los 52 diputados de Vox que se niegan a presentar su declaración de intereses. Tampoco se sancionó a dos diputados de Vox que sabotearon abiertamente un acto dentro del Congreso en el que se condenaba la criminalización de seis jóvenes de Zaragoza que participaron en una manifestación antifascista. Y lo que es especialmente grave, no se adoptó ninguna amonestación clara contra el diputado de Vox que desobedeció a Alfonso Gómez de Celis, cuando este, presidiendo la sesión, lo expulsó del hemiciclo tras haber llamado “bruja” a la diputada socialista Laura Berja.

El problema es que ya no se trata solo de la impunidad creciente de la ultraderecha, sino de que la propia presidencia del Congreso, en su afán de mostrarse firme “con unos y otros”, acabe por equiparar a agresores y agredidos y a actuaciones que poco tienen que ver entre sí.

No es de recibo, por ejemplo, que la presidencia censure por igual a un diputado de Vox que acusa a otros de ejercer el “terrorismo etarra”, que a quien utiliza la expresión “fascismo” para calificar la exaltación del franquismo o de personajes como Millán Astray. Y es que lo primero supone la atribución de un delito grave recogido en el Código Penal. “Fascismo”, en cambio, es un concepto político históricamente datado, como “comunismo”, “socialismo” o “anarquismo”, que un parlamento democrático no puede pretender proscribir.

Tampoco es de recibo intentar, como se ha hecho, equiparar supuestas faltas de respeto institucionales “cometidas por unos y otros” sin que medie justificaciĂłn suficiente. Recientemente, por ejemplo, el diputado del Bloque Nacionalista Galego NĂ©stor Rego enviĂł una nota a la Mesa cuestionando que la presidencia le obligara a retirar una serie de crĂ­ticas a la instituciĂłn monĂĄrquica. Su queja estaba plenamente justificada, toda vez que el propio Tribunal de Estrasburgo ha recordado que las crĂ­ticas parlamentarias a la monarquĂ­a y al propio rey son cuestiones de interĂ©s pĂșblico que la libre expresiĂłn de los diputados y diputadas ampara.

Tras debatir algunos de estos temas en la Mesa, la presidenta Meritxell Batet se comprometiĂł ante sus miembros a aplicar el reglamento con rigor para evitar estas arbitrariedades. Pero es significativo que el primer caso en que lo hizo fue para llamar al orden a la propia Irene Montero, quien en respuesta a los ataques sufridos, recordĂł al Partido Popular que campañas como las que impulsaron en Galicia fomentaban lo que la propia ONU denomina “cultura de la violaciĂłn”. La impresiĂłn, una vez mĂĄs, fue que Batet intentaba afirmarse en que “aquĂ­ todos se exceden” para no incomodar a Vox ni entrar en conflicto con el Partido Popular.

Todo esto, obviamente, es peligroso, ya que un parlamento que se quiera democrĂĄtico y plural deberĂ­a poder garantizar con firmeza un principio bĂĄsico: toda la libre expresiĂłn posible para sus miembros y todas las restricciones necesarias cuando de lo que se trate es de evitar humillaciones sexistas, xenĂłfobas u otras formas de difamaciĂłn dirigidas a colectivos en situaciĂłn de vulnerabilidad.

No se trata de algo imposible. AhĂ­ estĂĄ el ejemplo del ex presidente de la CĂĄmara de los Comunes, John Bercow, quien consiguiĂł atajar con firmeza las bravuconadas machistas del mismĂ­simo Boris Johnson. AhĂ­ estĂĄ, tambiĂ©n, el papel del presidente del parlamento andaluz, JesĂșs Aguirre, del Partido Popular, quien no dudĂł en retirar la palabra a un diputado de Vox que insistĂ­a en difamar a sus adversarios. Y ahĂ­ estĂĄn, igualmente, casos como el del diputado de la ultraderecha francesa, GrĂ©goire de Fournas, expulsado de la Asamblea Nacional y sancionado a cobrar dos meses la mitad de su sueldo por espetar a un diputado negro de izquierdas que volviera a África.

Lo que Vox estĂĄ intentando hacer en el Parlamento español para recuperar protagonismo no puede normalizarse ni naturalizarse. Porque no es algo aislado. Es una estrategia ya defendida por juristas de inclinaciones nazis como Carl Schmitt, y por los Trump y los Bolsonaro de turno: erosionar el parlamentarismo y sustituirlo progresivamente por una forma mĂĄs autoritaria y concentrada de gobierno en manos de algĂșn nuevo FĂŒhrer o caudillo.

