IntervenciĂłn en la ComisiĂłn de Asuntos Exteriores, el 23/04/2020
Hoy volvemos a encontrarnos en una situaciĂłn inesperada, grave, que no puede equipararse a ninguna que hayamos vivido en este siglo, al menos en las zonas mĂĄs privilegiadas del planeta.
El tsunami sanitario, social, econĂłmico, en el que nos encontramos es nuevo, pero no es casual. Es el producto de unas polĂticas privatizadoras y extractivistas que nos han traĂdo hasta aquĂ.
Si tenemos una emergencia sanitaria sin precedentes es porque hemos devastado el medioambiente hasta lĂmites indecibles y hemos roto las cadenas alimentarias.
Si tenemos una grave emergencia sanitaria es porque se consintiĂł la mercantilizaciĂłn de la sanidad y porque no ser reforzĂł suficientemente la malla pĂșblica que tanto logrĂł construir tras el fin del franquismo.
Si tenemos una grave emergencia social y econĂłmica es porque el Covid-19 estĂĄ castigando con especial intensidad a quienes ya venĂan siendo castigados por las crisis anteriores.
Las familias trabajadoras, las pequeñas y medianas empresas, los autónomos, las personas migrantes y refugiadas, las mujeres, en muchos casos sobreexpuestas al virus, a la precariedad y a la violencia de género.
Estamos por lo tanto ante un aviso de incendio, ante una alarma, ante el anuncio de una catĂĄstrofe que nos obliga a actuar y hacerlo ya.
Con sentido de la urgencia pero también con mirada larga, sabiendo que solo podemos evitar el abismo si impulsamos un cambio de paradigma que nos permita reiniciar y repensar profundamente nuestras formas de producir, de consumir y de relacionarnos, en la esfera interna y en la internacional.
Hoy tenemos muchas mĂĄs razones de las que tenĂamos en su primera comparecencia para reforzar un multilateralismo comprometido con al menos tres objetivos: revertir las abismales desigualdades globales, frenar la emergencia climĂĄtica y evitar que proliferen la carrera nuclear y las guerras por recursos.
Obviamente, ese multilateralismo con sentido social, ecolĂłgico, comprometido con la paz, tendrĂĄ aliados y tendrĂĄ adversarios.
Son muchas las voces, por ejemplo, que estån abogando por un New Deal como el de Roosevelt y por un nuevo Plan Marshall como el que contribuyó a la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial (por cierto condonando parte de la deuda de Alemania)
El problema es que del otro lado del AtlĂĄntico no tenemos hoy ni a Lincoln, ni a Roosevelt, ni a Marshall, y no se los espera.
Lo que hay es un presidente negacionista, cuya primera reacciĂłn ante el avance del Covid-19 fue negar la gravedad de la pandemia y a intoxicar el debate pĂșblico con afirmaciones conspirativas y xenĂłfobas como la del âvirus chinoâ.
Lo que hay es un presidente que ante los pésimos resultados de su gestión interna decidió retirar su apoyo a la OMS por traerle malas noticias, algo que el director de la prestigiosa revista médica The Lancet ha calificado como crimen contra la humanidad.
Lo que hay es un presidente que por razones electorales, ha desoĂdo la exigencia del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha decidido recrudecer el acceso de alimentos y medicinas a terceros paĂses, ha anunciado un recrudecimiento del bloqueo a Cuba e incluso ha anunciado maniobras militares en Venezuela que obviamente no ayudarĂan en nada a resolver el conflicto existente en la regiĂłn.
Si hubiera rectificaciones, bienvenidas sean. Pero mientras tanto, salvo entre nuestra extrema derecha, son cada vez menos las voces que esperan en Europa alguna soluciĂłn de la AdministraciĂłn Trump.
SĂ tenemos, en cambio, un gran reto en Europa, que sĂ tiene ante sĂ la obligaciĂłn de actuar de manera muy diferente a cĂłmo actuĂł en la crisis 2008.
Europa no puede volver a consentir polĂticas de austeridad como las que se impusieron al pueblo griego, para que años mĂĄs tarde salga un presidente de la ComisiĂłn a reconocer que esto sea habĂa hecho con mentiras y humillaciones.
Veremos que ocurre hoy, pero no faltan las razones para la preocupaciĂłn.
En estos dĂas hemos visto, tambiĂ©n, un conflicto desatado, explĂcito y cortoplacista, que ha impedido a gobiernos de derechas como los de Alemania, PaĂses Bajos o Austria, entender, aunque sea por interĂ©s propio, que si la periferia europea cae, es todo el proyecto el que caerĂĄ con Ă©l.