La presidencia del Congreso no puede ser condescendiente ni neutral ante las agresiones reiteradas y sistemĂĄticas de la ultraderecha. Y la sociedad tampoco. Hoy, mĂĄs que nunca, hacen falta pedagogĂ­a y contrapoderes sociales, ciudadanos, capaces de mantener a raya a actores con poder pĂșblico y privado que no se autolimitarĂĄn sin esa presiĂłn externa. No es sencillo. Pero es la Ășnica manera de evitar que las derechas radicalizadas vayan demoliendo poco a poco espacios democrĂĄticos que han sido arduamente conquistados, que hoy deben ser ampliados, pero que bajo ningĂșn concepto podemos permitirnos perder. 

Gerardo Pisarello es diputado de En ComĂș Podem y secretario primero de la Mesa del Congreso, y Javier SĂĄnchez Serna es diputado de Unidas Podemos y secretario tercero de la Mesa.

El republicanismo fraternal de LluĂ­s Companys

A 82 años de su infame fusilamiento, el abogado defensor de los derechos de los trabajadores, el republicano federalista y el presidente mårtir de Catalunya, esperan reparación. Quizås una parte de esa reparación llegue con la nueva Ley de memoria democråtica, a pesar de sus límites innegables

LluĂ­s Companys, president de la Generalitat, con Roc Boronat a su derecha, iza la bandera catalana en el balcĂłn de la sede del Sindicat de Cecs.
LluĂ­s Companys, president de la Generalitat, con Roc Boronat a su derecha, iza la bandera catalana en el balcĂłn de la sede del Sindicat de Cecs. Gabriel Casas i Galobardes/ Archivo de la Generalitat de Catalunya

Por Gerardo Pisarello

14 de octubre de 2022 El Diario.es

Un 15 de octubre de 1940, por decisiĂłn directa de Francisco Franco, era fusilado en Barcelona, en el castillo de MontjuĂŻc, LluĂ­s Companys, president de Catalunya y ex ministro de la RepĂșblica española. El proceso que condujo a su muerte fue una versiĂłn extrema, infame, de lo que hoy se conoce como lawfare: una pantomima llena de calumnias sobre la vida pĂșblica y privada del acusado, con una sentencia dictada de antemano. Pero el ensañamiento de las derechas radicalizadas con Companys, que hoy pervive en Vox y en el ayusismo que predomina en el Partido Popular, no es casual. Por su catalanismo, por sus convicciones federales, y por el republicanismo que encarnĂł, siempre solidario y fraternal con los pueblos y gentes trabajadoras de todo el Estado.

El Companys mĂĄrtir de la dictadura franquista, en efecto, no se explica sin el vehemente abogado catalanista que, en los años previos, se forjĂł como activista en la lucha por una España republicana, democrĂĄtica y federal. Desde sus primeros pasos en polĂ­tica, destacĂł por su compromiso con las clases trabajadores. Fue abogado de sindicalistas y obreros. Como buen conocedor de la vida rural, tambiĂ©n contribuyĂł de manera decisiva a la organizaciĂłn del campesinado, creando para ello la UniĂł de Rabassaires. Y todo ello, en el marco de una oposiciĂłn decidida a la monarquĂ­a borbĂłnica, cĂłmplice vergonzosa de la dictadura de Primo de Rivera.

En los convulsos años de la Barcelona de la primera posguerra, Companys arriesgó su vida en defensa de los trabajadores y contra la violencia de los sectores mås recalcitrantes de la patronal. Esa violencia del poder privado le arrebató dos íntimos amigos: el abogado Francesc Layret, fundador junto a él del Partido Republicano Catalån, y Salvador Seguí, prestigioso líder anarcosindicalista partidario de la creación de un partido político que representara a la clase obrera catalana.

Hasta el advenimiento de la Segunda RepĂșblica, Companys fue, ante todo, un impulsor de la causa republicana. Por ello fue detenido varias veces y encarcelado. Y a ello dedicĂł su infatigable trabajo como abogado, periodista, concejal del Ayuntamiento de Barcelona o diputado en el Congreso. La victoria republicana en las elecciones de 1931 significĂł el salto de activista al gobernante. En poco tiempo, fue diputado en las Cortes Constituyentes de 1931, ministro de Marina en el gobierno de Manuel Azaña y, a la muerte de Francesc MaciĂ , president de la Generalitat de Catalunya.

Ya en este cargo, Companys impulsó una reforma de los arrendamientos agrícolas favorable a los trabajadores que fue férreamente resistida por la derecha catalana y por los terratenientes y propietarios rurales del Instituto Agrícola Catalån de San Isidro. Poco mås tarde, le tocó asumir algunas decisiones políticas clave que todavía hoy son discutidas.

Una de ellas fue su participación en la proclamación republicana y federal de octubre de 1934. El contexto era enormemente complejo. Las derechas nazis y fascistas crecían en Europa y utilizaban la violencia y la intimidación para abrirse paso en las instituciones democråticas y minarlas desde dentro. Cuando en España se anunció que las derechas locales que simpatizaban con estos sectores ultras entrarían en el Gobierno, se produjo una reacción instintiva entre las clases populares. La revolución asturiana de 1934, protagonizada por trabajadoras y trabajadores socialistas, anarquistas y comunistas, fue eso: un intento de detener preventivamente lo que se percibía, con fundadas razones, como un movimiento antirrepublicano y golpista.

Desde Catalunya, Companys decidiĂł secundar esta llamada a resistir a las “fuerzas monĂĄrquicas y fascistas que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar la RepĂșblica”. El 6 de octubre proclamĂł el Estado catalĂĄn dentro de la RepĂșblica federal española. Y lo hizo apelando a la “Cataluña liberal, democrĂĄtica y republicana que no puede estar ausente ni silenciar su voz de solidaridad con los hermanos que en las tierras hispanas luchan hasta la muerte por la libertad y el derecho”.

Por esta decisiĂłn, Companys y otros consejeros de su gobierno recibieron una condena de 30 años de prisiĂłn. La acusaciĂłn de sus juzgadores era la de haber querido imponer “por la violencia aquel rĂ©gimen federal que la soberanĂ­a constituyente rechazara”. Cinco de los veintiĂșn vocales del tribunal, sin embargo, se pronunciaron a favor de la absoluciĂłn. Su argumento fue que los acusados, lejos de haber atentado contra las instituciones republicanas, habĂ­an intentado preservarlas frente una regresiĂłn golpista de ultraderecha (que efectivamente se consumarĂ­a con la sublevaciĂłn franquista).

Años después, ya restituido en la presidencia de la Generalitat como consecuencia del concluyente triunfo electoral de los frentes de izquierdas, Companys tuvo que volver a afrontar un contexto de similar complejidad. De lo que se trataba, esta vez, era de lidiar con la nueva revolución popular que se había desatado en julio de 1936 tras la victoriosa respuesta al alzamiento fascista en Barcelona. En aquella ocasión, Companys puso todo su empeño en intentar minimizar la violencia en la retaguardia republicana. Se pudo equivocar algunas veces. Pero siempre fue consecuente en su defensa del autogobierno de Catalunya, de la fraternidad republicana y de la libertad.

A 82 años de su infame fusilamiento, el abogado defensor de los derechos de los trabajadores, el republicano federalista y el presidente mårtir de Catalunya, esperan reparación. Quizås una parte de esa reparación llegue con la nueva Ley de memoria democråtica, a pesar de sus límites innegables. Pero no serå suficiente. Y no lo serå porque las derechas radicalizadas que lo calumniaron y lo asesinaron junto a Miguel Hernåndez, las Trece Rosas, Joan Peiró o Juliån Zugazagoitia, vuelven a campar por sus anchas, tanto en España como en Europa.

CostarĂ­a, en efecto, encontrar hoy entre las derechas españolas gente como el conservador liberal madrileño Ángel Ossorio y Gallardo, que no solo llegĂł a ser abogado defensor de Companys, sino que le dedicĂł una biografĂ­a que todavĂ­a hoy emociona. Claro que para llegar hasta aquĂ­, el propio Ossorio entendiĂł que ni la monarquĂ­a, ni las exaltadas derechas que la acompañaban, podĂ­an garantizar las libertades que para Ă©l resultaban irrenunciables. La ausencia de gente como Ă©l hace que todo sea mĂĄs difĂ­cil. Encontrarla, convencerla, es el gran reto de un antifascismo republicano, democrĂĄtico, amplio, en condiciones de parar una nueva ola barbarie que la humanidad no puede permitirse.  

El 12 de octubre de las ultraderechas

Una cosa es reconocer el plural y rico legado europeo e hispano en América y otra muy diferente negar los desmanes que se cometieron durante la conquista y que han dejado una herida colonial que perdura hasta hoy.