Hoy Europa se juega su futuro: o da un salto constituyente hacia una refundación mås social y democråtica, o por el contrario, corre el riesgo de colapsar como proyecto (sobre todo después del Brexit)
Hay que celebrar que los gobiernos progresistas de España, Italia y Portugal hayan puesto sobre la mesa una agenda que apunta en la primera dirección: 1) que haya inversión suficiente, 2) que esta se produzca a través de transferencias ante que de créditos, y 3) que se evite, en caso de endeudamiento, que los beneficiados sean los grandes especuladores.
Avanzar por este camino no serĂa sino reivindicar el legado de uno de los mĂĄs grandes economistas del siglo XX: John Maynard Keynes.
Durante Bretton Woods, Keynes sugiriĂł la creaciĂłn de una Banca Central Mundial que emitiese una moneda internacional para financiar la reconstrucciĂłn.
Y agregĂł otra cuestiĂłn bĂĄsica, lo que Ă©l llamaba la eutanasia del rentista, esto es, la completa sumisiĂłn del capital financiero al capital productivo y la liquidaciĂłn, por vĂa fiscal, de los grandes evasores y de los especuladores.
Hoy los paĂses del sur de Europa âEspaña, Italia, Portugal, Grecia, la propia Franciaâ deben unir fuerzas para impulsar un programa de este tipo.
A muchas derechas europeas les interesa mĂĄs subordinarse a Trump que apostar por este proyecto, como ya hicieron en la cumbre de las Azores.
Sin embargo, quienes nos sentimos vinculados a otro europeĂsmo, al que este sĂĄbado 25 de abril recordarĂĄ la liberaciĂłn de Roma del fascismo y la revoluciĂłn de los claveles en Portugal, estamos obligados a buscar otro camino.
Exigir a Europa un cambio de rumbo, exigir para nosotros condiciones dignas de salida de esta emergencia sanitaria, social y econĂłmica nos obligan a favorecerla tambiĂ©n para los paĂses del Sur y del Este empobrecidos.
Para sus refugiados y migrantes, que estĂĄn luchando contra el virus, contra el racismo y contra condiciones inhumanas de salubridad en campamentos como los de Lesbos.
Para los paĂses de Ăfrica y de AmĂ©rica Latina, que estĂĄn afrontando la pandemia de manera tardĂa, pero que lo hacen con sistemas de salud muy debilitados y teniendo que afrontar simultĂĄneamente grandes desigualdades y otras enfermedades.
Esa precariedad en los paĂses del Sur tiene muchas explicaciones. Pero hay una fundamental que son las polĂticas de ajuste impuestas por el Fondo Monetario Internacional, por el Banco Mundial y por unos Acuerdos comerciales a menudo desfavorables para sus poblaciones.
Por eso creemos que deberĂamos huir de una polĂtica de cooperaciĂłn paternalista con los paĂses del Sur.
TambiĂ©n estos paĂses necesitan que sus deudas sean condonadas y que los fondos a los que accedan no impliquen ni condicionamientos neoliberales, ni nuevo endeudamiento, algo que la propia directora general del FMI, Cristalina Georguieva, ha reconocido.
Y estos paĂses tambiĂ©n necesitan una polĂtica exterior que no normalice ni permanezca indiferente a situaciones derivadas de golpes de Estado como los que se produjeron en Bolivia o de peligrosas involuciones autoritarias como las que estamos viendo en Brasil, Chile o Colombia.
Esta polĂtica de cooperaciĂłn, de solidaridad internacional, deberĂa servirnos para entender que la soluciĂłn no puede ser el repliegue estatal. Que solos no podemos y que ningĂșn paĂs puede.
Obviamente eso exige reinventar la gobernanza global y adaptarla a los retos del siglo XXI. Pero no podemos permitir que el destino de las Naciones Unidas sea el de la muerte lĂĄnguida que acabĂł con la Sociedad de las Naciones.
Hoy mĂĄs que nunca necesitamos una voz clara que diga que el acceso a medicamentos vitales, antibiĂłticos, antivirales y vacunas, deben ser protegidos, no como mercancĂas, sino como derechos humanos universales accesibles a todas las personas.
Y esa voz, aquĂ y ahora, sigue siendo la de la DeclaraciĂłn de Derechos de 1948. No es una voz utĂłpica.
Lo utĂłpico serĂa pensar que volveremos a lo que habĂa antes o que podemos adentrarnos en un mundo de desigualdad, violencia e inseguridad sin que eso nos alcance a todos.
Lo otro âactualizar el mandato de 1948- es una forma realista, posible, de asegurarnos que la âfamiliar humanaâ no se autodestruya y que pueda en cambio sobrevivir unida, en comĂșn, bajo esta innegociable bandera.