12/10/2022 CTXT

Las derechas radicalizadas llevan años utilizando el 12 de octubre como una plataforma para exhibir una idea de España que conecta con los tĂłpicos mĂĄs esperpĂ©nticos del franquismo. Lo hizo el Partido Popular el año pasado y lo ha hecho Vox este año. De manera desacomplejada, virulenta, cuando no rayana en el ridĂ­culo. La operaciĂłn no es ingenua. Es una ofensiva cultural dirigida a apuntalar un proyecto “hispanoamericano” de neoliberalismo furioso, neocolonial, en tiempos de guerra y de crisis energĂ©tica. Sus protagonistas, fundamentalmente, son las viejas Ă©lites extractivistas, rentistas, de uno y otro lado del ocĂ©ano. Que en un contexto belicista, y en un mundo cada vez mĂĄs multipolar, querrĂ­an encontrar un ĂĄmbito geopolĂ­tico de influencia, y de supervivencia, compatible con los designios estadounidenses en el continente.

Los conquistadores de pecho abombado

En estos Ășltimos años, la ultraderecha ha intentado presentar su proyecto como una rebeliĂłn frente a lo que despectivamente llaman el “consenso progre” y “el globalismo” (lĂ©ase, los derechos humanos reconocidos en decenas de tratados y cartas internacionales). Con este trasfondo, ha decidido invertir la mirada crĂ­tica clĂĄsica y presentar el 12 de octubre como una fecha de reparaciĂłn de todos los “ofendidos” por los agravios del “multiculturalismo”, “los separatismos” o “el populismo”.

Partiendo de esta mirada, los sectores mĂĄs duros de las derechas patrias se revolvieron iracundos cuando el presidente de MĂ©xico, AndrĂ©s Manuel LĂłpez Obrador, exigiĂł a Felipe VI que pidiera perdĂłn por los crĂ­menes amparados por la Corona en tierras americanas. La peticiĂłn, sin embargo, no era extemporĂĄnea. El rey Leopoldo de BĂ©lgica y la propia Isabel II del Reino Unido lo habĂ­an hecho sin que sus reinados se desmoronaran por ello. Y en el caso español no habĂ­a menos razones para hacerlo. No solo por las andanzas de HernĂĄn CortĂ©s en el pasado, sino por la manera en que algunas empresas como Iberdrola o Naturgy estaban intentando reeditar en MĂ©xico algunas prĂĄcticas propias de los viejos encomenderos.  

En un acto de respuesta a la supuesta afrenta anti-española, personajes como Isabel DĂ­az Ayuso, JosĂ© MarĂ­a Aznar o Santiago Abascal, decidieron cargar contra el gobierno de LĂłpez Obrador, contra los pueblos indĂ­genas, e incluso contra el propio Papa Francisco –que habĂ­a formulado unas palabras de disculpa similares a las del cardenal Joseph Ratzinger unos años atrĂĄs–, acusĂĄndolos de ser promotores de una nueva forma de “comunismo”. Para hacerlo, sacaron a relucir, con el pecho abombado, todo un catĂĄlogo de rudos e insobornables conquistadores, desde Don Pelayo al Cid Campeador (que no tuvo empacho, llegado el momento, en cobrar de Al-Muqtadir, rey morisco de Zaragoza).

Este año, Vox ha llevado al paroxismo estas iniciativas patriĂłticas. En una llamativa fiesta organizada en Madrid bajo el nombre “Viva 22”, los de Abascal dedicaron a Isabel la CatĂłlica y a HernĂĄn CortĂ©s carpas temĂĄticas rodeadas de banderas españolas en las que se ensalzaba su ardor guerrero. Abascal, de hecho, pronunciĂł su discurso central rodeado de quijotes que luchaban contra aerogeneradores y de figurantes vestidos de monjes, reyes y toreros.

En una llamativa fiesta, los de Abascal dedicaron a Hernån Cortés carpas temåticas rodeadas de banderas españolas en las que se ensalzaba su ardor guerrero

DĂ­az Ayuso no se ha quedado atrĂĄs. En la vĂ­spera del 12 de octubre, retuiteĂł con un orgulloso “Me too”, en inglĂ©s, un video en defensa del catolicismo y la monarquĂ­a promocionado por Jaime Mayor Oreja (“Mayor Oreja, menor cerebro”, rezaban algunos grafitis maliciosos hace años). El vĂ­deo en cuestiĂłn, planteado una vez mĂĄs como un festivo llamado a la rebeliĂłn frente a las prohibiciones y las pasiones tristes de las izquierdas, convocaba a la juventud a asumirse como “facha” con la misma convicciĂłn con la que se podĂ­a defender la españolidad “de la tortilla de patata, con o sin cebolla”. 

No es difĂ­cil reconocer en estas y otras iniciativas similares un intento de la ultraderecha de subir los decibeles en sus bravuconadas sexistas, racistas o clasistas. AhĂ­ estĂĄn, como ejemplo, los lamentables cĂĄnticos machistas proferidos por un seguidor de Vox desde las ventanas del Colegio Mayor para ricos, ElĂ­as Ahuja, de Madrid (“Putas, salid de vuestras madrigueras, conejas
 sois unas putas ninfĂłmanas, os prometo que vais a follar todas en la capea, ÂĄvamos Ahuja!”). Y ahĂ­ estĂĄ, tambiĂ©n, la deliberada decisiĂłn de la ultraderecha de convocar en la capital del Reino, justo antes del 12 de octubre, la Segunda Cumbre de lo que ellos llaman la Iberoesfera.

Estas cumbres, cada vez más frecuentes, se plantean como el embrión de una Internacional reaccionaria decidida a expandirse en diferentes países de habla hispana, y a hacer frente a espacios de izquierdas o progresistas como el Foro de São Paulo, fundado por el Partido de los Trabajadores de Brasil en 1990, o el informal Grupo Pueblo, de creación más reciente. Entre sus miembros más asiduos suelen estar muchos firmantes de la llamada Carta de Madrid, promovida por Vox en octubre de 2020 con el fin, una vez más, de combatir el “consenso progre”, “la Agenda 2030” y el “comunismo global”.

Estas convocatorias suelen reunir a las expresiones mĂĄs delirantes de la extrema derecha internacional. Desde personajes como Eduardo Bolsonaro, admirador, como su padre, del golpe de Estado de 1964 contra JoĂŁo Goulart, a los ultras argentinos Javier Miley y JosĂ© Luis Espert, nostĂĄlgicos, tambiĂ©n, de la dictadura de Videla; pasando por el exministro golpista de Bolivia, Arturo Murillo, hoy detenido en una cĂĄrcel de Miami; o la presidenta del partido Hermanos de Italia –Fratelli di Italia–, Giorgia Meloni.

Aunque Vox y el Partido Popular de Aznar y Ayuso se reparten ĂĄreas de incidencias y pueden variar en el tono, comparten muchas amistades, aliados, y medidas programĂĄticas. Este año, por ejemplo, la Cumbre de la Iberoesfera ha contado con invitados especiales como el chileno JosĂ© Antonio Kast, hijo de nazis alemanes, amigo del marquĂ©s de Vargas Llosa y conocido admirador de Pinochet, o la senadora colombiana MarĂ­a Fernanda Cabal, seguidora de Álvaro Uribe. TambiĂ©n ha recibido saludos entusiastas del propio Donald Trump, que ha dejado claro el padrinazgo de la ultraderecha estadounidense a un “hispanoamericanismo” que consideran aliados de sus intereses en AmĂ©rica Latina.

Un nuevo partido de encomenderos e inquisidores

Sería un error pensar, en todo caso, que estas ofensivas de la derecha radical y de la ultraderecha persiguen dar la batalla cultural por un pasado ya muerto. Su propósito, por el contrario, es reforzar culturalmente, de una manera que habría alertado a Antonio Gramsci, un proyecto de acumulación y de despojo económico que lleva décadas produciéndose.

Al igual que ocurrió durante la conquista de finales del siglo XVI, los nuevos conquistadores patrocinados por las derechas radicalizadas van acompañados de nuevos encomenderos y de nuevos inquisidores. Unos, especialmente interesados en hacerse con recursos energéticos clave como el petróleo, el litio, el carbón y otros minerales existentes en sus antiguas colonias de África o América. Otros, siempre dispuestos a dar cobertura ideológica, con la Biblia o con la espada, a empresas cuyo caråcter predatorio apenas queda disimulado tras los millones invertidos en publicidad.

Este proyecto neoliberal y neocolonial ha visto en este 12 de octubre marcado por la guerra, la inflaciĂłn y una batalla internacional por la apropiaciĂłn de recursos energĂ©ticos escasos, una oportunidad de oro para una nueva ofensiva. Los ataques a los movimientos indĂ­genas y campesinos que protegen selvas, bosques y tierras de las grandes transnacionales; las violentas diatribas contra el feminismo y los movimientos LGTBIQ+ que ponen en cuestiĂłn las formas patriarcales de organizar la familia y la economĂ­a; las proclamas racistas y clasistas contra colectivos empobrecidos o contra las organizaciones sindicales, son parte de este ataque. Las fake news, los golpes, la utilizaciĂłn de las cloacas del Estado y las operaciones de lawfare, de persecuciĂłn judicial arbitraria contra activistas sociales y gobiernos populares o progresistas, tambiĂ©n.

Para llevarlas adelante, las derechas radicalizadas y las ultraderechas cuentan con jueces, fiscales, policĂ­as y parapolicĂ­as, medios de comunicaciĂłn y de propaganda propios e incluso con iglesias –evangĂ©licas, pentecostales o de grupos cristianos reaccionarios– dispuestas a actuar coordinadas con un objetivo comĂșn: presentar cualquier intento de limitar sus ambiciones econĂłmicas, por moderado que sea, como la encarnaciĂłn de un nuevo SatanĂĄs y como una amenaza a la familia tradicional o a la propiedad privada de todos.

La necesidad de alternativas republicanas fraternales y no coloniales

El avance de este nuevo partido de conquistadores, encomenderos e inquisidores, apoyado por organizaciones como Atlas Network y financiados por grandes petroleras norteamericanas o por plutĂłcratas como Charles Koch, es patente. No obstante, tras su irrupciĂłn repentina en el ĂĄmbito electoral con operaciones de manipulaciĂłn de datos como las de Cambridge Analytica, ha ido perdiendo su capacidad de sorpresa –que no de causar daño– y ha comenzado a generar resistencias.

Muchas de esas resistencias parten, como no podĂ­a ser de otra manera, del reconocimiento de la importancia del legado hispano o europeo en la configuraciĂłn sociolĂłgica del continente americano. Lo que ocurre es que ese legado es mucho mĂĄs plural de lo que las derechas radicales estarĂ­an dispuestas a aceptar cuando invocan un 12 de octubre que parece salido de algĂșn capĂ­tulo del Nodo franquista. Y es que ese legado, contra lo que sugieren los nuevos conquistadores de pecho inflado, incluye, por supuesto, tradiciones cristianas, catĂłlicas y no catĂłlicas. Pero tambiĂ©n judĂ­as, ĂĄrabes, que han convivido o se han mezclado con formas de religiosidad afro o vinculadas a los pueblos originarios. Y a esas herencias hay que sumar otras: liberales, anarquistas, conservadoras, socialistas y tantas mĂĄs, que han ido configurando sociedades culturalmente ricas e irreversiblemente mestizas.

El avance de este nuevo partido de conquistadores, encomenderos e inquisidores es patente

Lo que las derechas radicalizadas no entienden es que una cosa es reconocer el plural y rico legado europeo e hispano en América y otra muy diferente negar los desmanes que se cometieron durante la conquista y que han dejado una herida colonial que perdura hasta hoy. A partir de fenómenos como el de Black Lives Matter o el de las reivindicaciones del 12 de octubre como día de la resistencia indígena, son cada vez mås las voces que denuncian un viejo proyecto capitalista racista, clasista y ecocida, que ha mutado en algunas de sus formas, pero que subsiste todavía en nuestro tiempo, como han mostrado Andy Robinson y otros periodistas.

Algunas de estas voces, encarnadas en movimientos cristianos de base y en redes de solidaridad con el Sur Global, recuerdan a la del fraile sevillano Bartolomé de las Casas o a la del castellano Antonio de Montesinos, cuando, con la misma valentía solitaria exhibida hoy por el Papa Francisco, denunciaban las vejaciones y expolios que el sistema encomendero había producido en América.

Ese hilo anticolonial se ha mantenido a travĂ©s de la historia. No solo entre los descendientes de Tupac Amaru, el cacique Lautaro o Bartolina Sisa, sino tambiĂ©n entre quienes, desde la propia PenĂ­nsula, leyeron a Las Casas y dieron continuidad a sus ideas. Desde el barcelonĂ©s Francisco Pi y Margall, presidente de la Primera RepĂșblica española de 1873, hasta la extremeña Carolina Coronado, una de las figuras mĂĄs destacadas del movimiento antiesclavista de su tiempo.

Pi y Margall no dudĂł, en pleno siglo XIX, en cuestionar la bondad de las llamadas Leyes de Indias todavĂ­a hoy rescatadas por Vox y el PP, recordando, como Las Casas, que a travĂ©s de ellas “se torturaba el espĂ­ritu de los indios” y “con el pretexto de fortificarlos en la doctrina de Cristo, los entregaban a merced de unos que llamaban encomenderos, que los trataban poco menos que como esclavos [
] y los enviaban por cientos a la muerte”.

Pi y Margall no dudĂł, en pleno siglo XIX, en cuestionar la bondad de las llamadas Leyes de Indias todavĂ­a hoy rescatadas por Vox y el PP

Con esa misma contundencia, Pi admitía que Hernån Cortés había sido el mås culto de los conquistadores españoles. Y que ese refinamiento, sin embargo, no le había impedido actuar con inusitada crueldad, ahorcando a dirigentes indígenas de quienes se fingió respetuoso amigo, mutilando a prisioneros o pasando a cuchillo a miles de hombres y mujeres indefensos.

Obviamente aquellas crĂ­ticas de Pi a todo tipo de colonialismo –no solo a español, sino tambiĂ©n al britĂĄnico, en muchos aspectos mĂĄs feroz que aquel– no se limitaban a lo ocurrido en el siglo XVI. SuponĂ­an una oposiciĂłn frontal radical al esclavismo y al colonialismo de su tiempo, que incluĂ­a la perpetraciĂłn de brutalidades en Cuba o Filipinas, como la ejecuciĂłn vil, a manos de MillĂĄn Astray, del patriota filipino JosĂ© Rizal.

Es el ejemplo de gente como Las Casas, como Tupac Amaru, como Pi y Margall y Carolina Coronado, el que debería llevar a las fuerzas democråticas, progresistas, de izquierdas, a pensar una alternativa al internacionalismo de ultraderecha, neoliberal y neocolonial, que hoy pretende imponerse. Esa alternativa ya estå presente en las resistencias de miles de víctimas de estos proyectos neoliberales y neocoloniales, desde Chico Mendes a Berta Cåceres o Marielle Franco. También en las iniciativas latinoamericanistas, e incluso iberoamericanistas, de figuras como Ignacio Lula da Silva o Gustavo Petro, o en las pråcticas solidarias llevadas a cabo por sindicatos y movimientos feministas, antirracistas o ecologistas que, por evidentes razones culturales, mantienen vínculos estrechos de uno y otro lado del océano.

Esas iniciativas sociales y políticas ibero y trans-americanas, tan alentadas por pensadores como José Saramago, deberían ser conscientes de la necesidad urgente de articular respuestas comunes a la brutalidad de la ultraderecha mundial. Ello exige desplegar iniciativas culturales, mediåticas y organizativas conjuntas, basadas en el mutuo reconocimiento y en la traducción de las diferentes luchas que se estån produciendo contra los ataques racistas, sexistas y clasistas que el neofascismo neoliberal de nuestro tiempo ampara sin ruborizarse.

Que Vox, de hecho, haya elegido el 12 de octubre para convocar a las extremas derechas de AmĂ©rica, Europa y Estados Unidos, y lo haya hecho publicitando una patĂ©tica canciĂłn que pide “Volver a 1936”, no parece del todo fortuito. Y es que fue un 12 de octubre de 1936 cuando el fascista JosĂ© MillĂĄn-Astray, enconado defensor del “macizo de la raza”, amenazĂł en la Universidad de Salamanca a un Miguel de Unamuno que aparecerĂ­a misteriosamente muerto tiempo despuĂ©s.

Unamuno, como Pi y Margall, habĂ­a mostrado su admiraciĂłn por Rizal y por los patriotas de las colonias que no querĂ­an seguir siendo sĂșbditos de la Corona sino ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes. Unamuno, igual que Pi, habĂ­a entendido, despuĂ©s de leer a su admirado SimĂłn BolĂ­var, que la Ășnica alternativa a la degradaciĂłn del imperio hispano era la construcciĂłn de nuevos lazos iberoamericanos entre pueblos libres e iguales. Y Unamuno, como Pi, habĂ­a llegado a la conclusiĂłn de que ese proyecto era inviable bajo los Borbones, por lo que era menester poner en pie alternativas republicanas, fraternales y no coloniales, que le ayudaran a abrirse camino. Que asĂ­ sea.

Gerardo Pisarello

Diputado de En ComĂș Podem. Profesor de Derecho Constitucional de la UB.

Los peligros de la foto de familia de la MonarquĂ­a española

Cuesta creer que, en un momento judicial y socialmente tan delicado para Juan Carlos I, la Casa del Rey no haya hecho mĂĄs por tomar distancias y evitar que Felipe VI fuera visto junto a su padre en Londres
En la segunda fila, de derecha a izquierda, el rey Felipe VI, la reina Letizia, el rey emérito y doña Sofía, en una captura de vídeo del funeral por Isabel II de Inglaterra, el pasado 19 de septiembre en Londres.
En la segunda fila, de derecha a izquierda, el rey Felipe VI, la reina Letizia, el rey emérito y doña Sofía, en una captura de vídeo del funeral por Isabel II de Inglaterra, el pasado 19 de septiembre en Londres.EFE

Por Gerardo Pisarello

El PaĂ­s. 22/9/2022

“Todas las familias felices se parecen entre sĂ­, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. La conocida sentencia de TolstĂłi ilustra bien el trĂĄgico sino de las instituciones hereditarias. Continuar los logros de los padres, alejarse de sus vicios, permanecer en las virtudes de un hijo o abjurar de sus traiciones. Todo puede ser objeto de dicha o de desgracia. MĂĄs aĂșn si en la asunciĂłn o el rechazo de esa herencia se dirime una cuota de poder. QuizĂĄs por eso, la frase de TolstĂłi, aplicable a las familias en general, cobra especial relevancia cuando de las familias reales se trata.

La muerte de Isabel II de Inglaterra, una de las reinas mĂĄs longevas de la historia, ha vuelto a poner de relieve la importancia que la herencia tiene en una instituciĂłn no electiva como la monarquĂ­a. Los reyes no son investidos como tales por sus mĂ©ritos o por libre voluntad ciudadana. Lo son simplemente por tener la sangre o por ser hijos de alguien. Esto Ășltimo otorga a la herencia recibida de sus antecesores un papel central, ya que puede ser la clave para que el nuevo rey —carente de legitimidad de origen— consiga labrarse una nueva legitimidad de ejercicio.

El caso de Carlos III de Inglaterra es paradigmĂĄtico. Muchos de los problemas que su reinado enfrenta tienen que ver con la falta de legitimidad democrĂĄtica a la que suele asociarse a la monarquĂ­a. AsĂ­ lo ven las generaciones mĂĄs jĂłvenes, cuyo apoyo a la instituciĂłn no pasa del 30%. Y asĂ­ lo ve tambiĂ©n una creciente mayorĂ­a social en Escocia, Australia o Jamaica que, tras siglos bajo la Ă©gida de la monarquĂ­a, aspira a vivir en repĂșblicas.

Frente a esa realidad, Carlos III sabe que una de las pocas bazas con las que cuenta es poder beneficiarse de lo mejor de la herencia materna. Hacerse con el tiempo de su carisma, y conseguir, como ella, transcurrir con un perfil discreto, que disimule las carencias de una instituciĂłn que en muchos sitios fuera de Inglaterra es sinĂłnimo de colonialismo, de racismo, y de privilegios inaceptables. Es difĂ­cil saber si el hombre que es incapaz de apartar un tintero sin la ayuda de un sĂșbdito o que se irrita en pĂșblico porque un bolĂ­grafo le ha manchado un dedo de tinta podrĂĄ conseguirlo. Pero de lo que no hay duda es que de ello depende su supervivencia polĂ­tica.

Si esta reflexiĂłn se traslada a nuestro entorno, la situaciĂłn parece la inversa. Felipe VI lleva tiempo intentando construir una legitimidad de ejercicio que lo aleje, y no que lo acerque, de su padre. La tarea es ardua. De entrada, porque los cuestionamientos de Juan Carlos I y de sus conductas comienzan a ser tan generalizados que es casi imposible hacerlo con discreciĂłn.

Durante los fastos por la muerte de Isabel II, fueron muchos los medios britĂĄnicos que recordaron las acusaciones que pesan sobre Juan Carlos I. Incluida, claro estĂĄ, la de acosar, difamar y vigilar ilegalmente en la propia Inglaterra a su exsocia Corinna Larsen. QuizĂĄs por eso, la foto del rey emĂ©rito junto al Rey actual resulta tan inquietante. Porque cuesta creer que, en un momento judicial y socialmente tan delicado para Juan Carlos, la Casa del Rey no haya hecho mĂĄs por tomar distancias. Un monĂĄrquico lĂșcido tendrĂ­a razones para estar preocupado. Porque si la impresiĂłn que se genera es que el hijo consiente las estrategias del padre para burlar la justicia britĂĄnica, no hace falta ser un TolstĂłi republicano para augurar a la familia real un futuro poco prometedor.